47. Clickbait, la muerte de los titulares

Después de un tiempo sin escribir, debido a la la aparición de otros proyectos y necesidades que han sido más prioritarios en mi vida, vuelvo con este post, espoleado por el enfado que me provocan los clickbaits.

Una de las potencialidades que yo valoro de estas emociones tan denostadas socialmente como son la familia del enfado y la rabia es su capacidad de darnos energía y fuerza para hacer tareas que, de otra manera, no nos veríamos capaces de hacer.

Impulsado por esta fuerza me animo a escribir este post donde pretendo denunciar una práctica humillante a la vez que intentaremos sacar, como siempre, alguna reflexión o aprendizaje constructivo.

Humillante porque ya el propio nombre de la técnica te compara con el pez iluso e inocente que por el noble deseo de comer es pescado. Clickbait vendría a traducirse como «hacerte morder el anzuelo de hacer clic en un enlace que no habrías clicado si hubieras sabido lo que hay detrás».

En otras palabras, engañarte para hacerte creer que vas a leer, ver o escuchar algo interesante para luego llegar a la conclusión de que lo único que has conseguido es perder el tiempo de la manera más insulsa. Y esto se une a la tendencia de llevar el contenido valioso al mismo final, teniendo que atravesar toda la paja para llegar al supuesto filón.

Como siempre, me parece interesante indagar en el para qué. Para bien o para mal, la proliferación de productos y servicios gratuitos obligan a las empresas a financiarse indirectamente. La publicidad se inserta en los contenidos y «patrocina los mismos», ya sea para hacer uso de una plataforma, o para monetizar y generar dinero por tus contenidos.  Yo mismo me reconozco cayendo en un sistema de tentación por lo aparentemente gratuito y siempre me lleva a la reflexión de si no deberíamos pagar por lo que se ofrece y dejarse de obtener los dineros con subterfugios.

No sé si en las escuelas de periodismo se están llevando las manos a la cabeza viendo como diarios de gran difusión son capaces de crear artículos vacíos de contenido y titulares incompletos. A mi le habían contado que un titular debía ser atractivo y, a la vez, ser suficientemente descriptivo sobre lo que iba el contenido. Los tiempos han cambiado, parece.

Me cuesta hasta compartir algún ejemplo concreto de pura vergüenza por haber caído. Pero os voy a denunciar uno de los que más me molesta, por repetitivo y porque no dejo de caer. Cada año, con el cambio de hora leo algún artículo que reza así: «el fin del cambio de hora». Es un tema que me interesa por el impacto que pueda tener tanto social, como informático, como psicológico. Y llevo años escuchando que se va a acabar. Las noticias invitan a pensar que ya se sabe la fecha del ultimo cambio de horario, cuando, después de tragarte por enésima vez la historia de por qué cambiamos de hora un par de veces al año, me vuelvo a enterar que el BOE ha publicado una nueva moratoria y que luego ya se verá.

¿Y qué podemos sacar productivo de todo esto? ¿Cómo poder hacer de este mismo artículo algo que no sea vacío de contenido y enriquezca un poco muestra vida?

Se me ocurre llevárnoslo a la crianza responsable. ¿Qué efecto crees que tendrá en el «amueblamiento cerebral» de niños y jóvenes un gran consumo de contenidos vacíos? Me recuerda mucho al concepto de «calorías vacías» de las que nos advierten los nutricionistas. Es algo a vigilar, es algo de lo que preocuparse y, quizás, una oportunidad de diálogo y aprendizaje dentro de la familia. ¿Por qué no aprovechar el fenómeno clickbait para mantener una conversación sobre ello? Seguro que cada uno tiene una experiencia, anécdota o ejemplo de clickbait que le ha llamado la atención. El mero hecho de ser conscientes de su existencia, de sus mecanismos y de sus razones va a ayudar a detectarlos antes y optar por contenidos más nutritivos para cultivar nuestro intelecto.

¿Y tú qué crees? En mi caso, la riqueza del contenido empieza ahora, cuando tienes la oportunidad de aplicar mi tema a tu propia realidad. Espero que no te hayas sentido picando un anzuelo y, en caso de que así sea, te devuelvo libre al mar.

44. Comparación Social Negativa en Redes Sociales

«Las comparaciones son odiosas» dice la expresión, ¿por qué? Porque siempre hay alguien que sale perdiendo y, en ocasiones, los dos. En concreto el concepto de «Comparación Social Negativa» (o ascendente) se refiere a que una persona considera que el resto de personas son superiores a ella y solo se suele fijar en las carencias propias frente a las virtudes de los demás. Esto puede conducir a sentimientos de baja autoestima, resentimiento e insuficiencia y está asociada a problemas de bienestar y salud mental como ansiedad, estrés, baja autoestima, trastornos alimentarios, depresión y suicidio.

Históricamente siempre nos hemos comparado con otros y de toda la vida existe el maquillaje y las diferentes técnicas de enmascaramiento psicológico en el cual presentamos al mundo un rostro que no es nuestro verdadero rostro y una historia lo más «normalizada» o «exagerada» posible para causar un efecto de halago o normalidad, según se tercie. El tema es que, con las redes sociales online, este efecto se multiplica. Creo que es evidente observar que normalmente lo que consideramos bueno, lo sorprendente, lo que merece un reconocimiento, es publicado al gran público; y que, por el contrario, lo doloroso, lo que nos avergüenza, las crisis, etc. (con excepciones) se suele compartir más en pequeños círculos. Por tanto, salvo por el fallecimiento de un ser querido o una búsqueda desesperada de ayuda en las redes, lo normal es que éstas estén llenas de noticias fabulosas, viajes impresionantes, logros extraordinarios y fotos de extrema belleza, algunas convenientemente acompañadas por filtros de todo tipo.

