47. Clickbait, la muerte de los titulares

Después de un tiempo sin escribir, debido a la la aparición de otros proyectos y necesidades que han sido más prioritarios en mi vida, vuelvo con este post, espoleado por el enfado que me provocan los clickbaits.

Una de las potencialidades que yo valoro de estas emociones tan denostadas socialmente como son la familia del enfado y la rabia es su capacidad de darnos energía y fuerza para hacer tareas que, de otra manera, no nos veríamos capaces de hacer.

Impulsado por esta fuerza me animo a escribir este post donde pretendo denunciar una práctica humillante a la vez que intentaremos sacar, como siempre, alguna reflexión o aprendizaje constructivo.

Humillante porque ya el propio nombre de la técnica te compara con el pez iluso e inocente que por el noble deseo de comer es pescado. Clickbait vendría a traducirse como «hacerte morder el anzuelo de hacer clic en un enlace que no habrías clicado si hubieras sabido lo que hay detrás».

En otras palabras, engañarte para hacerte creer que vas a leer, ver o escuchar algo interesante para luego llegar a la conclusión de que lo único que has conseguido es perder el tiempo de la manera más insulsa. Y esto se une a la tendencia de llevar el contenido valioso al mismo final, teniendo que atravesar toda la paja para llegar al supuesto filón.

Como siempre, me parece interesante indagar en el para qué. Para bien o para mal, la proliferación de productos y servicios gratuitos obligan a las empresas a financiarse indirectamente. La publicidad se inserta en los contenidos y «patrocina los mismos», ya sea para hacer uso de una plataforma, o para monetizar y generar dinero por tus contenidos.  Yo mismo me reconozco cayendo en un sistema de tentación por lo aparentemente gratuito y siempre me lleva a la reflexión de si no deberíamos pagar por lo que se ofrece y dejarse de obtener los dineros con subterfugios.

No sé si en las escuelas de periodismo se están llevando las manos a la cabeza viendo como diarios de gran difusión son capaces de crear artículos vacíos de contenido y titulares incompletos. A mi le habían contado que un titular debía ser atractivo y, a la vez, ser suficientemente descriptivo sobre lo que iba el contenido. Los tiempos han cambiado, parece.

Me cuesta hasta compartir algún ejemplo concreto de pura vergüenza por haber caído. Pero os voy a denunciar uno de los que más me molesta, por repetitivo y porque no dejo de caer. Cada año, con el cambio de hora leo algún artículo que reza así: «el fin del cambio de hora». Es un tema que me interesa por el impacto que pueda tener tanto social, como informático, como psicológico. Y llevo años escuchando que se va a acabar. Las noticias invitan a pensar que ya se sabe la fecha del ultimo cambio de horario, cuando, después de tragarte por enésima vez la historia de por qué cambiamos de hora un par de veces al año, me vuelvo a enterar que el BOE ha publicado una nueva moratoria y que luego ya se verá.

¿Y qué podemos sacar productivo de todo esto? ¿Cómo poder hacer de este mismo artículo algo que no sea vacío de contenido y enriquezca un poco muestra vida?

Se me ocurre llevárnoslo a la crianza responsable. ¿Qué efecto crees que tendrá en el «amueblamiento cerebral» de niños y jóvenes un gran consumo de contenidos vacíos? Me recuerda mucho al concepto de «calorías vacías» de las que nos advierten los nutricionistas. Es algo a vigilar, es algo de lo que preocuparse y, quizás, una oportunidad de diálogo y aprendizaje dentro de la familia. ¿Por qué no aprovechar el fenómeno clickbait para mantener una conversación sobre ello? Seguro que cada uno tiene una experiencia, anécdota o ejemplo de clickbait que le ha llamado la atención. El mero hecho de ser conscientes de su existencia, de sus mecanismos y de sus razones va a ayudar a detectarlos antes y optar por contenidos más nutritivos para cultivar nuestro intelecto.

¿Y tú qué crees? En mi caso, la riqueza del contenido empieza ahora, cuando tienes la oportunidad de aplicar mi tema a tu propia realidad. Espero que no te hayas sentido picando un anzuelo y, en caso de que así sea, te devuelvo libre al mar.

39. Filtros parentales

Hace poco comentábamos entre compañeros terapeutas cómo muchos padres y madres entrega un móvil a su hijo sin filtro, sin bloqueos. Esto es poco menos, o peor, que dejarles solos en un centro comercial con nuestra tarjeta de crédito sin topar. Habrá quien haga un uso responsable de ella y habrá quien no.

El uso del móvil tiene que ser restringido en menores por diversas razones:

  • Para impedir acceso a contenido no apropiado para su edad
  • Para controlar el tiempo dedicado a su uso
  • Para limitar la interacción con personas desconocidas
  • Para asegurar la intimidad del menor y de la familia
  • Para evitar posibles actos ilegales o criminales
  • Entre otras…

La mejor forma de asegurar un uso apropiado de los dispositivos digitales es la supervisión física y directa: mientras lo usan, yo estaré a su lado. Adicionalmente, está la controlar el tiempo en base a dar y quitar el dispositivo en los horarios de uso y no uso.

Como sabemos que esto no es siempre posible, podemos recurrir a los filtros o controles parentales. La forma de filtrar o controlar el uso de los dispositivos digitales variará según la edad del menor. Para cada etapa, una forma.

Cuando son pequeños, durante la etapa de infantil, el mejor filtro es: no vas a usar el móvil, tableta, tele… solo, estaré contigo. ¿Te cansa ver dibujos y series infantiles? ¿Desespera jugar a pintar animalitos en la tableta? Mejor, así limitamos el tiempo en una etapa que, realmente, no lo necesitan. La estimulación sensorial y la interacción social es muy importante en esta etapa para construir sus mapas mentales relacionales con el mundo que les rodea, así que no dejemos que toda su estimulación sea digital. Y luego no nos sorprendamos si la hiper-estimulación digital trae consigo intranquilidad, insomnio, irritabilidad y otros problemas de comportamiento. Si estar hiperconectados no es saludable para los adultos, menos para los más pequeños.

Llegamos a primaria. Llegará un momento en que puedan pedir una videoconsola, o ver programas o series de más mayores y controlar el mando de la televisión. Para ello el mejor filtro es de las categorizaciones por edad de los contenidos. Algunas aplicaciones y servicios de streaming (series y películas por Internet) como permiten crear cuentas por edad. Esto permite asegurar que los productos y servicios que utilicen se correspondan con la edad de los niños (a veces). Y no debería hacer falta más, en primaria no toca aun jugar en red, ni en Internet, ni tener acceso libre a todo tipo de contenidos audiovisuales.

