30. Vamping

Hace tiempo que no me animo a hablaros sobre nuevos vocablos relacionados con el mundo digital que seguramente hayáis escuchado o leído por ahí sin saber a qué se refiere. No me es fácil, caigo en la contradicción de zambullirme en una investigación sobre los términos y aumentar mi uso de dispositivos, lo cual, como habréis ido leyendo en anteriores artículos, trato de reducir o, al menos, controlar.

Me he decantado por el vamping el cual creo que es fácil de explicar, de entender y, desgraciadamente, en aumento, no tanto por los más jóvenes sino también por la población adulta.

Vamping viene de vampiros, es decir, de los seres de la noche. Consiste en alargar la jornada usando los dispositivos electrónicos hasta altas horas de la noche en lugar de irse a dormir. No es nada nuevo, la televisión ya tiene unos cuantos años de historia y su presencia en los dormitorios ya sea para «ayudar a conciliar el sueño» o para «descargar la mente con la caja tonta» era muy habitual.

¿Qué ha cambiado? Que, mientras la programación televisiva nocturna era más bien soporífera, muy limitada y muy dirigida a determinado público, con Internet y las plataformas de streaming ahora tenemos contenido atractivo y adictivo las 24 horas del día.

Usar pantallas de luz azul por la noche conlleva unos cuantos problemas de salud física y mental: reducción de las horas de sueño, posibilidad de insomnio por sobre activación, alteración de nuestros circuitos neuronales que controlan el sueño y la vigilia, problemas visuales, he incluso se dice que se aumenta el apetito y, por tanto, el peso.

Si lo llevamos a los pequeños de la casa, el problema empeora. Cada vez hay más casos de niños y niñas (no digamos adolescentes) que usan las pantallas a escondidas en su habitación cuando todos duermen, incluso llegando a hacerse con dispositivos que han sido convenientemente requisados o apartados.

Si en muchas de las problemáticas con las pantallas surge la duda de qué podemos hacer, para esto está claro: dejar de usar las pantallas. Los expertos recomiendan: una o dos horas antes de irse a la cama… ¡Dos horas! Si alguien que está leyendo esto, lo hace, que nos cuente su secreto. Se ha creado una sociedad en que esto es casi imposible de cumplir, a no ser que ya vivas con un estilo de vida libre de pantallas y conectada con la naturaleza. Para bien o para mal, nuestro ocio nocturno casero es digital la mayoría de los días y va a ir a más. Cada vez quedan más lejos los tiempos de leer un libro, contar un cuento, dar un paseo, jugar a las cartas o, simplemente, tener una buena conversación antes de irnos a dormir. La competencia es feroz: series infinitas de televisión, gracias infinitas de tiktokers y youtubers, amigos por todo el mundo activos a todas horas, juegos interminables, e incluso libros electrónicos más fáciles de conseguir en digital que en papel.

¿Cual es la solución? Como siempre, creo que es positivo empezar dándose cuenta del problema. De ahí mi intención de visibilizar un poco esta problemática que empieza a ocupar un lugar importante en las sesiones de psicoterapia. Tomemos conciencia de cuánto está afectando el vamping en mi familia o a mí en particular, si hay problemas de insomnio, si hay cansancio o fatiga mental, si baja el rendimiento laboral o académico, si tengo dolores de cabeza frecuentes… Cuanto mayor sea el mal, más rígidas tendrán que ser las medidas.

Y una vez detectado el «enemigo», tirar de creatividad o de compartir experiencias con las personas que nos rodean. Podemos apoyarnos, curiosamente, en la tecnología con los temporizadores, que nos ayudan a apagar los dispositivos cuando nosotros no somos capaces de hacerlo. Hay móviles y televisiones que se pueden configurar para que se apaguen a una determinada hora de la noche. Podemos empezar con un pequeño cambio de hábitos. Un día, una noche, esta noche, hagamos algo diferente. «Saber que se puede, saber que se puede», y ya iremos ampliando.

