47. Clickbait, la muerte de los titulares

Después de un tiempo sin escribir, debido a la la aparición de otros proyectos y necesidades que han sido más prioritarios en mi vida, vuelvo con este post, espoleado por el enfado que me provocan los clickbaits.

Una de las potencialidades que yo valoro de estas emociones tan denostadas socialmente como son la familia del enfado y la rabia es su capacidad de darnos energía y fuerza para hacer tareas que, de otra manera, no nos veríamos capaces de hacer.

Impulsado por esta fuerza me animo a escribir este post donde pretendo denunciar una práctica humillante a la vez que intentaremos sacar, como siempre, alguna reflexión o aprendizaje constructivo.

Humillante porque ya el propio nombre de la técnica te compara con el pez iluso e inocente que por el noble deseo de comer es pescado. Clickbait vendría a traducirse como «hacerte morder el anzuelo de hacer clic en un enlace que no habrías clicado si hubieras sabido lo que hay detrás».

En otras palabras, engañarte para hacerte creer que vas a leer, ver o escuchar algo interesante para luego llegar a la conclusión de que lo único que has conseguido es perder el tiempo de la manera más insulsa. Y esto se une a la tendencia de llevar el contenido valioso al mismo final, teniendo que atravesar toda la paja para llegar al supuesto filón.

Como siempre, me parece interesante indagar en el para qué. Para bien o para mal, la proliferación de productos y servicios gratuitos obligan a las empresas a financiarse indirectamente. La publicidad se inserta en los contenidos y «patrocina los mismos», ya sea para hacer uso de una plataforma, o para monetizar y generar dinero por tus contenidos.  Yo mismo me reconozco cayendo en un sistema de tentación por lo aparentemente gratuito y siempre me lleva a la reflexión de si no deberíamos pagar por lo que se ofrece y dejarse de obtener los dineros con subterfugios.

No sé si en las escuelas de periodismo se están llevando las manos a la cabeza viendo como diarios de gran difusión son capaces de crear artículos vacíos de contenido y titulares incompletos. A mi le habían contado que un titular debía ser atractivo y, a la vez, ser suficientemente descriptivo sobre lo que iba el contenido. Los tiempos han cambiado, parece.

Me cuesta hasta compartir algún ejemplo concreto de pura vergüenza por haber caído. Pero os voy a denunciar uno de los que más me molesta, por repetitivo y porque no dejo de caer. Cada año, con el cambio de hora leo algún artículo que reza así: «el fin del cambio de hora». Es un tema que me interesa por el impacto que pueda tener tanto social, como informático, como psicológico. Y llevo años escuchando que se va a acabar. Las noticias invitan a pensar que ya se sabe la fecha del ultimo cambio de horario, cuando, después de tragarte por enésima vez la historia de por qué cambiamos de hora un par de veces al año, me vuelvo a enterar que el BOE ha publicado una nueva moratoria y que luego ya se verá.

¿Y qué podemos sacar productivo de todo esto? ¿Cómo poder hacer de este mismo artículo algo que no sea vacío de contenido y enriquezca un poco muestra vida?

Se me ocurre llevárnoslo a la crianza responsable. ¿Qué efecto crees que tendrá en el «amueblamiento cerebral» de niños y jóvenes un gran consumo de contenidos vacíos? Me recuerda mucho al concepto de «calorías vacías» de las que nos advierten los nutricionistas. Es algo a vigilar, es algo de lo que preocuparse y, quizás, una oportunidad de diálogo y aprendizaje dentro de la familia. ¿Por qué no aprovechar el fenómeno clickbait para mantener una conversación sobre ello? Seguro que cada uno tiene una experiencia, anécdota o ejemplo de clickbait que le ha llamado la atención. El mero hecho de ser conscientes de su existencia, de sus mecanismos y de sus razones va a ayudar a detectarlos antes y optar por contenidos más nutritivos para cultivar nuestro intelecto.

¿Y tú qué crees? En mi caso, la riqueza del contenido empieza ahora, cuando tienes la oportunidad de aplicar mi tema a tu propia realidad. Espero que no te hayas sentido picando un anzuelo y, en caso de que así sea, te devuelvo libre al mar.

46. La atención plena con los móviles

Vivimos en una sociedad en que no nos gusta perder el tiempo. Premiamos todo aquello que nos hace ganar tiempo y denostamos lo que nos lo hace perder ya sean servicios o personas. Mejor tardar 30 minutos que 40 para llegar al trabajo, mejor hacer dos o tres gestiones online en lugar de una presencial y ahora, mejor escuchar un mensaje de audio en la mitad de tiempo activando la doble velocidad. Me pregunto dónde va todo el tiempo que nos ahorramos cuando cada vez tenemos la impresión de que da tiempo a menos cosas. La respuesta está en cómo nuestro cerebro registra y memoriza la información, en cómo saborea los momentos. Se puede aprovechar mejor con la nueva moda que es la mal llamada «multitarea» o «multitasking» en inglés. Me planteo si realmente es una nueva moda o si lleva toda la vida con nosotros. Siempre ha sido normal escuchar la radio mientras se conduce, o mientras se barre o friega la casa, se ha podido tener una buena conversación mientras se cocina o se da un paseo, cantar mientras te duchas, y así un largo etcétera.

Nos podemos preguntar qué diferencia hay con respecto a estas nuevas tendencias de multitarea como: estudiar mientras se ven vídeos de otra cosa, ver dos vídeos simultáneamente de dos contenidos diferentes y el más frecuente, caminar a la vez que se mensajea.

A primera vista, la principal diferencia es que en estos nuevos hábitos estamos haciendo uso del mismo sistema sensorial para cosas diferentes: la vista. Pero no como haríamos con el gusto, combinando sabores para disfrutar de nuevas experiencias, sino para procesarlas simultáneamente, como si escucháramos dos conversaciones a la vez, una por cada oído.

Otra diferencia importante es el tema de la atención y la conciencia. En las multitareas de toda la vida, normalmente hay una tarea donde ponemos la atención y la conciencia y otras que «delegamos» a nuestros mecanismos automatizados inconscientes. Es decir, podemos estar conduciendo aparentemente sin conciencia de estar haciéndolo porque estamos disfrutando de la música y la conversación, que es lo que realmente registramos y memorizamos. En caso de emergencia o de necesitar tomar una decisión, la atención vuelve rápidamente a la carretera o donde se precise. Podemos delegar acciones y conductas al inconsciente en tanto estén sobradamente automatizadas y sobre-aprendidas. Podremos tomar buenas decisiones estratégicas durante un partido de fútbol, tenis o voleibol si los movimientos están suficientemente bien automatizados para no tener que pensar qué brazo o pie mover para realizar una determinada acción.

