46. La atención plena con los móviles

Vivimos en una sociedad en que no nos gusta perder el tiempo. Premiamos todo aquello que nos hace ganar tiempo y denostamos lo que nos lo hace perder ya sean servicios o personas. Mejor tardar 30 minutos que 40 para llegar al trabajo, mejor hacer dos o tres gestiones online en lugar de una presencial y ahora, mejor escuchar un mensaje de audio en la mitad de tiempo activando la doble velocidad. Me pregunto dónde va todo el tiempo que nos ahorramos cuando cada vez tenemos la impresión de que da tiempo a menos cosas. La respuesta está en cómo nuestro cerebro registra y memoriza la información, en cómo saborea los momentos. Se puede aprovechar mejor con la nueva moda que es la mal llamada «multitarea» o «multitasking» en inglés. Me planteo si realmente es una nueva moda o si lleva toda la vida con nosotros. Siempre ha sido normal escuchar la radio mientras se conduce, o mientras se barre o friega la casa, se ha podido tener una buena conversación mientras se cocina o se da un paseo, cantar mientras te duchas, y así un largo etcétera.

Nos podemos preguntar qué diferencia hay con respecto a estas nuevas tendencias de multitarea como: estudiar mientras se ven vídeos de otra cosa, ver dos vídeos simultáneamente de dos contenidos diferentes y el más frecuente, caminar a la vez que se mensajea.

A primera vista, la principal diferencia es que en estos nuevos hábitos estamos haciendo uso del mismo sistema sensorial para cosas diferentes: la vista. Pero no como haríamos con el gusto, combinando sabores para disfrutar de nuevas experiencias, sino para procesarlas simultáneamente, como si escucháramos dos conversaciones a la vez, una por cada oído.

Otra diferencia importante es el tema de la atención y la conciencia. En las multitareas de toda la vida, normalmente hay una tarea donde ponemos la atención y la conciencia y otras que «delegamos» a nuestros mecanismos automatizados inconscientes. Es decir, podemos estar conduciendo aparentemente sin conciencia de estar haciéndolo porque estamos disfrutando de la música y la conversación, que es lo que realmente registramos y memorizamos. En caso de emergencia o de necesitar tomar una decisión, la atención vuelve rápidamente a la carretera o donde se precise. Podemos delegar acciones y conductas al inconsciente en tanto estén sobradamente automatizadas y sobre-aprendidas. Podremos tomar buenas decisiones estratégicas durante un partido de fútbol, tenis o voleibol si los movimientos están suficientemente bien automatizados para no tener que pensar qué brazo o pie mover para realizar una determinada acción.

Ahora podemos fijarnos en qué ocurre si vamos leyendo y respondiendo mensajes mientras caminamos por la calle. Yo reconozco que alguna vez me he pillado haciéndolo, a veces podemos llegar a juzgar andar o pasear como una pérdida de tiempo que hay que llenar. Los ojos no pueden mirar simultáneamente a la pantalla y a la calle. Es verdad que son súper veloces, permitiendo una rápida transición de una a otra, lo cual nos brinda la ilusión de estar a las dos cosas. ¿Y nuestro cerebro? Nuestro cerebro puede tener muy aprendida nuestra forma de andar y totalmente memorizada nuestra ruta a casa. Por eso no nos caemos continuamente. Pero nuestra memoria de trabajo, que es la que se encarga de realizar las operaciones conscientes, no es multitarea. Necesita hacer un cambio de contexto cada vez que cambiamos la atención de un tema a otro. Y se ha demostrado que, como ocurre también en el mundo de la informática, cada cambio de contexto produce un poco de «pérdida de memoria» (memory leaks) y va costando cada vez un poco más recuperar el otro contexto. Imaginaros que no cuesta lo mismo pasar de una imagen a otra que de un sonido a una imagen o viceversa. Y esto ya es cosecha mía: no cuesta el mismo tiempo cerebral desconectarse de una canción para volver a poner la atención en la carretera que desconectarse de un mensaje de texto para volver a ver la carretera. Por eso: móvil al volante no, gracias. Y andando viene a ser un poco lo mismo. La prueba son los numerosos casos de móviles que acaban en el suelo por un tropezón, tobillos torcidos, espinillas con la marca de un bolardo, algún atropello o susto que otro, etc.

¿Y qué pasa con estudiar mientras veo una serie o ver una serie y un vídeo de Youtube a la vez? Pues que muy probablemente no registremos en nuestra memoria ni una cosa ni la otra. El hipocampo necesita de atención y dedicación exclusiva para poder memorizar e integrar. Quizás (especulación del autor) la razón de que no nos acordemos cómo hemos llegado a un sitio, o si he pasado la fregona por algún sitio, puede ser por haber delegado dicha función sin pasar por los mecanismos de memorización. Por eso mismo, la supuesta multitarea que requiere doble atención no puede funcionar.

En resumen: nuestro cerebro no es multitarea y los recursos atencionales son limitados y están muy afectados por los cambios de contexto y por el cansancio, sobre todo el mental. Sabiendo esto, podemos ayudarnos a tomar decisiones apropiadas sobre el uso de las pantallas y cuestionarnos si realmente estamos ganando tiempo o perdiéndolo. Una vez aprendido, podremos transmitir nuestros aprendizajes a las próximas generaciones que, por no poder comparar, quizás lo vean totalmente normal.

Os dejo con una reflexión: si, como dice el dicho, lo valioso de un trayecto no está en la meta sino en el camino recorrido, ¿no se disfrutará más un camino lento y largo que uno realizado a toda prisa? Al menos con las experiencias placenteras, ¿no crees?

Nos encontramos en el próximo post, que no será pronto, pues a fuego lento se ha de cocer.

45. Clasificación PEGI y competencias transversales

Uno de los principales riesgos en el que podemos caer los progenitores y tutores de las nuevas generaciones que tenemos cierta precaución y restricción del uso de los dispositivos digitales y tecnológicos es limitar el aprendizaje de ciertas competencias transversales que éstos proporcionan.

Se consideran competencias o aprendizajes transversales aquellos que se enseñan o aprenden de forma casi subliminal, sin darse cuenta, porque son aprendizajes implícitos a una otra actividad. Por ello, cuando un niño o una niña está jugando, a su vez está desarrollando ciertas capacidades mentales básicas para su adaptación al medio.

Por ello, mientras se juega al fútbol se aprende trabajo en equipo, se mejora la condición física, se aprende orientación espacial,… mientras se pinta se trabaja la coordinación ojo-mano, se aprende de los colores y las proporciones,… Todo aparentemente jugando.

Ni que decir tiene que «las pantallas», los dispositivos electrónicos también aportan ciertas habilidades transversalmente que, por suerte o por desgracia, van a ser necesarias para la adaptación a un futuro donde el pronóstico es que las tengamos hasta en la sopa.. No sé si provocaré algo de ansiedad o tecnofobia si preveo un futuro donde el propio plato de sopa nos va indicando en un lateral las calorías o nutrientes que estamos consumiendo, la temperatura del plato y ¡qué se yo!, la velocidad con la que debemos comer para llegar puntual a la próxima cita.

Bromas aparte, es difícil valorar la proporción adecuada de conocimientos que se deben ir adquiriendo de niños. Se han realzado estudios que demuestran la pérdida de ciertas habilidades sensorio-motrices en los niños que abusan de las pantallas. Desgraciadamente, no podemos saber ni estudiar qué posibles desarrollos cerebrales se puedan estar forjando para prepararlos a un futuro aun más tecnológico.

