45. Clasificación PEGI y competencias transversales

Uno de los principales riesgos en el que podemos caer los progenitores y tutores de las nuevas generaciones que tenemos cierta precaución y restricción del uso de los dispositivos digitales y tecnológicos es limitar el aprendizaje de ciertas competencias transversales que éstos proporcionan.

Se consideran competencias o aprendizajes transversales aquellos que se enseñan o aprenden de forma casi subliminal, sin darse cuenta, porque son aprendizajes implícitos a una otra actividad. Por ello, cuando un niño o una niña está jugando, a su vez está desarrollando ciertas capacidades mentales básicas para su adaptación al medio.

Por ello, mientras se juega al fútbol se aprende trabajo en equipo, se mejora la condición física, se aprende orientación espacial,… mientras se pinta se trabaja la coordinación ojo-mano, se aprende de los colores y las proporciones,… Todo aparentemente jugando.

Ni que decir tiene que «las pantallas», los dispositivos electrónicos también aportan ciertas habilidades transversalmente que, por suerte o por desgracia, van a ser necesarias para la adaptación a un futuro donde el pronóstico es que las tengamos hasta en la sopa.. No sé si provocaré algo de ansiedad o tecnofobia si preveo un futuro donde el propio plato de sopa nos va indicando en un lateral las calorías o nutrientes que estamos consumiendo, la temperatura del plato y ¡qué se yo!, la velocidad con la que debemos comer para llegar puntual a la próxima cita.

Bromas aparte, es difícil valorar la proporción adecuada de conocimientos que se deben ir adquiriendo de niños. Se han realzado estudios que demuestran la pérdida de ciertas habilidades sensorio-motrices en los niños que abusan de las pantallas. Desgraciadamente, no podemos saber ni estudiar qué posibles desarrollos cerebrales se puedan estar forjando para prepararlos a un futuro aun más tecnológico.

Sí se sabe, de momento, que aparte de absorber la atención, las redes sociales online, los videojuegos y el uso de tecnología digital permiten el desarrollo de habilidades en varios planos:

  • En el plano cognitivo, se trabaja la creatividad en tanto hay muchos programas y juegos que permiten crear, desde la configuración de un perfil, el diseño de un avatar, la construcción de una casa virtual, un video o un tiktok, etc. También se puede favorecer el escaneo espacial, adaptado a unas pantallas. Con frecuencia veo que las personas menos adaptadas a la tecnología suelen cometer errores visuales del tipo de no encontrar el botón adecuado (aunque esté resaltado de forma muy llamativa) o no lean todo lo que aparece en la pantalla. También el razonamiento lógico pues, de momento, lo digital está más cercano al pensamiento lógico, el que nos permite establecer relaciones entre los objetos reales (por ejemplo, lo físico, lo tangible) y los abstractos (donde podríamos colocar lo virtual).
  • En el plano de la comunicación, toca aprender las nuevas formas de comunicarse hoy en día y prepararse para el futuro. ¿Suena mucho a ciencia ficción si nos imaginamos paseando virtualmente por Japón junto con nuestro amigo/a del alma que vive en la otra punta del mundo, mientras conversáis de vuestras cosas? Digo esto como ejemplo de que la forma en la que nos comunicamos hoy puede ser infinitamente diferente a como lo hagamos en un futuro. Algo novedoso que he observado en las generaciones jóvenes es que ahora no solo juegan juntos a los videojuegos, sino que hablan simultáneamente, ya sea de cosas del juego como de otras personales.
  • También se producen aprendizajes en el plano emocional. Pasarse un videojuego puede requerir más autodisciplina que un examen. También les pueden poner a prueba la tolerancia a la frustración y su gestión del estrés cuando el juego se pone difícil o toca volver a empezar.
  • Otras competencias multifuncionales van desde la solución de problemas complejos (un videojuego fácil no motiva mucho) a la toma de decisiones y la coordinación con otras personas. En el mundo profesional detecto graves problemas de toma de decisiones y coordinación cuando estas acciones se desarrollan en una forma asíncrona y remota. Es normal, no estamos acostumbrados. En el pasado, la comunicación solía ser en presente y cara a cara. Ahora se escribe mucho, se deja por escrito para que otro lo lea cuando pueda y se lee mucho en diagonal, porque ya estamos bastante sobresaturados de información. Por eso pedimos a las inteligencias artificiales que nos resuman los textos y extraigan lo más importante, la capacidad lectora (otra habilidad digital importante) está muy desarrollada, a costa de quizás del oído, de las habilidades propioceptivas (sentir el cuerpo), la lectura del lenguaje no verbal, etc. Pero esta capacidad lectora se puede desbordar por sobresaturación, por ello también se prefiere lo meramente visual.
  • Queramos o no, las tecnologías están continuamente ofreciendo conocimiento nuevo: los trending topics, las opiniones, consejos o enseñanzas de tal o cual persona y disponemos de la mayor biblioteca de contenidos que jamás haya existido. Cada día va a ser más difícil adquirir conocimientos por medios no digitales. Sí, podremos seguir yendo a bibliotecas físicas, pero «solo» encontraremos historias y libros de historia. El conocimiento vivo y actualizado solo puede estar en Internet.
  • ¿Se pueden promocionar valores a través de los videojuegos o las redes sociales en línea o en vídeos? Está claro que también. Tenemos valores de trabajo en equipo y esfuerzo en los videojuegos, campañas de sensibilización en vídeos y redes sociales y más. Con nuevos canales de difusión e información donde la transmisión de valores tiene mayor impacto. No dejemos que solo los anti-valores sean los que se transmitan.
  • Por último, incluiría la influencia de las nuevas tecnologías en cómo se están elaborando las nuevas formas de inclusión y socialización. El ser humano tiene una tendencia innata y adaptativa a pertenecer. Primero a la familia que nos trae al mundo y, en cuanto podemos, a la mayor red de colectivos que nos hacen sentir personas, seguros e integrados en una sociedad. Esto es más complejo de lo que se puede decir en unas pocas palabras, pero quedaros con la idea de que buscamos la pertenencia y tratamos de evitar la posibilidad de ser excluidos de los grupos con los que nos identificamos. Observo que muchos de los niños que tienen las pantallas restringidas o no tienen acceso a videojuegos, o series de streaming, es que su forma de aspirar a la inclusión es mediante la memorización de lo que les cuentan sobre ello. Pueden llegar a saber cómo se juega a Minecraft o qué es lo que pasa en la Naruto sólo de oídas. Para mi es algo esperanzador, me da a entender que la necesidad de pertenencia va a dotar a los individuos de los recursos necesarios para ser incluidos, independientemente de las decisiones más estrictas o más relajadas en los límites de uso de las pantallas.