Y si tu familia es de las que aún está a tiempo de prevenir en vez de lamentar, quizás sea más fácil crear los hábitos y las rutinas desde un principio.

Por último, os quiero compartir un gran aprendizaje que me he llevado acerca del vamping y del uso de pantallas «para descansar». Creo que ya lo he dicho en algún otro post,l: el descanso no es real. Lejos de descansar, las pantallas nos agotan. Creemos estar descansando y tenemos el cerebro a mil, hiper estimulado. Saber esto ayuda a no autoengañarse y buscar un poco de motivación hacia la desconexión digital real durante nuestro tiempo de descanso.

Disfrutad de vuestro próximo descanso.

29. Tiempos de pantalla

Una de las preguntas que más me suelen hacer tanto en talleres sobre pantallas como fuera es la siguiente: «sí, pero, ¿cuánto sería el tiempo máximo que deberían dedicar a las pantallas?».

Cuando la escucho siempre me viene la frase atribuida a Sócrates que nos da a entender que nunca podemos saber nada con absoluta certeza, no sabiendo mucho de algo. Y es que se trata de una pregunta inconscientemente tramposa en tanto no hay una respuesta correcta para todas las situaciones. La respuesta más válida que se me ocurre es un «depende». ¿De qué depende? Depende de muchos factores o colores del que formula la pregunta: la edad de los niños, las circunstancias familiares, su entorno social, lo adaptativo o desadaptativo de sus conductas hacia las pantallas y mil factores más. Reflexionando sobre el tema y trayendo a la palestra un poco de teoría Gestalt, diría que depende, sobre todo, del «para qué». Preguntarse «para qué» ayuda a destapar la necesidad subyacente. A diferencia de un «¿por qué?» que nos remite a un pasado que ya no existe. Hay un «para qué» que habla de necesidades: para qué quiere el niño o la niña usar las pantallas, y «para qué» queremos nosotros que las usen o no las usen.

Mientras sean pequeños o dependan de nosotros (que cada quien ponga la edad apropiada), me interesa el «para qué» nuestro. Una vez traspasada la frontera de nuestro control y responsabilidad, la pregunta puede ser para qué las necesitan ellos.

¿Para qué quiero que hagan pantallas?

Lo moralmente más fácil de aceptar sería dar este tipo de argumentos: para que aprendan, para que socialicen con sus amigos, para estar al día, para que se diviertan, … Pero también pueden haber motivaciones ocultas que nos cueste más reconocer por hacernos sentir vergüenza o un poco culpables, porque son más nuestra necesidad que las suyas: que estén localizados, como premio a buen comportamiento, para no escuchar más sus lamentos, para que nos dejen un rato tranquilos o descansar, para que no molesten, para tener un rato de silencio,… (Añade tú las tuyas propias, con sinceridad y sin culpa)

¿Para qué limitar las pantallas?

Igualmente podemos justificarnos con afirmaciones muy propias de padres ideales y responsables: para que cuiden su salud visual, para que no se «atonten», para que no se vuelvan adictos, para que no sufran en un futuro, para que no pierdan habilidades sociales cara a cara, para que sus cuerpos no se atrofien por falta de movimiento, para que dediquen más tiempo a estudiar, que sean más libres… Son razones muy lógicas y muy valiosas junto con otras motivaciones algo más «egoístas» (también sin culpa): que pasen más tiempo con nosotros, que hagan más cosas en casa, que se diviertan como nosotros hacíamos, que sean más como nosotros, para que sepan que la vida no todo es juego, para aferrarnos al mundo como era antes…

Y si tú hija o hijo ya tiene un nivel madurativo suficiente como para poder dialogar o reflexionar juntos, podríamos aprovechar para preguntarles directamente a ellos: ¿para qué necesitas ahora las pantallas? ¿para qué pasas tanto tiempo con las pantallas?

