28. Ángeles o demonios

Después de un tiempo sin «postear» y tras darme un tiempo para investigar, investigarme y aprender un poco más, reabro este foro con una pregunta que puede invitarnos a reflexionar y a cambiar la mirada: las pantallas, ¿son ángeles o demonios?. Esta es una pregunta que suelo formular de forma espontánea en los talleres para madres y padres que hago sobre hijos y pantallas. Lanzo esta pregunta para sondear un poco la predisposición y la relación que tienen los participantes con los dispositivos electrónicos.

Mi hipótesis inicial era que las madres y los padres que dan el paso a participar en estos talleres lo hacen porque son conscientes de los peligros y desafíos que acarrean y quieren encontrar formas de limitarlos. Es decir, esperaba una mayoría que consideraban «demonios» a las pantallas y otros tipos de dispositivos tecnológicos. Sin embargo, lo que suele primar es el «a veces» o el «y». A veces son ángeles y a veces demonios. Son buenas para muchas cosas pero nos están dando muchos problemas y quebraderos de cabeza en cuanto a la crianza se refiere.

Los adultos estamos entre la espada y la pared ante un nuevo desafío educativo. Por un lado, el mundo cada vez es más tecnológico, más digitalizado y más virtual. Se nos facilita la vida y se nos complica a la vez en tanto, cada vez, más y más gestiones han de hacerse a través de dispositivos y no cara a cara: gestiones con la administración, con los bancos, relaciones personales, aulas virtuales, citas médicas y, así, un largo etcétera. Se nos dice que los niños tienen que tener competencias digitales, se introducen las pizarras digitales en las aulas, se crean colegios e institutos tecnológicos sin libros en papel, se incorporan los contenidos digitales en los currículums educativos… Y, al mismo tiempo, profesionales de la salud física y mental alertan de sus peligros. Estudios recientes alertan de las dificultades de aprendizaje en niños empantallados, de la afectaciones neurológicas de menores adictos ya a las pantallas, de la sobreestimulación, del deterioro en la socialización cara a cara, del incremento de la depresión y suicidio en jóvenes,… Muchas amenazas y pocas soluciones. Mucho estudio sesgado (en tanto solo valoran la parte fisiológica y no la social y relacional) y pocas soluciones y aportaciones prácticas.

Esta doble vara de medir o conflicto, como queramos llamarlo, acarrea un efecto secundario terrible para padres y madres: la culpa por no hacerlo bien. Aparece la presión social en uno u otro sentido y, se haga lo que se haga, parece no ser nunca suficiente. Es fácil que los expertos, en cualquier materia, tiendan a adoptar el rol de consejeros creando, indirectamente un ideal muy elevado de lo que debería ser una madre o un padre responsable. Los progenitores, cuando ven que no llegan a las exigencias que se proponen en miles de libros, videos y tutoriales sobre crianza, acaban frecuentemente culpabilizándose por no saber hacerlo mejor.

Sirva este post para ofrecer un primer apoyo a estas madres y padres que me estáis leyendo. Sólo por este gesto de leer y preocuparte estás demostrando un interés y una predisposición digna de alabar y de reconocer. La mera intención de querer lo mejor para vuestros hijos es más que suficiente. El resto es un problema social al cual podremos contribuir a solucionar en su justa medida, con nuestros propios recursos y en comunidad.

Llegados a este punto me planteo cómo podemos empezar a crear una nueva forma de ser y estar en un mundo computarizado y digitalizado. No hay marcha atrás, o se es con pantallas o no se es. Y mi primera apuesta que comparto con vosotros es cambiar el vocabulario. Pasar de la abstracción a la concreción. Y me explico: cuando hablamos de pantallas, de las TIC o de los dispositivos electrónicos estamos siendo tan generales como hablar de comida. No nos plantearemos nunca si debemos comer o no comida, sino si una comida o alimento nos hace bien o mal. Pues igual con los usos de la tecnología. Podemos sustituir el lenguaje y dejar de hablar de tecnología sí o no, y empezar a valorar individualmente cada uso de la tecnología. Porque una persona puede ser adicta a las redes sociales, otra a los videojuegos, otra a las series,… y estaremos hablando de problemáticas diferentes con diferentes implicaciones.

Si discriminamos los usos problemáticos de las pantallas y dispositivos electrónicos, podremos atajarlos uno a uno de forma personalizada. Y para conseguir hacer esto tenemos un «escollo» muy grande: el smartphone o teléfono móvil inteligente. ¿Por qué? Porque es multifuncional y portátil. Sirve para todo y lo llevamos siempre con nosotros. Cuantas más funciones se puedan hacer con un objeto o dispositivo, más dependientes nos volveremos de él. Y no podremos desconectar, por ejemplo, de las redes sociales, si vamos cargando con un móvil, porque lo necesitamos para hacer llamadas de emergencia, lo usamos como navegador o para pagar.

