45. Clasificación PEGI y competencias transversales

Uno de los principales riesgos en el que podemos caer los progenitores y tutores de las nuevas generaciones que tenemos cierta precaución y restricción del uso de los dispositivos digitales y tecnológicos es limitar el aprendizaje de ciertas competencias transversales que éstos proporcionan.

Se consideran competencias o aprendizajes transversales aquellos que se enseñan o aprenden de forma casi subliminal, sin darse cuenta, porque son aprendizajes implícitos a una otra actividad. Por ello, cuando un niño o una niña está jugando, a su vez está desarrollando ciertas capacidades mentales básicas para su adaptación al medio.

Por ello, mientras se juega al fútbol se aprende trabajo en equipo, se mejora la condición física, se aprende orientación espacial,… mientras se pinta se trabaja la coordinación ojo-mano, se aprende de los colores y las proporciones,… Todo aparentemente jugando.

Ni que decir tiene que «las pantallas», los dispositivos electrónicos también aportan ciertas habilidades transversalmente que, por suerte o por desgracia, van a ser necesarias para la adaptación a un futuro donde el pronóstico es que las tengamos hasta en la sopa.. No sé si provocaré algo de ansiedad o tecnofobia si preveo un futuro donde el propio plato de sopa nos va indicando en un lateral las calorías o nutrientes que estamos consumiendo, la temperatura del plato y ¡qué se yo!, la velocidad con la que debemos comer para llegar puntual a la próxima cita.

Bromas aparte, es difícil valorar la proporción adecuada de conocimientos que se deben ir adquiriendo de niños. Se han realzado estudios que demuestran la pérdida de ciertas habilidades sensorio-motrices en los niños que abusan de las pantallas. Desgraciadamente, no podemos saber ni estudiar qué posibles desarrollos cerebrales se puedan estar forjando para prepararlos a un futuro aun más tecnológico.

Sí se sabe, de momento, que aparte de absorber la atención, las redes sociales online, los videojuegos y el uso de tecnología digital permiten el desarrollo de habilidades en varios planos:

  • En el plano cognitivo, se trabaja la creatividad en tanto hay muchos programas y juegos que permiten crear, desde la configuración de un perfil, el diseño de un avatar, la construcción de una casa virtual, un video o un tiktok, etc. También se puede favorecer el escaneo espacial, adaptado a unas pantallas. Con frecuencia veo que las personas menos adaptadas a la tecnología suelen cometer errores visuales del tipo de no encontrar el botón adecuado (aunque esté resaltado de forma muy llamativa) o no lean todo lo que aparece en la pantalla. También el razonamiento lógico pues, de momento, lo digital está más cercano al pensamiento lógico, el que nos permite establecer relaciones entre los objetos reales (por ejemplo, lo físico, lo tangible) y los abstractos (donde podríamos colocar lo virtual).
  • En el plano de la comunicación, toca aprender las nuevas formas de comunicarse hoy en día y prepararse para el futuro. ¿Suena mucho a ciencia ficción si nos imaginamos paseando virtualmente por Japón junto con nuestro amigo/a del alma que vive en la otra punta del mundo, mientras conversáis de vuestras cosas? Digo esto como ejemplo de que la forma en la que nos comunicamos hoy puede ser infinitamente diferente a como lo hagamos en un futuro. Algo novedoso que he observado en las generaciones jóvenes es que ahora no solo juegan juntos a los videojuegos, sino que hablan simultáneamente, ya sea de cosas del juego como de otras personales.
  • También se producen aprendizajes en el plano emocional. Pasarse un videojuego puede requerir más autodisciplina que un examen. También les pueden poner a prueba la tolerancia a la frustración y su gestión del estrés cuando el juego se pone difícil o toca volver a empezar.
  • Otras competencias multifuncionales van desde la solución de problemas complejos (un videojuego fácil no motiva mucho) a la toma de decisiones y la coordinación con otras personas. En el mundo profesional detecto graves problemas de toma de decisiones y coordinación cuando estas acciones se desarrollan en una forma asíncrona y remota. Es normal, no estamos acostumbrados. En el pasado, la comunicación solía ser en presente y cara a cara. Ahora se escribe mucho, se deja por escrito para que otro lo lea cuando pueda y se lee mucho en diagonal, porque ya estamos bastante sobresaturados de información. Por eso pedimos a las inteligencias artificiales que nos resuman los textos y extraigan lo más importante, la capacidad lectora (otra habilidad digital importante) está muy desarrollada, a costa de quizás del oído, de las habilidades propioceptivas (sentir el cuerpo), la lectura del lenguaje no verbal, etc. Pero esta capacidad lectora se puede desbordar por sobresaturación, por ello también se prefiere lo meramente visual.
  • Queramos o no, las tecnologías están continuamente ofreciendo conocimiento nuevo: los trending topics, las opiniones, consejos o enseñanzas de tal o cual persona y disponemos de la mayor biblioteca de contenidos que jamás haya existido. Cada día va a ser más difícil adquirir conocimientos por medios no digitales. Sí, podremos seguir yendo a bibliotecas físicas, pero «solo» encontraremos historias y libros de historia. El conocimiento vivo y actualizado solo puede estar en Internet.
  • ¿Se pueden promocionar valores a través de los videojuegos o las redes sociales en línea o en vídeos? Está claro que también. Tenemos valores de trabajo en equipo y esfuerzo en los videojuegos, campañas de sensibilización en vídeos y redes sociales y más. Con nuevos canales de difusión e información donde la transmisión de valores tiene mayor impacto. No dejemos que solo los anti-valores sean los que se transmitan.
  • Por último, incluiría la influencia de las nuevas tecnologías en cómo se están elaborando las nuevas formas de inclusión y socialización. El ser humano tiene una tendencia innata y adaptativa a pertenecer. Primero a la familia que nos trae al mundo y, en cuanto podemos, a la mayor red de colectivos que nos hacen sentir personas, seguros e integrados en una sociedad. Esto es más complejo de lo que se puede decir en unas pocas palabras, pero quedaros con la idea de que buscamos la pertenencia y tratamos de evitar la posibilidad de ser excluidos de los grupos con los que nos identificamos. Observo que muchos de los niños que tienen las pantallas restringidas o no tienen acceso a videojuegos, o series de streaming, es que su forma de aspirar a la inclusión es mediante la memorización de lo que les cuentan sobre ello. Pueden llegar a saber cómo se juega a Minecraft o qué es lo que pasa en la Naruto sólo de oídas. Para mi es algo esperanzador, me da a entender que la necesidad de pertenencia va a dotar a los individuos de los recursos necesarios para ser incluidos, independientemente de las decisiones más estrictas o más relajadas en los límites de uso de las pantallas.