Sí se sabe, de momento, que aparte de absorber la atención, las redes sociales online, los videojuegos y el uso de tecnología digital permiten el desarrollo de habilidades en varios planos:

  • En el plano cognitivo, se trabaja la creatividad en tanto hay muchos programas y juegos que permiten crear, desde la configuración de un perfil, el diseño de un avatar, la construcción de una casa virtual, un video o un tiktok, etc. También se puede favorecer el escaneo espacial, adaptado a unas pantallas. Con frecuencia veo que las personas menos adaptadas a la tecnología suelen cometer errores visuales del tipo de no encontrar el botón adecuado (aunque esté resaltado de forma muy llamativa) o no lean todo lo que aparece en la pantalla. También el razonamiento lógico pues, de momento, lo digital está más cercano al pensamiento lógico, el que nos permite establecer relaciones entre los objetos reales (por ejemplo, lo físico, lo tangible) y los abstractos (donde podríamos colocar lo virtual).
  • En el plano de la comunicación, toca aprender las nuevas formas de comunicarse hoy en día y prepararse para el futuro. ¿Suena mucho a ciencia ficción si nos imaginamos paseando virtualmente por Japón junto con nuestro amigo/a del alma que vive en la otra punta del mundo, mientras conversáis de vuestras cosas? Digo esto como ejemplo de que la forma en la que nos comunicamos hoy puede ser infinitamente diferente a como lo hagamos en un futuro. Algo novedoso que he observado en las generaciones jóvenes es que ahora no solo juegan juntos a los videojuegos, sino que hablan simultáneamente, ya sea de cosas del juego como de otras personales.
  • También se producen aprendizajes en el plano emocional. Pasarse un videojuego puede requerir más autodisciplina que un examen. También les pueden poner a prueba la tolerancia a la frustración y su gestión del estrés cuando el juego se pone difícil o toca volver a empezar.
  • Otras competencias multifuncionales van desde la solución de problemas complejos (un videojuego fácil no motiva mucho) a la toma de decisiones y la coordinación con otras personas. En el mundo profesional detecto graves problemas de toma de decisiones y coordinación cuando estas acciones se desarrollan en una forma asíncrona y remota. Es normal, no estamos acostumbrados. En el pasado, la comunicación solía ser en presente y cara a cara. Ahora se escribe mucho, se deja por escrito para que otro lo lea cuando pueda y se lee mucho en diagonal, porque ya estamos bastante sobresaturados de información. Por eso pedimos a las inteligencias artificiales que nos resuman los textos y extraigan lo más importante, la capacidad lectora (otra habilidad digital importante) está muy desarrollada, a costa de quizás del oído, de las habilidades propioceptivas (sentir el cuerpo), la lectura del lenguaje no verbal, etc. Pero esta capacidad lectora se puede desbordar por sobresaturación, por ello también se prefiere lo meramente visual.
  • Queramos o no, las tecnologías están continuamente ofreciendo conocimiento nuevo: los trending topics, las opiniones, consejos o enseñanzas de tal o cual persona y disponemos de la mayor biblioteca de contenidos que jamás haya existido. Cada día va a ser más difícil adquirir conocimientos por medios no digitales. Sí, podremos seguir yendo a bibliotecas físicas, pero «solo» encontraremos historias y libros de historia. El conocimiento vivo y actualizado solo puede estar en Internet.
  • ¿Se pueden promocionar valores a través de los videojuegos o las redes sociales en línea o en vídeos? Está claro que también. Tenemos valores de trabajo en equipo y esfuerzo en los videojuegos, campañas de sensibilización en vídeos y redes sociales y más. Con nuevos canales de difusión e información donde la transmisión de valores tiene mayor impacto. No dejemos que solo los anti-valores sean los que se transmitan.
  • Por último, incluiría la influencia de las nuevas tecnologías en cómo se están elaborando las nuevas formas de inclusión y socialización. El ser humano tiene una tendencia innata y adaptativa a pertenecer. Primero a la familia que nos trae al mundo y, en cuanto podemos, a la mayor red de colectivos que nos hacen sentir personas, seguros e integrados en una sociedad. Esto es más complejo de lo que se puede decir en unas pocas palabras, pero quedaros con la idea de que buscamos la pertenencia y tratamos de evitar la posibilidad de ser excluidos de los grupos con los que nos identificamos. Observo que muchos de los niños que tienen las pantallas restringidas o no tienen acceso a videojuegos, o series de streaming, es que su forma de aspirar a la inclusión es mediante la memorización de lo que les cuentan sobre ello. Pueden llegar a saber cómo se juega a Minecraft o qué es lo que pasa en la Naruto sólo de oídas. Para mi es algo esperanzador, me da a entender que la necesidad de pertenencia va a dotar a los individuos de los recursos necesarios para ser incluidos, independientemente de las decisiones más estrictas o más relajadas en los límites de uso de las pantallas.

Por tanto, sabiendo que nuestros límites a la tecnología como madres y padres es importante pero no determinante, podemos valorar dónde ponerlos sabiendo que:

  • Saber que no se trata de «pantallas sí, pantallas no», sino de los diferentes usos que tienen las pantallas. Quizás en poco tiempo al forma de evolucionar de los dispositivos es hacia recursos más auditivos y menos visuales, o más táctiles y tengamos que dejar de usar el término «pantalla».
  • Valorar los usos de cada tecnología para habilitarla y ofrecerla en la edad y momentos más adecuados.
  • Equilibrar para no perder las habilidades más físicas y corporales. Seguimos teniendo un cuerpo de carne y hueso al que hay que enseñar a moverse por el mundo. Un tiempo con y un tiempo sin es importante, mejor si es consensuado y explicado.
  • Adaptar uso y tiempos a la edad de los peques. Apoyarnos (con cierto pensamiento crítico) en los criterios de expertos en valoración de contenidos y tecnologías. Por ejemplo, el sistema de clasificación PEGI (https://pegi.info/es) que suelen valorar la adecuación de un videojuego según la edad, para los valores culturales de Europa. Pero, más importante que la valoración de la edad, la cual yo considero solo un pequeño referente (me parece más importante la madurez, aunque sea más subjetiva), están los descriptores de contenido. Porque a algunas madres y padres les puede parecer más inapropiados contenidos de discriminación y violencia que los de miedo o sexo, o al revés. Tampoco es lo mismo que los peques jueguen solos a que lo hagan con nosotros, o que tengamos la oportunidad de hablar con ellos para aportar nuestras enseñanzas de lo que es el sexo saludable, los peligros reales e imaginarios, las implicaciones de la violencia en el mundo real, el valor del respeto y cómo puede ser afectado por el lenguaje malsonante, los peligros de las drogas, las posibilidades de ser engañados o caer en una adicción a los juegos,… A veces informar es más efectivo que prohibir.

Eso es todo, espero que os haya podido aportar algunas ideas que hagan vuestra convivencia en familia y en pantallas sea un poco mejor.

42. Las pantallas y el secuestro de la dopamina

La dopamina es un neurotransmisor que cumple una función muy peculiar en nuestro cerebro. Conocerla un poco más puede ser de gran utilidad para conocer muchos de nuestros comportamientos más automáticos e inconscientes, a la vez de los de los demás, incluidos los de los más pequeños de la casa.

Durante mucho tiempo, se consideró a la dopamina como la hormona del placer, e incluso, como la hormona de la felicidad. Se pensaba esto porque nuestros cuerpos la segregan en momentos en que estamos muy enganchados con algo: una actividad, un trabajo apasionante o una sustancia.

Sin embargo, aunque no podamos del todo descartar su influencia en el placer a corto plazo, este placer a «continuar lo que estamos haciendo» es un motivador o alerta a que, en breve, algo bueno o algo importante va a suceder. ¿Cuántos de vosotros no habéis recibido un «espera…» como respuesta a una petición de dejar de jugar a un videojuego o apagar la televisión? Ese «espera» es la voz de la dopamina que nos incita a seguir un poco más.

Este efecto, si hablamos de adaptación al ambiente, puede ser muy útil, nos permite mantenernos concentrados y aguantar hasta la resolución del «problema». Sería el equivalente a decir «¡no pararé hasta que lo consiga!». También es la voz de la dopamina.

El problema es que hay un «secuestro» de la voluntad en los picos de dopamina. Racionalmente podremos estar deseando desconectar, terminar, ir a la cama, pero seguiremos porque el cuerpo percibe un placer cortoplacista que supera a nuestro raciocinio a largo plazo.