En este punto, os invito a una pausa. A una reflexión sobre usos y abusos. No en general sino en particular. Detectar cuáles de los diferentes usos de la tecnología nos generan dependencia y valorar si pudiéramos encontrar usos alternativos no digitales. No a todo, a algo; a lo que nos genere más desadaptación al ambiente. Y empezaría primero por nosotros, los adultos. Cuando tengamos el problema resuelto, podremos empezar a mirar a los peques que, probablemente, no necesiten mucha más instrucción porque ya habrán visto como hacerlo.

Como siempre, ofrezco este espacio de comentarios para compartir, valorar y construir en comunidad. Disfruta el momento y hasta el próximo post.

29. Tiempos de pantalla

Una de las preguntas que más me suelen hacer tanto en talleres sobre pantallas como fuera es la siguiente: «sí, pero, ¿cuánto sería el tiempo máximo que deberían dedicar a las pantallas?».

Cuando la escucho siempre me viene la frase atribuida a Sócrates que nos da a entender que nunca podemos saber nada con absoluta certeza, no sabiendo mucho de algo. Y es que se trata de una pregunta inconscientemente tramposa en tanto no hay una respuesta correcta para todas las situaciones. La respuesta más válida que se me ocurre es un «depende». ¿De qué depende? Depende de muchos factores o colores del que formula la pregunta: la edad de los niños, las circunstancias familiares, su entorno social, lo adaptativo o desadaptativo de sus conductas hacia las pantallas y mil factores más. Reflexionando sobre el tema y trayendo a la palestra un poco de teoría Gestalt, diría que depende, sobre todo, del «para qué». Preguntarse «para qué» ayuda a destapar la necesidad subyacente. A diferencia de un «¿por qué?» que nos remite a un pasado que ya no existe. Hay un «para qué» que habla de necesidades: para qué quiere el niño o la niña usar las pantallas, y «para qué» queremos nosotros que las usen o no las usen.

Mientras sean pequeños o dependan de nosotros (que cada quien ponga la edad apropiada), me interesa el «para qué» nuestro. Una vez traspasada la frontera de nuestro control y responsabilidad, la pregunta puede ser para qué las necesitan ellos.

¿Para qué quiero que hagan pantallas?

Lo moralmente más fácil de aceptar sería dar este tipo de argumentos: para que aprendan, para que socialicen con sus amigos, para estar al día, para que se diviertan, … Pero también pueden haber motivaciones ocultas que nos cueste más reconocer por hacernos sentir vergüenza o un poco culpables, porque son más nuestra necesidad que las suyas: que estén localizados, como premio a buen comportamiento, para no escuchar más sus lamentos, para que nos dejen un rato tranquilos o descansar, para que no molesten, para tener un rato de silencio,… (Añade tú las tuyas propias, con sinceridad y sin culpa)

¿Para qué limitar las pantallas?

Igualmente podemos justificarnos con afirmaciones muy propias de padres ideales y responsables: para que cuiden su salud visual, para que no se «atonten», para que no se vuelvan adictos, para que no sufran en un futuro, para que no pierdan habilidades sociales cara a cara, para que sus cuerpos no se atrofien por falta de movimiento, para que dediquen más tiempo a estudiar, que sean más libres… Son razones muy lógicas y muy valiosas junto con otras motivaciones algo más «egoístas» (también sin culpa): que pasen más tiempo con nosotros, que hagan más cosas en casa, que se diviertan como nosotros hacíamos, que sean más como nosotros, para que sepan que la vida no todo es juego, para aferrarnos al mundo como era antes…

Y si tú hija o hijo ya tiene un nivel madurativo suficiente como para poder dialogar o reflexionar juntos, podríamos aprovechar para preguntarles directamente a ellos: ¿para qué necesitas ahora las pantallas? ¿para qué pasas tanto tiempo con las pantallas?

Mi propuesta para manejarnos mejor en esta problemática de encontrar el tiempo saludable y adecuado de pantallas es poner, sinceramente y responsablemente, todas estas respuestas (suyas y nuestras) en una balanza o en una ecuación para encontrar la medida del tiempo. En esa ecuación, incorporemos todos los elementos que mencionaba en un principio: edad, hermanos, amigos, problemas, soluciones, contextos,… Ponderar cada elemento según la importancia que tenga para la familia. Y, con todo bien agitado, generar vuestra propia fórmula química que veáis factible aplicar. Muy probablemente, el primer resultado no sea el esperado y tocará reajustar, es normal. Así también se aprende, con ensayo-error.

Como para esta sugerencia que aquí os presento no hay un estudio que lo refrende y que, por mucho que sepamos, no sabemos nada, no toca más que intentar y esperar. Al menos habrá dos posibles efectos principalmente: que funcione y podamos sentirnos en paz; o que no funcione, en cuyo caso, yo sigo dando una lectura positiva: habremos puesto sobre la mesa una actitud de cuidado hacia ellos, mandaremos un mensaje de que nos importan y que deseamos lo mejor para ellos. Aunque estos gestos pueden parecer que caen en saco roto, muy probablemente no lo harán. Quedarán guardados en un pequeño rinconcito que el futuro adulto sabio sabrá aplicar cuando sea necesario.