No hace falta mucho estudio para anticipar el posible efecto que puede provocar a una persona con baja autoestima o que esté pasando por un bache, el hecho de que la mayoría de su red social le va genial y es «ignorante» de su crisis. La comparación social negativa se hace más fuerte y más evidente. Curiosamente, a alguien se le ocurrió crear una aplicación llamada BeReal (bueno, ese alguien tiene nombre: Alexis Barreyat) buscando romper máscaras y filtros y buscando la autenticidad de las relaciones sociales en base a unos puntos clave:

  • la obligatoriedad de realizar una publicación única diaria, compuesta por una foto tomada por la cámara delantera y otra de la cámara trasera (como forma de mostrar lo que estás vistiendo y lo que estás viendo en cada momento)
  • recepción de notificaciones aleatorias del momento en que debes realizar la publicación. Desde ese momento, tienes dos minutos para sacar la foto.
  • no se permiten ediciones, nada de filtros ni retoques.
  • y, por último, que todo es público, aunque las notificaciones que te llegan son las de los grupos que tengas definidos.

La idea podría considerarse buena de cara a restar fuerza a los ideales de belleza y a las apariencias. Sin embargo, me temo que puede acarrear otros problemas aún de mayor gravedad como: exceso de dependencia del móvil para poder tenerlo a mano cuando salta la notificación, problemas de privacidad (¿Cuánta información en segundo plano puede comunicar cada foto?) y, sobre todo, si ya tienes ciertos problemas de autoestima, obligarte a publicar no es lo mejor para tus maltrechos estados emocionales. Como me intrigaba el tema he preguntado a algunos usuarios qué pasa si uno no contesta a tiempo la petición. Y la respuesta fue que se le penaliza o no viendo los beReal de su grupo hasta que haga su publicación (la cual será marcada como un «late» o «tardío«) o que no podrá recibir más notificaciones hasta el siguiente día (con lo cual tampoco podrá ver a los demás). Por un lado es justo: si te muestras, ves y conectas con los demás y si no, pues no. Pero si no te muestras pues caemos en temas de exclusión social: vamos de mal en peor. Me han contado que hay jóvenes capaces de arriesgarse a un suspenso por hacer las publicaciones durante un examen (!!!). Nunca debemos subestimar la fuerza de la presión social y la necesidad de pertenecer, máxima entre los adolescentes y sus grupos de iguales.

¿Y qué hacemos? ¿Hay algún estudio o sugerencia que nos dé luz en este asunto?

No hay muchos, pero los estudios apuntan a que una buena autorregulación emocional puede ser clave como factor protector ante la comparación social negativa y sus efectos. Se entiende por autorregulación emocional como la habilidad de la persona para estar abierta a los sentimientos, modular los propios y los de los demás, así como promover la compresión y el crecimiento personal. ¿Y cómo podemos lograr esta autorregulación? Una vez más, el trabajo que se pueda hacer en casa y lo que refuerce la escuela. Y, en caso de que estos entornos no estén capacitados o no tengan éxito, siempre queda la psicoterapia y los talleres de autoconocimiento y gestión emocional.

Este post lo dejo aquí, cortito para relajar tu tiempo de lectura de pantallas… Si quieres seguir indagando en estos temas, te comparto algunos artículos relacionados. Buen día y buena lectura. ¡Que la belleza de los demás no apague nunca la tuya!

Díaz-Moreno, A., Bonilla, I. y Chamarro, A. (2023). Ansiedad y estrés, 29(3), 181-1862. Grupo de Investigación en Estrés y Salud. Universidad Autónoma de Barcelona. https://doi.org/10.5093/anyes2023a22

Faelens, L., Hoorelbeke, K., Soenens, B., Van Gaeveren, K., De Marez, L., De Raedt, R., & Koster, E. H. W. (2021). Social media use and well-being: A prospective experience- sampling study. Computers in Human Behavior, 114, 106510. https://doi.org/10.1016/j.chb.2020.106510

Hoge, E., Bickham, D., & Cantor, J. (2017). Digital Media, Anxiety, and Depression in Children. Pediatrics, 140(Supplement_2), S76-S80. https://doi.org/10.1542/peds.2016-1758G

Ozimek, P., Bierhoff, H.-W., & Hamm, K. M. (2022). How we use Facebook to achieve our goals: A priming study regarding emotion regulation, social comparison orientation, and unaccomplished goals. Current Psychology, 41(6), 3664-3677. https://doi.org/10.1007/s12144-020-00859-1

Mayer, J. D., & Salovey, P. (1997). What is emotional intelligence? In P. Salovey & D. J. Sluyter (Eds.), Emotional development and emotional intelligence: Educational implications (pp. 3–34). New York. Basic Books.

https://www.xataka.com/basics/que-bereal-como-funciona-esta-red-social-basada-espontaneidad

31. Influencers en la familia

Hace poco me di cuenta de un fenómeno que, hasta donde yo sé, no se está estudiando mucho ni tenido en cuenta. Ya sabemos que Internet y las Redes Sociales en línea permiten pasar del anonimato a ser un/a «influencer» en nada de tiempo, sin tener que pasar por la televisión o los periódicos. Te llaman «influencer» en tanto lo que digas o hagas influye en tu círculo de seguidores y, por tanto, es atractivo para las empresas que venden productos o servicios: «convence a uno/a y los demás te comprarán».