¿Por qué es importante tener este punto de vista? Porque cuando pedimos a un niño/a o adolescente que deje de jugar a un videojuego, usar las redes sociales o ver la televisión, su respuesta no es del todo libre, sino que es dependiente de los niveles de dopamina que esté generando. No todos los productos o servicios generan la misma cantidad, los hay más adictivos y los hay menos. Incluso hay ocio o hábitos que pueden generar la motivación justa para poder desconectar sin malestar y sin que creamos que se va a acabar el mundo por ello o nos vayamos a perder la exclusiva del año.

Curiosamente, la dopamina no se segrega solo cuando estamos en plena actividad adictiva, también cuando pensamos, anticipamos o vemos algo que nos recuerde a ella. Entre adultos es fácil escuchar «me apetece un cigarrillo», «me entraría muy bien una cervecita», «¿dónde he dejado mi móvil?»,… También hay quien pasaría horas y horas trabajando. Nada es bueno ni malo en sí, simplemente es importante ser libres para poder realizar las conductas más saludables y adaptativas para nosotros.

Si sabéis inglés, os paso un enlace muy interesante que explica todo esto con más detalle y, además, da algunas pautas para minimizar el «enganche» con los videojuegos y otras adicciones digitales. Las cuatro pautas que da son:

  • Esperar 5 minutos. Las pataletas, desaires, o respuestas inapropiadas tras obligarles a apagar los dispositivos son efímeros, como la producción de dopamina. Unos minutos después, si aguantamos el temporal, veremos que se vuelve a la calma y, entonces, podremos dialogar o realizar la siguiente actividad (o inactividad).
  • Elegir actividades optimizadas a nivel de motivación y de adicción. Ni demasiado adictivas ni demasiado «sosas». Y, si es posible, variarlas, porque hay estudios que indican que cuanto más tiempo pasamos realizando una actividad, mayor se deseará la próxima vez.
  • Crear micro-entornos libres del elemento adictivo o incluso disponer de días libres de tecnología.
  • Intentar un cambio de hábito. Ya sea jugar de otra manera (juego colaborativo entre hermanos o padres/hijos), o enriquecer la vida con alguna otra experiencia (aprender un idioma, hacer una manualidad, cuidar mascotas,…)

La mejor forma de conocer la dopamina y regular sus efectos es practicando con nosotros mismos. No pidamos a los demás lo que nosotros no podemos. Mínimo habría que mostrar comprensión y abordar cualquier problemática al respecto en equipo, de forma colaborativa. Si yo reconozco mis dificultades, el otro me podrá ayudar y también se podrá aplicar «el cuento».

En primer lugar, convendría identificar aquellas sustancias, experiencias o dispositivos que nos generan algún tipo de adicción e identificarlas. Todas o muchas de ellas nos producirán placer, algunas nos pueden acarrear efectos secundarios como pérdida de tiempo, embotamiento, falta de descanso, problemas digestivos, problemas relacionales, insomnio,… ¿Me conviene poner límite? ¿Sería saludable moderar su uso o ingesta? ¿Dónde se encuentra el límite entre el uso y el abuso?

Es verdad que en una sociedad «de consumo», el consumo es potenciado, porque es lo que mueve la economía. La adicción potencia el consumo, quizás por ello los servicios adictivos solo se persiguen cuando pasan de ser beneficios a ser costes. Los videojuegos, las redes sociales, series y programas de televisión e incluso el fútbol están diseñados para generar dopamina y mantener nuestra motivación por su consumo.

Ahora es tu turno, se libre y dueño de tu vida. Disfruta del placer de las pequeñas cosas de cada día y sospecha si son siempre las mismas, impuestas desde afuera o si son devoradoras de tiempo.

40. Las dos caras de los videojuegos

A diferencia de lo que ocurría unos años atrás, la presencia de los videojuegos en las nuevas familias no es nada nuevo pues hay experiencia previa, es decir, madres y padres de hoy hemos sido video-jugadores durante la infancia, al menos muchos de nosotros. Sin embargo, el contexto ha cambiado en algunos aspectos fundamentales: en la variedad, la portabilidad y la gratuidad de muchos de ellos (aunque, a veces, con pagos encubiertos).

Los primeros videojuegos requerían una máquina grande y fija como un ordenador, una consola con su televisor o una máquina recreativa. Los juegos eran pocos y se compraban (o pirateaban) para jugarlos una y otra vez. También empezaron las maquinitas y consolas portátiles que fueron la antesala a los juegos en los móviles. Nos podemos preguntar por qué si los videojuegos llevan tanto tiempo en funcionamiento, por qué ahora empezamos a preocuparnos por la adicción y abuso de los mismos. En mi opinión, hay dos razones fundamentales: el hecho de que sean multi dispositivo y que estén por todas partes: en el móvil, en la tableta, en los ordenadores, en los televisores inteligentes, ¡hasta los navegadores web nos permiten jugar cuando no tenemos conexión! ¿Conoces el dinosaurio de Chrome o el ski de Microsoft Edge? La consigna está clara y está ligada a la segunda razón: no podemos aburrirnos, la estimulación de los centros de placer y deseo es clave para reclutar adeptos a los videojuegos. Los cobros ya no serán por adelantado sino a posteriori: datos de la persona, contenidos premium, pago por ayudas o beneficios extra, suscripciones o directamente y ver publicidad, que es también una forma de pago. Una vez que la persona está enganchada, lograr que realice algún tipo de desembolso o cesión de datos es más fácil.

De fondo no veo yo una malicia específica por crear adictos sino, como ocurre con otros negocios, sufrimos una búsqueda de modelos de negocio en feroz competencia, por la cual buscan fidelizar la clientela ofreciendo productos lo más estimulantes posibles.

En artículos anteriores he advertido mucho de los peligros y cuidados que hay que tener a la hora de ir introduciendo a nuestros hijos en el mundo digital. También hay ya muchísima literatura acerca de la importancia de hacer un uso responsable de las tecnologías, tanto peques como adultos. Por ello, quería enfocar este post desde otro ángulo:en cómo sacarlas partido, cómo podemos aprovechar las potencialidades de los videojuegos en el desarrollo psicológico y motriz de los niños.

Para adaptarnos al mundo digital presente y futuro no queda otra que aprender mediante el uso de herramientas digitales. Es difícil aprender a montar en bicicleta sin una bicicleta. También, con la tecnología, cuanto más se ejercita o utiliza, más y mejor se domina.

Las competencias digitales se pueden adquirir directa y formalmente con un curso específico o transversalmente, es decir, mientras se aprende o se utiliza otra cosa. Esta última forma de aprender se da cuando estudiamos o leemos a través de un dispositivo electrónico, o cuando nos relacionamos por una red social por Internet, o cuando jugamos a un videojuego. Las competencias digitales abarcan desde lo motriz (mover un ratón físico o una mouse-pad, la mecanografía tradicional o a uno o dos dedos para el móvil, la velocidad de escritura o pulsación en los juegos, la atención ocular a lo relevante entre los cientos de estímulos recibidos, etc.), lo cognitivo (conocimientos digitales como encender, apagar, iconografía y su significado, procedimientos para realizar una acción, copiar-pegar, hacer un bizum, mejorar una foto, reenviar contenido, etc.), orientación espacial (según sea un juego o programa en dos dimensiones o en tres dimensiones) e incluso lo emocional (emoticonos, detección de la emocionalidad de un mensaje , etc.)

Y, al revés, transversalmente, mientras se juega se están aprendiendo: valores (y contravalores), historias, comportamientos (aceptados y no) y prácticamente cualquier tipo de conocimiento.

Hoy os voy a hacer un análisis desde un punto de vista constructivo sobre cómo poder sacar el máximo partido educativo, psicológico y social a un juego muy extendido entre los usuarios de PC y consola: Minecraft.

En pocas palabras, Minecraft es un juego que básicamente trata de crear objetos (craftear en jerga de los jugadores) a partir de materiales que has «minado» anteriormente (o conseguido de varias formas posibles: cazar, pescar, esquilar, ordeñar, …).