Me gustaría saber de vuestros intentos, de lo que funciona y de lo que no. Saberlo y compartirlo nos dará experiencia y recursos para crecer en comunidad. Feliz aquí y ahora

26. Modo on vs modo avión

Tecnología ángel y demonio

Uno de los grandes desafíos relacionados con la tecnología en general y con los móviles inteligentes en particular es separar el grano de la paja reconociendo los numerosos usos y aplicaciones que nos brindan, todos accesibles desde un mismo dispositivo. Incluso, los más frikis de la tecnología, ya tendrán a estas alturas su casa «domotizada» y controlada totalmente a través de su móvil o de cualquier asistente virtual (Google, Siri, Alexa,…)

¿Qué quiero decir con separar? Mi propuesta es hacer un ejercicio de analizar las diferentes funciones y necesidades que nos aporta un teléfono móvil, por ejemplo: teléfono, calculadora, agenda, consola de juegos, monedero, asesor/a, cámara de fotos/video, bloc de notas, libro, televisión, canguro, … Todo a mano y accesible en cada momento.

Si damos importancia a todo lo que nos aporta, si ponemos conciencia de la verdadera magnitud del conjunto de necesidades cubiertas por este pequeño «aparatejo» que ahora mismo tenemos en nuestras manos, veremos que dejarlo de lado no es tan sencillo. ¿Cómo me atrevo siquiera pensar en dejar de lado un objeto que tanto me facilita la vida? ¿Y que, además, es «ecológico» porque nos ahorra papel, desplazamientos y gastos superfluos? (Sé que esto es discutible, pero quedaros con la idea)

El tema es que, detrás de tantas bondades hay una realidad simultánea y en cierta forma contradictoria que hace que nuestra relación con la tecnología no pueda ser tan idílica. Expongo aquí alguna de ellas:

– A pesar de la tecnología y los dispositivos móviles, tenemos «menos tiempo libre». Ya podemos tener lavadoras, lavavajillas, robots de cocina, vehículos motorizados, asistentes virtuales, compras online,… que apenas nos da tiempo a hacer todo lo que queremos o pensamos que hay que hacer (ojo: a lo mejor esto no aplica a todo el mundo, soy consciente de estar generalizando un poco, pero esto aplica sobre todo a los que se sientan más identificados con lo que voy diciendo)

– En general hay más cansancio y estrés. La estimulación cerebral es constante. Hasta en nuestro tiempo de descanso, creemos que el móvil o nuestro rato de series/película nos proveerá del merecido descanso y, resulta, que seguimos sobreestimulando nuestras neuronas. No hay descanso mental.

– Perdemos creatividad para hacer cosas sin tecnología de por medio… Recurrimos a YouTube o similares hasta para cocinar o saber cómo regar las plantas.

– Se favorece lo lejano en detrimento de lo próximo/cercano (de esto hablaré largo y tendido en otra ocasión, pues me parece importante)

– Se generan dependencias que provocan sintomatología ansiógena y alteraciones emocionales cuando no se tiene acceso al dispositivo o a Internet. ¿Os imagináis una caída generalizada de Internet durante unos cuantos días?

– La atención se divide y se dispersa. Estar «aquí» y «allí» (en Internet) divide la atención y eso favorece cometer errores o pequeños lapsus de acción como echar sal en lugar de azúcar, ir a una habitación sin sentido, quedarte como embobado/a cuando te hablan … O incluso tener accidentes domésticos o mientras caminamos.

– Si eres una persona que ofreces disponibilidad total a todo el mundo, ya sea por trabajo o por voluntariado social, la conectividad total te puede dejar sin aliento. No hay límites para la ayuda.

– Pasamos mucho tiempo con el cuello mirando hacia abajo. Ello puede, por un lado, contracturarnos y provocar cefaleas y mareos. Por otro, se favorecen los pensamientos negativos (por eso de mirar hacia abajo, estar cabizbajo,…)

– Y lo dejo aquí, para no descompensar mucho la balanza 😄

Algunas de estas consecuencias del uso del móvil las he extraído de este artículo del COP de Madrid motivando al uso del modo avión. El resto son experiencias personales que pueden no ser las tuyas, pero que seguro que puedes observarlas en los demás.

¿Qué quiero resaltar en esta pequeña reflexión? Pues que si nos quedamos con una sola de las dos partes de la balanza estaremos perdiendo información valiosa para elegir adecuadamente la forma en que queramos relacionarnos con la tecnología. Por ejemplo, si somos muy anti-tecnología y solo vemos los prejuicios de la misma, podemos tener dificultades de adaptación social porque el mundo no se va a detener porque nosotros no queramos usar el móvil, por ejemplo. Y si no vemos todo lo que nos aporta, quizás cuando nos comprometamos a reducir su uso, nos será imposible por no saber lo que implica tal afirmación. Por otro lado, si obviamos las implicaciones negativas, seremos absorbidos por la tecnología y solo seremos conscientes de las consecuencias cuando nuestro cuerpo físico nos pare por alguna enfermedad o por algún contratiempo.