Ahora podemos fijarnos en qué ocurre si vamos leyendo y respondiendo mensajes mientras caminamos por la calle. Yo reconozco que alguna vez me he pillado haciéndolo, a veces podemos llegar a juzgar andar o pasear como una pérdida de tiempo que hay que llenar. Los ojos no pueden mirar simultáneamente a la pantalla y a la calle. Es verdad que son súper veloces, permitiendo una rápida transición de una a otra, lo cual nos brinda la ilusión de estar a las dos cosas. ¿Y nuestro cerebro? Nuestro cerebro puede tener muy aprendida nuestra forma de andar y totalmente memorizada nuestra ruta a casa. Por eso no nos caemos continuamente. Pero nuestra memoria de trabajo, que es la que se encarga de realizar las operaciones conscientes, no es multitarea. Necesita hacer un cambio de contexto cada vez que cambiamos la atención de un tema a otro. Y se ha demostrado que, como ocurre también en el mundo de la informática, cada cambio de contexto produce un poco de «pérdida de memoria» (memory leaks) y va costando cada vez un poco más recuperar el otro contexto. Imaginaros que no cuesta lo mismo pasar de una imagen a otra que de un sonido a una imagen o viceversa. Y esto ya es cosecha mía: no cuesta el mismo tiempo cerebral desconectarse de una canción para volver a poner la atención en la carretera que desconectarse de un mensaje de texto para volver a ver la carretera. Por eso: móvil al volante no, gracias. Y andando viene a ser un poco lo mismo. La prueba son los numerosos casos de móviles que acaban en el suelo por un tropezón, tobillos torcidos, espinillas con la marca de un bolardo, algún atropello o susto que otro, etc.

¿Y qué pasa con estudiar mientras veo una serie o ver una serie y un vídeo de Youtube a la vez? Pues que muy probablemente no registremos en nuestra memoria ni una cosa ni la otra. El hipocampo necesita de atención y dedicación exclusiva para poder memorizar e integrar. Quizás (especulación del autor) la razón de que no nos acordemos cómo hemos llegado a un sitio, o si he pasado la fregona por algún sitio, puede ser por haber delegado dicha función sin pasar por los mecanismos de memorización. Por eso mismo, la supuesta multitarea que requiere doble atención no puede funcionar.

En resumen: nuestro cerebro no es multitarea y los recursos atencionales son limitados y están muy afectados por los cambios de contexto y por el cansancio, sobre todo el mental. Sabiendo esto, podemos ayudarnos a tomar decisiones apropiadas sobre el uso de las pantallas y cuestionarnos si realmente estamos ganando tiempo o perdiéndolo. Una vez aprendido, podremos transmitir nuestros aprendizajes a las próximas generaciones que, por no poder comparar, quizás lo vean totalmente normal.

Os dejo con una reflexión: si, como dice el dicho, lo valioso de un trayecto no está en la meta sino en el camino recorrido, ¿no se disfrutará más un camino lento y largo que uno realizado a toda prisa? Al menos con las experiencias placenteras, ¿no crees?

Nos encontramos en el próximo post, que no será pronto, pues a fuego lento se ha de cocer.

45. Clasificación PEGI y competencias transversales

Uno de los principales riesgos en el que podemos caer los progenitores y tutores de las nuevas generaciones que tenemos cierta precaución y restricción del uso de los dispositivos digitales y tecnológicos es limitar el aprendizaje de ciertas competencias transversales que éstos proporcionan.

Se consideran competencias o aprendizajes transversales aquellos que se enseñan o aprenden de forma casi subliminal, sin darse cuenta, porque son aprendizajes implícitos a una otra actividad. Por ello, cuando un niño o una niña está jugando, a su vez está desarrollando ciertas capacidades mentales básicas para su adaptación al medio.

Por ello, mientras se juega al fútbol se aprende trabajo en equipo, se mejora la condición física, se aprende orientación espacial,… mientras se pinta se trabaja la coordinación ojo-mano, se aprende de los colores y las proporciones,… Todo aparentemente jugando.

Ni que decir tiene que «las pantallas», los dispositivos electrónicos también aportan ciertas habilidades transversalmente que, por suerte o por desgracia, van a ser necesarias para la adaptación a un futuro donde el pronóstico es que las tengamos hasta en la sopa.. No sé si provocaré algo de ansiedad o tecnofobia si preveo un futuro donde el propio plato de sopa nos va indicando en un lateral las calorías o nutrientes que estamos consumiendo, la temperatura del plato y ¡qué se yo!, la velocidad con la que debemos comer para llegar puntual a la próxima cita.

Bromas aparte, es difícil valorar la proporción adecuada de conocimientos que se deben ir adquiriendo de niños. Se han realzado estudios que demuestran la pérdida de ciertas habilidades sensorio-motrices en los niños que abusan de las pantallas. Desgraciadamente, no podemos saber ni estudiar qué posibles desarrollos cerebrales se puedan estar forjando para prepararlos a un futuro aun más tecnológico.

Sí se sabe, de momento, que aparte de absorber la atención, las redes sociales online, los videojuegos y el uso de tecnología digital permiten el desarrollo de habilidades en varios planos:

  • En el plano cognitivo, se trabaja la creatividad en tanto hay muchos programas y juegos que permiten crear, desde la configuración de un perfil, el diseño de un avatar, la construcción de una casa virtual, un video o un tiktok, etc. También se puede favorecer el escaneo espacial, adaptado a unas pantallas. Con frecuencia veo que las personas menos adaptadas a la tecnología suelen cometer errores visuales del tipo de no encontrar el botón adecuado (aunque esté resaltado de forma muy llamativa) o no lean todo lo que aparece en la pantalla. También el razonamiento lógico pues, de momento, lo digital está más cercano al pensamiento lógico, el que nos permite establecer relaciones entre los objetos reales (por ejemplo, lo físico, lo tangible) y los abstractos (donde podríamos colocar lo virtual).
  • En el plano de la comunicación, toca aprender las nuevas formas de comunicarse hoy en día y prepararse para el futuro. ¿Suena mucho a ciencia ficción si nos imaginamos paseando virtualmente por Japón junto con nuestro amigo/a del alma que vive en la otra punta del mundo, mientras conversáis de vuestras cosas? Digo esto como ejemplo de que la forma en la que nos comunicamos hoy puede ser infinitamente diferente a como lo hagamos en un futuro. Algo novedoso que he observado en las generaciones jóvenes es que ahora no solo juegan juntos a los videojuegos, sino que hablan simultáneamente, ya sea de cosas del juego como de otras personales.
  • También se producen aprendizajes en el plano emocional. Pasarse un videojuego puede requerir más autodisciplina que un examen. También les pueden poner a prueba la tolerancia a la frustración y su gestión del estrés cuando el juego se pone difícil o toca volver a empezar.
  • Otras competencias multifuncionales van desde la solución de problemas complejos (un videojuego fácil no motiva mucho) a la toma de decisiones y la coordinación con otras personas. En el mundo profesional detecto graves problemas de toma de decisiones y coordinación cuando estas acciones se desarrollan en una forma asíncrona y remota. Es normal, no estamos acostumbrados. En el pasado, la comunicación solía ser en presente y cara a cara. Ahora se escribe mucho, se deja por escrito para que otro lo lea cuando pueda y se lee mucho en diagonal, porque ya estamos bastante sobresaturados de información. Por eso pedimos a las inteligencias artificiales que nos resuman los textos y extraigan lo más importante, la capacidad lectora (otra habilidad digital importante) está muy desarrollada, a costa de quizás del oído, de las habilidades propioceptivas (sentir el cuerpo), la lectura del lenguaje no verbal, etc. Pero esta capacidad lectora se puede desbordar por sobresaturación, por ello también se prefiere lo meramente visual.
  • Queramos o no, las tecnologías están continuamente ofreciendo conocimiento nuevo: los trending topics, las opiniones, consejos o enseñanzas de tal o cual persona y disponemos de la mayor biblioteca de contenidos que jamás haya existido. Cada día va a ser más difícil adquirir conocimientos por medios no digitales. Sí, podremos seguir yendo a bibliotecas físicas, pero «solo» encontraremos historias y libros de historia. El conocimiento vivo y actualizado solo puede estar en Internet.
  • ¿Se pueden promocionar valores a través de los videojuegos o las redes sociales en línea o en vídeos? Está claro que también. Tenemos valores de trabajo en equipo y esfuerzo en los videojuegos, campañas de sensibilización en vídeos y redes sociales y más. Con nuevos canales de difusión e información donde la transmisión de valores tiene mayor impacto. No dejemos que solo los anti-valores sean los que se transmitan.
  • Por último, incluiría la influencia de las nuevas tecnologías en cómo se están elaborando las nuevas formas de inclusión y socialización. El ser humano tiene una tendencia innata y adaptativa a pertenecer. Primero a la familia que nos trae al mundo y, en cuanto podemos, a la mayor red de colectivos que nos hacen sentir personas, seguros e integrados en una sociedad. Esto es más complejo de lo que se puede decir en unas pocas palabras, pero quedaros con la idea de que buscamos la pertenencia y tratamos de evitar la posibilidad de ser excluidos de los grupos con los que nos identificamos. Observo que muchos de los niños que tienen las pantallas restringidas o no tienen acceso a videojuegos, o series de streaming, es que su forma de aspirar a la inclusión es mediante la memorización de lo que les cuentan sobre ello. Pueden llegar a saber cómo se juega a Minecraft o qué es lo que pasa en la Naruto sólo de oídas. Para mi es algo esperanzador, me da a entender que la necesidad de pertenencia va a dotar a los individuos de los recursos necesarios para ser incluidos, independientemente de las decisiones más estrictas o más relajadas en los límites de uso de las pantallas.

