24. Estás en la nube

Llevo tiempo deseando escribir un post sobre la nube. Por un lado, por todo lo enigmático y difícil de comprender que rodea a la nube informática, ese lugar impreciso donde aparentemente se nos graban las fotos, los archivos y a saber qué más. Y, por otro lado, todo lo que el simbolismo de una nube aporta a nuestro inconsciente colectivo por inabarcable y omnipresente.

Para no olvidar mi propósito de acercaros al mundo de las nuevas generaciones, para las cuales «estar en la nube» en casi todos los sentidos es lo más normal, empezaré con algunas nociones y pinceladas de lo que es la nube informática.

En el argot informático, se habla de tener cosas en la nube o usar servicios alojados en la nube cuando tenemos libre acceso a ellos desde cualquier lugar y dispositivo, con el único requisito de tener conexión a Internet. Servicios en la nube que seguro que has conocido son: el correo electrónico, los álbumes de fotos y las carpetas «en la nube». Seguro que os suenan los Google fotos, Google Drive, OneDrive, iCloud, Outlook, Gmail, Dropbox y así un largo etcétera.

¿Cómo funcionan? Pues bien, ciertas empresas «generosamente» ofrecen sus potentes ordenadores para compartir una porción de su capacidad de almacenamiento para guardar tus datos, ya sean fotos, archivos, emails, compras o, como está siendo para mí escribir estas líneas en esta plataforma: conocimiento e ideas. Para poder disponer de esta información en todo momento y lugar, se requiere de equipos que se replican la información unos con otros (la información no se guarda en un solo ordenador, sino en muchos). También se requiere mucha memoria, capacidad de procesamiento y recursos humanos y tecnológicos para garantizar la seguridad y la accesibilidad a los datos. Estos servicios no se utilizarían si no se garantiza un mínimo de confidencialidad y seguridad. Me parecen importantes estos datos:

– que a las empresas que se dedican a ofrecer servicios en la nube les va la vida en asegurar que la información se trate de forma confidencial y segura;

– que estos servicios tienen un coste que, de alguna manera, hay que sufragar. Es algo natural, los que trabajan en ello no viven del aire y tendrán que ganarse el pan como tú y como yo.

Esto no quita que no debamos ser conscientes y enseñar a ser conscientes a nuestras hijas e hijos de que lo gratis en Internet también tiene un precio que pagar(directo o indirecto) y que nos puede interesar o no. Un precio como que nuestros gustos y necesidades puedan ser rastreados por motivos comerciales o políticos, que nuestra confidencialidad se vea comprometida por un ataque hacker y nuestra intimidad pase a ser pública o, que un día, estos servicios de los que tanto dependemos dejen de ser gratis y eso conlleve un impacto inesperado a nuestros bolsillos.

Por ejemplo, a día de hoy ya se está hablando de que Google Fotos pasará en breve a ser de pago, al menos cuando nuestras fotos ocupen cierta cantidad de espacio, lo cual ocurrirá irremediablemente tarde o temprano. Y entonces qué, ¿cuál va a ser la respuesta de la muchas personas que se vean abocadas a elegir entre pagar un servicio que no tenía presupuestado o volver a la antigua usanza de volcar la ingente cantidad de fotos a nuestro disco duro a mano? Por supuesto que se nos dará alternativas, aparecerán nuevos servicios gratuitos, se nos permitirá bajarnos las fotos a nuestros dispositivos y la creatividad humana encontrará nuevos caminos para adaptarse. Sea como fuere, esto puede ser fuente de estrés e intranquilidad para aquellas personas menos familiarizadas con la tecnología. Algo que antes hacia mi móvil solo, sin darme cuenta, ahora tengo que adaptarme y decidir. Como siempre, pros y contras que nos obliga a dedicar un tiempo extra a tomar conciencia y decidir… El tiempo que la tecnología nos da por un lado, a veces nos lo quita por otro.

He preguntado a alguna personas cercanas si sabían qué era la nube. La respuesta fue unánime: «sí, donde se guarda todo». Y luego pregunté: «¿y donde se guarda todo?» Y eso ya no estaba tan claro: en Internet, en Google, en ordenadores…

Voy a cambiar un poco el rumbo para aventurarme ahora hacia el terreno de lo simbólico y el pensamiento o conciencia colectiva. No sé si sabéis que la nube es símbolo de Dios para algunas religiones y culturas, entre ellas las judeocristianas. Se piensa en Dios ahí en una nube o directamente se le considera como tal. Un símbolo que representa lo inalcanzable (antiguamente, claro), el acompañamiento, las bendiciones en forma de lluvia, la omnipresencia (aunque no siempre la veamos), su movilidad para encontrarla adónde quiera que vayamos. También se enfada de vez en cuando y nos arruina las cosechas. Que no se nos ocurra enojar a Zeus o a Thor.