Por tanto, sabiendo que nuestros límites a la tecnología como madres y padres es importante pero no determinante, podemos valorar dónde ponerlos sabiendo que:

  • Saber que no se trata de «pantallas sí, pantallas no», sino de los diferentes usos que tienen las pantallas. Quizás en poco tiempo al forma de evolucionar de los dispositivos es hacia recursos más auditivos y menos visuales, o más táctiles y tengamos que dejar de usar el término «pantalla».
  • Valorar los usos de cada tecnología para habilitarla y ofrecerla en la edad y momentos más adecuados.
  • Equilibrar para no perder las habilidades más físicas y corporales. Seguimos teniendo un cuerpo de carne y hueso al que hay que enseñar a moverse por el mundo. Un tiempo con y un tiempo sin es importante, mejor si es consensuado y explicado.
  • Adaptar uso y tiempos a la edad de los peques. Apoyarnos (con cierto pensamiento crítico) en los criterios de expertos en valoración de contenidos y tecnologías. Por ejemplo, el sistema de clasificación PEGI (https://pegi.info/es) que suelen valorar la adecuación de un videojuego según la edad, para los valores culturales de Europa. Pero, más importante que la valoración de la edad, la cual yo considero solo un pequeño referente (me parece más importante la madurez, aunque sea más subjetiva), están los descriptores de contenido. Porque a algunas madres y padres les puede parecer más inapropiados contenidos de discriminación y violencia que los de miedo o sexo, o al revés. Tampoco es lo mismo que los peques jueguen solos a que lo hagan con nosotros, o que tengamos la oportunidad de hablar con ellos para aportar nuestras enseñanzas de lo que es el sexo saludable, los peligros reales e imaginarios, las implicaciones de la violencia en el mundo real, el valor del respeto y cómo puede ser afectado por el lenguaje malsonante, los peligros de las drogas, las posibilidades de ser engañados o caer en una adicción a los juegos,… A veces informar es más efectivo que prohibir.

Eso es todo, espero que os haya podido aportar algunas ideas que hagan vuestra convivencia en familia y en pantallas sea un poco mejor.

42. Las pantallas y el secuestro de la dopamina

La dopamina es un neurotransmisor que cumple una función muy peculiar en nuestro cerebro. Conocerla un poco más puede ser de gran utilidad para conocer muchos de nuestros comportamientos más automáticos e inconscientes, a la vez de los de los demás, incluidos los de los más pequeños de la casa.

Durante mucho tiempo, se consideró a la dopamina como la hormona del placer, e incluso, como la hormona de la felicidad. Se pensaba esto porque nuestros cuerpos la segregan en momentos en que estamos muy enganchados con algo: una actividad, un trabajo apasionante o una sustancia.

Sin embargo, aunque no podamos del todo descartar su influencia en el placer a corto plazo, este placer a «continuar lo que estamos haciendo» es un motivador o alerta a que, en breve, algo bueno o algo importante va a suceder. ¿Cuántos de vosotros no habéis recibido un «espera…» como respuesta a una petición de dejar de jugar a un videojuego o apagar la televisión? Ese «espera» es la voz de la dopamina que nos incita a seguir un poco más.

Este efecto, si hablamos de adaptación al ambiente, puede ser muy útil, nos permite mantenernos concentrados y aguantar hasta la resolución del «problema». Sería el equivalente a decir «¡no pararé hasta que lo consiga!». También es la voz de la dopamina.

El problema es que hay un «secuestro» de la voluntad en los picos de dopamina. Racionalmente podremos estar deseando desconectar, terminar, ir a la cama, pero seguiremos porque el cuerpo percibe un placer cortoplacista que supera a nuestro raciocinio a largo plazo.

¿Por qué es importante tener este punto de vista? Porque cuando pedimos a un niño/a o adolescente que deje de jugar a un videojuego, usar las redes sociales o ver la televisión, su respuesta no es del todo libre, sino que es dependiente de los niveles de dopamina que esté generando. No todos los productos o servicios generan la misma cantidad, los hay más adictivos y los hay menos. Incluso hay ocio o hábitos que pueden generar la motivación justa para poder desconectar sin malestar y sin que creamos que se va a acabar el mundo por ello o nos vayamos a perder la exclusiva del año.

Curiosamente, la dopamina no se segrega solo cuando estamos en plena actividad adictiva, también cuando pensamos, anticipamos o vemos algo que nos recuerde a ella. Entre adultos es fácil escuchar «me apetece un cigarrillo», «me entraría muy bien una cervecita», «¿dónde he dejado mi móvil?»,… También hay quien pasaría horas y horas trabajando. Nada es bueno ni malo en sí, simplemente es importante ser libres para poder realizar las conductas más saludables y adaptativas para nosotros.

Si sabéis inglés, os paso un enlace muy interesante que explica todo esto con más detalle y, además, da algunas pautas para minimizar el «enganche» con los videojuegos y otras adicciones digitales. Las cuatro pautas que da son:

  • Esperar 5 minutos. Las pataletas, desaires, o respuestas inapropiadas tras obligarles a apagar los dispositivos son efímeros, como la producción de dopamina. Unos minutos después, si aguantamos el temporal, veremos que se vuelve a la calma y, entonces, podremos dialogar o realizar la siguiente actividad (o inactividad).
  • Elegir actividades optimizadas a nivel de motivación y de adicción. Ni demasiado adictivas ni demasiado «sosas». Y, si es posible, variarlas, porque hay estudios que indican que cuanto más tiempo pasamos realizando una actividad, mayor se deseará la próxima vez.
  • Crear micro-entornos libres del elemento adictivo o incluso disponer de días libres de tecnología.
  • Intentar un cambio de hábito. Ya sea jugar de otra manera (juego colaborativo entre hermanos o padres/hijos), o enriquecer la vida con alguna otra experiencia (aprender un idioma, hacer una manualidad, cuidar mascotas,…)

La mejor forma de conocer la dopamina y regular sus efectos es practicando con nosotros mismos. No pidamos a los demás lo que nosotros no podemos. Mínimo habría que mostrar comprensión y abordar cualquier problemática al respecto en equipo, de forma colaborativa. Si yo reconozco mis dificultades, el otro me podrá ayudar y también se podrá aplicar «el cuento».

En primer lugar, convendría identificar aquellas sustancias, experiencias o dispositivos que nos generan algún tipo de adicción e identificarlas. Todas o muchas de ellas nos producirán placer, algunas nos pueden acarrear efectos secundarios como pérdida de tiempo, embotamiento, falta de descanso, problemas digestivos, problemas relacionales, insomnio,… ¿Me conviene poner límite? ¿Sería saludable moderar su uso o ingesta? ¿Dónde se encuentra el límite entre el uso y el abuso?

Es verdad que en una sociedad «de consumo», el consumo es potenciado, porque es lo que mueve la economía. La adicción potencia el consumo, quizás por ello los servicios adictivos solo se persiguen cuando pasan de ser beneficios a ser costes. Los videojuegos, las redes sociales, series y programas de televisión e incluso el fútbol están diseñados para generar dopamina y mantener nuestra motivación por su consumo.