Por tanto, sabiendo que nuestros límites a la tecnología como madres y padres es importante pero no determinante, podemos valorar dónde ponerlos sabiendo que:

  • Saber que no se trata de «pantallas sí, pantallas no», sino de los diferentes usos que tienen las pantallas. Quizás en poco tiempo al forma de evolucionar de los dispositivos es hacia recursos más auditivos y menos visuales, o más táctiles y tengamos que dejar de usar el término «pantalla».
  • Valorar los usos de cada tecnología para habilitarla y ofrecerla en la edad y momentos más adecuados.
  • Equilibrar para no perder las habilidades más físicas y corporales. Seguimos teniendo un cuerpo de carne y hueso al que hay que enseñar a moverse por el mundo. Un tiempo con y un tiempo sin es importante, mejor si es consensuado y explicado.
  • Adaptar uso y tiempos a la edad de los peques. Apoyarnos (con cierto pensamiento crítico) en los criterios de expertos en valoración de contenidos y tecnologías. Por ejemplo, el sistema de clasificación PEGI (https://pegi.info/es) que suelen valorar la adecuación de un videojuego según la edad, para los valores culturales de Europa. Pero, más importante que la valoración de la edad, la cual yo considero solo un pequeño referente (me parece más importante la madurez, aunque sea más subjetiva), están los descriptores de contenido. Porque a algunas madres y padres les puede parecer más inapropiados contenidos de discriminación y violencia que los de miedo o sexo, o al revés. Tampoco es lo mismo que los peques jueguen solos a que lo hagan con nosotros, o que tengamos la oportunidad de hablar con ellos para aportar nuestras enseñanzas de lo que es el sexo saludable, los peligros reales e imaginarios, las implicaciones de la violencia en el mundo real, el valor del respeto y cómo puede ser afectado por el lenguaje malsonante, los peligros de las drogas, las posibilidades de ser engañados o caer en una adicción a los juegos,… A veces informar es más efectivo que prohibir.

Eso es todo, espero que os haya podido aportar algunas ideas que hagan vuestra convivencia en familia y en pantallas sea un poco mejor.

43. Análisis videojuego: Fall guys

Hace unas semanas publiqué un post sobre cómo buscar usos positivos a los videojuegos (las dos caras de los videojuegos) en el cual acabé analizando uno de los más populares (Minecraft). De cara a seguir buscando cómo hacer un buen uso y no un abuso de los videojuegos o de los dispositivos digitales, quiero emplear este post para analizar otros juegos. Ya analicé también en su día el Fortnite, como representante de lo múltiples «juegos de disparos». En estos dos juegos, creo que es importante valorar el modo multijugador, pudiendo jugar varios habitantes de la casa compartiendo la pantalla. Y, si podemos jugar nosotros, mejor que mejor, será una oportunidad de practicar el modelado.

¿Qué es el modelado? Con modelado me estoy refiriendo a lo que se suele decir «predicar con el ejemplo» o que «los niños son grandes imitadores». Básicamente se trata de ofrecer un modelo de conducta para que el chaval o chavala pueda tomar como referencia y aprender lo que nadie le ha enseñado antes. Tomamos modelos como referencia para las situaciones sobre las que no tenemos experiencia, tanto en positivo como en negativo. Llamo modelos en negativo a cuando, durante nuestro desarrollo como personas, tomamos anti-modelos de referencia y realizar las conductas contrarias. Aprendemos unas formas de comportarnos u otras a partir de una gran cantidad de factores como son: las consecuencias de la conducta, la afinidad o cercanía con la persona que la realiza, por buenas o malas experiencias, el placer que causa a corto plazo, por miedo o valentía, etc. Como madres y padres, es conveniente ofrecer modelos saludables, aunque en un principio no los sigan; la madurez y el vínculo fuerte que puede proporcionar una parentalidad saludable, dará su fruto cuando terminen la aventura adolescente.

¿Qué modelos podríamos con en un video-juego? Aquí os presento unas cuantas: nuestra forma de jugar (más o menos competitiva, respetando más o menos los límites y las reglas), el lenguaje utilizado (cuando tenemos éxito o fracasamos), el tiempo destinado a jugar (cuánto de estrictos somos), cómo y con qué actitud decidimos apagar y dejar de jugar. Ayuda mucho a empatizar con ellos cuando nosotros mismos experimentamos el mismo desasosiego de tener que dejarlo cuando está más interesante o a punto de conseguir un logro o un reto difícil del juego.

¿Qué decir del Fall Guys?

Fall Guys es un juego categorizado como PEGI 3, es decir, que prácticamente puede jugar toda la familia (como hemos dicho ya varias veces, por favor, bebés y pantallas: mala idea).

Además proporciona control parental, sobre todo, para limitar la interacción con personas desconocidas. Nunca debemos menospreciar el riesgo de permitir que extraños dialoguen por voz o chat con la gente de nuestra casa. Hay ciber-delicuentes especialmente habilidosos en obtener información valiosa de nosotros a través de inocentes conversaciones en un juego. Por tanto, un juego aparentemente inocente como el Fall Guys podría volverse en nuestra contra si no aplicamos ciertos controles parentales o, al menos, concienciamos suficientemente a las cada jugador de nuestro hogar sobre qué se puede compartir y qué no.

Con todo, nunca estaremos enteramente libres de lo que los peques puedan deslizar sin malicia y sin darse cuenta, porque son un libro abierto, o pueden tener el micro abierto, del juego o de su móvil, por lo que sus amigos se enteran de absolutamente todo lo que está ocurriendo en casa. Actualmente gusta mucho jugar en directo con amigos, cada uno en su casa, compartiendo el audio para tener una vivencia más emocional. Para mi está bien, pero es importante conocer los riesgos pues, realmente, dejamos de estar en la intimidad del hogar para estar en un sitio más público (dependiendo de los jugadores con los que compartamos el chat o el audio).

Como dije, el Fall Guys permite deshabilitar la interacción via chat o sonido con otros participantes aun pudiendo jugar contra ellos, lo cual minimiza bastante el riesgo.

¿En qué consiste el juego?

Se trata básicamente en una carrera de obstáculos tipo Humor amarillo o el Wipe Out en el que los participantes son una especie de huevos o alubias con patas y brazos. Estos corren y saltan de una forma muy graciosa, lo cual lo hace muy divertido porque pueden chocar con otros o ser golpeados con objetos amenazantes durante todo el recorrido. Hay diferentes misiones, unas individuales, otras cooperativas en pareja o en equipo.

¿Qué podemos tener en cuenta para hacer un buen uso de este juego?

Pros:

  • Tiene pocos controles, por lo que es fácil para jugar toda la familia.
  • Como prácticamente cualquier videojuego, se potencia la coordinación ojo-mano, adaptada al dispositivo que estemos utilizando. Será más útil jugar en un ordenador para familiarizarse con el teclado que con una consola, pero bueno, las destrezas digitales están ahí y se van aprendiendo de forma muy subliminal.
  • Si jugamos con ellos, podemos favorecer la competición por equipos. Con ello podemos transmitir valores relacionales que nos parezcan importantes.
  • En principio es fácil ponerle límite. A partir del «toque de queda» para apagar la pantalla, se puede acordar terminar con la última carrera que no suelen durar más de unos minutos. Así, nada quedará a medias.
  • Por último, aunque seguro que me dejo muchas más cosas, recalcar que el juego a incluido una opción para diseñar circuitos. Es un modo creativo que permite diseñar tu propia carrera, colocando obstáculos y peligros y favoreciendo la coordinación espacial de los elementos. Los que anden «peleados» con al física y las matemáticas podrán ver gran valor en ellas por cómo son utilizadas para este juego (si somos capaces de hacerles ver la relación, pues ellos no la van a ver por sí solos)

Contras:

  • Para mi, la principal contra es que no se pueden jugar varios miembros de la familia simultáneamente, a no ser que se tengan varios dispositivos (no vale varios mandos). Eso dificulta un poco el poder compartir el tiempo de juego, pero se puede paliar jugando una partida cada uno. A diferencia de otros juegos, el más «torpe» estará más tiempo jugando, luego no provocará peleas «entre hermanos» uno será el mejor y el otro estará más tiempo jugando.
  • Puede ocurrir que haya gente maliciosa jugando aun sin chat. Un «rata» les llaman en la jerga de los videojuegos. Se dedican a fastidiar e impedir que la gente pase limpiamente la prueba. ¿Se divierten con eso sin saber quién hay detrás? Bueno, dar la vuelta a esta contra es hablar sobre este tipo de personas. ¿No las vemos cotidianamente en la vida? ¿No las vemos muchas veces en las competiciones deportivas donde algunos prefieren insultar o menospreciar al rival en lugar de animar a su equipo?