También hablamos de «estar en las nubes» cuando alguien está en la inopia o no está presente, o no participa de las cosas mundanas o terrenales. Es como estar en otra esfera de presencia.

La nube. Todas las personas estamos en la nube de una u otra manera. O estás en la nube de tenerlo todo digitalizado y distribuido por toda la Internet o en la nube de aislarse del presente tecnológico o en la nube de dejarse llevar por los vientos alisios sin preocuparme de dónde te lleven.

Sea cual sea tu situación y la de tu familia, la nube nos ofrece una oportunidad de aprendizaje. ¡Qué bueno sería dejar de verla como algo allí lejano, inalcanzable, incomprensible, capaz de lo mejor y lo peor, y acercarnos a ella para comprenderla mejor! Acercarnos, tocarla, sentirla, investigarla, experimentarla, cuestionarla,… La nube es intangible, seguramente no se pueda llegar a una verdad absoluta con respecto a ella. Pero, cuanta más conciencia pongamos sobre ella, nosotros y los nuestros, mejor podremos  tomar decisiones más adaptativas para nuestra vida. Yo me he autobautizado como «psicoinformático» por aquello de haber dedicado media vida a estas dos disciplinas y por mi firme propósito de buscar que la tecnología procure seguir la senda de la salud y el bienestar y tratar de desenmascarar y alertar a los que me lean o me escuchen, sobre los peligros en los que, por inercia, podemos caer.

Ofrezco este espacio para que colectivamente podamos encontrar caminos de conciencia y educación tecnológica colectiva. Para compartir, opinar y aprender. Para formular dudas, recibir recomendaciones, apoyo, y donde podéis contar conmigo, siempre que mi tiempo y mis recursos me lo permitan.

Que la tecnología nos acompañe para bien. Y que disfrutemos de momentos sin ella, también para nuestro bien.

21. Vergüenza informática

Se dice que lo que le falta a un robot o a un ordenador para poder pensar como un humano es procesar emociones. Y ahí están los ingenieros buscando desesperadamente la fórmula como si ahí radicara el verdadero salto cualitativo del razonamiento. Puede ser y, mientras tanto, la sociedad camina hacia relaciones «sin vergüenza». Es como si: ya que las máquinas no se pueden parecer más a nosotros, parezcámonos nosotros a ellas.

Los entornos virtuales: redes sociales, videoconferencias, juegos online, gestiones administrativas online, formaciones a distancia, reuniones multitudinarias, etc. son una gran ayuda para los vergonzosos, entre los que me incluyo. Y en estos tiempos pandémicos, tenemos la excusa inconsciente perfecta para evitar el contacto social (el que tiene predisposición a ello). Nos podemos esconder muy fácilmente detrás de un avatar, un email, una cámara apagada, una cuenta falsa o un alter-ego virtual que muestra lo bonito y atractivo de mi, a la vez que esconde lo que me avergüenza. Es mucho más fácil tapar y tenemos siembre a mano el botón de off para desconectar.

La vergüenza se ha utilizado como un policía o juez más que vela por el cumplimiento de las normas sociales, sobre todo las familiares. «Eres un sinvergüenza», «¿no te da vergüenza?», «vergüenza debería darte…», «me da vergüenza ajena»,… Son expresiones que, de alguna manera, transmiten qué es lo que está bien o mal moralmente, más allá de las leyes escritas.

Pues bien, si estamos en una sociedad en la que, gracias a las tecnologías, podemos escapar a esta vergüenza y a estos juicios internos y externos… ¿qué va a pasar? ¿nos dirigimos hacia el caos, hacia un mundo sin reglas morales?