Mi propuesta para manejarnos mejor en esta problemática de encontrar el tiempo saludable y adecuado de pantallas es poner, sinceramente y responsablemente, todas estas respuestas (suyas y nuestras) en una balanza o en una ecuación para encontrar la medida del tiempo. En esa ecuación, incorporemos todos los elementos que mencionaba en un principio: edad, hermanos, amigos, problemas, soluciones, contextos,… Ponderar cada elemento según la importancia que tenga para la familia. Y, con todo bien agitado, generar vuestra propia fórmula química que veáis factible aplicar. Muy probablemente, el primer resultado no sea el esperado y tocará reajustar, es normal. Así también se aprende, con ensayo-error.

Como para esta sugerencia que aquí os presento no hay un estudio que lo refrende y que, por mucho que sepamos, no sabemos nada, no toca más que intentar y esperar. Al menos habrá dos posibles efectos principalmente: que funcione y podamos sentirnos en paz; o que no funcione, en cuyo caso, yo sigo dando una lectura positiva: habremos puesto sobre la mesa una actitud de cuidado hacia ellos, mandaremos un mensaje de que nos importan y que deseamos lo mejor para ellos. Aunque estos gestos pueden parecer que caen en saco roto, muy probablemente no lo harán. Quedarán guardados en un pequeño rinconcito que el futuro adulto sabio sabrá aplicar cuando sea necesario.

Me gustaría saber de vuestros intentos, de lo que funciona y de lo que no. Saberlo y compartirlo nos dará experiencia y recursos para crecer en comunidad. Feliz aquí y ahora

21. Vergüenza informática

Se dice que lo que le falta a un robot o a un ordenador para poder pensar como un humano es procesar emociones. Y ahí están los ingenieros buscando desesperadamente la fórmula como si ahí radicara el verdadero salto cualitativo del razonamiento. Puede ser y, mientras tanto, la sociedad camina hacia relaciones «sin vergüenza». Es como si: ya que las máquinas no se pueden parecer más a nosotros, parezcámonos nosotros a ellas.

Los entornos virtuales: redes sociales, videoconferencias, juegos online, gestiones administrativas online, formaciones a distancia, reuniones multitudinarias, etc. son una gran ayuda para los vergonzosos, entre los que me incluyo. Y en estos tiempos pandémicos, tenemos la excusa inconsciente perfecta para evitar el contacto social (el que tiene predisposición a ello). Nos podemos esconder muy fácilmente detrás de un avatar, un email, una cámara apagada, una cuenta falsa o un alter-ego virtual que muestra lo bonito y atractivo de mi, a la vez que esconde lo que me avergüenza. Es mucho más fácil tapar y tenemos siembre a mano el botón de off para desconectar.

La vergüenza se ha utilizado como un policía o juez más que vela por el cumplimiento de las normas sociales, sobre todo las familiares. «Eres un sinvergüenza», «¿no te da vergüenza?», «vergüenza debería darte…», «me da vergüenza ajena»,… Son expresiones que, de alguna manera, transmiten qué es lo que está bien o mal moralmente, más allá de las leyes escritas.

Pues bien, si estamos en una sociedad en la que, gracias a las tecnologías, podemos escapar a esta vergüenza y a estos juicios internos y externos… ¿qué va a pasar? ¿nos dirigimos hacia el caos, hacia un mundo sin reglas morales?

La vergüenza es una vieja compañera de viaje en mi vida y altamente limitante. Por vergüenza he dejado de hacer cosas que quería o me convenía. Alguna vez también me ha evitado un disgusto.
Recientemente he aprendido a vivir con ella. Si hay algo que quiero hacer, lo hago con vergüenza. La vergüenza no decide pero la vergüenza me da información. Es la vocecita que funciona como un piloto de alerta. Me indica si hay algo que puede ir mal porque va en contra de la forma de hacer las cosas de mi círculo social o de mi familia de origen. Puede ser una alarma real o puede ser una creencia limitante, una norma moral obsoleta, un trauma familiar del pasado,… Y ya sé que si la escucho y veo de dónde viene, tengo más argumentos para decidir la acción a tomar. Y si decido ir hacia delante, pues iré, con la vergüenza de la mano.