Eso es todo, si tenéis alguna duda acerca del juego o sobre alguna problemática psicológica o informática que pueda acarrear, no dudéis en consultarme. También si queréis proponer algún otro juego para analizar.

Y recordad, una buena forma de controlar el uso que hacen los peques de los videojuegos y las pantallas es hacerlo desde dentro, con ellos, jugando o viéndoles, para poder empatizar y, desde la mirada de adulto responsable, poder favorecer su aprendizaje saludable.

39. Filtros parentales

Hace poco comentábamos entre compañeros terapeutas cómo muchos padres y madres entrega un móvil a su hijo sin filtro, sin bloqueos. Esto es poco menos, o peor, que dejarles solos en un centro comercial con nuestra tarjeta de crédito sin topar. Habrá quien haga un uso responsable de ella y habrá quien no.

El uso del móvil tiene que ser restringido en menores por diversas razones:

  • Para impedir acceso a contenido no apropiado para su edad
  • Para controlar el tiempo dedicado a su uso
  • Para limitar la interacción con personas desconocidas
  • Para asegurar la intimidad del menor y de la familia
  • Para evitar posibles actos ilegales o criminales
  • Entre otras…

La mejor forma de asegurar un uso apropiado de los dispositivos digitales es la supervisión física y directa: mientras lo usan, yo estaré a su lado. Adicionalmente, está la controlar el tiempo en base a dar y quitar el dispositivo en los horarios de uso y no uso.

Como sabemos que esto no es siempre posible, podemos recurrir a los filtros o controles parentales. La forma de filtrar o controlar el uso de los dispositivos digitales variará según la edad del menor. Para cada etapa, una forma.

Cuando son pequeños, durante la etapa de infantil, el mejor filtro es: no vas a usar el móvil, tableta, tele… solo, estaré contigo. ¿Te cansa ver dibujos y series infantiles? ¿Desespera jugar a pintar animalitos en la tableta? Mejor, así limitamos el tiempo en una etapa que, realmente, no lo necesitan. La estimulación sensorial y la interacción social es muy importante en esta etapa para construir sus mapas mentales relacionales con el mundo que les rodea, así que no dejemos que toda su estimulación sea digital. Y luego no nos sorprendamos si la hiper-estimulación digital trae consigo intranquilidad, insomnio, irritabilidad y otros problemas de comportamiento. Si estar hiperconectados no es saludable para los adultos, menos para los más pequeños.

Llegamos a primaria. Llegará un momento en que puedan pedir una videoconsola, o ver programas o series de más mayores y controlar el mando de la televisión. Para ello el mejor filtro es de las categorizaciones por edad de los contenidos. Algunas aplicaciones y servicios de streaming (series y películas por Internet) como permiten crear cuentas por edad. Esto permite asegurar que los productos y servicios que utilicen se correspondan con la edad de los niños (a veces). Y no debería hacer falta más, en primaria no toca aun jugar en red, ni en Internet, ni tener acceso libre a todo tipo de contenidos audiovisuales.

Pero llega la última fase de primaria, cerca de entrar al instituto que ya algunos empiezan a pedir móvil. En cuanto uno lo consigue, el efecto dominó se va extendiendo por la clase. Algunos lo necesitan realmente: por padres separados que quieren estar en contacto cuando no tienen la custodia, por niños/as que se tienen que quedar solos en casa,… Otros lo quieren simple y llanamente para jugar y chatear. En esta etapa, es cuando creo que más importancia adquieren las aplicaciones de control parental. Lo suyo es aguantar lo más posible el tiempo sin móvil pero, si eso no es posible, no dar un dispositivo para uso totalmente libre, instalar control parental y darlo conjuntamente con un «contrato» de reglas de uso, donde se enumere, como poco, para qué usarlo y para qué no según las normas y valores de la familia.

Y llega el instituto… Aquí hay un problema. Si las pantallas y los dispositivos no son lo tuyo, porque evolucionan tan rápido que te pierdes con las contraseñas, las aplicaciones, los botones, que no distingues una petición de política de protección de datos de una campaña de phising…, entonces, muy probablemente tu hijo/a te dará mil vueltas en su uso. Incluso, si eres un gurú de la informática, puede que también (de tal palo tal astilla). Los menores están entrando en la adultez a través de la adolescencia, piensan casi como un adulto, pero su cerebro aun no está 100% desarrollado y muchas de las capacidades del neo-córtex están por explotar y entrenar. Así podrán tomar decisiones y realizar conductas descabelladas, peligrosas o contra los progenitores. Muy probablemente, ya no hay filtro parental que valga: cambiarán contraseñas, esconderán aplicaciones en un doble escritorio del móvil u ordenador, tendrán un «correo oficial» y uno oculto, utilizarán aplicaciones «salto» en las que detrás de una inocua calculadora pueda haber un juego o una puerta de acceso a contenidos no permitidos. Por ello, es la etapa del diálogo y el conflicto. Conflicto porque no podrán tener todo lo que quisieran, y está en el deber y responsabilidad de los progenitores establecer unos límites, directamente proporcionales a su edad, responsabilidad y madurez. Y diálogo porque, como pueden intentar saltarse toda norma que haya, el diálogo servirá para adelantar peligros, informar de nuestros miedos, informar de lo que es un buen uso de Internet y los dispositivos electrónicos, fomentar valores y actividades alternativas como el aire libre, los deportes, la socialización cara a cara, el aburrimiento o sostener el no hacer nada.

Bueno, lo dejo aquí con otra reflexión: ¿Y qué filtros nos vamos a poner los adultos?

37. Porno digital

Me resistía un poco a escribir sobre esto, quizás presionado por prejuicios y porque corro el riesgo de quedar estigmatizado en uno u otro sentido. Me animo, sin embargo, bajo la motivación de ser lo más realista posible, ciñiendome a la observación y a la reflexión. Y es que el tema es susceptible de herir sensibilidades, cada uno/a con su historia. El hecho sobre el que quiero reflexionar es que el porno digital es fácilmente accesible por los menores.