Pero llega la última fase de primaria, cerca de entrar al instituto que ya algunos empiezan a pedir móvil. En cuanto uno lo consigue, el efecto dominó se va extendiendo por la clase. Algunos lo necesitan realmente: por padres separados que quieren estar en contacto cuando no tienen la custodia, por niños/as que se tienen que quedar solos en casa,… Otros lo quieren simple y llanamente para jugar y chatear. En esta etapa, es cuando creo que más importancia adquieren las aplicaciones de control parental. Lo suyo es aguantar lo más posible el tiempo sin móvil pero, si eso no es posible, no dar un dispositivo para uso totalmente libre, instalar control parental y darlo conjuntamente con un «contrato» de reglas de uso, donde se enumere, como poco, para qué usarlo y para qué no según las normas y valores de la familia.

Y llega el instituto… Aquí hay un problema. Si las pantallas y los dispositivos no son lo tuyo, porque evolucionan tan rápido que te pierdes con las contraseñas, las aplicaciones, los botones, que no distingues una petición de política de protección de datos de una campaña de phising…, entonces, muy probablemente tu hijo/a te dará mil vueltas en su uso. Incluso, si eres un gurú de la informática, puede que también (de tal palo tal astilla). Los menores están entrando en la adultez a través de la adolescencia, piensan casi como un adulto, pero su cerebro aun no está 100% desarrollado y muchas de las capacidades del neo-córtex están por explotar y entrenar. Así podrán tomar decisiones y realizar conductas descabelladas, peligrosas o contra los progenitores. Muy probablemente, ya no hay filtro parental que valga: cambiarán contraseñas, esconderán aplicaciones en un doble escritorio del móvil u ordenador, tendrán un «correo oficial» y uno oculto, utilizarán aplicaciones «salto» en las que detrás de una inocua calculadora pueda haber un juego o una puerta de acceso a contenidos no permitidos. Por ello, es la etapa del diálogo y el conflicto. Conflicto porque no podrán tener todo lo que quisieran, y está en el deber y responsabilidad de los progenitores establecer unos límites, directamente proporcionales a su edad, responsabilidad y madurez. Y diálogo porque, como pueden intentar saltarse toda norma que haya, el diálogo servirá para adelantar peligros, informar de nuestros miedos, informar de lo que es un buen uso de Internet y los dispositivos electrónicos, fomentar valores y actividades alternativas como el aire libre, los deportes, la socialización cara a cara, el aburrimiento o sostener el no hacer nada.

Bueno, lo dejo aquí con otra reflexión: ¿Y qué filtros nos vamos a poner los adultos?

33. Infosurfing

Infosurfing es básicamente «navegar por Internet de forma incontrolada». En otras palabras, el gesto habitual de arrastrar el dedo para ver la siguiente publicación en esos «feeds» o historias infinitas que nos proporcionan muchas de las aplicaciones de redes sociales o noticias. También se puede considerar infosurfing o «infinite scrolling» el continuo pinchar al botón de siguiente en un ordenador.

La navegación de forma incontrolada puede conllevar una pérdida de la noción del tiempo y acabar destinando a ello horas y horas con muy poca o nula productividad, aparcando cosas más importantes y acabando con muy poca energía o mal humor. Además, es habitual que su práctica diaria genere cierta tecno-adicción, en cuanto a que anhelamos el siguiente momento en que podamos ponernos a ello.

¿Cómo es que se produce este fenómeno?

Es como una búsqueda del tesoro. Encontrar el tesoro produce tanta satisfacción que nuestro cerebro se refuerza con la experiencia a pesar de las dificultades superadas para llegar a él. O incluso más, a mayor sufrimiento o dificultad, mayor placer. En psicología clásica se dice que hay un aprendizaje reforzado de tipo aleatorio. Es un premio al aprendizaje de una conducta que, al tener consecuencias inciertas se refuerza en mayor medida que si siempre se obtuviera el premio. Creo que me estoy volviendo muy teórico… Mejor con un ejemplo:

Si todas y cada una de las noticias, posts, videos, memes o imágenes que nos encontramos mientras infosurfeamos por una aplicación fueran 100% interesantes, veríamos como tras unas pocas visualizaciones lo dejaríamos. Y si, tras un cierto número de visualizaciones, si no encontráramos nada, también lo dejaríamos. Pero si cada 8 o 10 visualizaciones encontramos premio, es decir, algo que nos interese o nos haga reír, el refuerzo se produce y es máxima la estimulación para encontrar otro «tesoro» más. Esta cifra yo la he puesto al azar, pero el número exacto se conoce y se utiliza por las plataformas que se aprovechan de este scroll infinito o en juegos basados en recompensas.

Por ello, me parece importante hacer una primera criba de aplicaciones. Unas de ellas, realizan paginación, esto es, dividen el contenido en páginas y se surfea dando al botón de siguiente. Esta pequeña pausa de tener que dar a un botón de siguiente nos puede hacer plantearnos si hacerlo o no (porque durante la última página no encontramos nada). Me parecen un pelín más saludables que las que tienen una alimentación infinita. Al ser infinita nunca hay stop y la probabilidad de encontrar ese tesoro es cercana al 100%.

Y sucede también un dilema moral: ¿merece la pena? El tesoro es precioso, el sacrificio también. A veces el tesoro lo encuentro rápido y no sacrifico nada de mi vida, otras veces acabo hastiado y me encuentro con una gran lista de actividades aparcadas por hacer.¿Qué puede haber de malo en aprender, reír, saber del mundo o de la familia y amigos?

Como en casi toda adicción, lo malo es traspasar el límite, pasar del uso al abuso. Yo a veces me lo planteo como la diferencia entre fluir y dejarse arrastrar. Fluir con la vida requiere tener claras nuestras necesidades para evitar ir por donde no deseamos ir. Se requiere cierta capacidad de decisión para fluir, si no, es dejarse llevar, dejarse arrastrar. Fluir te lleva a estados de paz, conexión, tranquilidad, bienestar, contento, … y arrastrarse te lleva a callejones sin salida, estancamiento, vacío,… La diferencia es muy sutil y muy fina. Pues bien, el infosurfing puede apartarnos de necesidades básicas como comer (incluyendo estudiar y trabajar para comer), salir a oxigenarnos o hacer ejercicio (salud física y mental), relacionarnos (socialización), mantener cierta higiene en nuestro hogar, dormir (descanso),…

Con el tema de descanso, creo que ya lo advertí en alguna ocasión: a veces surfeamos porque estamos cansados. Aviso a navegantes: surfear te agota aún más. La estimulación digital es tan grande que el cerebro se agota con este acto de apariencia pasiva. Hagan la prueba de mirarse su grado de cansancio antes y después de surfear y me dicen.

