Hay un problema inherente a las redes sociales que no sé si la gente es consciente de él. Y es que los algoritmos informáticos que las gestionan tienden a polarizar nuestra forma de ver el mundo y la vida en general. Se va consiguiendo una identificación con los más cercanos ideológicamente y un distanciamiento progresivo de los más lejanos, todo en busca de la pertenencia a un grupo que nos dé identidad, apoyo y pertenencia.
Porque somos seres sociales. Aprendemos, crecemos y evolucionamos en relación. Los aprendizajes vicarios (aquellos que adquirimos observando a los demás) son tan importantes como los de la propia experiencia. Aprendemos viviendo, aprendemos mirando lo que hacen los demás y lo que les pasa.
Cada vez que damos un like, reenviamos un contenido o, simplemente, hacemos un clic en una noticia, el Gran Hermano virtual de la Red memoriza nuestro interés por un tipo de información y nos clasifica en un grupo objetivo o de interés. Esta clasificación podría ser recibida como algo bueno y útil: permite a los difusores de información seleccionarme aquellos contenidos que realmente son interesantes y atractivos para mí. ¿Para qué queremos recibir información que no nos interesa?
La respuesta yo la veo obvia: para completar nuestra visión del mundo con otros puntos de vista, aunque no nos gusten. La información no placentera también es información y también contribuye a ampliar nuestra conciencia sobre la vida y ganar en sentido de realidad. Que no leamos a diario que mueren niños y niñas desnutridos en África no quiere decir que esto no está sucediendo.
La falta de información provoca sesgos y generalización. Sesgos porque «leemos» cada acontecimiento con la óptica de los grupos a los que nos consideramos afines, juzgando y prejuzgando inconscientemente y, a menudo, con la creencia de ser superiores al otro grupo (porque nos refuerza mucha información social que recibimos a diario). Y generalizamos porque creemos que lo que se dice mucho es proporcional a lo que ocurre. Sólo nos preocupamos de lo que se habla, invisibilizando a muchas personas y situaciones porque no son trending topic. Si esto me pasa a mi o le pasa a mi grupo, le pasa a todo el mundo.
Echando la vista atrás, el sesgo informativo no es nada nuevo. La diversidad de canales de televisión ya dividía a la audiencia por preferencias informativas. Y no hace mucho tiempo, aunque aún queda quién la lee, teníamos la prensa escrita. Nadie dudará que no nos vale leer ni creer a cualquier periódico. Cada persona tiene sus preferencias. Lo que empezó como un ejercicio de contar la verdad, cuando se vio que la verdad tiene muchas aristas, se orientó la información a la verdad que quieren oír mi audiencia. Me atrevo a pensar que puede que sin malicia, sino por puro interés mercantil.
Así que, en este mundo sobresaturado de información, no nos queda otra que filtrar. Y filtramos o distinguimos entre información buena o mala, afín o disruptiva, verdadera o falsa, sin más chequeo que la fiabilidad que nos ofrece la fuente que nos la proporciona.
Y es un mecanismo de funcionamiento grupal e inconsciente el tender a hacer lo que hace mi grupo y lo contrario de lo que hace el otro grupo. Usamos al otro grupo como «guía de lo que no hay que hacer» en lugar de «guía de cómo poder hacer las cosas de otra manera«.
Este tema da para mucho más. Pero me voy a detener en este último párrafo que he escrito porque me parece que muestra un pequeño rayo de esperanza después de tanta traca negativa que he expuesto.
Me viene la idea de que en la medida que usemos las redes sociales para aprender a hacer las cosas de otra manera podremos evolucionar como sociedad y dar la vuelta a esta tendencia que solo puede conducir a una nueva guerra.
Y ahora vendría lo más difícil: ¿cómo, si la propia Inteligencia Artificial Global nos incita a ver solo lo que queremos ver?
Se me ocurre que poniendo nuevamente la mirada en los más jóvenes. Si en la educación obligatoria se enseñan todo tipo de contenidos, gusten o no a los aprendices, algo parecido podríamos hacer nosotros (y enseñarles a ellos) con los aprendizajes de cada día. Quizás podríamos aventurarnos a leer noticias y mensajes que no nos agraden tanto y tratar de ponerse en la piel del que no piensa o actúa como yo. ¿Qué razones tiene? ¿Qué le hace pensar o vivir de esa forma? No se trata de justificar al otro o perdonar agresiones o delitos, sino de ampliar la mirada. Aprender de mis sesgos, de mis generalizaciones, de mi visión distorsionada de la realidad y no de la de los demás. Buscar qué puedo encontrar en lo que hace el otro para permitirme salir de los círculos viciosos que me impiden el crecimiento.
¿Y cómo aplicarlo a crianza consciente? Podríamos empezar abriendo debate con las nuevas generaciones. Un debate respetuoso aprendiendo de los diferentes puntos de vista y construyendo desde el respeto y la integración de nuestras partes negadas. El otro que me daña despierta sensaciones y emociones en mi que proceden de historias pasadas mal sanadas. No neguemos al otro polo la oportunidad de aprender y crecer. ¡Qué menos que preguntar a los que van a heredar el futuro cómo podemos empezar a construirlo!
Nota: soy consciente de que el respeto, el llevarse bien, comprenderse y buscar puntos de unión y crecimiento es una polaridad. La otra sería luchar y defender nuestros valores, nuestros ideales y por la patria si cabe cuando los sentimos amenazados. Luchar por y/o imponer a nuestro grupo por fuerte o por minoría. Es lo que se ha hecho siempre y también es legítimo y necesario. ¿Se puede llegar a un saludable equilibrio? ¿O transitar de una polaridad a otra según sea necesario? ¿Cuál toca hoy en Internet?