Por tanto, sabiendo que nuestros límites a la tecnología como madres y padres es importante pero no determinante, podemos valorar dónde ponerlos sabiendo que:

  • Saber que no se trata de «pantallas sí, pantallas no», sino de los diferentes usos que tienen las pantallas. Quizás en poco tiempo al forma de evolucionar de los dispositivos es hacia recursos más auditivos y menos visuales, o más táctiles y tengamos que dejar de usar el término «pantalla».
  • Valorar los usos de cada tecnología para habilitarla y ofrecerla en la edad y momentos más adecuados.
  • Equilibrar para no perder las habilidades más físicas y corporales. Seguimos teniendo un cuerpo de carne y hueso al que hay que enseñar a moverse por el mundo. Un tiempo con y un tiempo sin es importante, mejor si es consensuado y explicado.
  • Adaptar uso y tiempos a la edad de los peques. Apoyarnos (con cierto pensamiento crítico) en los criterios de expertos en valoración de contenidos y tecnologías. Por ejemplo, el sistema de clasificación PEGI (https://pegi.info/es) que suelen valorar la adecuación de un videojuego según la edad, para los valores culturales de Europa. Pero, más importante que la valoración de la edad, la cual yo considero solo un pequeño referente (me parece más importante la madurez, aunque sea más subjetiva), están los descriptores de contenido. Porque a algunas madres y padres les puede parecer más inapropiados contenidos de discriminación y violencia que los de miedo o sexo, o al revés. Tampoco es lo mismo que los peques jueguen solos a que lo hagan con nosotros, o que tengamos la oportunidad de hablar con ellos para aportar nuestras enseñanzas de lo que es el sexo saludable, los peligros reales e imaginarios, las implicaciones de la violencia en el mundo real, el valor del respeto y cómo puede ser afectado por el lenguaje malsonante, los peligros de las drogas, las posibilidades de ser engañados o caer en una adicción a los juegos,… A veces informar es más efectivo que prohibir.

Eso es todo, espero que os haya podido aportar algunas ideas que hagan vuestra convivencia en familia y en pantallas sea un poco mejor.

44. Comparación Social Negativa en Redes Sociales

«Las comparaciones son odiosas» dice la expresión, ¿por qué? Porque siempre hay alguien que sale perdiendo y, en ocasiones, los dos. En concreto el concepto de «Comparación Social Negativa» (o ascendente) se refiere a que una persona considera que el resto de personas son superiores a ella y solo se suele fijar en las carencias propias frente a las virtudes de los demás. Esto puede conducir a sentimientos de baja autoestima, resentimiento e insuficiencia y está asociada a problemas de bienestar y salud mental como ansiedad, estrés, baja autoestima, trastornos alimentarios, depresión y suicidio.

Históricamente siempre nos hemos comparado con otros y de toda la vida existe el maquillaje y las diferentes técnicas de enmascaramiento psicológico en el cual presentamos al mundo un rostro que no es nuestro verdadero rostro y una historia lo más «normalizada» o «exagerada» posible para causar un efecto de halago o normalidad, según se tercie. El tema es que, con las redes sociales online, este efecto se multiplica. Creo que es evidente observar que normalmente lo que consideramos bueno, lo sorprendente, lo que merece un reconocimiento, es publicado al gran público; y que, por el contrario, lo doloroso, lo que nos avergüenza, las crisis, etc. (con excepciones) se suele compartir más en pequeños círculos. Por tanto, salvo por el fallecimiento de un ser querido o una búsqueda desesperada de ayuda en las redes, lo normal es que éstas estén llenas de noticias fabulosas, viajes impresionantes, logros extraordinarios y fotos de extrema belleza, algunas convenientemente acompañadas por filtros de todo tipo.

No hace falta mucho estudio para anticipar el posible efecto que puede provocar a una persona con baja autoestima o que esté pasando por un bache, el hecho de que la mayoría de su red social le va genial y es «ignorante» de su crisis. La comparación social negativa se hace más fuerte y más evidente. Curiosamente, a alguien se le ocurrió crear una aplicación llamada BeReal (bueno, ese alguien tiene nombre: Alexis Barreyat) buscando romper máscaras y filtros y buscando la autenticidad de las relaciones sociales en base a unos puntos clave:

  • la obligatoriedad de realizar una publicación única diaria, compuesta por una foto tomada por la cámara delantera y otra de la cámara trasera (como forma de mostrar lo que estás vistiendo y lo que estás viendo en cada momento)
  • recepción de notificaciones aleatorias del momento en que debes realizar la publicación. Desde ese momento, tienes dos minutos para sacar la foto.
  • no se permiten ediciones, nada de filtros ni retoques.
  • y, por último, que todo es público, aunque las notificaciones que te llegan son las de los grupos que tengas definidos.