¿Qué hacemos con esto? Si yo estoy enganchado al infosurfing, ¿cómo puedo pretender que mis peques no caigan en ello poniendo en riesgo su salud, sus capacidades de relación, sus estudios,…?

Como siempre digo, el mero hecho de darse cuenta de que tenemos un problema ya es un gran paso hacia su solución o su mitigación. Se posibilitan mecanismos conscientes para favorecer el cambio. A mí se me han despertado algunas ideas durante mi redacción de este texto. Os comparto algunas por si os sirven, sabiendo que cada una tendrá que encontrar su camino.

Navegar con un propósito. Ten claro qué es lo que quieres conseguir o averiguar cuándo conectes con la red: lo buscas, lo obtienes y lo dejas.

Establece un tiempo de consulta. Esta solución me ha generado cierta controversia por entrar un poco en conflicto con una actitud de fluir con la vida y de improvisar, de dejarse sorprender. Sin embargo, creo que no tiene por qué ser del todo incompatible. La fórmula sería planificar en contacto con uno mismo: de acuerdo a nuestros valores, nuestras necesidades, nuestros deseos. Es como si quisiéramos meter piedras en un recipiente, debemos meter primero las grandes y después las pequeñas para maximizar el espacio. Si el infosurfing nos aporta poco valor en proporción al tiempo que nos consume, quizás habría que dejarlo para cuando el resto de necesidades estén satisfechas. Lo valioso, lo importante, debe ir primero y quizás deba protegerse con una cierta planificación. Es una posibilidad, ¿tú qué opinas?

Que tengáis un bonito aquí y ahora. Buen momento para parar el surfeo, respirar y reflexionar. ¿Qué es lo que realmente quiero para este aquí y ahora?

32. Darkweb

Me gustaría hablar sobre la darkweb sin juicio.  Intento hablar en general de todo sin juicio porque realmente poco hay bueno o malo en sí mismo sino que tiene consecuencias en nosotros más o menos adaptativas, más o menos agradables.

Pues la darkweb, como con las armas, el dinero, Internet, el hacking, la piratería, y otras muchas cosas caen en el limbo del vacío legal que ofrece un mundo sin limites y barreras.

¿Qué es la darkweb? Dicho de una forma muy llana y quizás peco de simplista, es un «reservado» de la web o Internet que conocemos normalmente. Pensad en los reservados de los restaurantes, de algunos comercios, de algunos lugares,… es donde, con frecuencia, se tratan o se hablan las cosas no oficiales, las que se quieren que se escapen del escrutinio oficial. Tanto para planear una revolución, como para escapar de una persecución, como para planear un golpe p atraco, como para trapiches con sustancias prohibidas.

Pues eso es la darkweb, un lugar reservado al que se accede de una determinada forma que evita o reduce la posibilidad de ser perseguido por otros, mucho menos las autoridades legales (lo cual no quita que no estén presentes de una u otra manera buscando siempre la forma de protegernos).

Como reservado es un lugar peligroso cuando hablamos de menores. Un lugar donde se pueden saltar los limites y donde se pueden practicar casi cualquier tipo de actividades ilegales o peligrosas. No dudo que también se puedan llevar a cabo operaciones de defensas contra el autoritarismo y la censura.

Pero en el momento en que un menor tiene libre acceso a Internet, puede acabar encontrando la posibilidad de explorar esta zona oscura de la web y acceder a ciertos contenidos que como padres y madres no autorizaríamos.

¿Y que podemos hacer?

No sé si ya he mencionado alguna vez la importancia de entender que estar en Internet es como estar en la calle, es decir, no se está en en lugar que se está físicamente, sino que se está en otro muy diferente. Cuando una persona está fuera, está fuera del alcance y del control de los demás. Es libre de beber, de fumar, de hacer travesuras o fechorías. No sabemos y no hay control absoluto posible.

Ante esta desprotección y falta de control, cada familia tendrá que encontrar sus recursos. Creo que no hay receta mágica. Habrá quien recurra a la supervisión de las actividades en Internet de sus hijos, habrá quien adopte una postura dialogante tratando de obtener confianza, habrá quien amenace, quien castigue, quien restrinja, quien tolere y quien confíe en el destino. Lo importante, creo yo, es saber que existe. Peor sería creernos totalmente seguros porque nuestros hijos no salen de casa.

Mirar para otro lado no vale. ¿Qué se os ocurre que podríamos hacer?

Que paséis un buen aquí y ahora. Otro día más.

31. Influencers en la familia

Hace poco me di cuenta de un fenómeno que, hasta donde yo sé, no se está estudiando mucho ni tenido en cuenta. Ya sabemos que Internet y las Redes Sociales en línea permiten pasar del anonimato a ser un/a «influencer» en nada de tiempo, sin tener que pasar por la televisión o los periódicos. Te llaman «influencer» en tanto lo que digas o hagas influye en tu círculo de seguidores y, por tanto, es atractivo para las empresas que venden productos o servicios: «convence a uno/a y los demás te comprarán».

De forma paralela, observo que en los grupos más cerrados como puede ser un grupo grande de amigos o un grupo familiar las personas que más publican adquieren un rol de influencers en el grupo que, lejos de conseguir atraer a las compañías, que no pueden entrar en un grupo privado y cerrado (como un grupo de WhatsApp), también conllevan ciertos «beneficios» personales a la vez que «perjudican» indirectamente y casi sin querer a los silenciosos de la familia o grupo de amigos. Estamos hablando de la presencia.

Estar presente es algo vital en la sociedad. Con las personas presentes es con las que se cuenta, en las que se confía, a las que se recurre, las primeras que te vienen a la mente cuando quieres recurrir a alguien. En un mundo en el cual estamos casi más en contacto con la gente lejana que con la cercana, se puede estar dando un cambio de vital importancia que genere un nuevo tipo de excluidos en una familia o grupo. Si antes el excluido o excluida era quien iba por libre, era diferente o atentaba de alguna manera contra el sistema, con las redes sociales te pueden excluir solo por no estar o por no publicar.