De forma paralela, observo que en los grupos más cerrados como puede ser un grupo grande de amigos o un grupo familiar las personas que más publican adquieren un rol de influencers en el grupo que, lejos de conseguir atraer a las compañías, que no pueden entrar en un grupo privado y cerrado (como un grupo de WhatsApp), también conllevan ciertos «beneficios» personales a la vez que «perjudican» indirectamente y casi sin querer a los silenciosos de la familia o grupo de amigos. Estamos hablando de la presencia.

Estar presente es algo vital en la sociedad. Con las personas presentes es con las que se cuenta, en las que se confía, a las que se recurre, las primeras que te vienen a la mente cuando quieres recurrir a alguien. En un mundo en el cual estamos casi más en contacto con la gente lejana que con la cercana, se puede estar dando un cambio de vital importancia que genere un nuevo tipo de excluidos en una familia o grupo. Si antes el excluido o excluida era quien iba por libre, era diferente o atentaba de alguna manera contra el sistema, con las redes sociales te pueden excluir solo por no estar o por no publicar.

Y es más. Me acordaré más frecuentemente de aquellas personas activas en las redes sociales que de aquellas que no lo están (salvo que estén muy vinculados con aquellos son activos, pues por asociación los recordaremos, como por ejemplo, la pareja de, la hija de, el hermano de…).

Así, el concepto de «prójimo» está cambiando. Podemos sentirnos más cercanos a alguien que viva a miles de kilómetros de distancia que con un amigo o conocido de nuestro lugar de residencia. Y más extraño aún: más cercanos a una persona que «ni fú ni fá» que a una persona con la que haya tenido una vivencia importante, solo porque la segunda no está presente en mi día a día y de la primera sé lo que está haciendo en cada momento de su vida.

¿Qué hacer con esto? Si eres influencer familiar o de tus pequeñas comunidades, está bien, siempre ha habido personas más carismáticas y que acaparan más la atención. Si no lo eres, creo que es importante detectar si esta exclusión es deseada o forzosa para poder poner remedio. Para ambos, creo que es importante recuperar la memoria de nuestra gente valiosa e importante. Buscar nuevos mecanismos para cuidar el vínculo y poder renovar nuestra presencia. Desde luego que sin presencia, el vínculo se deteriora y se muere (lo cual no quiere decir que no pueda ser recuperable en cualquier momento). No pretendo decir que haya que mantener todas nuestras relaciones vivas en todo momento, sino que las que nos importan no sean sepultadas por las que no, debido la ingente cantidad de información que recibimos de otras personas no tan íntimas.

¿Se te ocurre cómo? Yo tendría que reflexionar un poco al respecto, ya que por inercia soy de los que me escondo. Dejo el micro abierto para compartir y si se me ocurre algo lo añado en comentarios. Un abrazo y aprovechad el momento.

27. Mi adiós a Facebook

Llevo ya un tiempo para escribir este post, porque lo que he querido hacer con especial cuidado de cara a las repercusiones que pueda tener para mí y para aquél que lo lea.

Tras una importante reflexión y lucha interna he decidido dejar Facebook e intentar hacer un experimento social y psicológico conmigo mismo del que podéis ser partícipes los que me leéis. 

Escojo Facebook por ser la red social que más consulto descontando la mensajería. Lo que cuento puede hacerse extensible a cualquier otra red social en la que se den las siguientes circunstancias que me motivan a dar este paso:

1. Tras realizar un seguimiento de mi tiempo de uso, a través de una aplicación de control del tiempo, observé resultados descorazonadores como un uso promedio de 42 minutos diarios, desde que lo controlo, que conseguí reducir a algo menos de 20 minutos en el último año. Y picos de más de 4 horas, en mi cumpleaños, por ejemplo. Me da la impresión que la mayor parte del tiempo que he pasado en la aplicación lo he dedicado a leer «morralla», más que contenido útil, deslizando el dedo por publicaciones y publicaciones hasta dar con alguna cosa, entre miles, que me llame la atención.

2. Siendo padre, creo que no es el mejor ejemplo que dar para mis hijos. Facebook, como muchas de las aplicaciones interactivas restan atención a lo físico sobre lo virtual. No es algo que quiera seguir transmitiendo.

3. En mi caso, también me generaba cierta adicción y necesidad de abrirlo. Malestar y sensación de vacío si no lo consultaba. A veces, como un movimiento automático no consciente ni intencionado.

4. Curiosamente, una red social puede llegar a rodearte de gente que vive lejos y alejarte de los que tienes cerca. Saber historias y anécdotas de los de lejos (y de los que apenas conozco) y no saber qué le pasa al que tengo al lado.

5. También me crea la ilusión de estar a la última, de estar bien informado y no es así. Ni me entero de todo y de lo que me entero es fruto del azar o de los sesgos informativos que se producen por la selección automática de contenidos.