Ahora es tu turno, se libre y dueño de tu vida. Disfruta del placer de las pequeñas cosas de cada día y sospecha si son siempre las mismas, impuestas desde afuera o si son devoradoras de tiempo.

39. Filtros parentales

Hace poco comentábamos entre compañeros terapeutas cómo muchos padres y madres entrega un móvil a su hijo sin filtro, sin bloqueos. Esto es poco menos, o peor, que dejarles solos en un centro comercial con nuestra tarjeta de crédito sin topar. Habrá quien haga un uso responsable de ella y habrá quien no.

El uso del móvil tiene que ser restringido en menores por diversas razones:

  • Para impedir acceso a contenido no apropiado para su edad
  • Para controlar el tiempo dedicado a su uso
  • Para limitar la interacción con personas desconocidas
  • Para asegurar la intimidad del menor y de la familia
  • Para evitar posibles actos ilegales o criminales
  • Entre otras…

La mejor forma de asegurar un uso apropiado de los dispositivos digitales es la supervisión física y directa: mientras lo usan, yo estaré a su lado. Adicionalmente, está la controlar el tiempo en base a dar y quitar el dispositivo en los horarios de uso y no uso.

Como sabemos que esto no es siempre posible, podemos recurrir a los filtros o controles parentales. La forma de filtrar o controlar el uso de los dispositivos digitales variará según la edad del menor. Para cada etapa, una forma.

Cuando son pequeños, durante la etapa de infantil, el mejor filtro es: no vas a usar el móvil, tableta, tele… solo, estaré contigo. ¿Te cansa ver dibujos y series infantiles? ¿Desespera jugar a pintar animalitos en la tableta? Mejor, así limitamos el tiempo en una etapa que, realmente, no lo necesitan. La estimulación sensorial y la interacción social es muy importante en esta etapa para construir sus mapas mentales relacionales con el mundo que les rodea, así que no dejemos que toda su estimulación sea digital. Y luego no nos sorprendamos si la hiper-estimulación digital trae consigo intranquilidad, insomnio, irritabilidad y otros problemas de comportamiento. Si estar hiperconectados no es saludable para los adultos, menos para los más pequeños.

Llegamos a primaria. Llegará un momento en que puedan pedir una videoconsola, o ver programas o series de más mayores y controlar el mando de la televisión. Para ello el mejor filtro es de las categorizaciones por edad de los contenidos. Algunas aplicaciones y servicios de streaming (series y películas por Internet) como permiten crear cuentas por edad. Esto permite asegurar que los productos y servicios que utilicen se correspondan con la edad de los niños (a veces). Y no debería hacer falta más, en primaria no toca aun jugar en red, ni en Internet, ni tener acceso libre a todo tipo de contenidos audiovisuales.

Pero llega la última fase de primaria, cerca de entrar al instituto que ya algunos empiezan a pedir móvil. En cuanto uno lo consigue, el efecto dominó se va extendiendo por la clase. Algunos lo necesitan realmente: por padres separados que quieren estar en contacto cuando no tienen la custodia, por niños/as que se tienen que quedar solos en casa,… Otros lo quieren simple y llanamente para jugar y chatear. En esta etapa, es cuando creo que más importancia adquieren las aplicaciones de control parental. Lo suyo es aguantar lo más posible el tiempo sin móvil pero, si eso no es posible, no dar un dispositivo para uso totalmente libre, instalar control parental y darlo conjuntamente con un «contrato» de reglas de uso, donde se enumere, como poco, para qué usarlo y para qué no según las normas y valores de la familia.

Y llega el instituto… Aquí hay un problema. Si las pantallas y los dispositivos no son lo tuyo, porque evolucionan tan rápido que te pierdes con las contraseñas, las aplicaciones, los botones, que no distingues una petición de política de protección de datos de una campaña de phising…, entonces, muy probablemente tu hijo/a te dará mil vueltas en su uso. Incluso, si eres un gurú de la informática, puede que también (de tal palo tal astilla). Los menores están entrando en la adultez a través de la adolescencia, piensan casi como un adulto, pero su cerebro aun no está 100% desarrollado y muchas de las capacidades del neo-córtex están por explotar y entrenar. Así podrán tomar decisiones y realizar conductas descabelladas, peligrosas o contra los progenitores. Muy probablemente, ya no hay filtro parental que valga: cambiarán contraseñas, esconderán aplicaciones en un doble escritorio del móvil u ordenador, tendrán un «correo oficial» y uno oculto, utilizarán aplicaciones «salto» en las que detrás de una inocua calculadora pueda haber un juego o una puerta de acceso a contenidos no permitidos. Por ello, es la etapa del diálogo y el conflicto. Conflicto porque no podrán tener todo lo que quisieran, y está en el deber y responsabilidad de los progenitores establecer unos límites, directamente proporcionales a su edad, responsabilidad y madurez. Y diálogo porque, como pueden intentar saltarse toda norma que haya, el diálogo servirá para adelantar peligros, informar de nuestros miedos, informar de lo que es un buen uso de Internet y los dispositivos electrónicos, fomentar valores y actividades alternativas como el aire libre, los deportes, la socialización cara a cara, el aburrimiento o sostener el no hacer nada.

Bueno, lo dejo aquí con otra reflexión: ¿Y qué filtros nos vamos a poner los adultos?

37. Porno digital

Me resistía un poco a escribir sobre esto, quizás presionado por prejuicios y porque corro el riesgo de quedar estigmatizado en uno u otro sentido. Me animo, sin embargo, bajo la motivación de ser lo más realista posible, ciñiendome a la observación y a la reflexión. Y es que el tema es susceptible de herir sensibilidades, cada uno/a con su historia. El hecho sobre el que quiero reflexionar es que el porno digital es fácilmente accesible por los menores.

A veces me preguntan, ¿cómo hacer para evitarlo? ¿cuáles son los controles parentales más eficaces? Y, siento defraudar, creo que no hay forma de evitar su acceso si el niño o la niña quiere. Ya el mero hecho de necesitar una respuesta evidencia que muy probablemente el menor tenga más ideas y habilidades digitales que sus padres que aún buscan la protección eficaz. Por eso, no me gusta mucho la palabra control parental, es una utopía tratar de controlar nada en la vida. La alternativa al control son la educación y los límites amorosos y responsables.