Es un juego que se puede jugar individualmente, pero también con otros jugadores, en el mismo dispositivo o conectados a Internet y se puede jugar en modo aventura o modo creativo. De hecho, entre los jugadores se ha extendido la idea de que hay diferentes tipos de «personalidades» prototípicas en un jugador de Minecraft:

  • El builder o constructor, que se dedica a construir grandes estructuras. Para ello ideará planos, combinará materiales y buscará un acabado estético y agradable. Frecuentemente enseñará su creación final a sus seres queridos como quien enseña un dibujo o cualquier manualidad.
  • El aventurero/a. El juego está lleno de retos, objetos difíciles de conseguir, zonas rellenas de enemigos, e incluso el propio juego está esperando que derrotes a un dragón en la tierra de End (final). El mundo Minecraft es infinito y casi infinitas las posibilidades de exploración. Además, cada cierto tiempo sacan nuevos retos para que nadie se aburra de explorar.
  • El experto de redstone. Es el rol de ingeniero, la piedra roja vendría a ser como los cables y los circuitos electrónicos. Con «redstone» se puede programar, se pueden crear mecanismos y máquinas que funcionan a distancia o con tecnología solar.
  • El superviviente. ¿Qué haríamos si estuviéramos solos en una isla desierta? Pues partiendo de lo básico, conseguir alimentos y buscar la protección de un hogar (cueva, casa o castillo) y se armarán hasta los dientes para protegerse de las criaturas de la noche: esqueletos, zombies, arañas y muchos más.
  • El creativo. Parecido al constructor pero con todos los materiales disponibles en tu mano, no tienes que conseguirlos, solo utilizarlos. El mundo Minecraft está creado para construir en cubos, de un modo muy parecido a lo que podrían ser las piezas de lego o aquellos juegos de construcción a los que jugábamos de niños. Cada bloque es de un material y tiene una textura característica y se pueden «tallar» de diferentes formas, todas muy cuadrangulares pero que, con un poco de creatividad, se pueden conseguir formas muy logradas, incluso circulares al ojo humano.

Cada uno de esos roles ofrece unos potenciales aprendizajes. Si tu hijo/a, sobrino/a, nieto/a o paciente juega a Minecraft, haz que se le suelte la lengua preguntándole qué rol le gusta más y cuáles son sus últimos desafíos o retos en el juego. El juego ha evolucionado tanto que existen hasta profesiones dentro del juego: creadores de contenido, constructores, cuidadores de huertas o jardines… (¡a sueldo real!).

Como todo juego, Minecraft puede llegar a ser muy adictivo y debemos asegurar un uso adecuado del mismo. Os paso algunas ideas:

  • Trabajar el vínculo familiar. Si te gusta jugar, juega con ellos. Si no, mírales jugar de vez en cuando o pregúntales qué han hecho o pretenden hacer. Fomenta el diálogo aprovechando su motivación y debatir sobre valores y contravalores en lo que hacen.
  • Trabajar la colaboración. Si juegas con ellos o si son varios hermanos, que jueguen juntos y colaboren, que se repartan los roles: uno conseguir materiales, otro construir, otro defender a los demás o explorar. Si están solos y conocen amigos o familiares en línea, ayúdales a que conecten. Mejor conocidos que jugar con extraños, dependiendo de la edad.
  • Reforzar la creatividad. Dar importancia a sus creaciones digitales como se las damos a las materiales. Necesitan sentirse mirados y valorados en lo que les motiva.
  • Si no se les ha ocurrido a ellos, proponerles diseñar primero sus creaciones en papel: ¡se pasarán horas haciéndolos! Incluso creando aventuras, o escape-rooms o retos para otros.
  • Y ya como extra, si un día podéis visitar un museo minero o de cualquier otro tipo para ver cómo es en realidad el mineral de hierro, el oro, el carbón,… En definitiva, no desaprovechar la motivación que un peque expresa sobre algo para enseñar más allá: valores, emociones y otros aprendizajes vitales de la vida. En Minecraft se puede trabajar con la tolerancia a la frustración pues puedes perder en segundos lo que te ha costado horas conseguir. Y yo he llegado a ver pelearse (verbalmente) porque uno robó una patata a otro… (como la vida misma). Todo son motivos para construir un modelo social y de convivencia a través del juego, casi sin que se den cuenta.

Con todo, Minecraft tiene unas cuantas contraindicaciones que debemos vigilar. Creo que son evitables siguiendo unas pautas:

  • Como ya os he comentado, es un juego infinito: tamaño infinito, tiempo infinito, materiales y retos en continua creación, tutoriales e información adicional abrumadora,… Por tanto, el límite lo pones tú, adulto. Lo mejor es marcar un tiempo de juego y avisar unos minutos antes de su finalización. El momento de la desconexión puede acarrear malestar y frustración si no se ha culminado su propósito, por ello es deseable cierto acompañamiento (preguntar qué es lo que ha hecho, qué le ha salido bien, qué le ha salido mal, mientras se va animando a cerrar el juego).
  • Procurad que no sea el único juego. La variedad es importante.
  • Evitar los modos sociales e interactivos si son menores de edad. Nunca sabes lo que te puedes encontrar.
  • Menores de 10 años, juega con ellos. Aunque los monstruos son muy inocentes y casi achuchables, pueden dar miedo sobre todo en escenarios oscuros y tenebrosos. El juego tiene un PEGI de 7 años (si no sabéis lo que es PEGI, ya lo explicaré en otro post) y los principales motivos son la violencia (matar animales, monstruos y/o otros jugadores) y la posibilidad de interactuar con extraños si está habilitado. También hay compras en el juego para extras.
  • Y, como en cualquier juego, primero la obligación y después la devoción. Si para pasarte Minecraft derrotando al dragón primero tienes que aprovisionarte de comida, después contar con un lugar seguro, y crear tu armamento, pera poder jugar, primero tienen que estar hechas las tareas de la escuela y de la casa, ¿obvio no? 😉

Me vuelto a alargar. Lo dejo aquí y seguimos en comentarios, si queréis. Si os interesa un análisis de este estilo de un juego en particular, no dudéis en escribirme. Los iré intercalando con otras cositas de interés. ¡Disfrutad de la aventura de vivir física o virtualmente!

39. Filtros parentales

Hace poco comentábamos entre compañeros terapeutas cómo muchos padres y madres entrega un móvil a su hijo sin filtro, sin bloqueos. Esto es poco menos, o peor, que dejarles solos en un centro comercial con nuestra tarjeta de crédito sin topar. Habrá quien haga un uso responsable de ella y habrá quien no.

El uso del móvil tiene que ser restringido en menores por diversas razones:

  • Para impedir acceso a contenido no apropiado para su edad
  • Para controlar el tiempo dedicado a su uso
  • Para limitar la interacción con personas desconocidas
  • Para asegurar la intimidad del menor y de la familia
  • Para evitar posibles actos ilegales o criminales
  • Entre otras…

La mejor forma de asegurar un uso apropiado de los dispositivos digitales es la supervisión física y directa: mientras lo usan, yo estaré a su lado. Adicionalmente, está la controlar el tiempo en base a dar y quitar el dispositivo en los horarios de uso y no uso.

Como sabemos que esto no es siempre posible, podemos recurrir a los filtros o controles parentales. La forma de filtrar o controlar el uso de los dispositivos digitales variará según la edad del menor. Para cada etapa, una forma.

Cuando son pequeños, durante la etapa de infantil, el mejor filtro es: no vas a usar el móvil, tableta, tele… solo, estaré contigo. ¿Te cansa ver dibujos y series infantiles? ¿Desespera jugar a pintar animalitos en la tableta? Mejor, así limitamos el tiempo en una etapa que, realmente, no lo necesitan. La estimulación sensorial y la interacción social es muy importante en esta etapa para construir sus mapas mentales relacionales con el mundo que les rodea, así que no dejemos que toda su estimulación sea digital. Y luego no nos sorprendamos si la hiper-estimulación digital trae consigo intranquilidad, insomnio, irritabilidad y otros problemas de comportamiento. Si estar hiperconectados no es saludable para los adultos, menos para los más pequeños.

