47. Clickbait, la muerte de los titulares

Después de un tiempo sin escribir, debido a la la aparición de otros proyectos y necesidades que han sido más prioritarios en mi vida, vuelvo con este post, espoleado por el enfado que me provocan los clickbaits.

Una de las potencialidades que yo valoro de estas emociones tan denostadas socialmente como son la familia del enfado y la rabia es su capacidad de darnos energía y fuerza para hacer tareas que, de otra manera, no nos veríamos capaces de hacer.

Impulsado por esta fuerza me animo a escribir este post donde pretendo denunciar una práctica humillante a la vez que intentaremos sacar, como siempre, alguna reflexión o aprendizaje constructivo.

Humillante porque ya el propio nombre de la técnica te compara con el pez iluso e inocente que por el noble deseo de comer es pescado. Clickbait vendría a traducirse como «hacerte morder el anzuelo de hacer clic en un enlace que no habrías clicado si hubieras sabido lo que hay detrás».

En otras palabras, engañarte para hacerte creer que vas a leer, ver o escuchar algo interesante para luego llegar a la conclusión de que lo único que has conseguido es perder el tiempo de la manera más insulsa. Y esto se une a la tendencia de llevar el contenido valioso al mismo final, teniendo que atravesar toda la paja para llegar al supuesto filón.

Como siempre, me parece interesante indagar en el para qué. Para bien o para mal, la proliferación de productos y servicios gratuitos obligan a las empresas a financiarse indirectamente. La publicidad se inserta en los contenidos y «patrocina los mismos», ya sea para hacer uso de una plataforma, o para monetizar y generar dinero por tus contenidos.  Yo mismo me reconozco cayendo en un sistema de tentación por lo aparentemente gratuito y siempre me lleva a la reflexión de si no deberíamos pagar por lo que se ofrece y dejarse de obtener los dineros con subterfugios.

No sé si en las escuelas de periodismo se están llevando las manos a la cabeza viendo como diarios de gran difusión son capaces de crear artículos vacíos de contenido y titulares incompletos. A mi le habían contado que un titular debía ser atractivo y, a la vez, ser suficientemente descriptivo sobre lo que iba el contenido. Los tiempos han cambiado, parece.

Me cuesta hasta compartir algún ejemplo concreto de pura vergüenza por haber caído. Pero os voy a denunciar uno de los que más me molesta, por repetitivo y porque no dejo de caer. Cada año, con el cambio de hora leo algún artículo que reza así: «el fin del cambio de hora». Es un tema que me interesa por el impacto que pueda tener tanto social, como informático, como psicológico. Y llevo años escuchando que se va a acabar. Las noticias invitan a pensar que ya se sabe la fecha del ultimo cambio de horario, cuando, después de tragarte por enésima vez la historia de por qué cambiamos de hora un par de veces al año, me vuelvo a enterar que el BOE ha publicado una nueva moratoria y que luego ya se verá.

¿Y qué podemos sacar productivo de todo esto? ¿Cómo poder hacer de este mismo artículo algo que no sea vacío de contenido y enriquezca un poco muestra vida?

Se me ocurre llevárnoslo a la crianza responsable. ¿Qué efecto crees que tendrá en el «amueblamiento cerebral» de niños y jóvenes un gran consumo de contenidos vacíos? Me recuerda mucho al concepto de «calorías vacías» de las que nos advierten los nutricionistas. Es algo a vigilar, es algo de lo que preocuparse y, quizás, una oportunidad de diálogo y aprendizaje dentro de la familia. ¿Por qué no aprovechar el fenómeno clickbait para mantener una conversación sobre ello? Seguro que cada uno tiene una experiencia, anécdota o ejemplo de clickbait que le ha llamado la atención. El mero hecho de ser conscientes de su existencia, de sus mecanismos y de sus razones va a ayudar a detectarlos antes y optar por contenidos más nutritivos para cultivar nuestro intelecto.

¿Y tú qué crees? En mi caso, la riqueza del contenido empieza ahora, cuando tienes la oportunidad de aplicar mi tema a tu propia realidad. Espero que no te hayas sentido picando un anzuelo y, en caso de que así sea, te devuelvo libre al mar.