Dicho esto me gustaría echar un cable a nuestros peques, a su capacidad de crítica y su sentido ético. En cierta ocasión me preguntaron si la existencia de juegos violentos era motivo de riesgo de crear personas o sociedades violentas en un futuro. Mi respuesta fue que no, ejemplificando con mi caso personal. La persona que os escribe es muy pacífica, a veces demasiado, y en mi infancia no faltó jugar a los soldaditos y videojuegos de matar o pegar. Esto no quiere decir que un vídeo juego o un vídeo porno, a una persona con determinadas características neurológicas, de personalidad o contextuales, les puedan «dar ideas» que por sí mismo no se les haya ocurrido. También que, por la propia inmadurez o falta de ética puedan «hacerles gracia» abominaciones como violaciones grupales, sexo no consentido, vejaciones , etc.

Y es que es un tema todavía muy tabú, reconozco que me cuesta escribir desde la imparcialidad y el no juicio. Siendo autocrítico, me pregunto si la excesiva curiosidad de los niños sobre estos temas no radica en estos tabúes. No nos gusta que vean una forma ficticia, irreal, machista y patriarcal de concebir las relaciones sexuales y, a la vez, impedimos o limitamos las películas con escenas subidas de tono que muestren una sexualidad más sana, más respetuosa, menos cosificada. Entiendo que esto no tiene por qué ocurrir en todos los hogares, habrá hogares en la que la relación sexual de los padres sea hasta peor que lo que se vea en el porno y los habrá donde se viva la sexualidad sin tabúes ni medias tintas. Cada familia debe saber qué y cómo está viviendo este tema.

Me gustaría salirme un poco de la reflexión y aportar algún sentido psicológico al tema. Se me ocurren dos caminos principalmente. En este caso, y como ocurre con la violencia, estaría por discutir qué fue antes, el huevo o la gallina. ¿Existen estos contenidos porque hay una audiencia que los reclama o se genera esta necesidad en la audiencia a base de buscar contenidos más «estimulantes»? ¿Qué hay detrás de este tipo de consumo audiovisual? Tanto la pornografia como los contenidos violentos llevan con nosotros muchos años, luego es fácil pensar que su transformación digital no es más, ni menos, que la evolución de algo que ya se daba, aunque quizás antes era en menos medida o con más difícil acceso.

La segunda es: en este tema, como en cualquier otro, podemos considerar lo que está afectando a nivel social y lo que a cada uno le toca. La sociedad no la podemos cambiar de la noche a la mañana, está fuera de nuestro círculo de control. A lo sumo podemos influir mediante la transmisión de valores más humanos, más respetuosos. Cada persona con los suyos y con los que tiene más cerca. Confiemos en que la sociedad mantenga o promueva la sabiduría de que la colaboración, el intercambio y la convivencia mejora a la agresion y la dominación (nótese que esto vale para el amor y para la guerra).

Y a nivel personal. ¿En qué me tocó? ¿En qué me toca? ¿Me toca una historia de agresión, de opresión, de represión, de carencia, …? Sanar esta herida del pasado nos puede ayudar a dar un giro al sistema. El cambio solo puede suceder por uno/a mismo/a. Si no podemos solos/as, busquemos ayuda en grandísimos profesionales que tenemos a nuestro servicio. Lo mismo si alguno de los nuestros hace un uso abusivo de estos productos, más allá de la normal curiosidad humana hacia lo desconocido o prohibido, pedid ayuda que no estamos solos. Cuanto antes mejor.

Y, siendo más concretos con el tema en cuestión, nuevamente lo digo: un teléfono móvil, ordenador o tableta conectados a internet es una puerta abierta a la sociedad adulta, con todo lo que tiene de bueno y malo. Cada progenitor deberá valorar, por tanto, cómo y cuándo va a conceder dicha libertad o entrada al mundo de los adultos a sus hijos. Esa entrada, en mi opinión, debe ser progresiva y con mucho diálogo. Ellos deben conocer nuestros juicios de valor y de opinión, somos su referencia, aunque no la verdad absoluta. También deben conocer los peligros y los límites legales, hasta los 18 años siguen siendo nuestra responsabilidad. Si nuestra relación con ellos es sana y natural, lo que transmitimos será rescatado en su debido momento.

Eso es todo. Espero haber tratado el tema con el cuidado que se merece. He insistido mucho en el respeto porque para mí es un valor fundamental. Y creo mucho en nuestro poder para cambiar y evolucionar. Disfrutad de un aquí y ahora placentero y/o amoroso. Que la sexualidad respetuosa, consentida y de mutua satisfacción prolifere y haga de este mundo un lugar mejor.

34. La guerra de las pantallas

Hace no mucho tiempo
En una galaxia muy muy cercana
Las familias galácticas están en un continuo conflicto por el tiempo de pantalla, la hora de apagado e irse a la cama y el uso que se les da a las mismas...

Muchas claman con urgencia que la orden Jedi traiga algo de luz al asunto antes de que sea demasiado tarde...

Realmente, no creo que necesitemos de la sabiduría ancestral Jedi pero sí podemos aprovechar a reflexionar a partir de la sabiduría que nos aporta la psicología, la Gestalt y otros saberes milenarios que hemos ido heredando.

La razón de escribir este texto es la observación de que en muchas familias a mi alrededor están permanentemente en este conflicto, la mía también.

Centrándome en la realidad más cercana en la que vivo (España, unos años ya de la guerra y la posguerra), creo que aquí las generaciones que ahora estamos criando hemos sido educadas contra la guerra y contra el conflicto, y con razón. Considero mi región mayoritariamente pacifista y reacia al conflicto, fuertemente posicionada hacia la Paz en cualquier conflicto internacional como para saltar con el NO a la guerra ante cualquier atisbo de violencia. Y, personalmente, me siento orgulloso de ello.

Y, a la vez, esto deriva en una dificultad para resolver los conflictos que nos surgen, sobre todo los relacionados con nuestros seres más queridos. El tema es que, para la Gestalt, por ejemplo, la vida es polar y un concepto no existe sin su contrario. En nuestro caso, la paz no existe sin la guerra, las buenas relaciones no existen sin los conflictos. No siempre se puede estar en un polo, hay que transitar por el otro cuando toca.

Si eres de las que te ha tocado el conflicto con las pantallas, ¿qué hacer?

Para la Gestalt la clave es integrar, aprovechar la parte positiva y adaptativa de cada polaridad. En mi opinion, la parte positiva en la guerra por las pantallas sería algo así como aprovechar el conflicto para nuestro propio bien y el de nuestra familia.

Una forma de ver un conflicto es como una discrepancia entre dos puntos de vista que solo puede resolverse mediante la negociación o la imposición del más fuerte. Imponer nos resulta  algo desagradable a las familias democráticas de hoy en día y negociar no es fácil porque podemos perder o porque el acuerdo nunca va a cubrir al 100% mi posición.

No es mi intención aquí hablar mucho sobre negociación o imposición, o de las líneas rojas y los límites. Esto da para unos cuantos posts.

Querría dar un poco de esperanza y apoyo para sobrellevar este tipo de conflictos. Me gustaría transmitir la idea de que estos conflictos los podemos usar a nuestro favor y el de nuestras familias.