Llegamos a primaria. Llegará un momento en que puedan pedir una videoconsola, o ver programas o series de más mayores y controlar el mando de la televisión. Para ello el mejor filtro es de las categorizaciones por edad de los contenidos. Algunas aplicaciones y servicios de streaming (series y películas por Internet) como permiten crear cuentas por edad. Esto permite asegurar que los productos y servicios que utilicen se correspondan con la edad de los niños (a veces). Y no debería hacer falta más, en primaria no toca aun jugar en red, ni en Internet, ni tener acceso libre a todo tipo de contenidos audiovisuales.

Pero llega la última fase de primaria, cerca de entrar al instituto que ya algunos empiezan a pedir móvil. En cuanto uno lo consigue, el efecto dominó se va extendiendo por la clase. Algunos lo necesitan realmente: por padres separados que quieren estar en contacto cuando no tienen la custodia, por niños/as que se tienen que quedar solos en casa,… Otros lo quieren simple y llanamente para jugar y chatear. En esta etapa, es cuando creo que más importancia adquieren las aplicaciones de control parental. Lo suyo es aguantar lo más posible el tiempo sin móvil pero, si eso no es posible, no dar un dispositivo para uso totalmente libre, instalar control parental y darlo conjuntamente con un «contrato» de reglas de uso, donde se enumere, como poco, para qué usarlo y para qué no según las normas y valores de la familia.

Y llega el instituto… Aquí hay un problema. Si las pantallas y los dispositivos no son lo tuyo, porque evolucionan tan rápido que te pierdes con las contraseñas, las aplicaciones, los botones, que no distingues una petición de política de protección de datos de una campaña de phising…, entonces, muy probablemente tu hijo/a te dará mil vueltas en su uso. Incluso, si eres un gurú de la informática, puede que también (de tal palo tal astilla). Los menores están entrando en la adultez a través de la adolescencia, piensan casi como un adulto, pero su cerebro aun no está 100% desarrollado y muchas de las capacidades del neo-córtex están por explotar y entrenar. Así podrán tomar decisiones y realizar conductas descabelladas, peligrosas o contra los progenitores. Muy probablemente, ya no hay filtro parental que valga: cambiarán contraseñas, esconderán aplicaciones en un doble escritorio del móvil u ordenador, tendrán un «correo oficial» y uno oculto, utilizarán aplicaciones «salto» en las que detrás de una inocua calculadora pueda haber un juego o una puerta de acceso a contenidos no permitidos. Por ello, es la etapa del diálogo y el conflicto. Conflicto porque no podrán tener todo lo que quisieran, y está en el deber y responsabilidad de los progenitores establecer unos límites, directamente proporcionales a su edad, responsabilidad y madurez. Y diálogo porque, como pueden intentar saltarse toda norma que haya, el diálogo servirá para adelantar peligros, informar de nuestros miedos, informar de lo que es un buen uso de Internet y los dispositivos electrónicos, fomentar valores y actividades alternativas como el aire libre, los deportes, la socialización cara a cara, el aburrimiento o sostener el no hacer nada.

Bueno, lo dejo aquí con otra reflexión: ¿Y qué filtros nos vamos a poner los adultos?

38B. Un día sin móvil

Advertencia: este post es continuación de este otro, de obligada de lectura para entender qué se escribe aquí.

Si aún así, quieres empezar por éste, te resumo un poco en qué consistió el anterior. Básicamente, me he propuesto el reto de pasar un día a tope con el móvil y un día sin móvil y registrar la experiencia. El otro día relaté gran parte de los usos que yo suelo dar al móvil en el día a día y hoy os cuento cómo fue prescindir de él durante 24 horas.

El desafío comenzó con la propia preparación. Elegir el día no fue fácil. Era importante que el tipo de día fuera lo más parecido posible al de la prueba anterior. Pero anticipar las posibles consecuencias catastróficas de un día sin móvil generaba cierto desasosiego y una gran batería de preguntas ¿y sí?: ¿y si me tienen que llamar?, ¿y si pasa algo con mi familia?, ¿y si recibo algún mensaje importante?,… Pude experimentar lo que en psicología observamos como anticipación, preocupación y falta de control como antesala de la sintomatología ansiosa. Y, por tanto, la falta de decisión sobre el día en que hacer la prueba. Tampoco quería «hacer trampa» y elegir un día muy cómodo para realizarlo.

Ocurrió un día que me dejé el móvil en el salón y no oí la alarma. Hasta entonces me había estado preocupando cómo me iba a despertar el día sin móvil pues salvo que pusiera una radio despertadora de las de toda la vida y despertara a su vez a toda la casa, no se me ocurría otra manera. Así que aproveché la circunstancia como señal de que era el día: totalmente espontáneo y ya no tendría que preocuparme por la forma de despertar. Eso sí, lo iniciaba con un retraso considerable de veinte minutos, lo cual tendría consecuencias.

La primera consecuencia fue la gran incertidumbre de cómo iba a ir a la oficina, los horarios se me descuadraban y ya no tenía opción de rectificarlos con ninguna aplicación móvil. Así que me arreglé lo más rápidamente que pude, sondeé el tiempo a la antigua usanza, asomándome por la ventana, y me lancé a la aventura. Ah, también avisé en casa de que las llamadas tendrán que ser al antiguo teléfono fijo del trabajo que ya casi tengo de adorno.

En el camino a la estación voy observando mis sensaciones. Por un lado nervioso, experimentando el vacío y la ligereza del espacio que normalmente ocupa el dispositivo. El vacío me genera tensión y nerviosismo, la ligereza me brindaba cierta sensación de poder contra los elementos y empoderamiento sobre mi vida. Con ambas sensaciones llegué a la estación e hice acopio de un par de periódicos gratuitos para amenizar el viaje. Fue interesante la impresión de leer noticias «del día anterior». Pasar de leer noticias de última hora, casi en tiempo real, a las noticias de ayer me hizo ser consciente de las implicaciones psicológicas que tiene este «pequeño gran cambio» en nuestras vidas, acelerándolas irremediablemente, haciendo obsoletos acontecimientos y noticias de tan solo un día de antigüedad.

Hasta ahí el día transcurría más o menos con normalidad. Al llegar a la estación de enlace, el segundo tren estaba saliendo y el siguiente no pasó. Al menos en la media hora que estuve esperando hasta que, fruto de la desesperación, tomé otra ruta que conocía que podría funcionar. Obviamente, no pude hacer el conveniente estudio del tiempo de más que me iba a suponer, ni avisar al trabajo, ni tratar de averiguar qué estaba pasando. Afortunadamente, no es algo crítico para mí llegar a tiempo, pero la experiencia resultó en aparecer casi una hora más tarde de lo habitual. En defensa del día sin móvil diré que haberlo tenido solo me habría ahorrado unos minutos, no muchos más, pues todo vino torcido por no haber escuchado la alarma. Eso sí, el móvil me servía de compañía cuando las esperas o los trayectos eran largos y yo me veía con el único entretenimiento de observar a la gente, los espacios o los periódicos con las noticias del día anterior. Muchas veces puedo sostener estar sin hacer nada, aburriéndome o simplemente observando y/o meditando. Esta vez me era imposible. ¿Podría considerarse que había algo de «mono» por no poder contar con el móvil y que ello me impidiera disfrutar de otras formas de estar? De cualquier forma, solo conseguí relajarme cuando me acordé que contaba con sudoku del periódico y un bolígrafo perdido en la mochila para matar un tiempo que se me hacía eterno.

Al llegar a la oficina mis compañeros estaban preocupados, me habían mandado mensajes y estaban a punto de llamarme. Les informé que «me había dejado el móvil en casa», una forma ambigua de justificar el hecho sin quedar mucho con cara de tonto, aunque ahora lo confiese públicamente.

El resto de día transcurrió con más o menos normalidad en tanto sustituí funciones del móvil por elementos o servicios previos a la era de la movilidad: el ordenador para la conexión a Internet, el teléfono fijo (aunque ahora a través del ordenador), pagar con tarjeta física, mirar la hora en el ordenador y pantallas electrónicas y, sobre todo, cambiar las conversaciones a distancia por más conversaciones cara a cara.