A veces me preguntan, ¿cómo hacer para evitarlo? ¿cuáles son los controles parentales más eficaces? Y, siento defraudar, creo que no hay forma de evitar su acceso si el niño o la niña quiere. Ya el mero hecho de necesitar una respuesta evidencia que muy probablemente el menor tenga más ideas y habilidades digitales que sus padres que aún buscan la protección eficaz. Por eso, no me gusta mucho la palabra control parental, es una utopía tratar de controlar nada en la vida. La alternativa al control son la educación y los límites amorosos y responsables.

Dicho esto me gustaría echar un cable a nuestros peques, a su capacidad de crítica y su sentido ético. En cierta ocasión me preguntaron si la existencia de juegos violentos era motivo de riesgo de crear personas o sociedades violentas en un futuro. Mi respuesta fue que no, ejemplificando con mi caso personal. La persona que os escribe es muy pacífica, a veces demasiado, y en mi infancia no faltó jugar a los soldaditos y videojuegos de matar o pegar. Esto no quiere decir que un vídeo juego o un vídeo porno, a una persona con determinadas características neurológicas, de personalidad o contextuales, les puedan «dar ideas» que por sí mismo no se les haya ocurrido. También que, por la propia inmadurez o falta de ética puedan «hacerles gracia» abominaciones como violaciones grupales, sexo no consentido, vejaciones , etc.

Y es que es un tema todavía muy tabú, reconozco que me cuesta escribir desde la imparcialidad y el no juicio. Siendo autocrítico, me pregunto si la excesiva curiosidad de los niños sobre estos temas no radica en estos tabúes. No nos gusta que vean una forma ficticia, irreal, machista y patriarcal de concebir las relaciones sexuales y, a la vez, impedimos o limitamos las películas con escenas subidas de tono que muestren una sexualidad más sana, más respetuosa, menos cosificada. Entiendo que esto no tiene por qué ocurrir en todos los hogares, habrá hogares en la que la relación sexual de los padres sea hasta peor que lo que se vea en el porno y los habrá donde se viva la sexualidad sin tabúes ni medias tintas. Cada familia debe saber qué y cómo está viviendo este tema.

Me gustaría salirme un poco de la reflexión y aportar algún sentido psicológico al tema. Se me ocurren dos caminos principalmente. En este caso, y como ocurre con la violencia, estaría por discutir qué fue antes, el huevo o la gallina. ¿Existen estos contenidos porque hay una audiencia que los reclama o se genera esta necesidad en la audiencia a base de buscar contenidos más «estimulantes»? ¿Qué hay detrás de este tipo de consumo audiovisual? Tanto la pornografia como los contenidos violentos llevan con nosotros muchos años, luego es fácil pensar que su transformación digital no es más, ni menos, que la evolución de algo que ya se daba, aunque quizás antes era en menos medida o con más difícil acceso.

La segunda es: en este tema, como en cualquier otro, podemos considerar lo que está afectando a nivel social y lo que a cada uno le toca. La sociedad no la podemos cambiar de la noche a la mañana, está fuera de nuestro círculo de control. A lo sumo podemos influir mediante la transmisión de valores más humanos, más respetuosos. Cada persona con los suyos y con los que tiene más cerca. Confiemos en que la sociedad mantenga o promueva la sabiduría de que la colaboración, el intercambio y la convivencia mejora a la agresion y la dominación (nótese que esto vale para el amor y para la guerra).

Y a nivel personal. ¿En qué me tocó? ¿En qué me toca? ¿Me toca una historia de agresión, de opresión, de represión, de carencia, …? Sanar esta herida del pasado nos puede ayudar a dar un giro al sistema. El cambio solo puede suceder por uno/a mismo/a. Si no podemos solos/as, busquemos ayuda en grandísimos profesionales que tenemos a nuestro servicio. Lo mismo si alguno de los nuestros hace un uso abusivo de estos productos, más allá de la normal curiosidad humana hacia lo desconocido o prohibido, pedid ayuda que no estamos solos. Cuanto antes mejor.

Y, siendo más concretos con el tema en cuestión, nuevamente lo digo: un teléfono móvil, ordenador o tableta conectados a internet es una puerta abierta a la sociedad adulta, con todo lo que tiene de bueno y malo. Cada progenitor deberá valorar, por tanto, cómo y cuándo va a conceder dicha libertad o entrada al mundo de los adultos a sus hijos. Esa entrada, en mi opinión, debe ser progresiva y con mucho diálogo. Ellos deben conocer nuestros juicios de valor y de opinión, somos su referencia, aunque no la verdad absoluta. También deben conocer los peligros y los límites legales, hasta los 18 años siguen siendo nuestra responsabilidad. Si nuestra relación con ellos es sana y natural, lo que transmitimos será rescatado en su debido momento.

Eso es todo. Espero haber tratado el tema con el cuidado que se merece. He insistido mucho en el respeto porque para mí es un valor fundamental. Y creo mucho en nuestro poder para cambiar y evolucionar. Disfrutad de un aquí y ahora placentero y/o amoroso. Que la sexualidad respetuosa, consentida y de mutua satisfacción prolifere y haga de este mundo un lugar mejor.

34. La guerra de las pantallas

Hace no mucho tiempo
En una galaxia muy muy cercana
Las familias galácticas están en un continuo conflicto por el tiempo de pantalla, la hora de apagado e irse a la cama y el uso que se les da a las mismas...

Muchas claman con urgencia que la orden Jedi traiga algo de luz al asunto antes de que sea demasiado tarde...

Realmente, no creo que necesitemos de la sabiduría ancestral Jedi pero sí podemos aprovechar a reflexionar a partir de la sabiduría que nos aporta la psicología, la Gestalt y otros saberes milenarios que hemos ido heredando.

La razón de escribir este texto es la observación de que en muchas familias a mi alrededor están permanentemente en este conflicto, la mía también.

Centrándome en la realidad más cercana en la que vivo (España, unos años ya de la guerra y la posguerra), creo que aquí las generaciones que ahora estamos criando hemos sido educadas contra la guerra y contra el conflicto, y con razón. Considero mi región mayoritariamente pacifista y reacia al conflicto, fuertemente posicionada hacia la Paz en cualquier conflicto internacional como para saltar con el NO a la guerra ante cualquier atisbo de violencia. Y, personalmente, me siento orgulloso de ello.

Y, a la vez, esto deriva en una dificultad para resolver los conflictos que nos surgen, sobre todo los relacionados con nuestros seres más queridos. El tema es que, para la Gestalt, por ejemplo, la vida es polar y un concepto no existe sin su contrario. En nuestro caso, la paz no existe sin la guerra, las buenas relaciones no existen sin los conflictos. No siempre se puede estar en un polo, hay que transitar por el otro cuando toca.

Si eres de las que te ha tocado el conflicto con las pantallas, ¿qué hacer?

Para la Gestalt la clave es integrar, aprovechar la parte positiva y adaptativa de cada polaridad. En mi opinion, la parte positiva en la guerra por las pantallas sería algo así como aprovechar el conflicto para nuestro propio bien y el de nuestra familia.

Una forma de ver un conflicto es como una discrepancia entre dos puntos de vista que solo puede resolverse mediante la negociación o la imposición del más fuerte. Imponer nos resulta  algo desagradable a las familias democráticas de hoy en día y negociar no es fácil porque podemos perder o porque el acuerdo nunca va a cubrir al 100% mi posición.