¿Cómo?

Pues poniendo atención a pequeñas oportunidades relacionales que aparecen durante los mismos:

  • El contacto. Si alguno de tus hijos pasa ya por la etapa adolescente, probablemente verás que el contacto se reduce y los conflictos son más frecuentes. Aunque no sea lo que nos gustaría, resolver un conflicto es un punto de contacto y de relación que contribuye a la maduración de nuestro peque.
  • Los valores. Ya he expresado que hay una lucha de puntos de vista. Durante esta batalla, que no tiene por qué ser agresiva y violenta, se exponen los valores personales, familiares y sociales. Consciente o inconscientemente se ponen sobre la mesa y se ponderan. Se acabará imponiendo el valor que sea más importante para todos, a saber: la familia, el respeto, la independencia, el amor, el disfrute, las amistades, el equilibrio, la salud, la convivencia, la paz,…
  • El conflicto. Aprender a solventar conflictos de una forma adaptativa y no violenta se aprende pasando por ellos. De un conflicto a otro evolucionaremos si hay intención de progresar y aprender. Ya comenté que no estamos muy preparados para el conflicto, quizás porque no pasamos suficientemente bien por ellos cuando éramos pequeños.
  • El amor. Para mí, todo conflicto es positivo y constructivo bajo la premisa de sentir que «el amor y la pertenencia no están en juego». Es decir, pase lo que pase y se resuelva como se resuelva, el conflicto, nos seguiremos queriendo y se sigue perteneciendo al sistema, la familia, o lo que corresponda.

Y corto aquí que ya me he extendido mucho, aunque podemos continuar en los comentarios. Si el conflicto se os va de las manos, no tardéis en buscar ayuda profesional. Estamos rodeados de sabiduría psicológica y relacional que nos pueden facilitar la transición por estos conflictos.

Que la felicidad os acompañe, aquí y ahora.

33. Infosurfing

Infosurfing es básicamente «navegar por Internet de forma incontrolada». En otras palabras, el gesto habitual de arrastrar el dedo para ver la siguiente publicación en esos «feeds» o historias infinitas que nos proporcionan muchas de las aplicaciones de redes sociales o noticias. También se puede considerar infosurfing o «infinite scrolling» el continuo pinchar al botón de siguiente en un ordenador.

La navegación de forma incontrolada puede conllevar una pérdida de la noción del tiempo y acabar destinando a ello horas y horas con muy poca o nula productividad, aparcando cosas más importantes y acabando con muy poca energía o mal humor. Además, es habitual que su práctica diaria genere cierta tecno-adicción, en cuanto a que anhelamos el siguiente momento en que podamos ponernos a ello.

¿Cómo es que se produce este fenómeno?

Es como una búsqueda del tesoro. Encontrar el tesoro produce tanta satisfacción que nuestro cerebro se refuerza con la experiencia a pesar de las dificultades superadas para llegar a él. O incluso más, a mayor sufrimiento o dificultad, mayor placer. En psicología clásica se dice que hay un aprendizaje reforzado de tipo aleatorio. Es un premio al aprendizaje de una conducta que, al tener consecuencias inciertas se refuerza en mayor medida que si siempre se obtuviera el premio. Creo que me estoy volviendo muy teórico… Mejor con un ejemplo:

Si todas y cada una de las noticias, posts, videos, memes o imágenes que nos encontramos mientras infosurfeamos por una aplicación fueran 100% interesantes, veríamos como tras unas pocas visualizaciones lo dejaríamos. Y si, tras un cierto número de visualizaciones, si no encontráramos nada, también lo dejaríamos. Pero si cada 8 o 10 visualizaciones encontramos premio, es decir, algo que nos interese o nos haga reír, el refuerzo se produce y es máxima la estimulación para encontrar otro «tesoro» más. Esta cifra yo la he puesto al azar, pero el número exacto se conoce y se utiliza por las plataformas que se aprovechan de este scroll infinito o en juegos basados en recompensas.

Por ello, me parece importante hacer una primera criba de aplicaciones. Unas de ellas, realizan paginación, esto es, dividen el contenido en páginas y se surfea dando al botón de siguiente. Esta pequeña pausa de tener que dar a un botón de siguiente nos puede hacer plantearnos si hacerlo o no (porque durante la última página no encontramos nada). Me parecen un pelín más saludables que las que tienen una alimentación infinita. Al ser infinita nunca hay stop y la probabilidad de encontrar ese tesoro es cercana al 100%.

Y sucede también un dilema moral: ¿merece la pena? El tesoro es precioso, el sacrificio también. A veces el tesoro lo encuentro rápido y no sacrifico nada de mi vida, otras veces acabo hastiado y me encuentro con una gran lista de actividades aparcadas por hacer.¿Qué puede haber de malo en aprender, reír, saber del mundo o de la familia y amigos?

Como en casi toda adicción, lo malo es traspasar el límite, pasar del uso al abuso. Yo a veces me lo planteo como la diferencia entre fluir y dejarse arrastrar. Fluir con la vida requiere tener claras nuestras necesidades para evitar ir por donde no deseamos ir. Se requiere cierta capacidad de decisión para fluir, si no, es dejarse llevar, dejarse arrastrar. Fluir te lleva a estados de paz, conexión, tranquilidad, bienestar, contento, … y arrastrarse te lleva a callejones sin salida, estancamiento, vacío,… La diferencia es muy sutil y muy fina. Pues bien, el infosurfing puede apartarnos de necesidades básicas como comer (incluyendo estudiar y trabajar para comer), salir a oxigenarnos o hacer ejercicio (salud física y mental), relacionarnos (socialización), mantener cierta higiene en nuestro hogar, dormir (descanso),…

Con el tema de descanso, creo que ya lo advertí en alguna ocasión: a veces surfeamos porque estamos cansados. Aviso a navegantes: surfear te agota aún más. La estimulación digital es tan grande que el cerebro se agota con este acto de apariencia pasiva. Hagan la prueba de mirarse su grado de cansancio antes y después de surfear y me dicen.

¿Qué hacemos con esto? Si yo estoy enganchado al infosurfing, ¿cómo puedo pretender que mis peques no caigan en ello poniendo en riesgo su salud, sus capacidades de relación, sus estudios,…?

Como siempre digo, el mero hecho de darse cuenta de que tenemos un problema ya es un gran paso hacia su solución o su mitigación. Se posibilitan mecanismos conscientes para favorecer el cambio. A mí se me han despertado algunas ideas durante mi redacción de este texto. Os comparto algunas por si os sirven, sabiendo que cada una tendrá que encontrar su camino.

Navegar con un propósito. Ten claro qué es lo que quieres conseguir o averiguar cuándo conectes con la red: lo buscas, lo obtienes y lo dejas.