A la vuelta, el tiempo perdido por la tardía llegada lo compensé gracias a un compañero que me llevó de vuelta a casa en coche. Es gratificante observar cómo la vida o la gente cercana es capaz de compensarte algunos traspiés que nos suceden, sin necesidad de móvil.

Por la tarde-noche fue emocionalmente bastante más duro. Tan solo pude consultar el correo a través del ordenador y no pude «hacer la trampa» de consultar el Whatsapp por allí también porque se me desvinculó el dispositivo y hubiera tenido que usar el móvil para volver a vincularlo. Aguanté el tipo a pesar de que la incertidumbre por la posibilidad de tener un mensaje importante me llenaba de preocupación. Me sorprendió la cantidad de veces que el cerebro «me daba órdenes» o recordatorios de que tocaba atender posibles mensajes o consultar información de lo que sucede fuera del hogar. La atención se dispersaba, teniendo que hacer esfuerzo para concentrarme en el aquí y ahora de mi familia: cómo juegan mis hijos, la preparación de la cena, las tareas pendientes.

Lo bueno: me sobró tiempo para leer, hacer un cubo de Rubik, escuchar las aventuras creativas de uno de mis hijos y hasta algo de trabajo en temas de psicología. Realmente cunde más el tiempo, sin duda.

Analizando la experiencia puedo observar que se han dado en mí varios fenómenos que actualmente están siendo estudiados y contrastados por los psicoterapeutas: el FOMO, la nomofobia y la dependencia/adicción tecnológica, el fenómeno de la «llamada fantasma», entre otras. Por cuestiones de espacio, voy a centrarme solo en estas cuatro primeras:

  • La palabra FOMO proviene de las siglas en inglés «Fear of Missing Out». Viene a significar que estar sin móvil o desconectado de Internet puede conllevar una sintomatología similar a una fobia, experimentando ansiedad o malestar por el mero hecho de perderte un acontecimiento o noticia importante, o enterarte demasiado tarde. Igual de poder no ser contactado.
  • La nomofobia es el miedo a estar sin el móvil, en general. Es el impulso o necesidad de volver a casa si nos damos cuenta de que nos hemos dejado el móvil, caiga quien caiga o se llegue lo tarde que se llegue. Es la urgencia o la sensación de inseguridad que sufrimos cuando no encontramos el móvil.
  • La dependencia a la tecnología en general y a los móviles en particular es directamente proporcional a la cantidad de usos o necesidades que satisfacen. Si un teléfono móvil, como bien indiqué en mi artículo anterior, es capaz de satisfacer tantas necesidades y funciones, es normal que se genere una total dependencia hacia él. Y ya no entenderemos una vida sin él como ocurre con otros grandes avances tecnológicos como la televisión, la lavadora, la cocina, el agua caliente, el coche, la calefacción, el agua corriente,… Hablaremos de adicción cuando está dependencia se transforma en un trastorno desadaptativo con respecto a la sociedad actual. Si la sociedad se vuelve adicta o dependiente con ellos, lo desadaptativo sería no tener móvil, ¿me explico? Gran dilema se abre.
  • Por último, no quería dejar sin comentar el fenómeno de la llamada fantasma pues yo la experimento con frecuencia. A veces no tengo el móvil en el bolsillo pero lo siento vibrar. Esto sucede y demuestra una conexión mayor que la meramente sensorial entre nuestro sistema nervioso y el teléfono móvil.

Y no quería acabar este escrito, siento si está siendo muy largo para los tiempos que corren, sin hacer una reflexión sobre cómo mitigar los efectos de una excesiva dependencia del teléfono móvil. Como siempre, no hay normas ni recomendaciones exactas ni generales para todo el mundo, cada persona debe encontrar su manera. Muchos profesionales de la psicología hablan de realizar un «detox digital» de vez en cuando, es decir, permitirse desconectarse totalmente de la tecnología y ejercitar los sentidos que quedan fuera de ella: el gusto, el tacto, el olfato… Saborear nuevos alimentos, sentir la brisa, contactar con personas o animales físicos, respirar aire fresco, oler el aroma de las esencias o de las flores,… También puede ser interesante «reducir o limitar poder al teléfono móvil». En otras palabras, aunque se pueda utilizar para muchas cosas, no utilizarlo si no es estrictamente necesario. Por ejemplo: no usar el navegador cuando se va a un sitio conocido o aprenderse la ruta a un sitio desconocido con anterioridad, jugar a juegos de tablero en lugar de juegos en el móvil, llevar reloj físico o preguntar la hora, quedar cuando se está físicamente y no esperar a hacer la quedada en un chat, etc.

Y, luego, yo he experimentado en carnes propias la gran dificultad de deshacernos de él siquiera un día normal. Quizás en fin de semana o vacaciones sea más sencillo. Creo que me sería más fácil ayunar de comida que de móvil. Sin embargo, creo que desconectar por horas sí es factible. Hacerse un horario… Ponerse un rato o unas horas en «modo avión»… Sentir que podrías sobrevivir por un rato a un apagón digital…

Aquí lo dejo. Ya te he tenido mucho tiempo leyendo material digital… descansa la vista y tómate un respiro para reflexionar estas líneas. Y disfruta el momento. Hasta la próxima. No dejéis de comentar y compartir vuestras reflexiones para bien de toda la comunidad.

37. Porno digital

Me resistía un poco a escribir sobre esto, quizás presionado por prejuicios y porque corro el riesgo de quedar estigmatizado en uno u otro sentido. Me animo, sin embargo, bajo la motivación de ser lo más realista posible, ciñiendome a la observación y a la reflexión. Y es que el tema es susceptible de herir sensibilidades, cada uno/a con su historia. El hecho sobre el que quiero reflexionar es que el porno digital es fácilmente accesible por los menores.

A veces me preguntan, ¿cómo hacer para evitarlo? ¿cuáles son los controles parentales más eficaces? Y, siento defraudar, creo que no hay forma de evitar su acceso si el niño o la niña quiere. Ya el mero hecho de necesitar una respuesta evidencia que muy probablemente el menor tenga más ideas y habilidades digitales que sus padres que aún buscan la protección eficaz. Por eso, no me gusta mucho la palabra control parental, es una utopía tratar de controlar nada en la vida. La alternativa al control son la educación y los límites amorosos y responsables.

Dicho esto me gustaría echar un cable a nuestros peques, a su capacidad de crítica y su sentido ético. En cierta ocasión me preguntaron si la existencia de juegos violentos era motivo de riesgo de crear personas o sociedades violentas en un futuro. Mi respuesta fue que no, ejemplificando con mi caso personal. La persona que os escribe es muy pacífica, a veces demasiado, y en mi infancia no faltó jugar a los soldaditos y videojuegos de matar o pegar. Esto no quiere decir que un vídeo juego o un vídeo porno, a una persona con determinadas características neurológicas, de personalidad o contextuales, les puedan «dar ideas» que por sí mismo no se les haya ocurrido. También que, por la propia inmadurez o falta de ética puedan «hacerles gracia» abominaciones como violaciones grupales, sexo no consentido, vejaciones , etc.

Y es que es un tema todavía muy tabú, reconozco que me cuesta escribir desde la imparcialidad y el no juicio. Siendo autocrítico, me pregunto si la excesiva curiosidad de los niños sobre estos temas no radica en estos tabúes. No nos gusta que vean una forma ficticia, irreal, machista y patriarcal de concebir las relaciones sexuales y, a la vez, impedimos o limitamos las películas con escenas subidas de tono que muestren una sexualidad más sana, más respetuosa, menos cosificada. Entiendo que esto no tiene por qué ocurrir en todos los hogares, habrá hogares en la que la relación sexual de los padres sea hasta peor que lo que se vea en el porno y los habrá donde se viva la sexualidad sin tabúes ni medias tintas. Cada familia debe saber qué y cómo está viviendo este tema.