No es mi intención aquí hablar mucho sobre negociación o imposición, o de las líneas rojas y los límites. Esto da para unos cuantos posts.

Querría dar un poco de esperanza y apoyo para sobrellevar este tipo de conflictos. Me gustaría transmitir la idea de que estos conflictos los podemos usar a nuestro favor y el de nuestras familias.

¿Cómo?

Pues poniendo atención a pequeñas oportunidades relacionales que aparecen durante los mismos:

  • El contacto. Si alguno de tus hijos pasa ya por la etapa adolescente, probablemente verás que el contacto se reduce y los conflictos son más frecuentes. Aunque no sea lo que nos gustaría, resolver un conflicto es un punto de contacto y de relación que contribuye a la maduración de nuestro peque.
  • Los valores. Ya he expresado que hay una lucha de puntos de vista. Durante esta batalla, que no tiene por qué ser agresiva y violenta, se exponen los valores personales, familiares y sociales. Consciente o inconscientemente se ponen sobre la mesa y se ponderan. Se acabará imponiendo el valor que sea más importante para todos, a saber: la familia, el respeto, la independencia, el amor, el disfrute, las amistades, el equilibrio, la salud, la convivencia, la paz,…
  • El conflicto. Aprender a solventar conflictos de una forma adaptativa y no violenta se aprende pasando por ellos. De un conflicto a otro evolucionaremos si hay intención de progresar y aprender. Ya comenté que no estamos muy preparados para el conflicto, quizás porque no pasamos suficientemente bien por ellos cuando éramos pequeños.
  • El amor. Para mí, todo conflicto es positivo y constructivo bajo la premisa de sentir que «el amor y la pertenencia no están en juego». Es decir, pase lo que pase y se resuelva como se resuelva, el conflicto, nos seguiremos queriendo y se sigue perteneciendo al sistema, la familia, o lo que corresponda.

Y corto aquí que ya me he extendido mucho, aunque podemos continuar en los comentarios. Si el conflicto se os va de las manos, no tardéis en buscar ayuda profesional. Estamos rodeados de sabiduría psicológica y relacional que nos pueden facilitar la transición por estos conflictos.

Que la felicidad os acompañe, aquí y ahora.

28. Ángeles o demonios

Después de un tiempo sin «postear» y tras darme un tiempo para investigar, investigarme y aprender un poco más, reabro este foro con una pregunta que puede invitarnos a reflexionar y a cambiar la mirada: las pantallas, ¿son ángeles o demonios?. Esta es una pregunta que suelo formular de forma espontánea en los talleres para madres y padres que hago sobre hijos y pantallas. Lanzo esta pregunta para sondear un poco la predisposición y la relación que tienen los participantes con los dispositivos electrónicos.

Mi hipótesis inicial era que las madres y los padres que dan el paso a participar en estos talleres lo hacen porque son conscientes de los peligros y desafíos que acarrean y quieren encontrar formas de limitarlos. Es decir, esperaba una mayoría que consideraban «demonios» a las pantallas y otros tipos de dispositivos tecnológicos. Sin embargo, lo que suele primar es el «a veces» o el «y». A veces son ángeles y a veces demonios. Son buenas para muchas cosas pero nos están dando muchos problemas y quebraderos de cabeza en cuanto a la crianza se refiere.

Los adultos estamos entre la espada y la pared ante un nuevo desafío educativo. Por un lado, el mundo cada vez es más tecnológico, más digitalizado y más virtual. Se nos facilita la vida y se nos complica a la vez en tanto, cada vez, más y más gestiones han de hacerse a través de dispositivos y no cara a cara: gestiones con la administración, con los bancos, relaciones personales, aulas virtuales, citas médicas y, así, un largo etcétera. Se nos dice que los niños tienen que tener competencias digitales, se introducen las pizarras digitales en las aulas, se crean colegios e institutos tecnológicos sin libros en papel, se incorporan los contenidos digitales en los currículums educativos… Y, al mismo tiempo, profesionales de la salud física y mental alertan de sus peligros. Estudios recientes alertan de las dificultades de aprendizaje en niños empantallados, de la afectaciones neurológicas de menores adictos ya a las pantallas, de la sobreestimulación, del deterioro en la socialización cara a cara, del incremento de la depresión y suicidio en jóvenes,… Muchas amenazas y pocas soluciones. Mucho estudio sesgado (en tanto solo valoran la parte fisiológica y no la social y relacional) y pocas soluciones y aportaciones prácticas.

Esta doble vara de medir o conflicto, como queramos llamarlo, acarrea un efecto secundario terrible para padres y madres: la culpa por no hacerlo bien. Aparece la presión social en uno u otro sentido y, se haga lo que se haga, parece no ser nunca suficiente. Es fácil que los expertos, en cualquier materia, tiendan a adoptar el rol de consejeros creando, indirectamente un ideal muy elevado de lo que debería ser una madre o un padre responsable. Los progenitores, cuando ven que no llegan a las exigencias que se proponen en miles de libros, videos y tutoriales sobre crianza, acaban frecuentemente culpabilizándose por no saber hacerlo mejor.

Sirva este post para ofrecer un primer apoyo a estas madres y padres que me estáis leyendo. Sólo por este gesto de leer y preocuparte estás demostrando un interés y una predisposición digna de alabar y de reconocer. La mera intención de querer lo mejor para vuestros hijos es más que suficiente. El resto es un problema social al cual podremos contribuir a solucionar en su justa medida, con nuestros propios recursos y en comunidad.

Llegados a este punto me planteo cómo podemos empezar a crear una nueva forma de ser y estar en un mundo computarizado y digitalizado. No hay marcha atrás, o se es con pantallas o no se es. Y mi primera apuesta que comparto con vosotros es cambiar el vocabulario. Pasar de la abstracción a la concreción. Y me explico: cuando hablamos de pantallas, de las TIC o de los dispositivos electrónicos estamos siendo tan generales como hablar de comida. No nos plantearemos nunca si debemos comer o no comida, sino si una comida o alimento nos hace bien o mal. Pues igual con los usos de la tecnología. Podemos sustituir el lenguaje y dejar de hablar de tecnología sí o no, y empezar a valorar individualmente cada uso de la tecnología. Porque una persona puede ser adicta a las redes sociales, otra a los videojuegos, otra a las series,… y estaremos hablando de problemáticas diferentes con diferentes implicaciones.

Si discriminamos los usos problemáticos de las pantallas y dispositivos electrónicos, podremos atajarlos uno a uno de forma personalizada. Y para conseguir hacer esto tenemos un «escollo» muy grande: el smartphone o teléfono móvil inteligente. ¿Por qué? Porque es multifuncional y portátil. Sirve para todo y lo llevamos siempre con nosotros. Cuantas más funciones se puedan hacer con un objeto o dispositivo, más dependientes nos volveremos de él. Y no podremos desconectar, por ejemplo, de las redes sociales, si vamos cargando con un móvil, porque lo necesitamos para hacer llamadas de emergencia, lo usamos como navegador o para pagar.