Esto requiere un poco más de explicación: cuando damos un like o interactuamos con una aplicación, los algoritmos informáticos nos colocan en un perfil de «consumidor» o «pensamiento». Ese perfil atrae contenidos, publicaciones y publicidad afín a ellos. Hasta ahí puede estar bien, pues solemos preferir leer lo que nos interesa. Pero, a la larga, se produce un sesgo informativo, una polarización en las ideas y las de mi grupo de afines. Es fácil creer que lo que te cuentan es lo que piensan todos y se pierde la perspectiva de otros puntos de vista. La consecuencia de esto están siendo tantos grupos de pensamiento y creencia tan agresivos que luego ocasionan graves conflictos, estigmatización, falta de respeto y violencia en diferentes contextos.

Nos polarizamos ideológicamente, ignoramos las realidades de los que no están en nuestras redes cercanas, vivimos condicionados por la influencia mediática de los algoritmos.

6. ¿Y qué decir de los sesgos sobre la vida de los demás? Muchas veces solo vemos lo bonito: sus viajes, sus logros, … o lo más negativo: muertes, dificultades, pérdidas, … creando un estado de confusión sobre cómo es la vida, pudiendo llegar a creer que la vida es como nos la pintan las redes sociales. Sufriendo por no tener lo que muestran ostentosamente otros, o por no tener tantos amigos, o por estar en riesgo de sufrir las penalidades de los demás.

7. Y es que, la información no viaja libremente al antojo del autor. Yo puedo escribir este y otros posts y darme cuenta que mi audiencia no es la que quiero, si no la que quieren. Si tienes la suerte de estar leyendo este mensaje, estás de enhorabuena, no siempre es así. Solo un porcentaje lo leen y el mensaje probablemente se perderá entre los cientos y miles de posts de la red social. Hoy está vivo y mañana es basurilla. Las redes sociales nos sumergen en el mundo de la inmediatez y de lo efímero. 

8. Ansiedad por el like. No me suele suceder, pero después de algún posts «currado», me surge una especie de necesidad de reconocimiento en forma de Likes. Con las correspondientes reentradas para ver a quién ha gustado y a quién no. Todo muy falso, pues como he dicho antes, los posts no se publican de forma uniforme ni llega a todos tus «amigos».

9. Además, Facebook no hace esto altruistamente. Lo hace porque genera unos beneficios que difícilmente podemos atisbar. Damos contenido (lo más valioso de nuestras vidas) para que otros se lucren de ellos.

10. Y, por no alargar esto mucho más, cerraré con algo que considero bastante importante para mi: leer Facebook me resta energía. Es sutil, es casi imperceptible. Os invito a hacer el siguiente experimento y que me comentéis vuestra experiencia para enriquecer la mía. Quizás algún día haga alguna investigación sobre ello. El experimento consiste en lo siguiente:

Toma de referencia un día cualquiera, preferentemente a última hora de la tarde o, para los nocturnos, terminando tu día laboral. Permítete sentir el cansancio del día y lo que te pueda apetecer sentarte o tumbarte un poco a «surfear» por Facebook. Permítete sentir que te apetece saber de la gente, enterarte de lo que pasa en el mundo, reírte un poco, o lo que sea. Pensar que ello te descargará de las tensiones del día y descansarás de cara a lo que queda de él. Finalmente, tras un rato usando Facebook (o cualquier otra aplicación), vuelve a observar tu cuerpo, tus sensaciones. ¿Cómo estás? ¿Más fresco o descansado? ¿Igual? ¿Más cansado?. Curiosamente, mi búsqueda del descanso en el surfeo a mí me conlleva más cansancio. Si os pasa, hay una buena explicación al fenómeno: el cerebro sigue activado. Las redes sociales, como gran parte de la tecnología, hacen mucho uso del cerebro y éste es un gran consumidor de energía. El acto de pensar es como hacer ejercicio físico, consume energía y cansa. Sobre-activar el cerebro puede llegar a ser más agotador que una sesión de gimnasio. Cuando pretendemos descansar, realizar actividades estimulantes puede ser contradictorio. Esta es mi experiencia. ¿Cuál es la tuya?

Esta lista de razones y motivaciones fortaleció mi intención de dejar Facebook. Sin embargo, vinieron las dudas, la constatación de los grilletes que me impedirían tal libertad.

Entre ellos:

– ¿Qué pasa con aquellos amigos, amigas y contactos que solo tengo en Facebook? ¿Les perderé para siempre? ¿Perderé la posibilidad de un encuentro casual que nos permita retomar nuestra amistad o beneficiarnos de algún servicio, evento o negocio?

– ¿Podré prescindir de no enterarme de tantos eventos interesantes, sucesos y acontecimientos? ¿Seré un incomunicado social? 

– ¿Y dejaré de enterarme de las fechas importantes y los cumpleaños que tanto me vinculan con ciertas personas aunque sea para recordarles, una vez al año, que me acuerdo de él o ella?

– ¿Y qué hay de la visibilización de lo que hago, de lo que consigo, de lo que ofrezco? ¿No podré publicitar talleres, aportar conocimiento, promover debates y reflexiones?

– Y dejaré de leer chistes tan graciosos, memes desternillantes, acertijos que me mantienen mentalmente ágil, …

Si nos paramos a pensarlo, no es una decisión fácil. La pérdida es grande, el sacrificio y el riesgo de desconexión importante. Estoy atrapado. ¿Estoy atrapado?

Ya dije que no me fue fácil componer este artículo y mucho menos tratar que sea algo riguroso, serio y auto-aplicable. Y aplicable por quien quiera en aras de disponer de salud digital. En todos los artículos que he ido publicando he insistido en que tras todo uso de la tecnología suele haber una necesidad subyacente que se busca satisfacer. Realmente es detrás de cada conducta, pero para la tecnología también vale.