Y es más. Me acordaré más frecuentemente de aquellas personas activas en las redes sociales que de aquellas que no lo están (salvo que estén muy vinculados con aquellos son activos, pues por asociación los recordaremos, como por ejemplo, la pareja de, la hija de, el hermano de…).

Así, el concepto de «prójimo» está cambiando. Podemos sentirnos más cercanos a alguien que viva a miles de kilómetros de distancia que con un amigo o conocido de nuestro lugar de residencia. Y más extraño aún: más cercanos a una persona que «ni fú ni fá» que a una persona con la que haya tenido una vivencia importante, solo porque la segunda no está presente en mi día a día y de la primera sé lo que está haciendo en cada momento de su vida.

¿Qué hacer con esto? Si eres influencer familiar o de tus pequeñas comunidades, está bien, siempre ha habido personas más carismáticas y que acaparan más la atención. Si no lo eres, creo que es importante detectar si esta exclusión es deseada o forzosa para poder poner remedio. Para ambos, creo que es importante recuperar la memoria de nuestra gente valiosa e importante. Buscar nuevos mecanismos para cuidar el vínculo y poder renovar nuestra presencia. Desde luego que sin presencia, el vínculo se deteriora y se muere (lo cual no quiere decir que no pueda ser recuperable en cualquier momento). No pretendo decir que haya que mantener todas nuestras relaciones vivas en todo momento, sino que las que nos importan no sean sepultadas por las que no, debido la ingente cantidad de información que recibimos de otras personas no tan íntimas.

¿Se te ocurre cómo? Yo tendría que reflexionar un poco al respecto, ya que por inercia soy de los que me escondo. Dejo el micro abierto para compartir y si se me ocurre algo lo añado en comentarios. Un abrazo y aprovechad el momento.

30. Vamping

Hace tiempo que no me animo a hablaros sobre nuevos vocablos relacionados con el mundo digital que seguramente hayáis escuchado o leído por ahí sin saber a qué se refiere. No me es fácil, caigo en la contradicción de zambullirme en una investigación sobre los términos y aumentar mi uso de dispositivos, lo cual, como habréis ido leyendo en anteriores artículos, trato de reducir o, al menos, controlar.

Me he decantado por el vamping el cual creo que es fácil de explicar, de entender y, desgraciadamente, en aumento, no tanto por los más jóvenes sino también por la población adulta.

Vamping viene de vampiros, es decir, de los seres de la noche. Consiste en alargar la jornada usando los dispositivos electrónicos hasta altas horas de la noche en lugar de irse a dormir. No es nada nuevo, la televisión ya tiene unos cuantos años de historia y su presencia en los dormitorios ya sea para «ayudar a conciliar el sueño» o para «descargar la mente con la caja tonta» era muy habitual.

¿Qué ha cambiado? Que, mientras la programación televisiva nocturna era más bien soporífera, muy limitada y muy dirigida a determinado público, con Internet y las plataformas de streaming ahora tenemos contenido atractivo y adictivo las 24 horas del día.

Usar pantallas de luz azul por la noche conlleva unos cuantos problemas de salud física y mental: reducción de las horas de sueño, posibilidad de insomnio por sobre activación, alteración de nuestros circuitos neuronales que controlan el sueño y la vigilia, problemas visuales, he incluso se dice que se aumenta el apetito y, por tanto, el peso.

Si lo llevamos a los pequeños de la casa, el problema empeora. Cada vez hay más casos de niños y niñas (no digamos adolescentes) que usan las pantallas a escondidas en su habitación cuando todos duermen, incluso llegando a hacerse con dispositivos que han sido convenientemente requisados o apartados.

Si en muchas de las problemáticas con las pantallas surge la duda de qué podemos hacer, para esto está claro: dejar de usar las pantallas. Los expertos recomiendan: una o dos horas antes de irse a la cama… ¡Dos horas! Si alguien que está leyendo esto, lo hace, que nos cuente su secreto. Se ha creado una sociedad en que esto es casi imposible de cumplir, a no ser que ya vivas con un estilo de vida libre de pantallas y conectada con la naturaleza. Para bien o para mal, nuestro ocio nocturno casero es digital la mayoría de los días y va a ir a más. Cada vez quedan más lejos los tiempos de leer un libro, contar un cuento, dar un paseo, jugar a las cartas o, simplemente, tener una buena conversación antes de irnos a dormir. La competencia es feroz: series infinitas de televisión, gracias infinitas de tiktokers y youtubers, amigos por todo el mundo activos a todas horas, juegos interminables, e incluso libros electrónicos más fáciles de conseguir en digital que en papel.

¿Cual es la solución? Como siempre, creo que es positivo empezar dándose cuenta del problema. De ahí mi intención de visibilizar un poco esta problemática que empieza a ocupar un lugar importante en las sesiones de psicoterapia. Tomemos conciencia de cuánto está afectando el vamping en mi familia o a mí en particular, si hay problemas de insomnio, si hay cansancio o fatiga mental, si baja el rendimiento laboral o académico, si tengo dolores de cabeza frecuentes… Cuanto mayor sea el mal, más rígidas tendrán que ser las medidas.

Y una vez detectado el «enemigo», tirar de creatividad o de compartir experiencias con las personas que nos rodean. Podemos apoyarnos, curiosamente, en la tecnología con los temporizadores, que nos ayudan a apagar los dispositivos cuando nosotros no somos capaces de hacerlo. Hay móviles y televisiones que se pueden configurar para que se apaguen a una determinada hora de la noche. Podemos empezar con un pequeño cambio de hábitos. Un día, una noche, esta noche, hagamos algo diferente. «Saber que se puede, saber que se puede», y ya iremos ampliando.

Y si tu familia es de las que aún está a tiempo de prevenir en vez de lamentar, quizás sea más fácil crear los hábitos y las rutinas desde un principio.

Por último, os quiero compartir un gran aprendizaje que me he llevado acerca del vamping y del uso de pantallas «para descansar». Creo que ya lo he dicho en algún otro post,l: el descanso no es real. Lejos de descansar, las pantallas nos agotan. Creemos estar descansando y tenemos el cerebro a mil, hiper estimulado. Saber esto ayuda a no autoengañarse y buscar un poco de motivación hacia la desconexión digital real durante nuestro tiempo de descanso.

Disfrutad de vuestro próximo descanso.

29. Tiempos de pantalla

Una de las preguntas que más me suelen hacer tanto en talleres sobre pantallas como fuera es la siguiente: «sí, pero, ¿cuánto sería el tiempo máximo que deberían dedicar a las pantallas?».