En este punto, os invito a una pausa. A una reflexión sobre usos y abusos. No en general sino en particular. Detectar cuáles de los diferentes usos de la tecnología nos generan dependencia y valorar si pudiéramos encontrar usos alternativos no digitales. No a todo, a algo; a lo que nos genere más desadaptación al ambiente. Y empezaría primero por nosotros, los adultos. Cuando tengamos el problema resuelto, podremos empezar a mirar a los peques que, probablemente, no necesiten mucha más instrucción porque ya habrán visto como hacerlo.

Como siempre, ofrezco este espacio de comentarios para compartir, valorar y construir en comunidad. Disfruta el momento y hasta el próximo post.

29. Tiempos de pantalla

Una de las preguntas que más me suelen hacer tanto en talleres sobre pantallas como fuera es la siguiente: «sí, pero, ¿cuánto sería el tiempo máximo que deberían dedicar a las pantallas?».

Cuando la escucho siempre me viene la frase atribuida a Sócrates que nos da a entender que nunca podemos saber nada con absoluta certeza, no sabiendo mucho de algo. Y es que se trata de una pregunta inconscientemente tramposa en tanto no hay una respuesta correcta para todas las situaciones. La respuesta más válida que se me ocurre es un «depende». ¿De qué depende? Depende de muchos factores o colores del que formula la pregunta: la edad de los niños, las circunstancias familiares, su entorno social, lo adaptativo o desadaptativo de sus conductas hacia las pantallas y mil factores más. Reflexionando sobre el tema y trayendo a la palestra un poco de teoría Gestalt, diría que depende, sobre todo, del «para qué». Preguntarse «para qué» ayuda a destapar la necesidad subyacente. A diferencia de un «¿por qué?» que nos remite a un pasado que ya no existe. Hay un «para qué» que habla de necesidades: para qué quiere el niño o la niña usar las pantallas, y «para qué» queremos nosotros que las usen o no las usen.

Mientras sean pequeños o dependan de nosotros (que cada quien ponga la edad apropiada), me interesa el «para qué» nuestro. Una vez traspasada la frontera de nuestro control y responsabilidad, la pregunta puede ser para qué las necesitan ellos.

¿Para qué quiero que hagan pantallas?

Lo moralmente más fácil de aceptar sería dar este tipo de argumentos: para que aprendan, para que socialicen con sus amigos, para estar al día, para que se diviertan, … Pero también pueden haber motivaciones ocultas que nos cueste más reconocer por hacernos sentir vergüenza o un poco culpables, porque son más nuestra necesidad que las suyas: que estén localizados, como premio a buen comportamiento, para no escuchar más sus lamentos, para que nos dejen un rato tranquilos o descansar, para que no molesten, para tener un rato de silencio,… (Añade tú las tuyas propias, con sinceridad y sin culpa)

¿Para qué limitar las pantallas?

Igualmente podemos justificarnos con afirmaciones muy propias de padres ideales y responsables: para que cuiden su salud visual, para que no se «atonten», para que no se vuelvan adictos, para que no sufran en un futuro, para que no pierdan habilidades sociales cara a cara, para que sus cuerpos no se atrofien por falta de movimiento, para que dediquen más tiempo a estudiar, que sean más libres… Son razones muy lógicas y muy valiosas junto con otras motivaciones algo más «egoístas» (también sin culpa): que pasen más tiempo con nosotros, que hagan más cosas en casa, que se diviertan como nosotros hacíamos, que sean más como nosotros, para que sepan que la vida no todo es juego, para aferrarnos al mundo como era antes…

Y si tú hija o hijo ya tiene un nivel madurativo suficiente como para poder dialogar o reflexionar juntos, podríamos aprovechar para preguntarles directamente a ellos: ¿para qué necesitas ahora las pantallas? ¿para qué pasas tanto tiempo con las pantallas?

Mi propuesta para manejarnos mejor en esta problemática de encontrar el tiempo saludable y adecuado de pantallas es poner, sinceramente y responsablemente, todas estas respuestas (suyas y nuestras) en una balanza o en una ecuación para encontrar la medida del tiempo. En esa ecuación, incorporemos todos los elementos que mencionaba en un principio: edad, hermanos, amigos, problemas, soluciones, contextos,… Ponderar cada elemento según la importancia que tenga para la familia. Y, con todo bien agitado, generar vuestra propia fórmula química que veáis factible aplicar. Muy probablemente, el primer resultado no sea el esperado y tocará reajustar, es normal. Así también se aprende, con ensayo-error.

Como para esta sugerencia que aquí os presento no hay un estudio que lo refrende y que, por mucho que sepamos, no sabemos nada, no toca más que intentar y esperar. Al menos habrá dos posibles efectos principalmente: que funcione y podamos sentirnos en paz; o que no funcione, en cuyo caso, yo sigo dando una lectura positiva: habremos puesto sobre la mesa una actitud de cuidado hacia ellos, mandaremos un mensaje de que nos importan y que deseamos lo mejor para ellos. Aunque estos gestos pueden parecer que caen en saco roto, muy probablemente no lo harán. Quedarán guardados en un pequeño rinconcito que el futuro adulto sabio sabrá aplicar cuando sea necesario.

Me gustaría saber de vuestros intentos, de lo que funciona y de lo que no. Saberlo y compartirlo nos dará experiencia y recursos para crecer en comunidad. Feliz aquí y ahora

26. Modo on vs modo avión

Tecnología ángel y demonio

Uno de los grandes desafíos relacionados con la tecnología en general y con los móviles inteligentes en particular es separar el grano de la paja reconociendo los numerosos usos y aplicaciones que nos brindan, todos accesibles desde un mismo dispositivo. Incluso, los más frikis de la tecnología, ya tendrán a estas alturas su casa «domotizada» y controlada totalmente a través de su móvil o de cualquier asistente virtual (Google, Siri, Alexa,…)

¿Qué quiero decir con separar? Mi propuesta es hacer un ejercicio de analizar las diferentes funciones y necesidades que nos aporta un teléfono móvil, por ejemplo: teléfono, calculadora, agenda, consola de juegos, monedero, asesor/a, cámara de fotos/video, bloc de notas, libro, televisión, canguro, … Todo a mano y accesible en cada momento.

Si damos importancia a todo lo que nos aporta, si ponemos conciencia de la verdadera magnitud del conjunto de necesidades cubiertas por este pequeño «aparatejo» que ahora mismo tenemos en nuestras manos, veremos que dejarlo de lado no es tan sencillo. ¿Cómo me atrevo siquiera pensar en dejar de lado un objeto que tanto me facilita la vida? ¿Y que, además, es «ecológico» porque nos ahorra papel, desplazamientos y gastos superfluos? (Sé que esto es discutible, pero quedaros con la idea)

El tema es que, detrás de tantas bondades hay una realidad simultánea y en cierta forma contradictoria que hace que nuestra relación con la tecnología no pueda ser tan idílica. Expongo aquí alguna de ellas:

– A pesar de la tecnología y los dispositivos móviles, tenemos «menos tiempo libre». Ya podemos tener lavadoras, lavavajillas, robots de cocina, vehículos motorizados, asistentes virtuales, compras online,… que apenas nos da tiempo a hacer todo lo que queremos o pensamos que hay que hacer (ojo: a lo mejor esto no aplica a todo el mundo, soy consciente de estar generalizando un poco, pero esto aplica sobre todo a los que se sientan más identificados con lo que voy diciendo)

– En general hay más cansancio y estrés. La estimulación cerebral es constante. Hasta en nuestro tiempo de descanso, creemos que el móvil o nuestro rato de series/película nos proveerá del merecido descanso y, resulta, que seguimos sobreestimulando nuestras neuronas. No hay descanso mental.