La vergüenza es una vieja compañera de viaje en mi vida y altamente limitante. Por vergüenza he dejado de hacer cosas que quería o me convenía. Alguna vez también me ha evitado un disgusto.
Recientemente he aprendido a vivir con ella. Si hay algo que quiero hacer, lo hago con vergüenza. La vergüenza no decide pero la vergüenza me da información. Es la vocecita que funciona como un piloto de alerta. Me indica si hay algo que puede ir mal porque va en contra de la forma de hacer las cosas de mi círculo social o de mi familia de origen. Puede ser una alarma real o puede ser una creencia limitante, una norma moral obsoleta, un trauma familiar del pasado,… Y ya sé que si la escucho y veo de dónde viene, tengo más argumentos para decidir la acción a tomar. Y si decido ir hacia delante, pues iré, con la vergüenza de la mano.

¿Y qué hacemos ahora con las herramientas tecnológicas que nos ayudan a tapar la vergüenza? Lo siento, no tengo la respuesta. Abro la reflexión para que para que colectivamente encontremos la respuesta. Para mí me viene la idea de no abusar de las máscaras virtuales. No esconderme en ellas para saltarme las cosas que me dan vergüenza. Quizás algún día estos posts de transformen en un video… ¿Será posible?

Y de cara a las generaciones que están aprendiendo a desenvolverse en la vida en este mundo tan «sin vergüenza»… Pues quizás haya que enseñarles la otra cara… La cara de mostrarnos, de ser más auténticos, de permitirse exponer nuestras fallas o partes más vulnerables… Con miedo… Con vergüenza… Arriesgarse a ser ….

19. Phising y Gestalt

Para los que este año vayan a realizar todas o parte de sus compras navideñas por Internet me gustaría sugerir algunas cosas a tener en cuenta para evitar malas experiencias. Ya en su día escribí un post sobre phising y timos en Internet. Hoy me viene ampliarlo mezclando estos dos términos tan dispares: phising y Gestalt, ¿qué tienen en común?

La psicología de la Gestalt aglutinó a un grupo de científicos que definió algunas propiedades de la percepción humana. Resumiendo mucho, afirmaban que en base a una necesidad o deseo unos aspectos de la realidad se hacen figura y son más perceptibles y otros pasan a segundo plano como fondo.

Esto lo podemos ver fácilmente en la vida cotidiana. Por ejemplo: hay personas que quieren tener un bebé y, de repente, empiezan a ver muchas mujeres embarazadas o familias con niños pequeños; quieres cambiar de coche y, ¡qué casualidad!, te topas constantemente con el modelo que más te gusta.

Esto ocurre por pura adaptación al medio: si necesitamos comer o beber, lo más adaptativo es dedicar nuestros recursos mentales y corporales a satisfacer esa necesidad.

¿Cuál es el problema? Que muchas veces la figura nos impide ver el fondo. Nuestros sistemas de alerta ante los peligros están diseñados para los peligros habituales, pero no para los nuevos. Y ahí es donde entra el phising.

Phising consiste básicamente en orientar tu atención hacia tu necesidad o apetencia de forma que no percibas el riesgo de ser víctima de un fraude. Cuanto más real o bonita te parezca una tienda o producto virtual, más fácilmente puedes «picar el anzuelo».

¿Eso quiere decir que no debemos comprar por Internet? En absoluto. Simplemente hay que aprender a moverse en un nuevo contexto de compra. En el contexto físico habitual, sabemos de sobra qué tiendas son de mayor o menor calidad, dónde no compraríamos nunca, o dónde comprar un tipo de productos y no otros. Al final, Internet no difiere en mucho del mundo cotidiano, simplemente que es mucho más barato y también es más fácil embaucar.

Por mi experiencia, os puedo compartir algunos tips para que la figura no nos impida ver el fondo:

– ¿Conocéis algún ejercicio de figura-fondo? ¿O conocéis alguna imagen de esas que según la mires se ve una cosa u otra? Pues ése es el ejercicio que habría que hacer ante una compra: primero miramos la figura (lo que queremos, sus propiedades, sus características, el precio,…) Y luego, cambiamos la mirada y hacemos figura la tienda y la fiabilidad de la compra.

La figura oscura capta más la atención a pesar de que las otras tienen un color aparentemente más atractivo

– Para verificar que la tienda es de fiar podemos verificar varias cosas: el candadito del navegador (nos dice que es una conexión cifrada y a quién corresponde la certificación), verificar que en la web de la tienda edita un apartado llamado «sobre nosotros» (o similar) que identifique claramente quién está detrás de la venta, hacer una búsqueda en Internet sobre la tienda buscando señales de fraude, comparar el producto en varios lugares, preguntar a amigos o expertos, …

¡Qué rollo!, ¿no? Bueno, en la medida que hagamos este ejercicio, cada vez nos moveremos de forma más segura en este medio pues añadiremos estas trampas visuales a nuestros registros del sistema de alerta.