Por tanto, la mejor forma de dejar o reducir el uso excesivo de cualquier producto, léase ahora Facebook, es cubriendo las necesidades subyacentes de forma alternativa.

En las siguientes líneas voy a tratar de buscar una forma de hacerlo y, de aquí en adelante, toca tratar de ponerlo en práctica. En mayúsculas pongo la necesidad y, a continuación, una posible forma alternativa de satisfacerla:

1. NECESIDAD DE INFORMACIÓN. Facebook no es la única fuente de información. Hay infinidad: revistas, libros, webs especializadas, … Cambiar la forma de obtención de información de pasiva (otros deciden qué es lo que tengo que leer) a activa (yo decido proactivamente qué quiero leer) me hará más sabio, más flexible y dispondré de mejores puntos de vista.

2. CONTACTO. Exportar la lista de contactos a otro almacenamiento o dispositivo. Esforzar por contactar por otros medios: teléfono, videoconferencia, quedada, carta, regalo, …

3. FELICITAR Y SER FELICITADO. Aunque Facebook es muy cómo para conocer y recordar cumpleaños, siempre se puede recuperar la lista y guardarla en otro calendario o agenda. Más trabajo y más personal. Confiar en la reciprocidad de las felicitaciones.

4. RECONOCIMIENTO LABORAL. Otras vías de publicidad, boca a boca, más personal.

5. SER CONTACTADO / ENCONTRADO CON FACILIDAD. Yo creo que no será un fracaso si se deja la cuenta viva de Facebook con un enlace a otros perfiles o formas de contacto (web, email, …) o si se consulta con una periodicidad muy limitada (hablo de una vez al mes o al trimestre como poco). Confiar que el que quiera, te va a encontrar…

6. SABER LO QUE SE HABLA / SE DICE DE MI. Aceptar que lo que se dice de ti es como lo que se habla de ti a tus espaldas, no es controlable y nunca lo será.

7. REÍR. Facebook no es la única fuente del humor. Se puede buscar el humor en otras partes, físicas (teatros, espectáculos, monólogos, …) y virtuales.

8. COMPARTIR MIS REFLEXIONES. Seguiré, mientras tenga tiempo y motivación, publicando en mi wordpress. Al que le interese me seguirá y podrá seguir siendo partícipe de mis reflexiones. ¿Dónde? Pues en este mismo blog de wordpress.

¿Es necesario que todos nos salgamos de Facebook? Por supuesto que no. Mi intención con este artículo no es más que poner conciencia en lo que sucede o puede suceder. Para poder valorar con un poco más de rigor qué nos aporta y qué nos quita. Yo, particularmente, seguiré teniendo mi cuenta activa pero para ser utilizada de forma proactiva cuando necesite alguna información y no de forma pasiva por costumbre o rutina. Cada quién deberá sopesar sus circunstancias y, si lo que deseas es salir, contar con unas claves para hacerlo.

Que la inercia no nos lleve a equivocarnos de sendero.

23. Redes sociales y polarización

Hay un problema inherente a las redes sociales que no sé si la gente es consciente de él. Y es que los algoritmos informáticos que las gestionan tienden a polarizar nuestra forma de ver el mundo y la vida en general. Se va consiguiendo una identificación con los más cercanos ideológicamente y un distanciamiento progresivo de los más lejanos, todo en busca de la pertenencia a un grupo que nos dé identidad, apoyo y pertenencia.

Porque somos seres sociales. Aprendemos, crecemos y evolucionamos en relación. Los aprendizajes vicarios (aquellos que adquirimos observando a los demás) son tan importantes como los de la propia experiencia. Aprendemos viviendo, aprendemos mirando lo que hacen los demás y lo que les pasa.

Cada vez que damos un like, reenviamos un contenido o, simplemente, hacemos un clic en una noticia, el Gran Hermano virtual de la Red memoriza nuestro interés por un tipo de información y nos clasifica en un grupo objetivo o de interés. Esta clasificación podría ser recibida como algo bueno y útil: permite a los difusores de información seleccionarme aquellos contenidos que realmente son interesantes y atractivos para mí. ¿Para qué queremos recibir información que no nos interesa?

La respuesta yo la veo obvia: para completar nuestra visión del mundo con otros puntos de vista, aunque no nos gusten. La información no placentera también es información y también contribuye a ampliar nuestra conciencia sobre la vida y ganar en sentido de realidad. Que no leamos a diario que mueren niños y niñas desnutridos en África no quiere decir que esto no está sucediendo.

La falta de información provoca sesgos y generalización. Sesgos porque «leemos» cada acontecimiento con la óptica de los grupos a los que nos consideramos afines, juzgando y prejuzgando inconscientemente y, a menudo, con la creencia de ser superiores al otro grupo (porque nos refuerza mucha información social que recibimos a diario). Y generalizamos porque creemos que lo que se dice mucho es proporcional a lo que ocurre. Sólo nos preocupamos de lo que se habla, invisibilizando a muchas personas y situaciones porque no son trending topic. Si esto me pasa a mi o le pasa a mi grupo, le pasa a todo el mundo.