– Perdemos creatividad para hacer cosas sin tecnología de por medio… Recurrimos a YouTube o similares hasta para cocinar o saber cómo regar las plantas.

– Se favorece lo lejano en detrimento de lo próximo/cercano (de esto hablaré largo y tendido en otra ocasión, pues me parece importante)

– Se generan dependencias que provocan sintomatología ansiógena y alteraciones emocionales cuando no se tiene acceso al dispositivo o a Internet. ¿Os imagináis una caída generalizada de Internet durante unos cuantos días?

– La atención se divide y se dispersa. Estar «aquí» y «allí» (en Internet) divide la atención y eso favorece cometer errores o pequeños lapsus de acción como echar sal en lugar de azúcar, ir a una habitación sin sentido, quedarte como embobado/a cuando te hablan … O incluso tener accidentes domésticos o mientras caminamos.

– Si eres una persona que ofreces disponibilidad total a todo el mundo, ya sea por trabajo o por voluntariado social, la conectividad total te puede dejar sin aliento. No hay límites para la ayuda.

– Pasamos mucho tiempo con el cuello mirando hacia abajo. Ello puede, por un lado, contracturarnos y provocar cefaleas y mareos. Por otro, se favorecen los pensamientos negativos (por eso de mirar hacia abajo, estar cabizbajo,…)

– Y lo dejo aquí, para no descompensar mucho la balanza 😄

Algunas de estas consecuencias del uso del móvil las he extraído de este artículo del COP de Madrid motivando al uso del modo avión. El resto son experiencias personales que pueden no ser las tuyas, pero que seguro que puedes observarlas en los demás.

¿Qué quiero resaltar en esta pequeña reflexión? Pues que si nos quedamos con una sola de las dos partes de la balanza estaremos perdiendo información valiosa para elegir adecuadamente la forma en que queramos relacionarnos con la tecnología. Por ejemplo, si somos muy anti-tecnología y solo vemos los prejuicios de la misma, podemos tener dificultades de adaptación social porque el mundo no se va a detener porque nosotros no queramos usar el móvil, por ejemplo. Y si no vemos todo lo que nos aporta, quizás cuando nos comprometamos a reducir su uso, nos será imposible por no saber lo que implica tal afirmación. Por otro lado, si obviamos las implicaciones negativas, seremos absorbidos por la tecnología y solo seremos conscientes de las consecuencias cuando nuestro cuerpo físico nos pare por alguna enfermedad o por algún contratiempo.

Y yo llevo este verano reflexionando sobre esta balanza, sobre todo viendo a mi hijo mayor que empieza a librar está dura batalla (más conmigo que con el móvil) de encontrar el equilibrio. Hemos probado y seguimos probando muchas fórmulas. Algunas sugerentes y todas con agujeros por resolver: horarios, límites de tiempo, normas de uso, días sin tecnología,… Creo que no hay una solución y un camino único sino el permitirse pararse a reflexionar juntos sobre cómo nos afecta a adultos y pequeños y sobre como queremos relacionarnos con la tecnología en un futuro inmediato.

Últimamente ando pensando en fórmulas como, por ejemplo, sustituir cada día un uso tecnológico por un uso físico o a la antigua usanza, para brindarnos ratos de desconexión consciente como podría ser: llamar o quedar con un amigo/a en lugar de mensajear, contar cuentos o historias de la familia en lugar de ver una película o serie, jugar a juegos de mesa en lugar de digitales, lavar algo a mano, cocinar a fuego lento, jugar al Fortnite físico en la montaña, leer un libro en papel, ir a comprar andando, preguntar a alguien sobre cómo se hace algo, y lo que se nos pueda ocurrir. Según escribía está lista de ideas me iba dando cuenta cómo muchas de ellas nos parecerán obvias y absurdas cuanto mayores seamos… Seguro que los más jóvenes no piensan lo mismo: ¿es que existen los cuentos para adultos? ¿se pueden lavar los platos sin lavavajillas? ¿el abuelo o la abuela saben cosas que no sabe ni Google?

No se trata tanto de abandonar la tecnología sino evitar dejar de hacer cosas físicamente, de forma que podamos desconectar, equilibrar y poder ser capaz de sobrevivir a una caída de Internet 😉

Si queréis aportar ideas de transformación digital a analógico/físico, podéis dejarlas en los comentarios… Feliz reflexión.

22. Poniendo límites con pantallas

Dos de las funciones parentales más importantes son la disciplina y el poner límites. Por cuestiones históricas, sociales y familiares que no toca traer aquí y ahora, muchas madres y padres sienten cierta culpa o miedo a ser muy estrictos por riesgo a no ser queridos o parecer muy dictatoriales.

Sin embargo, cierto grado de poder es necesario para establecer cual debe ser la disciplina en el hogar y para poder poner límites protectores a los menores que aún no han adquirido la responsabilidad suficiente para ser conscientes de las implicaciones de sus actos. Los límites son importantes porque satisfacen la necesidad de protección. Por mi experiencia, la puesta de límites genera mucha rebeldía pero, a la vez, los hijos se sienten seguros y amados por su existencia y se suelen tranquilizar. Es su tarea, en su proceso de madurar, ir poniendo a prueba estos límites, por lo que éstos deben ser sólidos y bien fundamentados.

En mi familia la forma de dar solidez a los límites es mediante los valores familiares. Las normas las establecemos en base a esos valores. «Como os queremos y os queremos educar en estos valores, os ponemos estas normas».

El desafío está en contener las embestidas a las normas. Y aquí, lo más fácil y cómodo es recurrir a la restricción de las pantallas. Es lo que los teóricos del tema llaman «castigo negativo«. Castigo porque se percibe como «fastidioso» para el que lo recibe y negativo, porque la forma de «fastidiar» es eliminando un elemento apetitoso (en este caso las pantallas) del contexto/ambiente. También es fácil conseguir un buen cumplimiento de las normas mediante el refuerzo positivo con pantallas: si recoges la habitación, te dejo hacer pantallas o te pongo un rato los dibujos para que dejes de «molestar» o detengas la rabieta.

La disciplina positiva es una metodología teórico/práctica que fomenta que la puesta de límites sea a partir de unas normas claras cuya trascendencia deben entender los hijos tratando de sustituir el castigo por un diálogo y la intención de que el niño o la niña sea el que ponga solución a su incumplimiento.

También la CNV (comunicación no violenta) ofrece recursos para poner límites con más amor: fomentando ente diálogo desde la expresión de necesidades de grandes y pequeños.

Perdonadme si no me extiendo más sobre esto, pero hay que poner límites al post también 😌. Lo que sí quiero decir es que, no siempre se tiene la energía, el conocimiento y la situación adecuada para aplicar la forma más saludable de disciplinar y poner límites.