La idea podría considerarse buena de cara a restar fuerza a los ideales de belleza y a las apariencias. Sin embargo, me temo que puede acarrear otros problemas aún de mayor gravedad como: exceso de dependencia del móvil para poder tenerlo a mano cuando salta la notificación, problemas de privacidad (¿Cuánta información en segundo plano puede comunicar cada foto?) y, sobre todo, si ya tienes ciertos problemas de autoestima, obligarte a publicar no es lo mejor para tus maltrechos estados emocionales. Como me intrigaba el tema he preguntado a algunos usuarios qué pasa si uno no contesta a tiempo la petición. Y la respuesta fue que se le penaliza o no viendo los beReal de su grupo hasta que haga su publicación (la cual será marcada como un «late» o «tardío«) o que no podrá recibir más notificaciones hasta el siguiente día (con lo cual tampoco podrá ver a los demás). Por un lado es justo: si te muestras, ves y conectas con los demás y si no, pues no. Pero si no te muestras pues caemos en temas de exclusión social: vamos de mal en peor. Me han contado que hay jóvenes capaces de arriesgarse a un suspenso por hacer las publicaciones durante un examen (!!!). Nunca debemos subestimar la fuerza de la presión social y la necesidad de pertenecer, máxima entre los adolescentes y sus grupos de iguales.

¿Y qué hacemos? ¿Hay algún estudio o sugerencia que nos dé luz en este asunto?

No hay muchos, pero los estudios apuntan a que una buena autorregulación emocional puede ser clave como factor protector ante la comparación social negativa y sus efectos. Se entiende por autorregulación emocional como la habilidad de la persona para estar abierta a los sentimientos, modular los propios y los de los demás, así como promover la compresión y el crecimiento personal. ¿Y cómo podemos lograr esta autorregulación? Una vez más, el trabajo que se pueda hacer en casa y lo que refuerce la escuela. Y, en caso de que estos entornos no estén capacitados o no tengan éxito, siempre queda la psicoterapia y los talleres de autoconocimiento y gestión emocional.

Este post lo dejo aquí, cortito para relajar tu tiempo de lectura de pantallas… Si quieres seguir indagando en estos temas, te comparto algunos artículos relacionados. Buen día y buena lectura. ¡Que la belleza de los demás no apague nunca la tuya!

Díaz-Moreno, A., Bonilla, I. y Chamarro, A. (2023). Ansiedad y estrés, 29(3), 181-1862. Grupo de Investigación en Estrés y Salud. Universidad Autónoma de Barcelona. https://doi.org/10.5093/anyes2023a22

Faelens, L., Hoorelbeke, K., Soenens, B., Van Gaeveren, K., De Marez, L., De Raedt, R., & Koster, E. H. W. (2021). Social media use and well-being: A prospective experience- sampling study. Computers in Human Behavior, 114, 106510. https://doi.org/10.1016/j.chb.2020.106510

Hoge, E., Bickham, D., & Cantor, J. (2017). Digital Media, Anxiety, and Depression in Children. Pediatrics, 140(Supplement_2), S76-S80. https://doi.org/10.1542/peds.2016-1758G

Ozimek, P., Bierhoff, H.-W., & Hamm, K. M. (2022). How we use Facebook to achieve our goals: A priming study regarding emotion regulation, social comparison orientation, and unaccomplished goals. Current Psychology, 41(6), 3664-3677. https://doi.org/10.1007/s12144-020-00859-1

Mayer, J. D., & Salovey, P. (1997). What is emotional intelligence? In P. Salovey & D. J. Sluyter (Eds.), Emotional development and emotional intelligence: Educational implications (pp. 3–34). New York. Basic Books.

https://www.xataka.com/basics/que-bereal-como-funciona-esta-red-social-basada-espontaneidad

42. Las pantallas y el secuestro de la dopamina

La dopamina es un neurotransmisor que cumple una función muy peculiar en nuestro cerebro. Conocerla un poco más puede ser de gran utilidad para conocer muchos de nuestros comportamientos más automáticos e inconscientes, a la vez de los de los demás, incluidos los de los más pequeños de la casa.

Durante mucho tiempo, se consideró a la dopamina como la hormona del placer, e incluso, como la hormona de la felicidad. Se pensaba esto porque nuestros cuerpos la segregan en momentos en que estamos muy enganchados con algo: una actividad, un trabajo apasionante o una sustancia.

Sin embargo, aunque no podamos del todo descartar su influencia en el placer a corto plazo, este placer a «continuar lo que estamos haciendo» es un motivador o alerta a que, en breve, algo bueno o algo importante va a suceder. ¿Cuántos de vosotros no habéis recibido un «espera…» como respuesta a una petición de dejar de jugar a un videojuego o apagar la televisión? Ese «espera» es la voz de la dopamina que nos incita a seguir un poco más.

Este efecto, si hablamos de adaptación al ambiente, puede ser muy útil, nos permite mantenernos concentrados y aguantar hasta la resolución del «problema». Sería el equivalente a decir «¡no pararé hasta que lo consiga!». También es la voz de la dopamina.

El problema es que hay un «secuestro» de la voluntad en los picos de dopamina. Racionalmente podremos estar deseando desconectar, terminar, ir a la cama, pero seguiremos porque el cuerpo percibe un placer cortoplacista que supera a nuestro raciocinio a largo plazo.

¿Por qué es importante tener este punto de vista? Porque cuando pedimos a un niño/a o adolescente que deje de jugar a un videojuego, usar las redes sociales o ver la televisión, su respuesta no es del todo libre, sino que es dependiente de los niveles de dopamina que esté generando. No todos los productos o servicios generan la misma cantidad, los hay más adictivos y los hay menos. Incluso hay ocio o hábitos que pueden generar la motivación justa para poder desconectar sin malestar y sin que creamos que se va a acabar el mundo por ello o nos vayamos a perder la exclusiva del año.

Curiosamente, la dopamina no se segrega solo cuando estamos en plena actividad adictiva, también cuando pensamos, anticipamos o vemos algo que nos recuerde a ella. Entre adultos es fácil escuchar «me apetece un cigarrillo», «me entraría muy bien una cervecita», «¿dónde he dejado mi móvil?»,… También hay quien pasaría horas y horas trabajando. Nada es bueno ni malo en sí, simplemente es importante ser libres para poder realizar las conductas más saludables y adaptativas para nosotros.