Echando la vista atrás, el sesgo informativo no es nada nuevo. La diversidad de canales de televisión ya dividía a la audiencia por preferencias informativas. Y no hace mucho tiempo, aunque aún queda quién la lee, teníamos la prensa escrita. Nadie dudará que no nos vale leer ni creer a cualquier periódico. Cada persona tiene sus preferencias. Lo que empezó como un ejercicio de contar la verdad, cuando se vio que la verdad tiene muchas aristas, se orientó la información a la verdad que quieren oír mi audiencia. Me atrevo a pensar que puede que sin malicia, sino por puro interés mercantil.

Así que, en este mundo sobresaturado de información, no nos queda otra que filtrar. Y filtramos o distinguimos entre información buena o mala, afín o disruptiva, verdadera o falsa, sin más chequeo que la fiabilidad que nos ofrece la fuente que nos la proporciona.

Y es un mecanismo de funcionamiento grupal e inconsciente el tender a hacer lo que hace mi grupo y lo contrario de lo que hace el otro grupo. Usamos al otro grupo como «guía de lo que no hay que hacer» en lugar de «guía de cómo poder hacer las cosas de otra manera«.

Este tema da para mucho más. Pero me voy a detener en este último párrafo que he escrito porque me parece que muestra un pequeño rayo de esperanza después de tanta traca negativa que he expuesto.

Me viene la idea de que en la medida que usemos las redes sociales para aprender a hacer las cosas de otra manera podremos evolucionar como sociedad y dar la vuelta a esta tendencia que solo puede conducir a una nueva guerra.

Y ahora vendría lo más difícil: ¿cómo, si la propia Inteligencia Artificial Global nos incita a ver solo lo que queremos ver?

Se me ocurre que poniendo nuevamente la mirada en los más jóvenes. Si en la educación obligatoria se enseñan todo tipo de contenidos, gusten o no a los aprendices, algo parecido podríamos hacer nosotros (y enseñarles a ellos) con los aprendizajes de cada día. Quizás podríamos aventurarnos a leer noticias y mensajes que no nos agraden tanto y tratar de ponerse en la piel del que no piensa o actúa como yo. ¿Qué razones tiene? ¿Qué le hace pensar o vivir de esa forma? No se trata de justificar al otro o perdonar agresiones o delitos, sino de ampliar la mirada. Aprender de mis sesgos, de mis generalizaciones, de mi visión distorsionada de la realidad y no de la de los demás. Buscar qué puedo encontrar en lo que hace el otro para permitirme salir de los círculos viciosos que me impiden el crecimiento.

¿Y cómo aplicarlo a crianza consciente? Podríamos empezar abriendo debate con las nuevas generaciones. Un debate respetuoso aprendiendo de los diferentes puntos de vista y construyendo desde el respeto y la integración de nuestras partes negadas. El otro que me daña despierta sensaciones y emociones en mi que proceden de historias pasadas mal sanadas.  No neguemos al otro polo la oportunidad de aprender y crecer. ¡Qué menos que preguntar a los que van a heredar el futuro cómo podemos empezar a construirlo!

Nota: soy consciente de que el respeto, el llevarse bien, comprenderse y buscar puntos de unión y crecimiento es una polaridad. La otra sería luchar y defender nuestros valores, nuestros ideales y por la patria si cabe cuando los sentimos amenazados. Luchar por y/o imponer a nuestro grupo por fuerte o por minoría. Es lo que se ha hecho siempre y también es legítimo y necesario. ¿Se puede llegar a un saludable equilibrio? ¿O transitar de una polaridad a otra según sea necesario? ¿Cuál toca hoy en Internet?

17. Redes sociales 3.0

Considerando las redes sociales 1.0 las previas a Internet: teléfono, reuniones presenciales, charlas, amistades físicas, periódicos en papel, televisión con dos canales,…; Y redes sociales 2.0 a todo lo que rodea Internet: los smartphones, la televisión a la carta, las apps de mensajería y de redes sociales, etc.; Podríamos poner el 3.0 a lo que está por venir o debería estarlo.

Recuerdo que no hace mucho tiempo yo estaba promoviendo y potenciando la transformación digital en mi empresa hacia unas redes sociales 2.0, animando al uso de plataformas como Twitter, LinkedIn, blogs e incluso intentando infructuosamente introducir la gamificación y los trabajos cooperativos virtuales. También animaba a los que se aferraban a los teléfonos que solo servían para realizar y recibir llamadas a que dieran el paso para beneficiarse de las mil y una utilidades de los teléfonos inteligentes.

Me parece importante destacar de dónde parto para que se comprenda bien a dónde quiero ir. Quiero ir a que después del boom del 2.0, en el que ya estamos casi todos, ahora debería venir una nueva versión en el que aprendamos a desconectar y a darles un uso más responsable.

Podría enumerar mil problemas que acarrea la permanente conexión a las redes sociales: desde la infoxicación informativa hasta el tecnoestrés (podéis leer un buen artículo de Celestino Gonzalez-Fernández, en el que lo explica muy bien).

Lo que es importante tener en cuenta es que los recursos atencionales, es decir, la energía y las redes neuronales dedicadas a la atención y a las acciones conscientes, no son ilimitados. Se gastan o, mejor dicho, se cansan. Y una vez cansados, empezamos a funcionar peor, a memorizar peor y a tener dolores de todo tipo, sobre todo de cabeza, oculares y musculares.

Esto es importante porque no creo que nadie quiere funcionar mal ni memorizar peor. Ni él, ni sus hijas e hijos, ni sus compañeros de trabajo o subordinados… ¿Verdad?