Y yo llevo este verano reflexionando sobre esta balanza, sobre todo viendo a mi hijo mayor que empieza a librar está dura batalla (más conmigo que con el móvil) de encontrar el equilibrio. Hemos probado y seguimos probando muchas fórmulas. Algunas sugerentes y todas con agujeros por resolver: horarios, límites de tiempo, normas de uso, días sin tecnología,… Creo que no hay una solución y un camino único sino el permitirse pararse a reflexionar juntos sobre cómo nos afecta a adultos y pequeños y sobre como queremos relacionarnos con la tecnología en un futuro inmediato.

Últimamente ando pensando en fórmulas como, por ejemplo, sustituir cada día un uso tecnológico por un uso físico o a la antigua usanza, para brindarnos ratos de desconexión consciente como podría ser: llamar o quedar con un amigo/a en lugar de mensajear, contar cuentos o historias de la familia en lugar de ver una película o serie, jugar a juegos de mesa en lugar de digitales, lavar algo a mano, cocinar a fuego lento, jugar al Fortnite físico en la montaña, leer un libro en papel, ir a comprar andando, preguntar a alguien sobre cómo se hace algo, y lo que se nos pueda ocurrir. Según escribía está lista de ideas me iba dando cuenta cómo muchas de ellas nos parecerán obvias y absurdas cuanto mayores seamos… Seguro que los más jóvenes no piensan lo mismo: ¿es que existen los cuentos para adultos? ¿se pueden lavar los platos sin lavavajillas? ¿el abuelo o la abuela saben cosas que no sabe ni Google?

No se trata tanto de abandonar la tecnología sino evitar dejar de hacer cosas físicamente, de forma que podamos desconectar, equilibrar y poder ser capaz de sobrevivir a una caída de Internet 😉

Si queréis aportar ideas de transformación digital a analógico/físico, podéis dejarlas en los comentarios… Feliz reflexión.

25. Avatar y avatares

Un avatar antes de la era digital era (o es) la encarnación de un dios hindú (en tanto es una palabra que viene del sánscrito). En el mundo digital es la representación gráfica de nuestra identidad virtual (rae) o, en otras palabras, nuestra apariencia visible en las redes virtuales, juegos, etc. Puede ser una foto nuestra, una foto cualquiera, una caricatura nuestra, una caricatura de otro u otra, un personaje o animal que nos guste y así, un largo etcétera. En cualquier caso, es nuestra máscara más o menos transparente/opaca en el mundo virtual.

No sólo en el mundo virtual vamos con máscaras, también en el día a día. Una máscara es también cualquier conducta nuestra que distorsiona hacia el interior la verdadera esencia personal, lo que realmente pensamos y sentimos. La transparencia y la honestidad suelen estar muy valorados pero es bueno entender que una máscara tiene una función protectora de nuestra intimidad y de nuestras fragilidades.

Una diferencia que veo entre máscaras psicológicas y virtuales es que las primeras suelen ser más bien inconscientes, fruto de años de «interpretar uno o varios papeles en la vida», y las virtuales totalmente conscientes, eligiendo concretamente consideremos que nos vean. La otra diferencia importante (y habrá más) es que las virtuales pueden ser mucho más opacas que las físicas. En el cara a cara, con una persona física, nuestras máscaras son como los antifaces, ocultan una parte y dejan ver otras. Podemos «leer» los ojos de la otra persona, su comunicación no verbal, lo que deja entrever, … Y en el mundo virtual el avatar puede ser tan diferente de nuestro ser físico que se pueda considerar una identidad diferente, uno de muchos álter egos.

¿Para qué tener tantas identidades? ¿No es ya bastante cansino pelearnos por mantener la integridad de una? Cada vez que se atenta o se ataca la identidad que hemos construido durante tanto tiempo, solemos sentir dolor, rabia, invasión, agresión y otras muchas manifestaciones nada placenteras. Somos quienes somos por las decisiones que hemos ido tomando a lo largo de nuestra vida y por los grupos a los que hemos ido elegirnos pertenecer (al igual que los que nos trajeron a la vida). Luego, de alguna manera, al tener varias identidades ¿se fragmenta la identidad única?, ¿se pierde el sentido de identidad como algo único?, ¿podemos caer en trastornos de personalidad múltiple?, ¿qué puede pasar?

Yo tengo mi opinión al respecto pero creo que es importante que cada identidad nos háganos testas y otras preguntas para decidir dónde queremos ir y cómo queremos ser.

Sí me viene a la cabeza la película Avatar. Intentaré no hacer mucho spoiler. Si quieres, salta al siguiente párrafo 😉. En esa película, los humanos eran los que tenían la capacidad que los hindús otorgan a los dioses de encarnarse en otro cuerpo. Pueden ser otro/a de una especie especialmente conectada con la naturaleza residente en otro planeta. Y uno de los protagonistas, con discapacidad motora por parálisis en las extremidades inferiores «lo flipa» por poder volver a mover las piernas, correr, saltar, etc.