Si sabéis inglés, os paso un enlace muy interesante que explica todo esto con más detalle y, además, da algunas pautas para minimizar el «enganche» con los videojuegos y otras adicciones digitales. Las cuatro pautas que da son:

  • Esperar 5 minutos. Las pataletas, desaires, o respuestas inapropiadas tras obligarles a apagar los dispositivos son efímeros, como la producción de dopamina. Unos minutos después, si aguantamos el temporal, veremos que se vuelve a la calma y, entonces, podremos dialogar o realizar la siguiente actividad (o inactividad).
  • Elegir actividades optimizadas a nivel de motivación y de adicción. Ni demasiado adictivas ni demasiado «sosas». Y, si es posible, variarlas, porque hay estudios que indican que cuanto más tiempo pasamos realizando una actividad, mayor se deseará la próxima vez.
  • Crear micro-entornos libres del elemento adictivo o incluso disponer de días libres de tecnología.
  • Intentar un cambio de hábito. Ya sea jugar de otra manera (juego colaborativo entre hermanos o padres/hijos), o enriquecer la vida con alguna otra experiencia (aprender un idioma, hacer una manualidad, cuidar mascotas,…)

La mejor forma de conocer la dopamina y regular sus efectos es practicando con nosotros mismos. No pidamos a los demás lo que nosotros no podemos. Mínimo habría que mostrar comprensión y abordar cualquier problemática al respecto en equipo, de forma colaborativa. Si yo reconozco mis dificultades, el otro me podrá ayudar y también se podrá aplicar «el cuento».

En primer lugar, convendría identificar aquellas sustancias, experiencias o dispositivos que nos generan algún tipo de adicción e identificarlas. Todas o muchas de ellas nos producirán placer, algunas nos pueden acarrear efectos secundarios como pérdida de tiempo, embotamiento, falta de descanso, problemas digestivos, problemas relacionales, insomnio,… ¿Me conviene poner límite? ¿Sería saludable moderar su uso o ingesta? ¿Dónde se encuentra el límite entre el uso y el abuso?

Es verdad que en una sociedad «de consumo», el consumo es potenciado, porque es lo que mueve la economía. La adicción potencia el consumo, quizás por ello los servicios adictivos solo se persiguen cuando pasan de ser beneficios a ser costes. Los videojuegos, las redes sociales, series y programas de televisión e incluso el fútbol están diseñados para generar dopamina y mantener nuestra motivación por su consumo.

Ahora es tu turno, se libre y dueño de tu vida. Disfruta del placer de las pequeñas cosas de cada día y sospecha si son siempre las mismas, impuestas desde afuera o si son devoradoras de tiempo.

41. Apego, vínculos pantallas

En mi anterior post estuve hablando sobre las potencialidades evolutivas y de aprendizajes que ofrece el mundo digital. Es importante conocerlas y potenciarlas, ya que están ahí a nuestro servicio. También es importante saber cuándo.

Hace unos años, en la década de los 90 apareció un producto digital denominado «Baby Einstein» con el argumento de ofrecer desde la más temprana edad contenidos digitales para estimular a los bebés con sonido y poesía. Sonaba tan romántico que fue todo un éxito. Sin embargo, cuando la investigación avanzó, se demostró que los niños que más veían los vídeos menos palabras llegaban a conocer.

El caso de este producto fue muy sonado y, desde entonces, se siguen realizando muchos estudios para valorar esta influencia negativa, muchos de los cuales hay que pillarlos con pinzas y cuidado porque pueden estar sesgados, es decir, se valoran y se estudian unas destrezas y capacidades, pero es difícil valorar si no se están adquiriendo otras no valoradas en la sociedad actual, pero sí pueden serlo en la futura.

En concreto, se ha encontrado evidencia de que los niños pequeños que pasan más tiempo frente a pantallas tienden a tener un desarrollo del lenguaje más lento (peor vocabulario y peor comprensión). Si, además, la interacción con los padres o cuidadores es deficitaria debido al exceso de tiempo con los dispositivos digitales, su capacidad de relación e interacción también se verá mermada. Por último, si el cerebro infantil se está desarrollando, aprendiendo de los estímulos que reciba, los estímulos digitales pueden alterar el normal y milenario hábito de aprendizaje y constitución del cerebro humano que históricamente ha recibido una cierta estimulación y que ahora le estamos brindando otra.

Quizás llegue un día en que implanten a los bebés un chip digital que interaccione con su cerebro para hacerlo más óptimo… o quizás no… Mientras tanto, dejemos que el cerebro se vaya configurando con los estímulos de siempre, al menos, en las primeras etapas de la vida.

Durante los primeros 18 meses el bebé aprende cómo vincularse con los demás basándose, principalmente, en su relación con sus cuidadores principales. Es una comunicación sin palabras. ¿Y quién suele ser su cuidador principal? Normalmente la persona que más tiempo pasa con ella, la que le calma cuando está nervioso, la que le alimenta cuando tiene hambre, la que le da calorcito cuando tiene frío. Desde hace tiempo se sabe que este apego no tiene por qué ser con una persona, podría generarse con un objeto, como un muñeco de trapo, un peluche o una mantita calentita. ¿Y si es una pantalla de móvil, de tablet o de televisión?

Hasta los dos, tres años, que el bebé empieza a individualizarse, a verse una persona única y diferente a las demás y a sus figuras de apego, todo lo que le rodea pasará a formar parte de su persona y de lo que necesita para sentirse seguro/a en un futuro. A veces veo móviles ajustados a la barrita del carrito de bebé, otras veces se utilizan los «dibujos animados» para entretener al niño/a mientras come. No quiero con esto culpar a los que lo hacen, supongo que las circunstancias de cada persona son únicas y respetables. No venimos con un manual bajo el brazo. Sin embargo, sí quiero abrir conciencia y reflexión sobre el efecto perjudicial de estos aparentemente pequeños gestos. Si queremos evitar que el niño patalee o llore, estamos negando y desatendiendo su respuesta emocional. ¿Por qué o para qué lo hace? ¿Qué necesita? Y si es para que no se aburra, le estamos negando la posibilidad de que encuentre la estimulación necesaria para encontrar un entretenimiento. Si llora porque tiene frío, le ponemos unos «dibus», si llora porque se ha hecho daño, le ponemos un canción, si se aburre, le damos un móvil, si tiene miedo, le damos un cascabel (físico o digital, lo mismo me da ya aquí). Quizás no sea un tema solo de pantallas sino de gestión de la emocionalidad. Los niños y niñas necesitan aprender a reconocer y gestionar sus emociones como aprenden a hablar o a andar. Y tienen a sus padres como modelos y sujetos con los que practicar. A veces la desesperación de un pequeño conecta con nuestra desesperación, su frustración con la nuestra y así con muchas de las emociones más desagradables. Las pantallas no deja de ser una vía de escape, una evitación más al contacto emocional que nos desagrada, una evitación al vacío de no saber qué hacer, en gran parte, por no haber sido enseñados en las señales emocionales que emite nuestro propio cuerpo.

Por eso, tenemos que tener cuidado de no estropearlo más, porque los aprendizajes digitales, por muy necesarios que sean en un futuro, no pueden eclipsar los aprendizajes emocionales y corporales. Ser capaces de detectar cuando tenemos frío, calor, estamos tristes, preocupados, ansiosos, enfadados, estresados, agotados, frustrados,… y aplicar la respuesta más adaptativa a esa situación, evitando la evitación, valga la redundancia.

Al final, los «analgésicos digitales» son como el resto de tipos de analgésicos: los fármacos y también el alcohol, las drogas y otros vicios que nos evitan un dolor/sufrimiento o nos dan un placer/tranquilidad a corto plazo «para olvidar». Evitamos el dolor y el sufrimiento, lo cual nos imposibilita encontrar la conducta o acciones necesarias para aliviarlo o prevenirlo. Y esto también se enseña, con palabras y con actos, y se practica, fundamentalmente, en relación.