Un error frecuente en el que caemos, yo el primero, es creer que descansamos cuando usamos el móvil o la televisión. A mi juicio, es un descanso engañoso porque seguimos añadiendo actividad mental, información y estimulación visual a nuestro extenuado cerebro. Sería como invitar a salir a bailar a alguien que acaba de terminar una maratón, aparentemente es un cambio de contexto pero utilizando unos recursos que ya están fatigados.

También es importante darse cuenta que las tecnologías actuales nos obligan de alguna manera a estar en un continuo estado de alerta. Este estado es el que consume más recursos atencionales pues predispone al cuerpo a dar una respuesta inmediata en cuanto se precise (me canso solo de pensarlo). Un estado de alerta continuo puede ser estar pendiente de las notificaciones o mirar el móvil cada poco tiempo a ver qué hay de nuevo.

Yo mismo aún no me considero evolucionado a 3.0 pero, una vez puesta mi conciencia en la necesidad, empiezo a movilizarme hacia ello y de ahí este pequeño post que espero remueva conciencias y contribuya a generar ideas. Nuevas ideas que serán fundamentales para traspasar a las personas que tenemos a nuestro cargo.

Os comparto algunas ideas que he ido leyendo y que he ido poniendo en práctica por si os sirve:

Relajación, meditación, Yoga, o cualquier actividad física o al aire libre. Ya lo dicen los maestros de la meditación: medita al menos 20 minutos al día si tienes el tiempo, si no, medita 1 hora. Con ello conseguimos cambiar el modo de funcionamiento cerebral y desviamos los recursos atencionales a nuestro cuerpo y nuestra persona, al aquí y ahora,…

– Establecer un horario para la conexión y otro para la desconexión. Dedicar un tiempo a estar sin móvil, a aislarse del mundo y estar con toda tu atención con las personas que estás físicamente o para ti en exclusividad. Hay muchas formas de hacerlo: desde días sin móvil, a horario para contestar los whassaps, a probar a dejarse el móvil cuando se sale de casa, … En fin, imaginación al poder

Planificarse un detox-digital (Celestino González-Fernández)

Autoobservación: ¿Has probado a fijarte como responde tu cuerpo tras mucho tiempo conectado? Cansancio, dolores de cabeza, dolores musculares, visión borrosa, tensión, irascibilidad, fallos de memoria, ansiedad,… Observa sin con pautas de desconexión y descanso esos síntomas aflojan.

– Y, a veces, cuando nuestras fuerzas y energías no son suficientes para conseguir el cambio, no queda otra que buscar apoyos externos que nos ayuden: familia, amigos o profesionales.

Bueno, ya el artículo se está haciendo muy largo, esto da para mucho, toca desconectar y reflexionar. Si queréis aportar más ideas o comentarios, este es vuestro espacio.

15. Toc toc, TikTok

No sé si habéis visto recientemente noticias sobre TikTok: que si el gobierno chino, que si el estadounidense, que si se espía con esa herramienta, que si la va a comprar Microsoft…

Quizás muchos de vosotros tenéis esta aplicación para hacer patosadas y echarse unas risas. ¿En que puede afectar está guerra de gobiernos y empresas? ¿Es seguro utilizarla?

La respuesta podría ser: como casi cualquier otra aplicación o red social cuyos términos de intimidad y protección de datos aceptamos casi mirando a otro lado porque es mucha letra y, total, todo el mundo lo tiene y los ha aceptado.

A veces, cuando vemos películas de espías o ciencia ficción, vemos cómo los protagonistas pueden llegar a obtener gran cantidad de información basándose en las redes informáticas. Pues bien, no es tanta ficción. ¿Cómo lo hacen? Bueno, tampoco vamos a dar un curso de seguridad ahora, pero se puede simplificar en que «muchos pocos hacen un mucho». Quizás al gobierno chino (o al estadounidense) no le importe mucho lo que hagas o dejes de hacer con TikTok, por ejemplo. Pero si, de repente, millones de personas están interesadas en hacer gracias sobre Trump, o sobre Jinping, o si hay gente que se dedica a hacer tutoriales de armas o bombas, o cualquier otra cosa que supuestamente puede hacer intervenir a un gobierno y saltarse todas las políticas de protección de datos que hayas firmado, entre las cuales seguro que hay una que dice que por sospecha de actividad delictiva, los datos pueden ser cedidos al gobierno de turno. Os podéis imaginar que si USA no se fía de China, y viceversa, pues esta aparentemente inocua aplicación se convierte en un conflicto internacional como ya pasó, por ejemplo, con los móviles Huawei.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Seguimos como si nada porque esto no va con nosotros?

O podemos aprovechar esto para cuestionarnos y reflexionar sobre nuestra presencia y reputación en las redes. Antiguamente, era fácil que uno tuviera cierta fama en el barrio o en su pueblo. Todo el mundo conocía tus trastadas y las anécdotas graciosas se cuentan año a año para orgullo o vergüenza de los protagonistas. Pues con Internet es igual sólo que el público de la información es toda la comunidad internauta actual y futura. ¿Somos conscientes de esto?