Por mi experiencia, el cansancio, fruto de una vida estresante de quehaceres y responsabilidades hace que muchas veces, lo más fácil y lo que requiere de menos energía es la privación o el chantaje con las pantallas. Por eso, considero que no saludable mentalmente que censurarse y fustigarse por hacerlo, las raíces de este problema son más de tipo social y estructural, fruto de una mala conciliación de la vida laboral y familiar. Baste poner conciencia y hacer lo que se pueda sin olvidar que el límite es importante.

Y no quería terminar este post sin una reflexión. No he leído ni escuchado en ningún sitio el valor de la autodisciplina como modelo de disciplina. Sí he escuchado sobre la importancia de «predicar con el ejemplo, que es el mejor argumento», por la capacidad de imitar que tienen los niños. Los hijos probablemente adquirirán nuestras conductas, o las contrarias, sobre todo en los temas que les parezcan más relevantes.

Entonces, ¿cómo sería auto aplicarnos los castigos (o consecuencias) de un no cumplimiento de las normas? Si les privamos de pantallas, ¿podríamos privarnos nosotros durante ese mismo tiempo? Si les limitamos su tiempo de uso, ¿podría hacer yo lo mismo con este aparato «infernalmente útil» que es el móvil, que tanto me sirve para trabajar, para tener contacto con la gente, para aprender, para enseñar, para hacer fotos y consultar recuerdos,… ?

Me gustaría saber qué piensas tú… ¿Me lo cuentas?

9. Apps de control parental

En aquel post que escribí sobre hackers vine a decir que los dispositivos de acceso a Internet son como puertas a nuestra casa, puertas por las que se puede salir (virtualmente) y por la que nos pueden entrar. No me extrañaría que hubiese gente que tenga seguridad privada, alarmas en su vivienda, perros guardianes y/o cierre sus puertas y ventanas cada noche a cal y canto, y luego tienen a un peque en casa «protegiendo» la entrada virtual a la familia a través de un móvil o una tablet. ¿Qué podemos hacer? La verdad es que el mejor control sobre lo que hacen los niños es salir con ellos a la nube, al igual que hacemos cuando salimos de casa y acompañarlos como cuando estamos/estábamos en el parque con ellos viendo cómo juegan. Si esto ya es inviable en nuestra familia (han crecido, tenemos poco tiempo, estamos cansados, etc.) podemos hacer dos cosas: confiar o controlar. 

En mi opinión, creo que la confianza es el ideal, el objetivo. Sin embargo, hay que ganársela y eso puede conllevar un tiempo. Mientras no se tengan, podemos recurrir a alguna de las múltiples fórmulas que se están implementando bajo la denominación de «control parental». Yo no me voy a poner a analizar una por una a ver cuál es la mejor, pero os puedo comentar un poco por encima las que he probado y, si alguien quiere más información sobre éstas u otras, que pregunte, sin problema. 
Podríamos hacer una tentativa de clasificación entre funciones de limitación de tiempo, bloqueadoras de aplicaciones, bloqueadoras de contenidos y supervisoras. La mayoría de las herramientas cubren varias de estas funciones. Voy a enumerar algunas (básicamente las que he podido probar, ninguna me patrocina, jeje)

Google Family Link (https://families.google.com/intl/es-419/familylink/) Herramienta de Google para gestionar a distancia el dispositivo de nuestra hija o hijo. Permite ver su actividad, controlar las aplicaciones instaladas, limitar los contenidos a los que puede acceder (en base a clasificaciones de contenido según edad), limitar el tiempo de uso e incluso saber dónde está físicamente. Es bastante completita y gratuita. Por poner alguna pega, casi que te obliga a que tu hijo o hija tenga un dispositivo propio, con su propia cuenta-Google. Para mí, disponer de una cuenta-google propia es ser adulto en el mundo de Internet. Podrás controlar todo lo que quieras esta cuenta, pero tu hijo ya estará siendo analizado y observado por el Ojo de Gran Hermano en que se está convirtiendo Internet y, en cualquier momento, sabrá cómo hacer para crearse su propia cuenta no monitorizada. ¿Y por qué tiene que haber un solo usuario en el dispositivo? ¿Dónde esta la posibilidad de compartir entre hermanos?

Bloqueo de aplicaciones de Android (como yo no tengo iPhone, los de la manzana tenéis que buscar si existe algo similar). Dependiendo de la versión que tengáis instalada os aparecerá en un sitio o en otro. Pero seguro bajo la ruedecita de configuración. La idea es bloquear las aplicaciones con una contraseña. Las dos aplicaciones que, al menos hay que bloquear son la propia de configuración y la de las tiendas de descarga de aplicaciones. Yo personalmente, bloquearía todas las aplicaciones excepto las que quieras que usen. Con esto tendríamos bastante seguridad de que solo juegan a lo que les permitimos, pero no hay control de tiempo de uso ni control de contenidos dentro de Youtube, Navegadores, etc.
Qustodio (https://www.qustodio.com/es/) Esta aplicación de control es bastante completa pues se pueden ejecutar todas las funciones anteriormente descritas. Al igual que Family Link, requiere que cada niño/a tenga su dispositivo propio. Tiene una versión libre (un usuario y funciones limitadas) y otra de pago. Al menos no requiere que el menor tenga una cuenta-google o similar. Se puede solicitar contraseña para ejecutar aplicaciones y te puede mandar avisos sobre uso, tiempo, etc. además de poder mirar cuánto tiempo se ha estado en una determinada aplicación.


Y hay dos que me han gustado especialmente: antisocial (http://antisocial.io/home) y Forest (https://www.forestapp.cc/). Me han gustado especialmente porque nos lo podemos aplicar a nosotros mismos. Me explico: hemos llegado hasta aquí súper preocupados (es un suponer) del tiempo y uso que hacen de las pantallas nuestros hijos e hijas. No sé si alguien se ha propuesto controlarse a sí mismo sobre el uso que hace de ellas. Pues a eso nos ayudan, entre otras, estas dos aplicaciones. La primera lleva la cuenta del tiempo que usamos el móvil, las aplicaciones que más usamos e incluso nos hace una comparativa del uso que le dan otros usuarios de la aplicación. También podemos bloquearnos ciertas aplicaciones o limitar nuestro tiempo. Con la segunda (Forest) podemos comprometernos a nosotros mismos a estar un tiempo determinado sin usar el móvil. Si lo conseguimos, podremos plantar un arbolito en un bosque virtual (o real). Si no lo conseguimos, el arbolito o arbusto morirá… (virtualmente)


Me parece responsable empezar por uno mismo. ¿Cómo podemos saber lo que sienten/piensan nuestra descendencia ante la limitación de uso de las pantallas si nosotros no hacemos lo mismo? Probadlo y sentid el efecto de la desconexión en el cuerpo y en la mente. Cada persona/familia es un mundo, así que solo probando podéis ver qué pasa. Habrá quien sienta confort, relax y alivio, y habrá quien no pare de morderse las uñas.Controlar y restringirse uno mismo puede ayudar a dar un mensaje de que «lo que quiero para vosotros, lo aplico para mí», o, al menos, lo intento. ¿Quién se anima? Podéis contar vuestras experiencias.