¿Y qué hacemos ahora con las herramientas tecnológicas que nos ayudan a tapar la vergüenza? Lo siento, no tengo la respuesta. Abro la reflexión para que para que colectivamente encontremos la respuesta. Para mí me viene la idea de no abusar de las máscaras virtuales. No esconderme en ellas para saltarme las cosas que me dan vergüenza. Quizás algún día estos posts de transformen en un video… ¿Será posible?

Y de cara a las generaciones que están aprendiendo a desenvolverse en la vida en este mundo tan «sin vergüenza»… Pues quizás haya que enseñarles la otra cara… La cara de mostrarnos, de ser más auténticos, de permitirse exponer nuestras fallas o partes más vulnerables… Con miedo… Con vergüenza… Arriesgarse a ser ….

20. Sobre el Fortnite y otras guerras internas

Para el que no lo sepa, Fortnite es uno de los juegos «de tiros» más populares del momento. Los hay más violentos, los hay más sangrientos y, aún así, preocupa la cantidad de tiempo que pasan los jóvenes y no tan jóvenes matando a todo quisqui «hasta que solo queda uno».

¿Qué preocupa más? ¿El tiempo empantallados o la violencia en el juego?

De alguna manera este tipo de juegos deben proporcionar placeres que lo hacen adictivo. El Fortnite, además, te permite destrozar con saña casi cualquier cosa. Hasta la vibración del mando puede ser estimulante.

Estas cosas me cuestionan mucho. ¿Hasta qué punto necesitamos juegos o películas violentas para sacar la agresividad contenida que llevamos dentro? ¿Por qué hay tanta agresividad y competitividad? ¿Los juegos crean personas violentas o las personas agresivas buscan los juegos violentos?

En cualquier caso, aceptando la realidad tal y como es, podemos empezar a preguntarnos cómo nos afecta que un niño, o una niña, se pase las horas muertas en una realidad virtual, llena de emociones desenfrenadas. ¿Eres de las personas que no soportan este tipo de juegos? ¿Eres de las que necesitas sacar tu furia interna sin censuras morales?

Sea cual sea tu respuesta, esto no es blanco o negro. En cada persona los juicios funcionan de forma diferente según la historia particular de cada quien. Pero es una oportunidad valiosa para aprender de nuestromundo interior y nuestras guerras internas.

Los juegos de tiros hace ya años que existen. De hecho, ahora caigo, incluso antes de jugaba con escopetillas y tirachinas de verdad, de los que hacen daño físico. Ahora, sin embargo, el mundo virtual es tan impresionantemente realista que nos puede confundir y descontextualizar del mundo físico. Por ello, creo que es importante parar, dialogar y repensar por dónde queremos ir sin dejarnos arrastrar por la inercia.

Y, como siempre digo, este diálogo, los que tenemos hijos, lo podemos hacer con ellos. Hablar de nuestros miedos, de nuestras inseguridades, de las dudas, de cómo podemos autorregularnos, etc. También los colectivos de madres y padres, hablar, debatir, consensuar, buscar apoyos,… Y, cada uno con su individualidad y sus guerras internas, ver dónde se coloca y qué nos dice la agresividad, el enfado, los miedos, las dudas, las molestias, la desgana, la desesperanza,…

Todo esto me recuerda una película que vi hace tiempo: Demolition man. Violenta como pocas, creo recordar que poco sangrienta y futurista… Como Fortnite. Es antigua y ya salían temas como la excesiva virtualización, el control comportamental y la supervivencia de un grupo de disidentes que se aferraba «a la comida basura», al «contacto» y, en definitiva, a la libertad.