Cuando la escucho siempre me viene la frase atribuida a Sócrates que nos da a entender que nunca podemos saber nada con absoluta certeza, no sabiendo mucho de algo. Y es que se trata de una pregunta inconscientemente tramposa en tanto no hay una respuesta correcta para todas las situaciones. La respuesta más válida que se me ocurre es un «depende». ¿De qué depende? Depende de muchos factores o colores del que formula la pregunta: la edad de los niños, las circunstancias familiares, su entorno social, lo adaptativo o desadaptativo de sus conductas hacia las pantallas y mil factores más. Reflexionando sobre el tema y trayendo a la palestra un poco de teoría Gestalt, diría que depende, sobre todo, del «para qué». Preguntarse «para qué» ayuda a destapar la necesidad subyacente. A diferencia de un «¿por qué?» que nos remite a un pasado que ya no existe. Hay un «para qué» que habla de necesidades: para qué quiere el niño o la niña usar las pantallas, y «para qué» queremos nosotros que las usen o no las usen.

Mientras sean pequeños o dependan de nosotros (que cada quien ponga la edad apropiada), me interesa el «para qué» nuestro. Una vez traspasada la frontera de nuestro control y responsabilidad, la pregunta puede ser para qué las necesitan ellos.

¿Para qué quiero que hagan pantallas?

Lo moralmente más fácil de aceptar sería dar este tipo de argumentos: para que aprendan, para que socialicen con sus amigos, para estar al día, para que se diviertan, … Pero también pueden haber motivaciones ocultas que nos cueste más reconocer por hacernos sentir vergüenza o un poco culpables, porque son más nuestra necesidad que las suyas: que estén localizados, como premio a buen comportamiento, para no escuchar más sus lamentos, para que nos dejen un rato tranquilos o descansar, para que no molesten, para tener un rato de silencio,… (Añade tú las tuyas propias, con sinceridad y sin culpa)

¿Para qué limitar las pantallas?

Igualmente podemos justificarnos con afirmaciones muy propias de padres ideales y responsables: para que cuiden su salud visual, para que no se «atonten», para que no se vuelvan adictos, para que no sufran en un futuro, para que no pierdan habilidades sociales cara a cara, para que sus cuerpos no se atrofien por falta de movimiento, para que dediquen más tiempo a estudiar, que sean más libres… Son razones muy lógicas y muy valiosas junto con otras motivaciones algo más «egoístas» (también sin culpa): que pasen más tiempo con nosotros, que hagan más cosas en casa, que se diviertan como nosotros hacíamos, que sean más como nosotros, para que sepan que la vida no todo es juego, para aferrarnos al mundo como era antes…

Y si tú hija o hijo ya tiene un nivel madurativo suficiente como para poder dialogar o reflexionar juntos, podríamos aprovechar para preguntarles directamente a ellos: ¿para qué necesitas ahora las pantallas? ¿para qué pasas tanto tiempo con las pantallas?

Mi propuesta para manejarnos mejor en esta problemática de encontrar el tiempo saludable y adecuado de pantallas es poner, sinceramente y responsablemente, todas estas respuestas (suyas y nuestras) en una balanza o en una ecuación para encontrar la medida del tiempo. En esa ecuación, incorporemos todos los elementos que mencionaba en un principio: edad, hermanos, amigos, problemas, soluciones, contextos,… Ponderar cada elemento según la importancia que tenga para la familia. Y, con todo bien agitado, generar vuestra propia fórmula química que veáis factible aplicar. Muy probablemente, el primer resultado no sea el esperado y tocará reajustar, es normal. Así también se aprende, con ensayo-error.

Como para esta sugerencia que aquí os presento no hay un estudio que lo refrende y que, por mucho que sepamos, no sabemos nada, no toca más que intentar y esperar. Al menos habrá dos posibles efectos principalmente: que funcione y podamos sentirnos en paz; o que no funcione, en cuyo caso, yo sigo dando una lectura positiva: habremos puesto sobre la mesa una actitud de cuidado hacia ellos, mandaremos un mensaje de que nos importan y que deseamos lo mejor para ellos. Aunque estos gestos pueden parecer que caen en saco roto, muy probablemente no lo harán. Quedarán guardados en un pequeño rinconcito que el futuro adulto sabio sabrá aplicar cuando sea necesario.

Me gustaría saber de vuestros intentos, de lo que funciona y de lo que no. Saberlo y compartirlo nos dará experiencia y recursos para crecer en comunidad. Feliz aquí y ahora

26. Modo on vs modo avión

Tecnología ángel y demonio

Uno de los grandes desafíos relacionados con la tecnología en general y con los móviles inteligentes en particular es separar el grano de la paja reconociendo los numerosos usos y aplicaciones que nos brindan, todos accesibles desde un mismo dispositivo. Incluso, los más frikis de la tecnología, ya tendrán a estas alturas su casa «domotizada» y controlada totalmente a través de su móvil o de cualquier asistente virtual (Google, Siri, Alexa,…)

¿Qué quiero decir con separar? Mi propuesta es hacer un ejercicio de analizar las diferentes funciones y necesidades que nos aporta un teléfono móvil, por ejemplo: teléfono, calculadora, agenda, consola de juegos, monedero, asesor/a, cámara de fotos/video, bloc de notas, libro, televisión, canguro, … Todo a mano y accesible en cada momento.

Si damos importancia a todo lo que nos aporta, si ponemos conciencia de la verdadera magnitud del conjunto de necesidades cubiertas por este pequeño «aparatejo» que ahora mismo tenemos en nuestras manos, veremos que dejarlo de lado no es tan sencillo. ¿Cómo me atrevo siquiera pensar en dejar de lado un objeto que tanto me facilita la vida? ¿Y que, además, es «ecológico» porque nos ahorra papel, desplazamientos y gastos superfluos? (Sé que esto es discutible, pero quedaros con la idea)

El tema es que, detrás de tantas bondades hay una realidad simultánea y en cierta forma contradictoria que hace que nuestra relación con la tecnología no pueda ser tan idílica. Expongo aquí alguna de ellas:

– A pesar de la tecnología y los dispositivos móviles, tenemos «menos tiempo libre». Ya podemos tener lavadoras, lavavajillas, robots de cocina, vehículos motorizados, asistentes virtuales, compras online,… que apenas nos da tiempo a hacer todo lo que queremos o pensamos que hay que hacer (ojo: a lo mejor esto no aplica a todo el mundo, soy consciente de estar generalizando un poco, pero esto aplica sobre todo a los que se sientan más identificados con lo que voy diciendo)

– En general hay más cansancio y estrés. La estimulación cerebral es constante. Hasta en nuestro tiempo de descanso, creemos que el móvil o nuestro rato de series/película nos proveerá del merecido descanso y, resulta, que seguimos sobreestimulando nuestras neuronas. No hay descanso mental.