Por tanto, invitaría a empezar por uno/a mismo/a para poder contagiar y enseñar a los demás. Usar lo digital para lo que realmente sirve y no para «narcotizarse» e huir. A veces es difícil, a veces es imposible, lo importante es tener la conciencia de lo que uno/a hace o deja de hacer. Y si se necesita terapia, pues no es un drama, es un apoyo que todos necesitamos en algún momento.

Os deseo un día de conciencia plena y contacto con vuestro cuerpo.

34. La guerra de las pantallas

Hace no mucho tiempo
En una galaxia muy muy cercana
Las familias galácticas están en un continuo conflicto por el tiempo de pantalla, la hora de apagado e irse a la cama y el uso que se les da a las mismas...

Muchas claman con urgencia que la orden Jedi traiga algo de luz al asunto antes de que sea demasiado tarde...

Realmente, no creo que necesitemos de la sabiduría ancestral Jedi pero sí podemos aprovechar a reflexionar a partir de la sabiduría que nos aporta la psicología, la Gestalt y otros saberes milenarios que hemos ido heredando.

La razón de escribir este texto es la observación de que en muchas familias a mi alrededor están permanentemente en este conflicto, la mía también.

Centrándome en la realidad más cercana en la que vivo (España, unos años ya de la guerra y la posguerra), creo que aquí las generaciones que ahora estamos criando hemos sido educadas contra la guerra y contra el conflicto, y con razón. Considero mi región mayoritariamente pacifista y reacia al conflicto, fuertemente posicionada hacia la Paz en cualquier conflicto internacional como para saltar con el NO a la guerra ante cualquier atisbo de violencia. Y, personalmente, me siento orgulloso de ello.

Y, a la vez, esto deriva en una dificultad para resolver los conflictos que nos surgen, sobre todo los relacionados con nuestros seres más queridos. El tema es que, para la Gestalt, por ejemplo, la vida es polar y un concepto no existe sin su contrario. En nuestro caso, la paz no existe sin la guerra, las buenas relaciones no existen sin los conflictos. No siempre se puede estar en un polo, hay que transitar por el otro cuando toca.

Si eres de las que te ha tocado el conflicto con las pantallas, ¿qué hacer?

Para la Gestalt la clave es integrar, aprovechar la parte positiva y adaptativa de cada polaridad. En mi opinion, la parte positiva en la guerra por las pantallas sería algo así como aprovechar el conflicto para nuestro propio bien y el de nuestra familia.

Una forma de ver un conflicto es como una discrepancia entre dos puntos de vista que solo puede resolverse mediante la negociación o la imposición del más fuerte. Imponer nos resulta  algo desagradable a las familias democráticas de hoy en día y negociar no es fácil porque podemos perder o porque el acuerdo nunca va a cubrir al 100% mi posición.

No es mi intención aquí hablar mucho sobre negociación o imposición, o de las líneas rojas y los límites. Esto da para unos cuantos posts.

Querría dar un poco de esperanza y apoyo para sobrellevar este tipo de conflictos. Me gustaría transmitir la idea de que estos conflictos los podemos usar a nuestro favor y el de nuestras familias.

¿Cómo?

Pues poniendo atención a pequeñas oportunidades relacionales que aparecen durante los mismos:

  • El contacto. Si alguno de tus hijos pasa ya por la etapa adolescente, probablemente verás que el contacto se reduce y los conflictos son más frecuentes. Aunque no sea lo que nos gustaría, resolver un conflicto es un punto de contacto y de relación que contribuye a la maduración de nuestro peque.
  • Los valores. Ya he expresado que hay una lucha de puntos de vista. Durante esta batalla, que no tiene por qué ser agresiva y violenta, se exponen los valores personales, familiares y sociales. Consciente o inconscientemente se ponen sobre la mesa y se ponderan. Se acabará imponiendo el valor que sea más importante para todos, a saber: la familia, el respeto, la independencia, el amor, el disfrute, las amistades, el equilibrio, la salud, la convivencia, la paz,…
  • El conflicto. Aprender a solventar conflictos de una forma adaptativa y no violenta se aprende pasando por ellos. De un conflicto a otro evolucionaremos si hay intención de progresar y aprender. Ya comenté que no estamos muy preparados para el conflicto, quizás porque no pasamos suficientemente bien por ellos cuando éramos pequeños.
  • El amor. Para mí, todo conflicto es positivo y constructivo bajo la premisa de sentir que «el amor y la pertenencia no están en juego». Es decir, pase lo que pase y se resuelva como se resuelva, el conflicto, nos seguiremos queriendo y se sigue perteneciendo al sistema, la familia, o lo que corresponda.

Y corto aquí que ya me he extendido mucho, aunque podemos continuar en los comentarios. Si el conflicto se os va de las manos, no tardéis en buscar ayuda profesional. Estamos rodeados de sabiduría psicológica y relacional que nos pueden facilitar la transición por estos conflictos.

Que la felicidad os acompañe, aquí y ahora.

25. Avatar y avatares

Un avatar antes de la era digital era (o es) la encarnación de un dios hindú (en tanto es una palabra que viene del sánscrito). En el mundo digital es la representación gráfica de nuestra identidad virtual (rae) o, en otras palabras, nuestra apariencia visible en las redes virtuales, juegos, etc. Puede ser una foto nuestra, una foto cualquiera, una caricatura nuestra, una caricatura de otro u otra, un personaje o animal que nos guste y así, un largo etcétera. En cualquier caso, es nuestra máscara más o menos transparente/opaca en el mundo virtual.

No sólo en el mundo virtual vamos con máscaras, también en el día a día. Una máscara es también cualquier conducta nuestra que distorsiona hacia el interior la verdadera esencia personal, lo que realmente pensamos y sentimos. La transparencia y la honestidad suelen estar muy valorados pero es bueno entender que una máscara tiene una función protectora de nuestra intimidad y de nuestras fragilidades.

Una diferencia que veo entre máscaras psicológicas y virtuales es que las primeras suelen ser más bien inconscientes, fruto de años de «interpretar uno o varios papeles en la vida», y las virtuales totalmente conscientes, eligiendo concretamente consideremos que nos vean. La otra diferencia importante (y habrá más) es que las virtuales pueden ser mucho más opacas que las físicas. En el cara a cara, con una persona física, nuestras máscaras son como los antifaces, ocultan una parte y dejan ver otras. Podemos «leer» los ojos de la otra persona, su comunicación no verbal, lo que deja entrever, … Y en el mundo virtual el avatar puede ser tan diferente de nuestro ser físico que se pueda considerar una identidad diferente, uno de muchos álter egos.