También es verdad que quizás, por la propia autorregulación de la vida, nos acabemos cansando de tanta pantalla y tanta ausencia de contacto. El aislamiento pandémico lo está acelerando aún más. Hace poco escuché a un chico de la edad de mi hijo mayor decirle a otro: ¿Y si nos bajamos las láser combat (pistolas láser)? Parecían cansados de móvil y consola y preferían llevar sus deseos de juego agresivo y competitivo al mundo físico… Quizás lo tangible no lo tenga todo perdido.

Y a ti, ¿qué te mueve con esto?

19. Phising y Gestalt

Para los que este año vayan a realizar todas o parte de sus compras navideñas por Internet me gustaría sugerir algunas cosas a tener en cuenta para evitar malas experiencias. Ya en su día escribí un post sobre phising y timos en Internet. Hoy me viene ampliarlo mezclando estos dos términos tan dispares: phising y Gestalt, ¿qué tienen en común?

La psicología de la Gestalt aglutinó a un grupo de científicos que definió algunas propiedades de la percepción humana. Resumiendo mucho, afirmaban que en base a una necesidad o deseo unos aspectos de la realidad se hacen figura y son más perceptibles y otros pasan a segundo plano como fondo.

Esto lo podemos ver fácilmente en la vida cotidiana. Por ejemplo: hay personas que quieren tener un bebé y, de repente, empiezan a ver muchas mujeres embarazadas o familias con niños pequeños; quieres cambiar de coche y, ¡qué casualidad!, te topas constantemente con el modelo que más te gusta.

Esto ocurre por pura adaptación al medio: si necesitamos comer o beber, lo más adaptativo es dedicar nuestros recursos mentales y corporales a satisfacer esa necesidad.

¿Cuál es el problema? Que muchas veces la figura nos impide ver el fondo. Nuestros sistemas de alerta ante los peligros están diseñados para los peligros habituales, pero no para los nuevos. Y ahí es donde entra el phising.

Phising consiste básicamente en orientar tu atención hacia tu necesidad o apetencia de forma que no percibas el riesgo de ser víctima de un fraude. Cuanto más real o bonita te parezca una tienda o producto virtual, más fácilmente puedes «picar el anzuelo».

¿Eso quiere decir que no debemos comprar por Internet? En absoluto. Simplemente hay que aprender a moverse en un nuevo contexto de compra. En el contexto físico habitual, sabemos de sobra qué tiendas son de mayor o menor calidad, dónde no compraríamos nunca, o dónde comprar un tipo de productos y no otros. Al final, Internet no difiere en mucho del mundo cotidiano, simplemente que es mucho más barato y también es más fácil embaucar.

Por mi experiencia, os puedo compartir algunos tips para que la figura no nos impida ver el fondo:

– ¿Conocéis algún ejercicio de figura-fondo? ¿O conocéis alguna imagen de esas que según la mires se ve una cosa u otra? Pues ése es el ejercicio que habría que hacer ante una compra: primero miramos la figura (lo que queremos, sus propiedades, sus características, el precio,…) Y luego, cambiamos la mirada y hacemos figura la tienda y la fiabilidad de la compra.

La figura oscura capta más la atención a pesar de que las otras tienen un color aparentemente más atractivo

– Para verificar que la tienda es de fiar podemos verificar varias cosas: el candadito del navegador (nos dice que es una conexión cifrada y a quién corresponde la certificación), verificar que en la web de la tienda edita un apartado llamado «sobre nosotros» (o similar) que identifique claramente quién está detrás de la venta, hacer una búsqueda en Internet sobre la tienda buscando señales de fraude, comparar el producto en varios lugares, preguntar a amigos o expertos, …

¡Qué rollo!, ¿no? Bueno, en la medida que hagamos este ejercicio, cada vez nos moveremos de forma más segura en este medio pues añadiremos estas trampas visuales a nuestros registros del sistema de alerta.