Establece un tiempo de consulta. Esta solución me ha generado cierta controversia por entrar un poco en conflicto con una actitud de fluir con la vida y de improvisar, de dejarse sorprender. Sin embargo, creo que no tiene por qué ser del todo incompatible. La fórmula sería planificar en contacto con uno mismo: de acuerdo a nuestros valores, nuestras necesidades, nuestros deseos. Es como si quisiéramos meter piedras en un recipiente, debemos meter primero las grandes y después las pequeñas para maximizar el espacio. Si el infosurfing nos aporta poco valor en proporción al tiempo que nos consume, quizás habría que dejarlo para cuando el resto de necesidades estén satisfechas. Lo valioso, lo importante, debe ir primero y quizás deba protegerse con una cierta planificación. Es una posibilidad, ¿tú qué opinas?

Que tengáis un bonito aquí y ahora. Buen momento para parar el surfeo, respirar y reflexionar. ¿Qué es lo que realmente quiero para este aquí y ahora?

32. Darkweb

Me gustaría hablar sobre la darkweb sin juicio.  Intento hablar en general de todo sin juicio porque realmente poco hay bueno o malo en sí mismo sino que tiene consecuencias en nosotros más o menos adaptativas, más o menos agradables.

Pues la darkweb, como con las armas, el dinero, Internet, el hacking, la piratería, y otras muchas cosas caen en el limbo del vacío legal que ofrece un mundo sin limites y barreras.

¿Qué es la darkweb? Dicho de una forma muy llana y quizás peco de simplista, es un «reservado» de la web o Internet que conocemos normalmente. Pensad en los reservados de los restaurantes, de algunos comercios, de algunos lugares,… es donde, con frecuencia, se tratan o se hablan las cosas no oficiales, las que se quieren que se escapen del escrutinio oficial. Tanto para planear una revolución, como para escapar de una persecución, como para planear un golpe p atraco, como para trapiches con sustancias prohibidas.

Pues eso es la darkweb, un lugar reservado al que se accede de una determinada forma que evita o reduce la posibilidad de ser perseguido por otros, mucho menos las autoridades legales (lo cual no quita que no estén presentes de una u otra manera buscando siempre la forma de protegernos).

Como reservado es un lugar peligroso cuando hablamos de menores. Un lugar donde se pueden saltar los limites y donde se pueden practicar casi cualquier tipo de actividades ilegales o peligrosas. No dudo que también se puedan llevar a cabo operaciones de defensas contra el autoritarismo y la censura.

Pero en el momento en que un menor tiene libre acceso a Internet, puede acabar encontrando la posibilidad de explorar esta zona oscura de la web y acceder a ciertos contenidos que como padres y madres no autorizaríamos.

¿Y que podemos hacer?

No sé si ya he mencionado alguna vez la importancia de entender que estar en Internet es como estar en la calle, es decir, no se está en en lugar que se está físicamente, sino que se está en otro muy diferente. Cuando una persona está fuera, está fuera del alcance y del control de los demás. Es libre de beber, de fumar, de hacer travesuras o fechorías. No sabemos y no hay control absoluto posible.

Ante esta desprotección y falta de control, cada familia tendrá que encontrar sus recursos. Creo que no hay receta mágica. Habrá quien recurra a la supervisión de las actividades en Internet de sus hijos, habrá quien adopte una postura dialogante tratando de obtener confianza, habrá quien amenace, quien castigue, quien restrinja, quien tolere y quien confíe en el destino. Lo importante, creo yo, es saber que existe. Peor sería creernos totalmente seguros porque nuestros hijos no salen de casa.

Mirar para otro lado no vale. ¿Qué se os ocurre que podríamos hacer?

Que paséis un buen aquí y ahora. Otro día más.

30. Vamping

Hace tiempo que no me animo a hablaros sobre nuevos vocablos relacionados con el mundo digital que seguramente hayáis escuchado o leído por ahí sin saber a qué se refiere. No me es fácil, caigo en la contradicción de zambullirme en una investigación sobre los términos y aumentar mi uso de dispositivos, lo cual, como habréis ido leyendo en anteriores artículos, trato de reducir o, al menos, controlar.

Me he decantado por el vamping el cual creo que es fácil de explicar, de entender y, desgraciadamente, en aumento, no tanto por los más jóvenes sino también por la población adulta.

Vamping viene de vampiros, es decir, de los seres de la noche. Consiste en alargar la jornada usando los dispositivos electrónicos hasta altas horas de la noche en lugar de irse a dormir. No es nada nuevo, la televisión ya tiene unos cuantos años de historia y su presencia en los dormitorios ya sea para «ayudar a conciliar el sueño» o para «descargar la mente con la caja tonta» era muy habitual.

¿Qué ha cambiado? Que, mientras la programación televisiva nocturna era más bien soporífera, muy limitada y muy dirigida a determinado público, con Internet y las plataformas de streaming ahora tenemos contenido atractivo y adictivo las 24 horas del día.

Usar pantallas de luz azul por la noche conlleva unos cuantos problemas de salud física y mental: reducción de las horas de sueño, posibilidad de insomnio por sobre activación, alteración de nuestros circuitos neuronales que controlan el sueño y la vigilia, problemas visuales, he incluso se dice que se aumenta el apetito y, por tanto, el peso.

Si lo llevamos a los pequeños de la casa, el problema empeora. Cada vez hay más casos de niños y niñas (no digamos adolescentes) que usan las pantallas a escondidas en su habitación cuando todos duermen, incluso llegando a hacerse con dispositivos que han sido convenientemente requisados o apartados.

Si en muchas de las problemáticas con las pantallas surge la duda de qué podemos hacer, para esto está claro: dejar de usar las pantallas. Los expertos recomiendan: una o dos horas antes de irse a la cama… ¡Dos horas! Si alguien que está leyendo esto, lo hace, que nos cuente su secreto. Se ha creado una sociedad en que esto es casi imposible de cumplir, a no ser que ya vivas con un estilo de vida libre de pantallas y conectada con la naturaleza. Para bien o para mal, nuestro ocio nocturno casero es digital la mayoría de los días y va a ir a más. Cada vez quedan más lejos los tiempos de leer un libro, contar un cuento, dar un paseo, jugar a las cartas o, simplemente, tener una buena conversación antes de irnos a dormir. La competencia es feroz: series infinitas de televisión, gracias infinitas de tiktokers y youtubers, amigos por todo el mundo activos a todas horas, juegos interminables, e incluso libros electrónicos más fáciles de conseguir en digital que en papel.

¿Cual es la solución? Como siempre, creo que es positivo empezar dándose cuenta del problema. De ahí mi intención de visibilizar un poco esta problemática que empieza a ocupar un lugar importante en las sesiones de psicoterapia. Tomemos conciencia de cuánto está afectando el vamping en mi familia o a mí en particular, si hay problemas de insomnio, si hay cansancio o fatiga mental, si baja el rendimiento laboral o académico, si tengo dolores de cabeza frecuentes… Cuanto mayor sea el mal, más rígidas tendrán que ser las medidas.