¿Qué nos aporta un avatar virtual? Pues ser otro, hacer cosas que no se pueden o nos sería muy complicado hacer en nuestra vida física como volar, hacer piruetas, pegar tiros, jugar profesionalmente al fútbol, ser guapo/a, tener éxito, conocer gente, … (Podéis añadir aquí vuestros sueños o situaciones que os cubren las pantallas y el mundo virtual en el que todos estamos de una u otra manera)

Yo, desde pequeño he estado en contacto con los juegos de ordenador y las llamadas «maquinitas» donde podías experimentar estas «disociaciones» que, antes de esta era se hacían mediante los cuentos, las historias, los libros o los sueños (y que se siguen usando, por supuesto). ¿Qué ha cambiado? Que ahora son muuuucho más realistas (gráficos impresionantes, efectos de sonido, realidad virtual,…) y que son mucho más interactivos y personalizables por el usuario. En un mundo tipo Minecraft o Roblox (por poner dos ejemplos en los que podemos tener a los peques) pasan muchas cosas, algunas más estimulantes que las de nuestra propia vida. Y lo que se va haciendo/construyendo se va grabando, como en nuestra vida. Vamos construyendo un mundo y una identidad que puede ser más placentera y satisfactoria que la de nuestra propia vida real. Salió en las noticias que se iba legislar sobre la posibilidad de trabajar como «jardinero de Minecraft»… ¿Horrorizado/a? Bueno, os puse el ejemplo de la película Avatar como ejemplo de que todo esto no tiene por qué ser para mal. No creo que andemos lejos de un mundo en que los ciegos vean, los sordos oigan, los cojos corran y los paralíticos anden. Ese mundo ya existe y es el mundo virtual. Y ser eternamente jóvenes. Poder trabajar a distancia. ¿Qué es más virtual que el dinero? En definitiva, no podemos elegir qué rumbo tomar si no ponemos todas las cartas sobre la mesa y junto con todo el miedo que nos pueda dar perder la identidad física, creo que es bueno poner en valor todo lo que aporta y todo lo que aporta a nuestros peques que son los que están heredando este modelo de vida.

Hay ciertas cosas que he experimentado yo mismo en mis incursiones por los mundos virtuales. A ver si os suenan algunas:

– Sentir rabia y desesperación por haber perdido todo lo que había hecho/avanzado hasta entonces: por un fallo de la máquina o un maldito monstruo
– Sentir ilusión y alegría por un logro nuevo, por algo que nunca antes había conseguido
– Tener la cabeza llena de planes de mejora o cosas para hacer (virtualmente) y que se haga eterno esperar el momento de poder llevarlas a cabo
– Sentir la frustración de tener que abandonar esta segunda vida en el momento más interesante
– Pegarme unos buenos sustos por una aparición repentina o hacer las cosas con miedo por una atmósfera tenebrosa que te rodee o la dificultad de una acción a acometer
– Tener largas y apasionadas conversaciones con mis hijos sobre lo que nos pasa en el mundo virtual (a menudo más intensas que lo acontecido en el cole o el mundo físico)

Un común denominador es que las emociones también existen en el mundo virtual y, no diría nada extraño si afirmó que, además, funcionan como vasos comunicantes entre los dos mundos. Lo que siento en uno va a repercutir en el otro y viceversa.

¡Uf!. Aunque esto da para hablar largo y tendido, creo que va llegando el momento de ir aterrizando. Como siempre surge la pregunta: ¿Y con esto que hago? ¿Qué tipo de vida digital y física quiero para mí y para mis hijas e hijos?

Estoy convencido de que cada persona tendrá sus propias respuestas a estas preguntas. En el caso de querer una mayor presencia para ellos y para ti en el mundo físico quizás habría que empezar por dedicar tiempo, espacio y esfuerzos a experimentar placer y disfrute terrenal: afectos, naturaleza, miradas, calor de hogar, aventura, experimentación, contacto,… No se trata de impedir o restringir el inevitable acceso a los mundos virtuales sino de no perder la alternativa para cuando queramos desconectar y ser nosotros mismos, que una excesiva virtualización nos saque de nuestra esencia, de nuestro contacto con la naturaleza y de lo que es tal como es.

Los peques no son tontos y si obtienen la misma o mayor gratificación por una actividad física, no dudarán en elegirla. La pregunta es: ¿las podemos ofrecer?

En los pocos días que he podido prestar atención a esto en mi familia me he visto: jugando a un LOL casero. LOL es un programa de humor en el que los participantes tratan de hacerse reír entre ellos. Nosotros lo sacamos de la pantalla y lo hicimos nuestro. Fue muy divertido. Y otra: estuvimos de excursión por el campo y no hacíamos más que sacar similitudes con la exploración en Minecraft (vamos a subir a esa colina a ver lo que se ve desde allí, necesito un mapa, vamos a ver cómo de profunda es esa cueva, ¿qué puedo hacer con estos palos o piedras?,… Escuchar y ver que pueden disfrutar tanto o más que en el mundo virtual paralelo da cierta esperanza.