¿Para qué tener tantas identidades? ¿No es ya bastante cansino pelearnos por mantener la integridad de una? Cada vez que se atenta o se ataca la identidad que hemos construido durante tanto tiempo, solemos sentir dolor, rabia, invasión, agresión y otras muchas manifestaciones nada placenteras. Somos quienes somos por las decisiones que hemos ido tomando a lo largo de nuestra vida y por los grupos a los que hemos ido elegirnos pertenecer (al igual que los que nos trajeron a la vida). Luego, de alguna manera, al tener varias identidades ¿se fragmenta la identidad única?, ¿se pierde el sentido de identidad como algo único?, ¿podemos caer en trastornos de personalidad múltiple?, ¿qué puede pasar?

Yo tengo mi opinión al respecto pero creo que es importante que cada identidad nos háganos testas y otras preguntas para decidir dónde queremos ir y cómo queremos ser.

Sí me viene a la cabeza la película Avatar. Intentaré no hacer mucho spoiler. Si quieres, salta al siguiente párrafo 😉. En esa película, los humanos eran los que tenían la capacidad que los hindús otorgan a los dioses de encarnarse en otro cuerpo. Pueden ser otro/a de una especie especialmente conectada con la naturaleza residente en otro planeta. Y uno de los protagonistas, con discapacidad motora por parálisis en las extremidades inferiores «lo flipa» por poder volver a mover las piernas, correr, saltar, etc.

¿Qué nos aporta un avatar virtual? Pues ser otro, hacer cosas que no se pueden o nos sería muy complicado hacer en nuestra vida física como volar, hacer piruetas, pegar tiros, jugar profesionalmente al fútbol, ser guapo/a, tener éxito, conocer gente, … (Podéis añadir aquí vuestros sueños o situaciones que os cubren las pantallas y el mundo virtual en el que todos estamos de una u otra manera)

Yo, desde pequeño he estado en contacto con los juegos de ordenador y las llamadas «maquinitas» donde podías experimentar estas «disociaciones» que, antes de esta era se hacían mediante los cuentos, las historias, los libros o los sueños (y que se siguen usando, por supuesto). ¿Qué ha cambiado? Que ahora son muuuucho más realistas (gráficos impresionantes, efectos de sonido, realidad virtual,…) y que son mucho más interactivos y personalizables por el usuario. En un mundo tipo Minecraft o Roblox (por poner dos ejemplos en los que podemos tener a los peques) pasan muchas cosas, algunas más estimulantes que las de nuestra propia vida. Y lo que se va haciendo/construyendo se va grabando, como en nuestra vida. Vamos construyendo un mundo y una identidad que puede ser más placentera y satisfactoria que la de nuestra propia vida real. Salió en las noticias que se iba legislar sobre la posibilidad de trabajar como «jardinero de Minecraft»… ¿Horrorizado/a? Bueno, os puse el ejemplo de la película Avatar como ejemplo de que todo esto no tiene por qué ser para mal. No creo que andemos lejos de un mundo en que los ciegos vean, los sordos oigan, los cojos corran y los paralíticos anden. Ese mundo ya existe y es el mundo virtual. Y ser eternamente jóvenes. Poder trabajar a distancia. ¿Qué es más virtual que el dinero? En definitiva, no podemos elegir qué rumbo tomar si no ponemos todas las cartas sobre la mesa y junto con todo el miedo que nos pueda dar perder la identidad física, creo que es bueno poner en valor todo lo que aporta y todo lo que aporta a nuestros peques que son los que están heredando este modelo de vida.

Hay ciertas cosas que he experimentado yo mismo en mis incursiones por los mundos virtuales. A ver si os suenan algunas:

– Sentir rabia y desesperación por haber perdido todo lo que había hecho/avanzado hasta entonces: por un fallo de la máquina o un maldito monstruo
– Sentir ilusión y alegría por un logro nuevo, por algo que nunca antes había conseguido
– Tener la cabeza llena de planes de mejora o cosas para hacer (virtualmente) y que se haga eterno esperar el momento de poder llevarlas a cabo
– Sentir la frustración de tener que abandonar esta segunda vida en el momento más interesante
– Pegarme unos buenos sustos por una aparición repentina o hacer las cosas con miedo por una atmósfera tenebrosa que te rodee o la dificultad de una acción a acometer
– Tener largas y apasionadas conversaciones con mis hijos sobre lo que nos pasa en el mundo virtual (a menudo más intensas que lo acontecido en el cole o el mundo físico)

Un común denominador es que las emociones también existen en el mundo virtual y, no diría nada extraño si afirmó que, además, funcionan como vasos comunicantes entre los dos mundos. Lo que siento en uno va a repercutir en el otro y viceversa.

¡Uf!. Aunque esto da para hablar largo y tendido, creo que va llegando el momento de ir aterrizando. Como siempre surge la pregunta: ¿Y con esto que hago? ¿Qué tipo de vida digital y física quiero para mí y para mis hijas e hijos?

Estoy convencido de que cada persona tendrá sus propias respuestas a estas preguntas. En el caso de querer una mayor presencia para ellos y para ti en el mundo físico quizás habría que empezar por dedicar tiempo, espacio y esfuerzos a experimentar placer y disfrute terrenal: afectos, naturaleza, miradas, calor de hogar, aventura, experimentación, contacto,… No se trata de impedir o restringir el inevitable acceso a los mundos virtuales sino de no perder la alternativa para cuando queramos desconectar y ser nosotros mismos, que una excesiva virtualización nos saque de nuestra esencia, de nuestro contacto con la naturaleza y de lo que es tal como es.

Los peques no son tontos y si obtienen la misma o mayor gratificación por una actividad física, no dudarán en elegirla. La pregunta es: ¿las podemos ofrecer?

En los pocos días que he podido prestar atención a esto en mi familia me he visto: jugando a un LOL casero. LOL es un programa de humor en el que los participantes tratan de hacerse reír entre ellos. Nosotros lo sacamos de la pantalla y lo hicimos nuestro. Fue muy divertido. Y otra: estuvimos de excursión por el campo y no hacíamos más que sacar similitudes con la exploración en Minecraft (vamos a subir a esa colina a ver lo que se ve desde allí, necesito un mapa, vamos a ver cómo de profunda es esa cueva, ¿qué puedo hacer con estos palos o piedras?,… Escuchar y ver que pueden disfrutar tanto o más que en el mundo virtual paralelo da cierta esperanza.

21. Vergüenza informática

Se dice que lo que le falta a un robot o a un ordenador para poder pensar como un humano es procesar emociones. Y ahí están los ingenieros buscando desesperadamente la fórmula como si ahí radicara el verdadero salto cualitativo del razonamiento. Puede ser y, mientras tanto, la sociedad camina hacia relaciones «sin vergüenza». Es como si: ya que las máquinas no se pueden parecer más a nosotros, parezcámonos nosotros a ellas.

Los entornos virtuales: redes sociales, videoconferencias, juegos online, gestiones administrativas online, formaciones a distancia, reuniones multitudinarias, etc. son una gran ayuda para los vergonzosos, entre los que me incluyo. Y en estos tiempos pandémicos, tenemos la excusa inconsciente perfecta para evitar el contacto social (el que tiene predisposición a ello). Nos podemos esconder muy fácilmente detrás de un avatar, un email, una cámara apagada, una cuenta falsa o un alter-ego virtual que muestra lo bonito y atractivo de mi, a la vez que esconde lo que me avergüenza. Es mucho más fácil tapar y tenemos siembre a mano el botón de off para desconectar.