V . Sexting

Para los que desconozcáis la palabreja, deciros que con sexting nos referimos al envío de contenido o archivos digitales de tipo sexual, ya sean propios o ‘robados’. El nombre viene de ‘texting’ (chatear), por lo que podríamos traducirlo algo así como «chatear con contenido sexual explícito». 

Esta forma de relacionarse está siendo algo frecuente y visto como normal entre los más jóvenes ¿Para qué lo hacen? Según un estudio cuyos detalles podéis encontrar aquí:(https://www.magisnet.com/2019/07/los-menores-ven-el-sexting-como-normal-y-parte-de-las-relaciones-romanticas/) las chicas suelen contestar que hacer sexting les hace sentirse corporalmente mejor (¿más sexis?) y que les ayuda a crear intimidad entre dos personas. Los chicos, sin embargo, suelen contestar con un «porque sí».

Como soy de los que piensan que las conductas actuales suelen ser réplicas de las de antaño solo que con otros recursos, me parece que la necesidad que se esconde detrás es muy parecida al flirteo de guiños y miradas, las ropas cada vez más ajustadas y escuetas, etc. Obviamente, el peligro que esconde hacer sexting es infinitamente mayor que el de enseñar más o menos «carne» en la calle, discoteca, playa o gimnasio. Pero quiero quedarme con la necesidad o motivación de las y los que lo practican para poder encontrar un punto de diálogo y de actuación antes de ponerse manos a la obra de atajar la problemática derivada del sexting.

Me parece que detrás del sexting está, para algunas personas, el deseo de sentirse valorada y estimada, y de gustar a la persona que te gusta (muy en consonancia con las inquietudes juveniles y adolescentes). Por otro lado, otras personas, lo pueden usar por morbo y/o placer aprovechando una tecnología que permite las relaciones privadas individualizadas y casi a cualquier hora y en cualquier lugar.

También hay otra posible historia: cuántas veces no habremos visto en una película: chica conoce a chico, queda enamoradísima de él, se acuestan como acto de entrega total y declaración de amor sin límites, luego el chico, que no siente lo mismo, «si te he visto no me acuerdo». Esta historia, que seguro que es algo habitual, se puede reproducir con sexting siendo cada participante mucho más joven: chica chatea con un chico que le gusta, chico le pide una foto o vídeo de partes íntimas como prueba de su amor, chica se lo envía y chico… (cada quién que interprete lo que se puede hacer con una foto o vídeo comprometido, pues casos ya han salido a la luz).

Los peligros, por tanto, son infinitos, desde bullying, extorsión, que se acabe haciendo pública o viral la foto o el vídeo,… Y las consecuencias sociales y psicológicas que puedan derivar, otras tantas: pérdida de amistades, conflictos, baja autoestima, depresiones, suicidios, etc.
Y la pregunta es: ¿cómo podemos encarar el tema del sexting si éste está visto como algo intrínsecamente ligado al romanticismo del siglo XXI? Cualquier comentario relativo a la peligrosidad del mismo puede hacernos ser tildados de carcas y antiguallas. Ni que decir tiene de hablar de las bondades de unas flores, una carta romántica o un verso erótico, ¿por qué no?

Por ello, considero muy importante no perder de vista el gran poder que tiene el enamoramiento, que es capaz de conducir a la gente a realizar las más dispares locuras… y, encima, estar bien vistas. Por amor, se emborracharán, conducirán a lo loco, se meterán en peleas, se suicidarán… Teniendo esto en cuenta, el sexting sería solo un peligro más, que creo que habría que abordar de una manera similar a estos desafíos que se presentan íntimamente ligados a la adolescencia y a la juventud. 