22. Poniendo límites con pantallas

Dos de las funciones parentales más importantes son la disciplina y el poner límites. Por cuestiones históricas, sociales y familiares que no toca traer aquí y ahora, muchas madres y padres sienten cierta culpa o miedo a ser muy estrictos por riesgo a no ser queridos o parecer muy dictatoriales.

Sin embargo, cierto grado de poder es necesario para establecer cual debe ser la disciplina en el hogar y para poder poner límites protectores a los menores que aún no han adquirido la responsabilidad suficiente para ser conscientes de las implicaciones de sus actos. Los límites son importantes porque satisfacen la necesidad de protección. Por mi experiencia, la puesta de límites genera mucha rebeldía pero, a la vez, los hijos se sienten seguros y amados por su existencia y se suelen tranquilizar. Es su tarea, en su proceso de madurar, ir poniendo a prueba estos límites, por lo que éstos deben ser sólidos y bien fundamentados.

En mi familia la forma de dar solidez a los límites es mediante los valores familiares. Las normas las establecemos en base a esos valores. «Como os queremos y os queremos educar en estos valores, os ponemos estas normas».

El desafío está en contener las embestidas a las normas. Y aquí, lo más fácil y cómodo es recurrir a la restricción de las pantallas. Es lo que los teóricos del tema llaman «castigo negativo«. Castigo porque se percibe como «fastidioso» para el que lo recibe y negativo, porque la forma de «fastidiar» es eliminando un elemento apetitoso (en este caso las pantallas) del contexto/ambiente. También es fácil conseguir un buen cumplimiento de las normas mediante el refuerzo positivo con pantallas: si recoges la habitación, te dejo hacer pantallas o te pongo un rato los dibujos para que dejes de «molestar» o detengas la rabieta.

La disciplina positiva es una metodología teórico/práctica que fomenta que la puesta de límites sea a partir de unas normas claras cuya trascendencia deben entender los hijos tratando de sustituir el castigo por un diálogo y la intención de que el niño o la niña sea el que ponga solución a su incumplimiento.

También la CNV (comunicación no violenta) ofrece recursos para poner límites con más amor: fomentando ente diálogo desde la expresión de necesidades de grandes y pequeños.

Perdonadme si no me extiendo más sobre esto, pero hay que poner límites al post también 😌. Lo que sí quiero decir es que, no siempre se tiene la energía, el conocimiento y la situación adecuada para aplicar la forma más saludable de disciplinar y poner límites.

Por mi experiencia, el cansancio, fruto de una vida estresante de quehaceres y responsabilidades hace que muchas veces, lo más fácil y lo que requiere de menos energía es la privación o el chantaje con las pantallas. Por eso, considero que no saludable mentalmente que censurarse y fustigarse por hacerlo, las raíces de este problema son más de tipo social y estructural, fruto de una mala conciliación de la vida laboral y familiar. Baste poner conciencia y hacer lo que se pueda sin olvidar que el límite es importante.

Y no quería terminar este post sin una reflexión. No he leído ni escuchado en ningún sitio el valor de la autodisciplina como modelo de disciplina. Sí he escuchado sobre la importancia de «predicar con el ejemplo, que es el mejor argumento», por la capacidad de imitar que tienen los niños. Los hijos probablemente adquirirán nuestras conductas, o las contrarias, sobre todo en los temas que les parezcan más relevantes.

Entonces, ¿cómo sería auto aplicarnos los castigos (o consecuencias) de un no cumplimiento de las normas? Si les privamos de pantallas, ¿podríamos privarnos nosotros durante ese mismo tiempo? Si les limitamos su tiempo de uso, ¿podría hacer yo lo mismo con este aparato «infernalmente útil» que es el móvil, que tanto me sirve para trabajar, para tener contacto con la gente, para aprender, para enseñar, para hacer fotos y consultar recuerdos,… ?

Me gustaría saber qué piensas tú… ¿Me lo cuentas?

20. Sobre el Fortnite y otras guerras internas

Para el que no lo sepa, Fortnite es uno de los juegos «de tiros» más populares del momento. Los hay más violentos, los hay más sangrientos y, aún así, preocupa la cantidad de tiempo que pasan los jóvenes y no tan jóvenes matando a todo quisqui «hasta que solo queda uno».

¿Qué preocupa más? ¿El tiempo empantallados o la violencia en el juego?

De alguna manera este tipo de juegos deben proporcionar placeres que lo hacen adictivo. El Fortnite, además, te permite destrozar con saña casi cualquier cosa. Hasta la vibración del mando puede ser estimulante.

Estas cosas me cuestionan mucho. ¿Hasta qué punto necesitamos juegos o películas violentas para sacar la agresividad contenida que llevamos dentro? ¿Por qué hay tanta agresividad y competitividad? ¿Los juegos crean personas violentas o las personas agresivas buscan los juegos violentos?