Me gustaría salirme un poco de la reflexión y aportar algún sentido psicológico al tema. Se me ocurren dos caminos principalmente. En este caso, y como ocurre con la violencia, estaría por discutir qué fue antes, el huevo o la gallina. ¿Existen estos contenidos porque hay una audiencia que los reclama o se genera esta necesidad en la audiencia a base de buscar contenidos más «estimulantes»? ¿Qué hay detrás de este tipo de consumo audiovisual? Tanto la pornografia como los contenidos violentos llevan con nosotros muchos años, luego es fácil pensar que su transformación digital no es más, ni menos, que la evolución de algo que ya se daba, aunque quizás antes era en menos medida o con más difícil acceso.

La segunda es: en este tema, como en cualquier otro, podemos considerar lo que está afectando a nivel social y lo que a cada uno le toca. La sociedad no la podemos cambiar de la noche a la mañana, está fuera de nuestro círculo de control. A lo sumo podemos influir mediante la transmisión de valores más humanos, más respetuosos. Cada persona con los suyos y con los que tiene más cerca. Confiemos en que la sociedad mantenga o promueva la sabiduría de que la colaboración, el intercambio y la convivencia mejora a la agresion y la dominación (nótese que esto vale para el amor y para la guerra).

Y a nivel personal. ¿En qué me tocó? ¿En qué me toca? ¿Me toca una historia de agresión, de opresión, de represión, de carencia, …? Sanar esta herida del pasado nos puede ayudar a dar un giro al sistema. El cambio solo puede suceder por uno/a mismo/a. Si no podemos solos/as, busquemos ayuda en grandísimos profesionales que tenemos a nuestro servicio. Lo mismo si alguno de los nuestros hace un uso abusivo de estos productos, más allá de la normal curiosidad humana hacia lo desconocido o prohibido, pedid ayuda que no estamos solos. Cuanto antes mejor.

Y, siendo más concretos con el tema en cuestión, nuevamente lo digo: un teléfono móvil, ordenador o tableta conectados a internet es una puerta abierta a la sociedad adulta, con todo lo que tiene de bueno y malo. Cada progenitor deberá valorar, por tanto, cómo y cuándo va a conceder dicha libertad o entrada al mundo de los adultos a sus hijos. Esa entrada, en mi opinión, debe ser progresiva y con mucho diálogo. Ellos deben conocer nuestros juicios de valor y de opinión, somos su referencia, aunque no la verdad absoluta. También deben conocer los peligros y los límites legales, hasta los 18 años siguen siendo nuestra responsabilidad. Si nuestra relación con ellos es sana y natural, lo que transmitimos será rescatado en su debido momento.

Eso es todo. Espero haber tratado el tema con el cuidado que se merece. He insistido mucho en el respeto porque para mí es un valor fundamental. Y creo mucho en nuestro poder para cambiar y evolucionar. Disfrutad de un aquí y ahora placentero y/o amoroso. Que la sexualidad respetuosa, consentida y de mutua satisfacción prolifere y haga de este mundo un lugar mejor.

36. Infoxicación

Apuesto nuevamente por una palabreja que quizás alguno de vosotros no conozcáis. Aunque no es una palabra reciente, pues está vigente desde que empezó a gestarse la sociedad de la información en la cual vivimos. Realmente hablamos de algo más conocido y que, seguramente, la mayor parte de las personas de las sociedades más tecnológicas sufrimos: «la sobrecarga de información».

Nos han vendido desde siempre que «la información es poder» y, algunos más que otros, nos hemos vuelto devoradores de información. El tema es que gracias a Internet, la cantidad de información a nuestro alcance tiende al infinito. Y, tristemente para nosotros, la capacidad de procesamiento de nueva información es limitada en los humanos. El desgaste de procesar nueva información y sostener su impacto emocional pueden conllevar a una disminución de la concentración e incluso provocar ansiedad o estrés.

Para mí, hay un riesgo aún mayor y que muchas veces no valoramos. Nuestra capacidad de filtro y de juicio requiere también recursos de nuestro cerebro. Es lo que llamamos una «mente lúcida». Cuanto más saturada esté nuestra mente menos juicio y menos criterio tendremos para filtrar la información que nos llega, siendo más susceptibles a caer en engaños, fundamentalismos, sesgos informativos, polarización, etc. Y, curiosamente, cuanto más informados nos creemos menos lo estamos.

¿Por qué?

Principalmente por tres razones:

  • porque mucha de la información es basura o repetida. Recibimos mucha información que no nos interesa y las noticias que son «trending topic» las vemos una y otra vez perdiendo oportunidad de dedicar nuestros recursos a información más fresca o relevante.
  • porque controlan la información que aspiramos a recibir. Ya sean las redes sociales o nuestros diarios favoritos, la información que se muestra es la que ciertos algoritmos deciden que debemos leer en base a ciertos criterios: noticias leídas anteriormente, páginas visitadas, zona geográfica, gustos de nuestros amigos o gente cercana, etc.
  • si queremos buscar una información determinada, los buscadores nos van a ofrecer las páginas más relevantes pero, ¿bajo qué criterio? Criterios varios más fácilmente controlables por personas y empresas que tiene más recursos para controlar la información que se publica.

Ni que decir tiene que no tenemos forma de saber cuánta información se nos oculta y se nos distorsiona. Antes creíamos que lo que decía la televisión o los diarios de papel era la verdad. Ahora sabemos que no tiene por qué ser así. Digamos que hoy en día no es que el poder lo posee el que tiene la información, sino el que la controla.

Y los gobiernos se alarman por la facilidad con las que se viralizan las «fake news» (noticias falsas) e intentan poner remedio a ello… Esto es como intentar poner puertas al campo. Y aparece un dilema moral: ¿quién vigila al vigilante? Estamos en un modelo social en el que basamos la «verdad» en alguna institución o autoridad. Ante la falta de criterio (quizás por estar infoxicados) confiamos en que un gobierno, una iglesia, un periódico, un experto/a, un maestro o maestra,… nos diga lo que está bien y lo que está mal, lo que es cierto y lo que no lo es. Nuestro espíritu crítico está muy debilitado. Escuché recientemente que antiguamente la verdad se validaba en sociedad, en tu grupo de iguales, escuchando a tus mayores. No es nada nuevo, pero creo que en cierta manera podemos acabar involucionando. Ya en su día se decía que había mucha gente que su fe se basaba en «lo que decía el cura», es esperar que sea otro el que te diga lo que tienes que creer, lo que tienes que pensar.

¿Qué hacemos con la infoxicación? Para mí está claro, si la infoxicación es funciona un veneno, tocaría desintoxicarse, desinfoxicarse. Por nuestra salud mental, por nuestra salud social.

¿Y cómo? Ya sabéis lo que me habéis leído más, que no suelo dar recetas. Reconozco no ser poseedor de la verdad absoluta. Seguro que me he columpiado en alguna de mis afirmaciones, o como poco, exagerado. Pero si la exageración sirve para la reflexión y la motivación, bienvenida sea.

Por proponer ideas, a mí se me ocurre volver a los tiempos de leer menos a los de lejos y escuchar más a los de cerca. A riesgo de parecer un inadaptado social por no saber cuál es el último hit musical, el último escándalo famoso o lo que está pasando en el mundo.

Este post lo dejo así cortito, para no infoxicar más. Disfrutad de una buena charla con alguna de vuestras personas favoritas, con un tentempié o dando un paseo, y dejando vagar vuestra imaginación en la desconexión informativa.

33. Infosurfing

Infosurfing es básicamente «navegar por Internet de forma incontrolada». En otras palabras, el gesto habitual de arrastrar el dedo para ver la siguiente publicación en esos «feeds» o historias infinitas que nos proporcionan muchas de las aplicaciones de redes sociales o noticias. También se puede considerar infosurfing o «infinite scrolling» el continuo pinchar al botón de siguiente en un ordenador.