¿Habéis hablado ya de temas como el sexo, las drogas, los peligros de la calle, …? He aquí un nuevo reto, hablar y tratar de recoger confianza a partir de sembrar apoyo. ¿Cuál puede ser el equilibrio entre autonomía/libertad y seguridad/control? Ahora es vuestro turno…

Capítulo 2. Los retos

¿Quién no ha jugado en la más tierna infancia o adolescencia a un reto? Los había de todo tipo: juegos como «verdad o prenda», origamis que te lanzaban preguntas aleatorias, el de la botella giratoria, y aquellos retos en los que tenías que mandar una carta a no sé cuánta gente.
Internet pone el tema de los retos bastante más fácil, accesible y, ademas, más peligroso por el anonimato de los autores y por lo rápido que se propagan. También os los podéis encontrar bajo el nombre de challenges.
Seguramente habréis escuchado de algunos que han provocado suicidios, alteraciones psicológicas de diversa gravedad, o que son utilizados para el robo de información personal (Momo, la ballena azul, balconing, etc.) Si os atrevéis a conocer una tanda de los más escalofriantes, podéis consultar en este  enlace, o podéis ver webs donde se pueden crear cuestionarios para pasar a las amistades: quizyourfriends.com o ask.fm.
Pero no todos son tan peligrosos. Los hay muy cándidos e inocentes sobre si te gusta tal o cual chico o chica, tal grupo de música, tal deporte, etc. probablemente orientados a hacer grupos de iguales y/o empezar la fase de ligoteo. Me viene a la cabeza la imagen de Marty, de Regreso al Futuro, cuando cada vez que le llamaban gallina no se podía contener y hacía hasta la locura más disparatada con tal de no ser marginado.
Los retos o challenges tienen algo de eso. ¿Qué ocurre cuando uno no los pasa? Ser llamado gallina casi es lo de menos, puede conllevar exclusión o marginación dentro de un grupo de iguales. En general, la forma que tiene el colectivo adolescente de ir forjando su identidad es identificándose con otros grupos fuera de su familia.
Los retos, pues, unen, hacen piña, nos hacen sentir especiales para alguien, nos da un sentido de pertenencia. Es importante saber  lo que aporta esto de los retos a cada persona para no acabar dictando una prohibición tajante que deje al niñx aisladx y sin recursos. Yo, detrás de los retos, veo la necesidad de hacer grupo y empezar a explorar lo que piensan tus amigas y amigos. Debe ser sorprendente apreciar las diferentes respuestas que pueda dar cada quien a un mismo reto o pregunta. Aunque pueden existir muchos más motivos (os invito a investigar tus propios motivos y los de la gente que te rodea)
Resumiendo: si bien todos los retos no son peligrosos, muchos de ellos van a forzar al joven o a la joven a «elegir» entre las normas morales de su familia y las del grupo, o incluso, a poner en juego su integridad física para pertenecer a un grupo (ahora me viene a la mente el tema de las novatadas que tienen más o menos la misma razón de ser).
Y aquí voy a ser yo el que os ponga un reto para pertenecer a esta red de mpadres intranquilos y preocupados por el alcance de las tecnologías en nuestras vidas y las que nos suceden:

Plantea un reto sencillo para hacer en familia. Al conseguirlo, plantea uno más complicado o, incluso, peligroso. Mirad cuál es la reacción de cada uno… ¿qué se está dispuesto a hacer para pertenecer a la familia? Esto puede llevar a un diálogo espontáneo sobre los retos. Hasta dónde se puede llegar, hasta dónde conviene llegar. ¿Qué se pierde cuando uno no realiza un reto? ¿Qué se gana? ¿Se puede ganar una amistad sin tener que aceptar un reto? Hacedlo y, por supuesto, podéis compartilo para que todos podamos aprender.

Por último, si, para ti, toda prudencia es poca y quieres estar al tanto de los retos absurdos y peligrosos que vayan surgiendo para poder detectar comportamientos extraños en la persona o personas que cuidas, puedes suscribirte a listas de difusión de esta información como la que ofrece Gaptain.com en
¡Hasta la próxima!