En cualquier caso, aceptando la realidad tal y como es, podemos empezar a preguntarnos cómo nos afecta que un niño, o una niña, se pase las horas muertas en una realidad virtual, llena de emociones desenfrenadas. ¿Eres de las personas que no soportan este tipo de juegos? ¿Eres de las que necesitas sacar tu furia interna sin censuras morales?

Sea cual sea tu respuesta, esto no es blanco o negro. En cada persona los juicios funcionan de forma diferente según la historia particular de cada quien. Pero es una oportunidad valiosa para aprender de nuestromundo interior y nuestras guerras internas.

Los juegos de tiros hace ya años que existen. De hecho, ahora caigo, incluso antes de jugaba con escopetillas y tirachinas de verdad, de los que hacen daño físico. Ahora, sin embargo, el mundo virtual es tan impresionantemente realista que nos puede confundir y descontextualizar del mundo físico. Por ello, creo que es importante parar, dialogar y repensar por dónde queremos ir sin dejarnos arrastrar por la inercia.

Y, como siempre digo, este diálogo, los que tenemos hijos, lo podemos hacer con ellos. Hablar de nuestros miedos, de nuestras inseguridades, de las dudas, de cómo podemos autorregularnos, etc. También los colectivos de madres y padres, hablar, debatir, consensuar, buscar apoyos,… Y, cada uno con su individualidad y sus guerras internas, ver dónde se coloca y qué nos dice la agresividad, el enfado, los miedos, las dudas, las molestias, la desgana, la desesperanza,…

Todo esto me recuerda una película que vi hace tiempo: Demolition man. Violenta como pocas, creo recordar que poco sangrienta y futurista… Como Fortnite. Es antigua y ya salían temas como la excesiva virtualización, el control comportamental y la supervivencia de un grupo de disidentes que se aferraba «a la comida basura», al «contacto» y, en definitiva, a la libertad.

También es verdad que quizás, por la propia autorregulación de la vida, nos acabemos cansando de tanta pantalla y tanta ausencia de contacto. El aislamiento pandémico lo está acelerando aún más. Hace poco escuché a un chico de la edad de mi hijo mayor decirle a otro: ¿Y si nos bajamos las láser combat (pistolas láser)? Parecían cansados de móvil y consola y preferían llevar sus deseos de juego agresivo y competitivo al mundo físico… Quizás lo tangible no lo tenga todo perdido.

Y a ti, ¿qué te mueve con esto?

13. Alt+Tab o cómo escapar a tu mirada

Alt+Tab, la tecla de ESC y Alt+F4 son atajos de teclado de un ordenador Windows. Tanto si sabes para qué son como si no y, sobre todo, si eres madre o padre de una criatura que ya usa ordenador, tablet o móvil, esto te puede interesar.

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¿Para qué sirven?

Originalmente están concebidos para no «perder el tiempo» moviendo el ratón buscando un botón o una funcionalidad. Con una combinación de teclas podemos lograr en menos de un segundo una acción rápida predefinida en el ordenador.

Los atajos de teclado que he mencionado comparten una característica común: además de su función principal, se usan para «esconder» lo que aparece por la pantalla.

Por explicarlos brevemente: Alt+TAB te cambia la ventana actual por otra que no tuvieras en primer plano; Alt+Mayúsculas+Tab cambia entre pestañas del navegador; la tecla ESC detiene y sale de algunas aplicaciones o vídeos; y Alt+F4 cierra la ventana actual.

También hay programas y extensiones de navegador que te ofrecen un «panic button» o «botón de pánico» para rápidamente cambiar lo que se está visualizando.

¿Y qué puede haber detrás de esta conducta?

Si lo analizamos psicológicamente, usar los atajos de teclado para apartar la mirada del que pasa por detrás es como cuando se cierra un libro de golpe, tu diario, se tapa el móvil o se esconde uno debajo de las sábanas. En cierta forma se está produciendo un juicio o interpretación de que lo que se hace es vergonzoso o no está bien. O, simplemente, es algo íntimo que pertenece a la esfera privada.

Pero, al igual que ocurre cuando te pillan «in fraganti» o «con las manos en la masa», el ojo humano percibe ese gesto rápido de teclas y el cambio de ventanas, delantando más fácilmente al infractor. Los balbuceos y la cara de vergüenza o desconcierto también son muy evidentes. Me atrevería a decir que son movimientos instintivos y de carácter protector.

Intimidad y confianza

Las madres y los padres nos enfrentamos a un desafío tecnológico equivalente a los conflictos entre libertad y control, confianza y desconfianza, responsabilidad y descuido, etc.

Innegablemente, el uso de datos mecanismos de escape rápido indican una necesidad de esconder algo. Puede ser algo prejuzgado como malo o algo considerado íntimo y personal. En ambos casos, un abordaje sin escrúpulos puede deteriorar la relacióncon ellos, luego conviene proceder con prudencia. La intimidad es muy importante y, a su vez, un uso inadecuado del dispositivo puede ser muy perjudicial.

¿Entonces qué?