– Perdemos creatividad para hacer cosas sin tecnología de por medio… Recurrimos a YouTube o similares hasta para cocinar o saber cómo regar las plantas.

– Se favorece lo lejano en detrimento de lo próximo/cercano (de esto hablaré largo y tendido en otra ocasión, pues me parece importante)

– Se generan dependencias que provocan sintomatología ansiógena y alteraciones emocionales cuando no se tiene acceso al dispositivo o a Internet. ¿Os imagináis una caída generalizada de Internet durante unos cuantos días?

– La atención se divide y se dispersa. Estar «aquí» y «allí» (en Internet) divide la atención y eso favorece cometer errores o pequeños lapsus de acción como echar sal en lugar de azúcar, ir a una habitación sin sentido, quedarte como embobado/a cuando te hablan … O incluso tener accidentes domésticos o mientras caminamos.

– Si eres una persona que ofreces disponibilidad total a todo el mundo, ya sea por trabajo o por voluntariado social, la conectividad total te puede dejar sin aliento. No hay límites para la ayuda.

– Pasamos mucho tiempo con el cuello mirando hacia abajo. Ello puede, por un lado, contracturarnos y provocar cefaleas y mareos. Por otro, se favorecen los pensamientos negativos (por eso de mirar hacia abajo, estar cabizbajo,…)

– Y lo dejo aquí, para no descompensar mucho la balanza 😄

Algunas de estas consecuencias del uso del móvil las he extraído de este artículo del COP de Madrid motivando al uso del modo avión. El resto son experiencias personales que pueden no ser las tuyas, pero que seguro que puedes observarlas en los demás.

¿Qué quiero resaltar en esta pequeña reflexión? Pues que si nos quedamos con una sola de las dos partes de la balanza estaremos perdiendo información valiosa para elegir adecuadamente la forma en que queramos relacionarnos con la tecnología. Por ejemplo, si somos muy anti-tecnología y solo vemos los prejuicios de la misma, podemos tener dificultades de adaptación social porque el mundo no se va a detener porque nosotros no queramos usar el móvil, por ejemplo. Y si no vemos todo lo que nos aporta, quizás cuando nos comprometamos a reducir su uso, nos será imposible por no saber lo que implica tal afirmación. Por otro lado, si obviamos las implicaciones negativas, seremos absorbidos por la tecnología y solo seremos conscientes de las consecuencias cuando nuestro cuerpo físico nos pare por alguna enfermedad o por algún contratiempo.

Y yo llevo este verano reflexionando sobre esta balanza, sobre todo viendo a mi hijo mayor que empieza a librar está dura batalla (más conmigo que con el móvil) de encontrar el equilibrio. Hemos probado y seguimos probando muchas fórmulas. Algunas sugerentes y todas con agujeros por resolver: horarios, límites de tiempo, normas de uso, días sin tecnología,… Creo que no hay una solución y un camino único sino el permitirse pararse a reflexionar juntos sobre cómo nos afecta a adultos y pequeños y sobre como queremos relacionarnos con la tecnología en un futuro inmediato.

Últimamente ando pensando en fórmulas como, por ejemplo, sustituir cada día un uso tecnológico por un uso físico o a la antigua usanza, para brindarnos ratos de desconexión consciente como podría ser: llamar o quedar con un amigo/a en lugar de mensajear, contar cuentos o historias de la familia en lugar de ver una película o serie, jugar a juegos de mesa en lugar de digitales, lavar algo a mano, cocinar a fuego lento, jugar al Fortnite físico en la montaña, leer un libro en papel, ir a comprar andando, preguntar a alguien sobre cómo se hace algo, y lo que se nos pueda ocurrir. Según escribía está lista de ideas me iba dando cuenta cómo muchas de ellas nos parecerán obvias y absurdas cuanto mayores seamos… Seguro que los más jóvenes no piensan lo mismo: ¿es que existen los cuentos para adultos? ¿se pueden lavar los platos sin lavavajillas? ¿el abuelo o la abuela saben cosas que no sabe ni Google?

No se trata tanto de abandonar la tecnología sino evitar dejar de hacer cosas físicamente, de forma que podamos desconectar, equilibrar y poder ser capaz de sobrevivir a una caída de Internet 😉

Si queréis aportar ideas de transformación digital a analógico/físico, podéis dejarlas en los comentarios… Feliz reflexión.

25. Avatar y avatares

Un avatar antes de la era digital era (o es) la encarnación de un dios hindú (en tanto es una palabra que viene del sánscrito). En el mundo digital es la representación gráfica de nuestra identidad virtual (rae) o, en otras palabras, nuestra apariencia visible en las redes virtuales, juegos, etc. Puede ser una foto nuestra, una foto cualquiera, una caricatura nuestra, una caricatura de otro u otra, un personaje o animal que nos guste y así, un largo etcétera. En cualquier caso, es nuestra máscara más o menos transparente/opaca en el mundo virtual.

No sólo en el mundo virtual vamos con máscaras, también en el día a día. Una máscara es también cualquier conducta nuestra que distorsiona hacia el interior la verdadera esencia personal, lo que realmente pensamos y sentimos. La transparencia y la honestidad suelen estar muy valorados pero es bueno entender que una máscara tiene una función protectora de nuestra intimidad y de nuestras fragilidades.

Una diferencia que veo entre máscaras psicológicas y virtuales es que las primeras suelen ser más bien inconscientes, fruto de años de «interpretar uno o varios papeles en la vida», y las virtuales totalmente conscientes, eligiendo concretamente consideremos que nos vean. La otra diferencia importante (y habrá más) es que las virtuales pueden ser mucho más opacas que las físicas. En el cara a cara, con una persona física, nuestras máscaras son como los antifaces, ocultan una parte y dejan ver otras. Podemos «leer» los ojos de la otra persona, su comunicación no verbal, lo que deja entrever, … Y en el mundo virtual el avatar puede ser tan diferente de nuestro ser físico que se pueda considerar una identidad diferente, uno de muchos álter egos.