La navegación de forma incontrolada puede conllevar una pérdida de la noción del tiempo y acabar destinando a ello horas y horas con muy poca o nula productividad, aparcando cosas más importantes y acabando con muy poca energía o mal humor. Además, es habitual que su práctica diaria genere cierta tecno-adicción, en cuanto a que anhelamos el siguiente momento en que podamos ponernos a ello.

¿Cómo es que se produce este fenómeno?

Es como una búsqueda del tesoro. Encontrar el tesoro produce tanta satisfacción que nuestro cerebro se refuerza con la experiencia a pesar de las dificultades superadas para llegar a él. O incluso más, a mayor sufrimiento o dificultad, mayor placer. En psicología clásica se dice que hay un aprendizaje reforzado de tipo aleatorio. Es un premio al aprendizaje de una conducta que, al tener consecuencias inciertas se refuerza en mayor medida que si siempre se obtuviera el premio. Creo que me estoy volviendo muy teórico… Mejor con un ejemplo:

Si todas y cada una de las noticias, posts, videos, memes o imágenes que nos encontramos mientras infosurfeamos por una aplicación fueran 100% interesantes, veríamos como tras unas pocas visualizaciones lo dejaríamos. Y si, tras un cierto número de visualizaciones, si no encontráramos nada, también lo dejaríamos. Pero si cada 8 o 10 visualizaciones encontramos premio, es decir, algo que nos interese o nos haga reír, el refuerzo se produce y es máxima la estimulación para encontrar otro «tesoro» más. Esta cifra yo la he puesto al azar, pero el número exacto se conoce y se utiliza por las plataformas que se aprovechan de este scroll infinito o en juegos basados en recompensas.

Por ello, me parece importante hacer una primera criba de aplicaciones. Unas de ellas, realizan paginación, esto es, dividen el contenido en páginas y se surfea dando al botón de siguiente. Esta pequeña pausa de tener que dar a un botón de siguiente nos puede hacer plantearnos si hacerlo o no (porque durante la última página no encontramos nada). Me parecen un pelín más saludables que las que tienen una alimentación infinita. Al ser infinita nunca hay stop y la probabilidad de encontrar ese tesoro es cercana al 100%.

Y sucede también un dilema moral: ¿merece la pena? El tesoro es precioso, el sacrificio también. A veces el tesoro lo encuentro rápido y no sacrifico nada de mi vida, otras veces acabo hastiado y me encuentro con una gran lista de actividades aparcadas por hacer.¿Qué puede haber de malo en aprender, reír, saber del mundo o de la familia y amigos?

Como en casi toda adicción, lo malo es traspasar el límite, pasar del uso al abuso. Yo a veces me lo planteo como la diferencia entre fluir y dejarse arrastrar. Fluir con la vida requiere tener claras nuestras necesidades para evitar ir por donde no deseamos ir. Se requiere cierta capacidad de decisión para fluir, si no, es dejarse llevar, dejarse arrastrar. Fluir te lleva a estados de paz, conexión, tranquilidad, bienestar, contento, … y arrastrarse te lleva a callejones sin salida, estancamiento, vacío,… La diferencia es muy sutil y muy fina. Pues bien, el infosurfing puede apartarnos de necesidades básicas como comer (incluyendo estudiar y trabajar para comer), salir a oxigenarnos o hacer ejercicio (salud física y mental), relacionarnos (socialización), mantener cierta higiene en nuestro hogar, dormir (descanso),…

Con el tema de descanso, creo que ya lo advertí en alguna ocasión: a veces surfeamos porque estamos cansados. Aviso a navegantes: surfear te agota aún más. La estimulación digital es tan grande que el cerebro se agota con este acto de apariencia pasiva. Hagan la prueba de mirarse su grado de cansancio antes y después de surfear y me dicen.

¿Qué hacemos con esto? Si yo estoy enganchado al infosurfing, ¿cómo puedo pretender que mis peques no caigan en ello poniendo en riesgo su salud, sus capacidades de relación, sus estudios,…?

Como siempre digo, el mero hecho de darse cuenta de que tenemos un problema ya es un gran paso hacia su solución o su mitigación. Se posibilitan mecanismos conscientes para favorecer el cambio. A mí se me han despertado algunas ideas durante mi redacción de este texto. Os comparto algunas por si os sirven, sabiendo que cada una tendrá que encontrar su camino.

Navegar con un propósito. Ten claro qué es lo que quieres conseguir o averiguar cuándo conectes con la red: lo buscas, lo obtienes y lo dejas.

Establece un tiempo de consulta. Esta solución me ha generado cierta controversia por entrar un poco en conflicto con una actitud de fluir con la vida y de improvisar, de dejarse sorprender. Sin embargo, creo que no tiene por qué ser del todo incompatible. La fórmula sería planificar en contacto con uno mismo: de acuerdo a nuestros valores, nuestras necesidades, nuestros deseos. Es como si quisiéramos meter piedras en un recipiente, debemos meter primero las grandes y después las pequeñas para maximizar el espacio. Si el infosurfing nos aporta poco valor en proporción al tiempo que nos consume, quizás habría que dejarlo para cuando el resto de necesidades estén satisfechas. Lo valioso, lo importante, debe ir primero y quizás deba protegerse con una cierta planificación. Es una posibilidad, ¿tú qué opinas?

Que tengáis un bonito aquí y ahora. Buen momento para parar el surfeo, respirar y reflexionar. ¿Qué es lo que realmente quiero para este aquí y ahora?

32. Darkweb

Me gustaría hablar sobre la darkweb sin juicio.  Intento hablar en general de todo sin juicio porque realmente poco hay bueno o malo en sí mismo sino que tiene consecuencias en nosotros más o menos adaptativas, más o menos agradables.

Pues la darkweb, como con las armas, el dinero, Internet, el hacking, la piratería, y otras muchas cosas caen en el limbo del vacío legal que ofrece un mundo sin limites y barreras.

¿Qué es la darkweb? Dicho de una forma muy llana y quizás peco de simplista, es un «reservado» de la web o Internet que conocemos normalmente. Pensad en los reservados de los restaurantes, de algunos comercios, de algunos lugares,… es donde, con frecuencia, se tratan o se hablan las cosas no oficiales, las que se quieren que se escapen del escrutinio oficial. Tanto para planear una revolución, como para escapar de una persecución, como para planear un golpe p atraco, como para trapiches con sustancias prohibidas.

Pues eso es la darkweb, un lugar reservado al que se accede de una determinada forma que evita o reduce la posibilidad de ser perseguido por otros, mucho menos las autoridades legales (lo cual no quita que no estén presentes de una u otra manera buscando siempre la forma de protegernos).

Como reservado es un lugar peligroso cuando hablamos de menores. Un lugar donde se pueden saltar los limites y donde se pueden practicar casi cualquier tipo de actividades ilegales o peligrosas. No dudo que también se puedan llevar a cabo operaciones de defensas contra el autoritarismo y la censura.

Pero en el momento en que un menor tiene libre acceso a Internet, puede acabar encontrando la posibilidad de explorar esta zona oscura de la web y acceder a ciertos contenidos que como padres y madres no autorizaríamos.

¿Y que podemos hacer?

No sé si ya he mencionado alguna vez la importancia de entender que estar en Internet es como estar en la calle, es decir, no se está en en lugar que se está físicamente, sino que se está en otro muy diferente. Cuando una persona está fuera, está fuera del alcance y del control de los demás. Es libre de beber, de fumar, de hacer travesuras o fechorías. No sabemos y no hay control absoluto posible.

Ante esta desprotección y falta de control, cada familia tendrá que encontrar sus recursos. Creo que no hay receta mágica. Habrá quien recurra a la supervisión de las actividades en Internet de sus hijos, habrá quien adopte una postura dialogante tratando de obtener confianza, habrá quien amenace, quien castigue, quien restrinja, quien tolere y quien confíe en el destino. Lo importante, creo yo, es saber que existe. Peor sería creernos totalmente seguros porque nuestros hijos no salen de casa.

Mirar para otro lado no vale. ¿Qué se os ocurre que podríamos hacer?

Que paséis un buen aquí y ahora. Otro día más.