Y una vez detectado el «enemigo», tirar de creatividad o de compartir experiencias con las personas que nos rodean. Podemos apoyarnos, curiosamente, en la tecnología con los temporizadores, que nos ayudan a apagar los dispositivos cuando nosotros no somos capaces de hacerlo. Hay móviles y televisiones que se pueden configurar para que se apaguen a una determinada hora de la noche. Podemos empezar con un pequeño cambio de hábitos. Un día, una noche, esta noche, hagamos algo diferente. «Saber que se puede, saber que se puede», y ya iremos ampliando.

Y si tu familia es de las que aún está a tiempo de prevenir en vez de lamentar, quizás sea más fácil crear los hábitos y las rutinas desde un principio.

Por último, os quiero compartir un gran aprendizaje que me he llevado acerca del vamping y del uso de pantallas «para descansar». Creo que ya lo he dicho en algún otro post,l: el descanso no es real. Lejos de descansar, las pantallas nos agotan. Creemos estar descansando y tenemos el cerebro a mil, hiper estimulado. Saber esto ayuda a no autoengañarse y buscar un poco de motivación hacia la desconexión digital real durante nuestro tiempo de descanso.

Disfrutad de vuestro próximo descanso.

28. Ángeles o demonios

Después de un tiempo sin «postear» y tras darme un tiempo para investigar, investigarme y aprender un poco más, reabro este foro con una pregunta que puede invitarnos a reflexionar y a cambiar la mirada: las pantallas, ¿son ángeles o demonios?. Esta es una pregunta que suelo formular de forma espontánea en los talleres para madres y padres que hago sobre hijos y pantallas. Lanzo esta pregunta para sondear un poco la predisposición y la relación que tienen los participantes con los dispositivos electrónicos.

Mi hipótesis inicial era que las madres y los padres que dan el paso a participar en estos talleres lo hacen porque son conscientes de los peligros y desafíos que acarrean y quieren encontrar formas de limitarlos. Es decir, esperaba una mayoría que consideraban «demonios» a las pantallas y otros tipos de dispositivos tecnológicos. Sin embargo, lo que suele primar es el «a veces» o el «y». A veces son ángeles y a veces demonios. Son buenas para muchas cosas pero nos están dando muchos problemas y quebraderos de cabeza en cuanto a la crianza se refiere.

Los adultos estamos entre la espada y la pared ante un nuevo desafío educativo. Por un lado, el mundo cada vez es más tecnológico, más digitalizado y más virtual. Se nos facilita la vida y se nos complica a la vez en tanto, cada vez, más y más gestiones han de hacerse a través de dispositivos y no cara a cara: gestiones con la administración, con los bancos, relaciones personales, aulas virtuales, citas médicas y, así, un largo etcétera. Se nos dice que los niños tienen que tener competencias digitales, se introducen las pizarras digitales en las aulas, se crean colegios e institutos tecnológicos sin libros en papel, se incorporan los contenidos digitales en los currículums educativos… Y, al mismo tiempo, profesionales de la salud física y mental alertan de sus peligros. Estudios recientes alertan de las dificultades de aprendizaje en niños empantallados, de la afectaciones neurológicas de menores adictos ya a las pantallas, de la sobreestimulación, del deterioro en la socialización cara a cara, del incremento de la depresión y suicidio en jóvenes,… Muchas amenazas y pocas soluciones. Mucho estudio sesgado (en tanto solo valoran la parte fisiológica y no la social y relacional) y pocas soluciones y aportaciones prácticas.

Esta doble vara de medir o conflicto, como queramos llamarlo, acarrea un efecto secundario terrible para padres y madres: la culpa por no hacerlo bien. Aparece la presión social en uno u otro sentido y, se haga lo que se haga, parece no ser nunca suficiente. Es fácil que los expertos, en cualquier materia, tiendan a adoptar el rol de consejeros creando, indirectamente un ideal muy elevado de lo que debería ser una madre o un padre responsable. Los progenitores, cuando ven que no llegan a las exigencias que se proponen en miles de libros, videos y tutoriales sobre crianza, acaban frecuentemente culpabilizándose por no saber hacerlo mejor.

Sirva este post para ofrecer un primer apoyo a estas madres y padres que me estáis leyendo. Sólo por este gesto de leer y preocuparte estás demostrando un interés y una predisposición digna de alabar y de reconocer. La mera intención de querer lo mejor para vuestros hijos es más que suficiente. El resto es un problema social al cual podremos contribuir a solucionar en su justa medida, con nuestros propios recursos y en comunidad.

Llegados a este punto me planteo cómo podemos empezar a crear una nueva forma de ser y estar en un mundo computarizado y digitalizado. No hay marcha atrás, o se es con pantallas o no se es. Y mi primera apuesta que comparto con vosotros es cambiar el vocabulario. Pasar de la abstracción a la concreción. Y me explico: cuando hablamos de pantallas, de las TIC o de los dispositivos electrónicos estamos siendo tan generales como hablar de comida. No nos plantearemos nunca si debemos comer o no comida, sino si una comida o alimento nos hace bien o mal. Pues igual con los usos de la tecnología. Podemos sustituir el lenguaje y dejar de hablar de tecnología sí o no, y empezar a valorar individualmente cada uso de la tecnología. Porque una persona puede ser adicta a las redes sociales, otra a los videojuegos, otra a las series,… y estaremos hablando de problemáticas diferentes con diferentes implicaciones.

Si discriminamos los usos problemáticos de las pantallas y dispositivos electrónicos, podremos atajarlos uno a uno de forma personalizada. Y para conseguir hacer esto tenemos un «escollo» muy grande: el smartphone o teléfono móvil inteligente. ¿Por qué? Porque es multifuncional y portátil. Sirve para todo y lo llevamos siempre con nosotros. Cuantas más funciones se puedan hacer con un objeto o dispositivo, más dependientes nos volveremos de él. Y no podremos desconectar, por ejemplo, de las redes sociales, si vamos cargando con un móvil, porque lo necesitamos para hacer llamadas de emergencia, lo usamos como navegador o para pagar.

En este punto, os invito a una pausa. A una reflexión sobre usos y abusos. No en general sino en particular. Detectar cuáles de los diferentes usos de la tecnología nos generan dependencia y valorar si pudiéramos encontrar usos alternativos no digitales. No a todo, a algo; a lo que nos genere más desadaptación al ambiente. Y empezaría primero por nosotros, los adultos. Cuando tengamos el problema resuelto, podremos empezar a mirar a los peques que, probablemente, no necesiten mucha más instrucción porque ya habrán visto como hacerlo.