17. Redes sociales 3.0

Considerando las redes sociales 1.0 las previas a Internet: teléfono, reuniones presenciales, charlas, amistades físicas, periódicos en papel, televisión con dos canales,…; Y redes sociales 2.0 a todo lo que rodea Internet: los smartphones, la televisión a la carta, las apps de mensajería y de redes sociales, etc.; Podríamos poner el 3.0 a lo que está por venir o debería estarlo.

Recuerdo que no hace mucho tiempo yo estaba promoviendo y potenciando la transformación digital en mi empresa hacia unas redes sociales 2.0, animando al uso de plataformas como Twitter, LinkedIn, blogs e incluso intentando infructuosamente introducir la gamificación y los trabajos cooperativos virtuales. También animaba a los que se aferraban a los teléfonos que solo servían para realizar y recibir llamadas a que dieran el paso para beneficiarse de las mil y una utilidades de los teléfonos inteligentes.

Me parece importante destacar de dónde parto para que se comprenda bien a dónde quiero ir. Quiero ir a que después del boom del 2.0, en el que ya estamos casi todos, ahora debería venir una nueva versión en el que aprendamos a desconectar y a darles un uso más responsable.

Podría enumerar mil problemas que acarrea la permanente conexión a las redes sociales: desde la infoxicación informativa hasta el tecnoestrés (podéis leer un buen artículo de Celestino Gonzalez-Fernández, en el que lo explica muy bien).

Lo que es importante tener en cuenta es que los recursos atencionales, es decir, la energía y las redes neuronales dedicadas a la atención y a las acciones conscientes, no son ilimitados. Se gastan o, mejor dicho, se cansan. Y una vez cansados, empezamos a funcionar peor, a memorizar peor y a tener dolores de todo tipo, sobre todo de cabeza, oculares y musculares.

Esto es importante porque no creo que nadie quiere funcionar mal ni memorizar peor. Ni él, ni sus hijas e hijos, ni sus compañeros de trabajo o subordinados… ¿Verdad?

Un error frecuente en el que caemos, yo el primero, es creer que descansamos cuando usamos el móvil o la televisión. A mi juicio, es un descanso engañoso porque seguimos añadiendo actividad mental, información y estimulación visual a nuestro extenuado cerebro. Sería como invitar a salir a bailar a alguien que acaba de terminar una maratón, aparentemente es un cambio de contexto pero utilizando unos recursos que ya están fatigados.

También es importante darse cuenta que las tecnologías actuales nos obligan de alguna manera a estar en un continuo estado de alerta. Este estado es el que consume más recursos atencionales pues predispone al cuerpo a dar una respuesta inmediata en cuanto se precise (me canso solo de pensarlo). Un estado de alerta continuo puede ser estar pendiente de las notificaciones o mirar el móvil cada poco tiempo a ver qué hay de nuevo.

Yo mismo aún no me considero evolucionado a 3.0 pero, una vez puesta mi conciencia en la necesidad, empiezo a movilizarme hacia ello y de ahí este pequeño post que espero remueva conciencias y contribuya a generar ideas. Nuevas ideas que serán fundamentales para traspasar a las personas que tenemos a nuestro cargo.

Os comparto algunas ideas que he ido leyendo y que he ido poniendo en práctica por si os sirve:

Relajación, meditación, Yoga, o cualquier actividad física o al aire libre. Ya lo dicen los maestros de la meditación: medita al menos 20 minutos al día si tienes el tiempo, si no, medita 1 hora. Con ello conseguimos cambiar el modo de funcionamiento cerebral y desviamos los recursos atencionales a nuestro cuerpo y nuestra persona, al aquí y ahora,…

– Establecer un horario para la conexión y otro para la desconexión. Dedicar un tiempo a estar sin móvil, a aislarse del mundo y estar con toda tu atención con las personas que estás físicamente o para ti en exclusividad. Hay muchas formas de hacerlo: desde días sin móvil, a horario para contestar los whassaps, a probar a dejarse el móvil cuando se sale de casa, … En fin, imaginación al poder

Planificarse un detox-digital (Celestino González-Fernández)

Autoobservación: ¿Has probado a fijarte como responde tu cuerpo tras mucho tiempo conectado? Cansancio, dolores de cabeza, dolores musculares, visión borrosa, tensión, irascibilidad, fallos de memoria, ansiedad,… Observa sin con pautas de desconexión y descanso esos síntomas aflojan.