La vergüenza se ha utilizado como un policía o juez más que vela por el cumplimiento de las normas sociales, sobre todo las familiares. «Eres un sinvergüenza», «¿no te da vergüenza?», «vergüenza debería darte…», «me da vergüenza ajena»,… Son expresiones que, de alguna manera, transmiten qué es lo que está bien o mal moralmente, más allá de las leyes escritas.

Pues bien, si estamos en una sociedad en la que, gracias a las tecnologías, podemos escapar a esta vergüenza y a estos juicios internos y externos… ¿qué va a pasar? ¿nos dirigimos hacia el caos, hacia un mundo sin reglas morales?

La vergüenza es una vieja compañera de viaje en mi vida y altamente limitante. Por vergüenza he dejado de hacer cosas que quería o me convenía. Alguna vez también me ha evitado un disgusto.
Recientemente he aprendido a vivir con ella. Si hay algo que quiero hacer, lo hago con vergüenza. La vergüenza no decide pero la vergüenza me da información. Es la vocecita que funciona como un piloto de alerta. Me indica si hay algo que puede ir mal porque va en contra de la forma de hacer las cosas de mi círculo social o de mi familia de origen. Puede ser una alarma real o puede ser una creencia limitante, una norma moral obsoleta, un trauma familiar del pasado,… Y ya sé que si la escucho y veo de dónde viene, tengo más argumentos para decidir la acción a tomar. Y si decido ir hacia delante, pues iré, con la vergüenza de la mano.

¿Y qué hacemos ahora con las herramientas tecnológicas que nos ayudan a tapar la vergüenza? Lo siento, no tengo la respuesta. Abro la reflexión para que para que colectivamente encontremos la respuesta. Para mí me viene la idea de no abusar de las máscaras virtuales. No esconderme en ellas para saltarme las cosas que me dan vergüenza. Quizás algún día estos posts de transformen en un video… ¿Será posible?

Y de cara a las generaciones que están aprendiendo a desenvolverse en la vida en este mundo tan «sin vergüenza»… Pues quizás haya que enseñarles la otra cara… La cara de mostrarnos, de ser más auténticos, de permitirse exponer nuestras fallas o partes más vulnerables… Con miedo… Con vergüenza… Arriesgarse a ser ….

17. Redes sociales 3.0

Considerando las redes sociales 1.0 las previas a Internet: teléfono, reuniones presenciales, charlas, amistades físicas, periódicos en papel, televisión con dos canales,…; Y redes sociales 2.0 a todo lo que rodea Internet: los smartphones, la televisión a la carta, las apps de mensajería y de redes sociales, etc.; Podríamos poner el 3.0 a lo que está por venir o debería estarlo.

Recuerdo que no hace mucho tiempo yo estaba promoviendo y potenciando la transformación digital en mi empresa hacia unas redes sociales 2.0, animando al uso de plataformas como Twitter, LinkedIn, blogs e incluso intentando infructuosamente introducir la gamificación y los trabajos cooperativos virtuales. También animaba a los que se aferraban a los teléfonos que solo servían para realizar y recibir llamadas a que dieran el paso para beneficiarse de las mil y una utilidades de los teléfonos inteligentes.

Me parece importante destacar de dónde parto para que se comprenda bien a dónde quiero ir. Quiero ir a que después del boom del 2.0, en el que ya estamos casi todos, ahora debería venir una nueva versión en el que aprendamos a desconectar y a darles un uso más responsable.

Podría enumerar mil problemas que acarrea la permanente conexión a las redes sociales: desde la infoxicación informativa hasta el tecnoestrés (podéis leer un buen artículo de Celestino Gonzalez-Fernández, en el que lo explica muy bien).

Lo que es importante tener en cuenta es que los recursos atencionales, es decir, la energía y las redes neuronales dedicadas a la atención y a las acciones conscientes, no son ilimitados. Se gastan o, mejor dicho, se cansan. Y una vez cansados, empezamos a funcionar peor, a memorizar peor y a tener dolores de todo tipo, sobre todo de cabeza, oculares y musculares.

Esto es importante porque no creo que nadie quiere funcionar mal ni memorizar peor. Ni él, ni sus hijas e hijos, ni sus compañeros de trabajo o subordinados… ¿Verdad?

Un error frecuente en el que caemos, yo el primero, es creer que descansamos cuando usamos el móvil o la televisión. A mi juicio, es un descanso engañoso porque seguimos añadiendo actividad mental, información y estimulación visual a nuestro extenuado cerebro. Sería como invitar a salir a bailar a alguien que acaba de terminar una maratón, aparentemente es un cambio de contexto pero utilizando unos recursos que ya están fatigados.

También es importante darse cuenta que las tecnologías actuales nos obligan de alguna manera a estar en un continuo estado de alerta. Este estado es el que consume más recursos atencionales pues predispone al cuerpo a dar una respuesta inmediata en cuanto se precise (me canso solo de pensarlo). Un estado de alerta continuo puede ser estar pendiente de las notificaciones o mirar el móvil cada poco tiempo a ver qué hay de nuevo.

Yo mismo aún no me considero evolucionado a 3.0 pero, una vez puesta mi conciencia en la necesidad, empiezo a movilizarme hacia ello y de ahí este pequeño post que espero remueva conciencias y contribuya a generar ideas. Nuevas ideas que serán fundamentales para traspasar a las personas que tenemos a nuestro cargo.

Os comparto algunas ideas que he ido leyendo y que he ido poniendo en práctica por si os sirve:

Relajación, meditación, Yoga, o cualquier actividad física o al aire libre. Ya lo dicen los maestros de la meditación: medita al menos 20 minutos al día si tienes el tiempo, si no, medita 1 hora. Con ello conseguimos cambiar el modo de funcionamiento cerebral y desviamos los recursos atencionales a nuestro cuerpo y nuestra persona, al aquí y ahora,…

– Establecer un horario para la conexión y otro para la desconexión. Dedicar un tiempo a estar sin móvil, a aislarse del mundo y estar con toda tu atención con las personas que estás físicamente o para ti en exclusividad. Hay muchas formas de hacerlo: desde días sin móvil, a horario para contestar los whassaps, a probar a dejarse el móvil cuando se sale de casa, … En fin, imaginación al poder

Planificarse un detox-digital (Celestino González-Fernández)

Autoobservación: ¿Has probado a fijarte como responde tu cuerpo tras mucho tiempo conectado? Cansancio, dolores de cabeza, dolores musculares, visión borrosa, tensión, irascibilidad, fallos de memoria, ansiedad,… Observa sin con pautas de desconexión y descanso esos síntomas aflojan.

– Y, a veces, cuando nuestras fuerzas y energías no son suficientes para conseguir el cambio, no queda otra que buscar apoyos externos que nos ayuden: familia, amigos o profesionales.

Bueno, ya el artículo se está haciendo muy largo, esto da para mucho, toca desconectar y reflexionar. Si queréis aportar más ideas o comentarios, este es vuestro espacio.