¿Para qué tener tantas identidades? ¿No es ya bastante cansino pelearnos por mantener la integridad de una? Cada vez que se atenta o se ataca la identidad que hemos construido durante tanto tiempo, solemos sentir dolor, rabia, invasión, agresión y otras muchas manifestaciones nada placenteras. Somos quienes somos por las decisiones que hemos ido tomando a lo largo de nuestra vida y por los grupos a los que hemos ido elegirnos pertenecer (al igual que los que nos trajeron a la vida). Luego, de alguna manera, al tener varias identidades ¿se fragmenta la identidad única?, ¿se pierde el sentido de identidad como algo único?, ¿podemos caer en trastornos de personalidad múltiple?, ¿qué puede pasar?

Yo tengo mi opinión al respecto pero creo que es importante que cada identidad nos háganos testas y otras preguntas para decidir dónde queremos ir y cómo queremos ser.

Sí me viene a la cabeza la película Avatar. Intentaré no hacer mucho spoiler. Si quieres, salta al siguiente párrafo 😉. En esa película, los humanos eran los que tenían la capacidad que los hindús otorgan a los dioses de encarnarse en otro cuerpo. Pueden ser otro/a de una especie especialmente conectada con la naturaleza residente en otro planeta. Y uno de los protagonistas, con discapacidad motora por parálisis en las extremidades inferiores «lo flipa» por poder volver a mover las piernas, correr, saltar, etc.

¿Qué nos aporta un avatar virtual? Pues ser otro, hacer cosas que no se pueden o nos sería muy complicado hacer en nuestra vida física como volar, hacer piruetas, pegar tiros, jugar profesionalmente al fútbol, ser guapo/a, tener éxito, conocer gente, … (Podéis añadir aquí vuestros sueños o situaciones que os cubren las pantallas y el mundo virtual en el que todos estamos de una u otra manera)

Yo, desde pequeño he estado en contacto con los juegos de ordenador y las llamadas «maquinitas» donde podías experimentar estas «disociaciones» que, antes de esta era se hacían mediante los cuentos, las historias, los libros o los sueños (y que se siguen usando, por supuesto). ¿Qué ha cambiado? Que ahora son muuuucho más realistas (gráficos impresionantes, efectos de sonido, realidad virtual,…) y que son mucho más interactivos y personalizables por el usuario. En un mundo tipo Minecraft o Roblox (por poner dos ejemplos en los que podemos tener a los peques) pasan muchas cosas, algunas más estimulantes que las de nuestra propia vida. Y lo que se va haciendo/construyendo se va grabando, como en nuestra vida. Vamos construyendo un mundo y una identidad que puede ser más placentera y satisfactoria que la de nuestra propia vida real. Salió en las noticias que se iba legislar sobre la posibilidad de trabajar como «jardinero de Minecraft»… ¿Horrorizado/a? Bueno, os puse el ejemplo de la película Avatar como ejemplo de que todo esto no tiene por qué ser para mal. No creo que andemos lejos de un mundo en que los ciegos vean, los sordos oigan, los cojos corran y los paralíticos anden. Ese mundo ya existe y es el mundo virtual. Y ser eternamente jóvenes. Poder trabajar a distancia. ¿Qué es más virtual que el dinero? En definitiva, no podemos elegir qué rumbo tomar si no ponemos todas las cartas sobre la mesa y junto con todo el miedo que nos pueda dar perder la identidad física, creo que es bueno poner en valor todo lo que aporta y todo lo que aporta a nuestros peques que son los que están heredando este modelo de vida.

Hay ciertas cosas que he experimentado yo mismo en mis incursiones por los mundos virtuales. A ver si os suenan algunas:

– Sentir rabia y desesperación por haber perdido todo lo que había hecho/avanzado hasta entonces: por un fallo de la máquina o un maldito monstruo
– Sentir ilusión y alegría por un logro nuevo, por algo que nunca antes había conseguido
– Tener la cabeza llena de planes de mejora o cosas para hacer (virtualmente) y que se haga eterno esperar el momento de poder llevarlas a cabo
– Sentir la frustración de tener que abandonar esta segunda vida en el momento más interesante
– Pegarme unos buenos sustos por una aparición repentina o hacer las cosas con miedo por una atmósfera tenebrosa que te rodee o la dificultad de una acción a acometer
– Tener largas y apasionadas conversaciones con mis hijos sobre lo que nos pasa en el mundo virtual (a menudo más intensas que lo acontecido en el cole o el mundo físico)

Un común denominador es que las emociones también existen en el mundo virtual y, no diría nada extraño si afirmó que, además, funcionan como vasos comunicantes entre los dos mundos. Lo que siento en uno va a repercutir en el otro y viceversa.

¡Uf!. Aunque esto da para hablar largo y tendido, creo que va llegando el momento de ir aterrizando. Como siempre surge la pregunta: ¿Y con esto que hago? ¿Qué tipo de vida digital y física quiero para mí y para mis hijas e hijos?

Estoy convencido de que cada persona tendrá sus propias respuestas a estas preguntas. En el caso de querer una mayor presencia para ellos y para ti en el mundo físico quizás habría que empezar por dedicar tiempo, espacio y esfuerzos a experimentar placer y disfrute terrenal: afectos, naturaleza, miradas, calor de hogar, aventura, experimentación, contacto,… No se trata de impedir o restringir el inevitable acceso a los mundos virtuales sino de no perder la alternativa para cuando queramos desconectar y ser nosotros mismos, que una excesiva virtualización nos saque de nuestra esencia, de nuestro contacto con la naturaleza y de lo que es tal como es.

Los peques no son tontos y si obtienen la misma o mayor gratificación por una actividad física, no dudarán en elegirla. La pregunta es: ¿las podemos ofrecer?

En los pocos días que he podido prestar atención a esto en mi familia me he visto: jugando a un LOL casero. LOL es un programa de humor en el que los participantes tratan de hacerse reír entre ellos. Nosotros lo sacamos de la pantalla y lo hicimos nuestro. Fue muy divertido. Y otra: estuvimos de excursión por el campo y no hacíamos más que sacar similitudes con la exploración en Minecraft (vamos a subir a esa colina a ver lo que se ve desde allí, necesito un mapa, vamos a ver cómo de profunda es esa cueva, ¿qué puedo hacer con estos palos o piedras?,… Escuchar y ver que pueden disfrutar tanto o más que en el mundo virtual paralelo da cierta esperanza.