Los que me seguís y me leéis ya sabéis que no soy de dar soluciones. Cada familia tendrá la suya según sus circunstancias. El primer paso, como siempre, es darse cuenta de lo que está pasando, poner conciencia y reflexionar sobre ello. Muchas veces nos ayuda hablar con otras personas y compartir. Yo os ofrezco este espacio para ello.

Reto

También suelo acabar con un reto. Un reto que principalmente me pongo a mí mismo. Una forma de comprometerme con aquello que digo y probarlo en carnes propias. Si queréis, podéis hacerlo y compartimos nuestras experiencias.

El reto de hoy consistiría en hablar con nuestra hija o nuestro hijo desde nuestra preocupación, desde el sentimiento que nos produce ver qué nos está ocultando algo. Mostrarle nuestro deseo de brindarle lo mejor para él/ella. Mientras sean pequeños la supervisión debería ser mayor pues aún no saben bien los peligros que acechan las tecnologías. A medida que crecen hay que trabajar la confianza y la responsabilidad. No tengáis miedo a poner límites a pesar de sus posibles respuestas agresivas. Si se siente protegido/a y cuidado/a tu función maternal/paternal estará bien desarrollada.

Espero vuestras aportaciones 😉

V . Sexting

Para los que desconozcáis la palabreja, deciros que con sexting nos referimos al envío de contenido o archivos digitales de tipo sexual, ya sean propios o ‘robados’. El nombre viene de ‘texting’ (chatear), por lo que podríamos traducirlo algo así como «chatear con contenido sexual explícito». 

Esta forma de relacionarse está siendo algo frecuente y visto como normal entre los más jóvenes ¿Para qué lo hacen? Según un estudio cuyos detalles podéis encontrar aquí:(https://www.magisnet.com/2019/07/los-menores-ven-el-sexting-como-normal-y-parte-de-las-relaciones-romanticas/) las chicas suelen contestar que hacer sexting les hace sentirse corporalmente mejor (¿más sexis?) y que les ayuda a crear intimidad entre dos personas. Los chicos, sin embargo, suelen contestar con un «porque sí».

Como soy de los que piensan que las conductas actuales suelen ser réplicas de las de antaño solo que con otros recursos, me parece que la necesidad que se esconde detrás es muy parecida al flirteo de guiños y miradas, las ropas cada vez más ajustadas y escuetas, etc. Obviamente, el peligro que esconde hacer sexting es infinitamente mayor que el de enseñar más o menos «carne» en la calle, discoteca, playa o gimnasio. Pero quiero quedarme con la necesidad o motivación de las y los que lo practican para poder encontrar un punto de diálogo y de actuación antes de ponerse manos a la obra de atajar la problemática derivada del sexting.

Me parece que detrás del sexting está, para algunas personas, el deseo de sentirse valorada y estimada, y de gustar a la persona que te gusta (muy en consonancia con las inquietudes juveniles y adolescentes). Por otro lado, otras personas, lo pueden usar por morbo y/o placer aprovechando una tecnología que permite las relaciones privadas individualizadas y casi a cualquier hora y en cualquier lugar.

También hay otra posible historia: cuántas veces no habremos visto en una película: chica conoce a chico, queda enamoradísima de él, se acuestan como acto de entrega total y declaración de amor sin límites, luego el chico, que no siente lo mismo, «si te he visto no me acuerdo». Esta historia, que seguro que es algo habitual, se puede reproducir con sexting siendo cada participante mucho más joven: chica chatea con un chico que le gusta, chico le pide una foto o vídeo de partes íntimas como prueba de su amor, chica se lo envía y chico… (cada quién que interprete lo que se puede hacer con una foto o vídeo comprometido, pues casos ya han salido a la luz).

Los peligros, por tanto, son infinitos, desde bullying, extorsión, que se acabe haciendo pública o viral la foto o el vídeo,… Y las consecuencias sociales y psicológicas que puedan derivar, otras tantas: pérdida de amistades, conflictos, baja autoestima, depresiones, suicidios, etc.
Y la pregunta es: ¿cómo podemos encarar el tema del sexting si éste está visto como algo intrínsecamente ligado al romanticismo del siglo XXI? Cualquier comentario relativo a la peligrosidad del mismo puede hacernos ser tildados de carcas y antiguallas. Ni que decir tiene de hablar de las bondades de unas flores, una carta romántica o un verso erótico, ¿por qué no?

Por ello, considero muy importante no perder de vista el gran poder que tiene el enamoramiento, que es capaz de conducir a la gente a realizar las más dispares locuras… y, encima, estar bien vistas. Por amor, se emborracharán, conducirán a lo loco, se meterán en peleas, se suicidarán… Teniendo esto en cuenta, el sexting sería solo un peligro más, que creo que habría que abordar de una manera similar a estos desafíos que se presentan íntimamente ligados a la adolescencia y a la juventud. 

¿Habéis hablado ya de temas como el sexo, las drogas, los peligros de la calle, …? He aquí un nuevo reto, hablar y tratar de recoger confianza a partir de sembrar apoyo. ¿Cuál puede ser el equilibrio entre autonomía/libertad y seguridad/control? Ahora es vuestro turno…