Como a mí me gusta abrir conciencia y preparar a las nuevas generaciones para que hagan las cosas con criterio, propongo un trabajo familiar para sacar a relucir estos temas. Podemos dialogar para decidir quién tiene o debe tener acceso a cada una de las cosas que colgamos: nuestros íntimos, nuestros círculos, los amigos de mis amigos, los gobiernos y empresas publicitarias, o todo «quisqui». Hablar sobre qué contenidos se deben subir y cuáles no. O, quizás, hay que empezar a cuestionarse que la privacidad es ya un elemento del pasado y que tendremos que aceptar que vamos a ser todos sujetos públicos y observados, como en Gran Hermano, y que tenemos que empezar a lidiar con ello como hacen los famosos.

Espero que podáis llevar a cabo esta interesante conversación. Y, si queréis, como siempre, os dejo este espacio para compartir y co-crear.

Episodio IV. Las redes sociales

Redes sociales

Parece que Internet se ha apropiado del término «red social». Obviamente, una red social también puede darse fuera de la red de redes. De hecho, estoy convencido de que la mayoría de las reglas que rigen el funcionamiento de las redes cibernéticas se daban y se dan en las relaciones humanas. 

Dicen que la raza humana es de naturaleza social. Y hay quien afirma que no es posible vivir sin socializar. Desde luego que nos costaría bastante criarnos. Luego, casi todo en esta vida gira en torno a cómo nos relacionamos con los demás. Desde el polo de la sociabilidad hasta el del aislamiento tenemos un gran abanico de formas de estar en este mundo. ¿Qué nos dan las redes sociales virtuales que no obtenemos con las otras? Creo que es importante tenerlas en cuenta para poder valorar en qué medida son necesarias y en qué medida nos están sacando de la realidad. 

Voy a enumerar las ventajas que se me ocurren y, si queréis, podéis aportar alguna más: cercanía con los que están lejos, inmediatez de respuesta, facilidad de encontrar grupo de afines, posibilidad de estar en grupos de forma anónima, estar al corriente de la actualidad, obtener fácilmente ayuda, pasar más tiempo con las personas que me apetece, … 

Es tanto lo que nos aportan que es normal lo dependientes que nos hemos vuelto de ellas. Es más, una persona sin redes sociales va a caer, irremediablemente, en el grupo de los raros, desconectados, asociales, antisistema, o cualquier atributo excluidor del grupo preponderante en la sociedad actual. Ya he comentado en alguna ocasión la importancia que tiene en la adquisición de una identidad la pertenencia a los grupos. Durante la adolescencia, la búsqueda de la identidad a partir de la pertenencia es algo vital. Y, para bien o para mal, las redes sociales virtuales han venido para quedarse y van a determinar una nueva forma de relacionarnos con el mundo. 

¿Problema? Que sin necesidad de bucear mucho por la web, es fácil encontrarnos que ya se están llenando las consultas psicológicas y psiquiátricas con casos de adicción a las redes sociales. Entre los problemas que acarrea esta adicción están los comportamentales (irascibilidad, descontrol e impulsividad cuando no están conectados o se les impide contectarse), la nomofobia (ansiedad o miedo por salir sin un móvil a mano), bajones de rendimiento académico, reducción de horas de sueño (por quedarse conectados hasta altas horas de la noche) y todo esto sin contar con los efectos propios del tiempo de uso de pantallas (cefaleas, problemas de visión, insomnio, …)

Una cosa que a mí me ha servido para valorar si estamos usando o abusando de una red social en Internet, o el uso de Internet en general, es pensar que cuando uno está en Internet, NO está dónde se supone que está. Es decir, que si estás en casa, rodeado de gente, pero con el móvil conectado a Internet y en contacto con otras personas, realmente no estás en casa, sino en la red. Esto es equivalente a estar en un club de amigos, en el bar, en el parque, o donde sea, pero no con los que se está físicamente en un determinado momento. Por tanto, no hace falta reinventar la rueda, creo que sería una buena idea reutilizar las normas de entrada-salida de casa para la entrada-salida de Internet.

Un ejemplo fácil: si alguien no deja a su hija o hijo salir hasta las once de la noche, tampoco le debería dejar chatear hasta esa hora. Si es norma de la casa comer alrededor de una mesa y no llevarse la cena al parque o a casa de alguna amistad, pues tampoco se debería conectar en la hora de la comida/cena. Y así sucesivamente. Sobre todo, tener en cuenta: no se puede ESTAR en dos sitios a la vez. La tecnología nos hace creer que sí es posible, pero la atención es un recurso limitado y el cerebro siempre elige un contexto. Entonces, ¿a quién eliges? ¿al que está aquí contigo o al que está allá lejos?

Voy a pensar el reto… Está difícil… Porque, a diferencia de otras problemáticas, ésta suele afectar a todos: madres, padres, hijas, hijos, abuelas, abuelos,… (espero que las mascotas no estén también conectadas). Creo que es importante establecer unas normas que sean comunes para toda la familia aunque puedan variar ligeramente según el nivel de responsabilidad y la madurez de cada uno. Estas normas se podrían hablar y consensuar bajo el prisma de ‘cuánto tiempo nos vamos a permitir estar ausentes de la familia’. Os reto pues, a definir el tiempo IN y el tiempo OUT. Tiempo para estar con el prójimo y tiempo para estar con los de lejos. Cada grupo definirá sus propios tiempos, pero es importante hablar y hacerlo constar para evitar caer en imposiciones absolutistas. Probablemente haya rebeldías, aunque, pensar así es ya un acto de rebeldía hacia lo que está siendo tendencia de la sociedad actual.

Bueno, ya nos contaréis qué tal os va.