– Y, a veces, cuando nuestras fuerzas y energías no son suficientes para conseguir el cambio, no queda otra que buscar apoyos externos que nos ayuden: familia, amigos o profesionales.

Bueno, ya el artículo se está haciendo muy largo, esto da para mucho, toca desconectar y reflexionar. Si queréis aportar más ideas o comentarios, este es vuestro espacio.

13. Alt+Tab o cómo escapar a tu mirada

Alt+Tab, la tecla de ESC y Alt+F4 son atajos de teclado de un ordenador Windows. Tanto si sabes para qué son como si no y, sobre todo, si eres madre o padre de una criatura que ya usa ordenador, tablet o móvil, esto te puede interesar.

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¿Para qué sirven?

Originalmente están concebidos para no «perder el tiempo» moviendo el ratón buscando un botón o una funcionalidad. Con una combinación de teclas podemos lograr en menos de un segundo una acción rápida predefinida en el ordenador.

Los atajos de teclado que he mencionado comparten una característica común: además de su función principal, se usan para «esconder» lo que aparece por la pantalla.

Por explicarlos brevemente: Alt+TAB te cambia la ventana actual por otra que no tuvieras en primer plano; Alt+Mayúsculas+Tab cambia entre pestañas del navegador; la tecla ESC detiene y sale de algunas aplicaciones o vídeos; y Alt+F4 cierra la ventana actual.

También hay programas y extensiones de navegador que te ofrecen un «panic button» o «botón de pánico» para rápidamente cambiar lo que se está visualizando.

¿Y qué puede haber detrás de esta conducta?

Si lo analizamos psicológicamente, usar los atajos de teclado para apartar la mirada del que pasa por detrás es como cuando se cierra un libro de golpe, tu diario, se tapa el móvil o se esconde uno debajo de las sábanas. En cierta forma se está produciendo un juicio o interpretación de que lo que se hace es vergonzoso o no está bien. O, simplemente, es algo íntimo que pertenece a la esfera privada.

Pero, al igual que ocurre cuando te pillan «in fraganti» o «con las manos en la masa», el ojo humano percibe ese gesto rápido de teclas y el cambio de ventanas, delantando más fácilmente al infractor. Los balbuceos y la cara de vergüenza o desconcierto también son muy evidentes. Me atrevería a decir que son movimientos instintivos y de carácter protector.

Intimidad y confianza

Las madres y los padres nos enfrentamos a un desafío tecnológico equivalente a los conflictos entre libertad y control, confianza y desconfianza, responsabilidad y descuido, etc.

Innegablemente, el uso de datos mecanismos de escape rápido indican una necesidad de esconder algo. Puede ser algo prejuzgado como malo o algo considerado íntimo y personal. En ambos casos, un abordaje sin escrúpulos puede deteriorar la relacióncon ellos, luego conviene proceder con prudencia. La intimidad es muy importante y, a su vez, un uso inadecuado del dispositivo puede ser muy perjudicial.

¿Entonces qué?

Los que me seguís y me leéis ya sabéis que no soy de dar soluciones. Cada familia tendrá la suya según sus circunstancias. El primer paso, como siempre, es darse cuenta de lo que está pasando, poner conciencia y reflexionar sobre ello. Muchas veces nos ayuda hablar con otras personas y compartir. Yo os ofrezco este espacio para ello.

Reto

También suelo acabar con un reto. Un reto que principalmente me pongo a mí mismo. Una forma de comprometerme con aquello que digo y probarlo en carnes propias. Si queréis, podéis hacerlo y compartimos nuestras experiencias.

El reto de hoy consistiría en hablar con nuestra hija o nuestro hijo desde nuestra preocupación, desde el sentimiento que nos produce ver qué nos está ocultando algo. Mostrarle nuestro deseo de brindarle lo mejor para él/ella. Mientras sean pequeños la supervisión debería ser mayor pues aún no saben bien los peligros que acechan las tecnologías. A medida que crecen hay que trabajar la confianza y la responsabilidad. No tengáis miedo a poner límites a pesar de sus posibles respuestas agresivas. Si se siente protegido/a y cuidado/a tu función maternal/paternal estará bien desarrollada.

Espero vuestras aportaciones 😉