Como siempre, ofrezco este espacio de comentarios para compartir, valorar y construir en comunidad. Disfruta el momento y hasta el próximo post.

26. Modo on vs modo avión

Tecnología ángel y demonio

Uno de los grandes desafíos relacionados con la tecnología en general y con los móviles inteligentes en particular es separar el grano de la paja reconociendo los numerosos usos y aplicaciones que nos brindan, todos accesibles desde un mismo dispositivo. Incluso, los más frikis de la tecnología, ya tendrán a estas alturas su casa «domotizada» y controlada totalmente a través de su móvil o de cualquier asistente virtual (Google, Siri, Alexa,…)

¿Qué quiero decir con separar? Mi propuesta es hacer un ejercicio de analizar las diferentes funciones y necesidades que nos aporta un teléfono móvil, por ejemplo: teléfono, calculadora, agenda, consola de juegos, monedero, asesor/a, cámara de fotos/video, bloc de notas, libro, televisión, canguro, … Todo a mano y accesible en cada momento.

Si damos importancia a todo lo que nos aporta, si ponemos conciencia de la verdadera magnitud del conjunto de necesidades cubiertas por este pequeño «aparatejo» que ahora mismo tenemos en nuestras manos, veremos que dejarlo de lado no es tan sencillo. ¿Cómo me atrevo siquiera pensar en dejar de lado un objeto que tanto me facilita la vida? ¿Y que, además, es «ecológico» porque nos ahorra papel, desplazamientos y gastos superfluos? (Sé que esto es discutible, pero quedaros con la idea)

El tema es que, detrás de tantas bondades hay una realidad simultánea y en cierta forma contradictoria que hace que nuestra relación con la tecnología no pueda ser tan idílica. Expongo aquí alguna de ellas:

– A pesar de la tecnología y los dispositivos móviles, tenemos «menos tiempo libre». Ya podemos tener lavadoras, lavavajillas, robots de cocina, vehículos motorizados, asistentes virtuales, compras online,… que apenas nos da tiempo a hacer todo lo que queremos o pensamos que hay que hacer (ojo: a lo mejor esto no aplica a todo el mundo, soy consciente de estar generalizando un poco, pero esto aplica sobre todo a los que se sientan más identificados con lo que voy diciendo)

– En general hay más cansancio y estrés. La estimulación cerebral es constante. Hasta en nuestro tiempo de descanso, creemos que el móvil o nuestro rato de series/película nos proveerá del merecido descanso y, resulta, que seguimos sobreestimulando nuestras neuronas. No hay descanso mental.

– Perdemos creatividad para hacer cosas sin tecnología de por medio… Recurrimos a YouTube o similares hasta para cocinar o saber cómo regar las plantas.

– Se favorece lo lejano en detrimento de lo próximo/cercano (de esto hablaré largo y tendido en otra ocasión, pues me parece importante)

– Se generan dependencias que provocan sintomatología ansiógena y alteraciones emocionales cuando no se tiene acceso al dispositivo o a Internet. ¿Os imagináis una caída generalizada de Internet durante unos cuantos días?

– La atención se divide y se dispersa. Estar «aquí» y «allí» (en Internet) divide la atención y eso favorece cometer errores o pequeños lapsus de acción como echar sal en lugar de azúcar, ir a una habitación sin sentido, quedarte como embobado/a cuando te hablan … O incluso tener accidentes domésticos o mientras caminamos.

– Si eres una persona que ofreces disponibilidad total a todo el mundo, ya sea por trabajo o por voluntariado social, la conectividad total te puede dejar sin aliento. No hay límites para la ayuda.

– Pasamos mucho tiempo con el cuello mirando hacia abajo. Ello puede, por un lado, contracturarnos y provocar cefaleas y mareos. Por otro, se favorecen los pensamientos negativos (por eso de mirar hacia abajo, estar cabizbajo,…)

– Y lo dejo aquí, para no descompensar mucho la balanza 😄

Algunas de estas consecuencias del uso del móvil las he extraído de este artículo del COP de Madrid motivando al uso del modo avión. El resto son experiencias personales que pueden no ser las tuyas, pero que seguro que puedes observarlas en los demás.

¿Qué quiero resaltar en esta pequeña reflexión? Pues que si nos quedamos con una sola de las dos partes de la balanza estaremos perdiendo información valiosa para elegir adecuadamente la forma en que queramos relacionarnos con la tecnología. Por ejemplo, si somos muy anti-tecnología y solo vemos los prejuicios de la misma, podemos tener dificultades de adaptación social porque el mundo no se va a detener porque nosotros no queramos usar el móvil, por ejemplo. Y si no vemos todo lo que nos aporta, quizás cuando nos comprometamos a reducir su uso, nos será imposible por no saber lo que implica tal afirmación. Por otro lado, si obviamos las implicaciones negativas, seremos absorbidos por la tecnología y solo seremos conscientes de las consecuencias cuando nuestro cuerpo físico nos pare por alguna enfermedad o por algún contratiempo.

Y yo llevo este verano reflexionando sobre esta balanza, sobre todo viendo a mi hijo mayor que empieza a librar está dura batalla (más conmigo que con el móvil) de encontrar el equilibrio. Hemos probado y seguimos probando muchas fórmulas. Algunas sugerentes y todas con agujeros por resolver: horarios, límites de tiempo, normas de uso, días sin tecnología,… Creo que no hay una solución y un camino único sino el permitirse pararse a reflexionar juntos sobre cómo nos afecta a adultos y pequeños y sobre como queremos relacionarnos con la tecnología en un futuro inmediato.

Últimamente ando pensando en fórmulas como, por ejemplo, sustituir cada día un uso tecnológico por un uso físico o a la antigua usanza, para brindarnos ratos de desconexión consciente como podría ser: llamar o quedar con un amigo/a en lugar de mensajear, contar cuentos o historias de la familia en lugar de ver una película o serie, jugar a juegos de mesa en lugar de digitales, lavar algo a mano, cocinar a fuego lento, jugar al Fortnite físico en la montaña, leer un libro en papel, ir a comprar andando, preguntar a alguien sobre cómo se hace algo, y lo que se nos pueda ocurrir. Según escribía está lista de ideas me iba dando cuenta cómo muchas de ellas nos parecerán obvias y absurdas cuanto mayores seamos… Seguro que los más jóvenes no piensan lo mismo: ¿es que existen los cuentos para adultos? ¿se pueden lavar los platos sin lavavajillas? ¿el abuelo o la abuela saben cosas que no sabe ni Google?

No se trata tanto de abandonar la tecnología sino evitar dejar de hacer cosas físicamente, de forma que podamos desconectar, equilibrar y poder ser capaz de sobrevivir a una caída de Internet 😉

Si queréis aportar ideas de transformación digital a analógico/físico, podéis dejarlas en los comentarios… Feliz reflexión.