24. Estás en la nube

Llevo tiempo deseando escribir un post sobre la nube. Por un lado, por todo lo enigmático y difícil de comprender que rodea a la nube informática, ese lugar impreciso donde aparentemente se nos graban las fotos, los archivos y a saber qué más. Y, por otro lado, todo lo que el simbolismo de una nube aporta a nuestro inconsciente colectivo por inabarcable y omnipresente.

Para no olvidar mi propósito de acercaros al mundo de las nuevas generaciones, para las cuales «estar en la nube» en casi todos los sentidos es lo más normal, empezaré con algunas nociones y pinceladas de lo que es la nube informática.

En el argot informático, se habla de tener cosas en la nube o usar servicios alojados en la nube cuando tenemos libre acceso a ellos desde cualquier lugar y dispositivo, con el único requisito de tener conexión a Internet. Servicios en la nube que seguro que has conocido son: el correo electrónico, los álbumes de fotos y las carpetas «en la nube». Seguro que os suenan los Google fotos, Google Drive, OneDrive, iCloud, Outlook, Gmail, Dropbox y así un largo etcétera.

¿Cómo funcionan? Pues bien, ciertas empresas «generosamente» ofrecen sus potentes ordenadores para compartir una porción de su capacidad de almacenamiento para guardar tus datos, ya sean fotos, archivos, emails, compras o, como está siendo para mí escribir estas líneas en esta plataforma: conocimiento e ideas. Para poder disponer de esta información en todo momento y lugar, se requiere de equipos que se replican la información unos con otros (la información no se guarda en un solo ordenador, sino en muchos). También se requiere mucha memoria, capacidad de procesamiento y recursos humanos y tecnológicos para garantizar la seguridad y la accesibilidad a los datos. Estos servicios no se utilizarían si no se garantiza un mínimo de confidencialidad y seguridad. Me parecen importantes estos datos:

– que a las empresas que se dedican a ofrecer servicios en la nube les va la vida en asegurar que la información se trate de forma confidencial y segura;

– que estos servicios tienen un coste que, de alguna manera, hay que sufragar. Es algo natural, los que trabajan en ello no viven del aire y tendrán que ganarse el pan como tú y como yo.

Esto no quita que no debamos ser conscientes y enseñar a ser conscientes a nuestras hijas e hijos de que lo gratis en Internet también tiene un precio que pagar(directo o indirecto) y que nos puede interesar o no. Un precio como que nuestros gustos y necesidades puedan ser rastreados por motivos comerciales o políticos, que nuestra confidencialidad se vea comprometida por un ataque hacker y nuestra intimidad pase a ser pública o, que un día, estos servicios de los que tanto dependemos dejen de ser gratis y eso conlleve un impacto inesperado a nuestros bolsillos.

Por ejemplo, a día de hoy ya se está hablando de que Google Fotos pasará en breve a ser de pago, al menos cuando nuestras fotos ocupen cierta cantidad de espacio, lo cual ocurrirá irremediablemente tarde o temprano. Y entonces qué, ¿cuál va a ser la respuesta de la muchas personas que se vean abocadas a elegir entre pagar un servicio que no tenía presupuestado o volver a la antigua usanza de volcar la ingente cantidad de fotos a nuestro disco duro a mano? Por supuesto que se nos dará alternativas, aparecerán nuevos servicios gratuitos, se nos permitirá bajarnos las fotos a nuestros dispositivos y la creatividad humana encontrará nuevos caminos para adaptarse. Sea como fuere, esto puede ser fuente de estrés e intranquilidad para aquellas personas menos familiarizadas con la tecnología. Algo que antes hacia mi móvil solo, sin darme cuenta, ahora tengo que adaptarme y decidir. Como siempre, pros y contras que nos obliga a dedicar un tiempo extra a tomar conciencia y decidir… El tiempo que la tecnología nos da por un lado, a veces nos lo quita por otro.

He preguntado a alguna personas cercanas si sabían qué era la nube. La respuesta fue unánime: «sí, donde se guarda todo». Y luego pregunté: «¿y donde se guarda todo?» Y eso ya no estaba tan claro: en Internet, en Google, en ordenadores…

Voy a cambiar un poco el rumbo para aventurarme ahora hacia el terreno de lo simbólico y el pensamiento o conciencia colectiva. No sé si sabéis que la nube es símbolo de Dios para algunas religiones y culturas, entre ellas las judeocristianas. Se piensa en Dios ahí en una nube o directamente se le considera como tal. Un símbolo que representa lo inalcanzable (antiguamente, claro), el acompañamiento, las bendiciones en forma de lluvia, la omnipresencia (aunque no siempre la veamos), su movilidad para encontrarla adónde quiera que vayamos. También se enfada de vez en cuando y nos arruina las cosechas. Que no se nos ocurra enojar a Zeus o a Thor.

También hablamos de «estar en las nubes» cuando alguien está en la inopia o no está presente, o no participa de las cosas mundanas o terrenales. Es como estar en otra esfera de presencia.

La nube. Todas las personas estamos en la nube de una u otra manera. O estás en la nube de tenerlo todo digitalizado y distribuido por toda la Internet o en la nube de aislarse del presente tecnológico o en la nube de dejarse llevar por los vientos alisios sin preocuparme de dónde te lleven.

Sea cual sea tu situación y la de tu familia, la nube nos ofrece una oportunidad de aprendizaje. ¡Qué bueno sería dejar de verla como algo allí lejano, inalcanzable, incomprensible, capaz de lo mejor y lo peor, y acercarnos a ella para comprenderla mejor! Acercarnos, tocarla, sentirla, investigarla, experimentarla, cuestionarla,… La nube es intangible, seguramente no se pueda llegar a una verdad absoluta con respecto a ella. Pero, cuanta más conciencia pongamos sobre ella, nosotros y los nuestros, mejor podremos  tomar decisiones más adaptativas para nuestra vida. Yo me he autobautizado como «psicoinformático» por aquello de haber dedicado media vida a estas dos disciplinas y por mi firme propósito de buscar que la tecnología procure seguir la senda de la salud y el bienestar y tratar de desenmascarar y alertar a los que me lean o me escuchen, sobre los peligros en los que, por inercia, podemos caer.

Ofrezco este espacio para que colectivamente podamos encontrar caminos de conciencia y educación tecnológica colectiva. Para compartir, opinar y aprender. Para formular dudas, recibir recomendaciones, apoyo, y donde podéis contar conmigo, siempre que mi tiempo y mis recursos me lo permitan.

Que la tecnología nos acompañe para bien. Y que disfrutemos de momentos sin ella, también para nuestro bien.