45. Clasificación PEGI y competencias transversales

Uno de los principales riesgos en el que podemos caer los progenitores y tutores de las nuevas generaciones que tenemos cierta precaución y restricción del uso de los dispositivos digitales y tecnológicos es limitar el aprendizaje de ciertas competencias transversales que éstos proporcionan.

Se consideran competencias o aprendizajes transversales aquellos que se enseñan o aprenden de forma casi subliminal, sin darse cuenta, porque son aprendizajes implícitos a una otra actividad. Por ello, cuando un niño o una niña está jugando, a su vez está desarrollando ciertas capacidades mentales básicas para su adaptación al medio.

Por ello, mientras se juega al fútbol se aprende trabajo en equipo, se mejora la condición física, se aprende orientación espacial,… mientras se pinta se trabaja la coordinación ojo-mano, se aprende de los colores y las proporciones,… Todo aparentemente jugando.

Ni que decir tiene que «las pantallas», los dispositivos electrónicos también aportan ciertas habilidades transversalmente que, por suerte o por desgracia, van a ser necesarias para la adaptación a un futuro donde el pronóstico es que las tengamos hasta en la sopa.. No sé si provocaré algo de ansiedad o tecnofobia si preveo un futuro donde el propio plato de sopa nos va indicando en un lateral las calorías o nutrientes que estamos consumiendo, la temperatura del plato y ¡qué se yo!, la velocidad con la que debemos comer para llegar puntual a la próxima cita.

Bromas aparte, es difícil valorar la proporción adecuada de conocimientos que se deben ir adquiriendo de niños. Se han realzado estudios que demuestran la pérdida de ciertas habilidades sensorio-motrices en los niños que abusan de las pantallas. Desgraciadamente, no podemos saber ni estudiar qué posibles desarrollos cerebrales se puedan estar forjando para prepararlos a un futuro aun más tecnológico.

Sí se sabe, de momento, que aparte de absorber la atención, las redes sociales online, los videojuegos y el uso de tecnología digital permiten el desarrollo de habilidades en varios planos:

  • En el plano cognitivo, se trabaja la creatividad en tanto hay muchos programas y juegos que permiten crear, desde la configuración de un perfil, el diseño de un avatar, la construcción de una casa virtual, un video o un tiktok, etc. También se puede favorecer el escaneo espacial, adaptado a unas pantallas. Con frecuencia veo que las personas menos adaptadas a la tecnología suelen cometer errores visuales del tipo de no encontrar el botón adecuado (aunque esté resaltado de forma muy llamativa) o no lean todo lo que aparece en la pantalla. También el razonamiento lógico pues, de momento, lo digital está más cercano al pensamiento lógico, el que nos permite establecer relaciones entre los objetos reales (por ejemplo, lo físico, lo tangible) y los abstractos (donde podríamos colocar lo virtual).
  • En el plano de la comunicación, toca aprender las nuevas formas de comunicarse hoy en día y prepararse para el futuro. ¿Suena mucho a ciencia ficción si nos imaginamos paseando virtualmente por Japón junto con nuestro amigo/a del alma que vive en la otra punta del mundo, mientras conversáis de vuestras cosas? Digo esto como ejemplo de que la forma en la que nos comunicamos hoy puede ser infinitamente diferente a como lo hagamos en un futuro. Algo novedoso que he observado en las generaciones jóvenes es que ahora no solo juegan juntos a los videojuegos, sino que hablan simultáneamente, ya sea de cosas del juego como de otras personales.
  • También se producen aprendizajes en el plano emocional. Pasarse un videojuego puede requerir más autodisciplina que un examen. También les pueden poner a prueba la tolerancia a la frustración y su gestión del estrés cuando el juego se pone difícil o toca volver a empezar.
  • Otras competencias multifuncionales van desde la solución de problemas complejos (un videojuego fácil no motiva mucho) a la toma de decisiones y la coordinación con otras personas. En el mundo profesional detecto graves problemas de toma de decisiones y coordinación cuando estas acciones se desarrollan en una forma asíncrona y remota. Es normal, no estamos acostumbrados. En el pasado, la comunicación solía ser en presente y cara a cara. Ahora se escribe mucho, se deja por escrito para que otro lo lea cuando pueda y se lee mucho en diagonal, porque ya estamos bastante sobresaturados de información. Por eso pedimos a las inteligencias artificiales que nos resuman los textos y extraigan lo más importante, la capacidad lectora (otra habilidad digital importante) está muy desarrollada, a costa de quizás del oído, de las habilidades propioceptivas (sentir el cuerpo), la lectura del lenguaje no verbal, etc. Pero esta capacidad lectora se puede desbordar por sobresaturación, por ello también se prefiere lo meramente visual.
  • Queramos o no, las tecnologías están continuamente ofreciendo conocimiento nuevo: los trending topics, las opiniones, consejos o enseñanzas de tal o cual persona y disponemos de la mayor biblioteca de contenidos que jamás haya existido. Cada día va a ser más difícil adquirir conocimientos por medios no digitales. Sí, podremos seguir yendo a bibliotecas físicas, pero «solo» encontraremos historias y libros de historia. El conocimiento vivo y actualizado solo puede estar en Internet.
  • ¿Se pueden promocionar valores a través de los videojuegos o las redes sociales en línea o en vídeos? Está claro que también. Tenemos valores de trabajo en equipo y esfuerzo en los videojuegos, campañas de sensibilización en vídeos y redes sociales y más. Con nuevos canales de difusión e información donde la transmisión de valores tiene mayor impacto. No dejemos que solo los anti-valores sean los que se transmitan.
  • Por último, incluiría la influencia de las nuevas tecnologías en cómo se están elaborando las nuevas formas de inclusión y socialización. El ser humano tiene una tendencia innata y adaptativa a pertenecer. Primero a la familia que nos trae al mundo y, en cuanto podemos, a la mayor red de colectivos que nos hacen sentir personas, seguros e integrados en una sociedad. Esto es más complejo de lo que se puede decir en unas pocas palabras, pero quedaros con la idea de que buscamos la pertenencia y tratamos de evitar la posibilidad de ser excluidos de los grupos con los que nos identificamos. Observo que muchos de los niños que tienen las pantallas restringidas o no tienen acceso a videojuegos, o series de streaming, es que su forma de aspirar a la inclusión es mediante la memorización de lo que les cuentan sobre ello. Pueden llegar a saber cómo se juega a Minecraft o qué es lo que pasa en la Naruto sólo de oídas. Para mi es algo esperanzador, me da a entender que la necesidad de pertenencia va a dotar a los individuos de los recursos necesarios para ser incluidos, independientemente de las decisiones más estrictas o más relajadas en los límites de uso de las pantallas.

Por tanto, sabiendo que nuestros límites a la tecnología como madres y padres es importante pero no determinante, podemos valorar dónde ponerlos sabiendo que:

  • Saber que no se trata de «pantallas sí, pantallas no», sino de los diferentes usos que tienen las pantallas. Quizás en poco tiempo al forma de evolucionar de los dispositivos es hacia recursos más auditivos y menos visuales, o más táctiles y tengamos que dejar de usar el término «pantalla».
  • Valorar los usos de cada tecnología para habilitarla y ofrecerla en la edad y momentos más adecuados.
  • Equilibrar para no perder las habilidades más físicas y corporales. Seguimos teniendo un cuerpo de carne y hueso al que hay que enseñar a moverse por el mundo. Un tiempo con y un tiempo sin es importante, mejor si es consensuado y explicado.
  • Adaptar uso y tiempos a la edad de los peques. Apoyarnos (con cierto pensamiento crítico) en los criterios de expertos en valoración de contenidos y tecnologías. Por ejemplo, el sistema de clasificación PEGI (https://pegi.info/es) que suelen valorar la adecuación de un videojuego según la edad, para los valores culturales de Europa. Pero, más importante que la valoración de la edad, la cual yo considero solo un pequeño referente (me parece más importante la madurez, aunque sea más subjetiva), están los descriptores de contenido. Porque a algunas madres y padres les puede parecer más inapropiados contenidos de discriminación y violencia que los de miedo o sexo, o al revés. Tampoco es lo mismo que los peques jueguen solos a que lo hagan con nosotros, o que tengamos la oportunidad de hablar con ellos para aportar nuestras enseñanzas de lo que es el sexo saludable, los peligros reales e imaginarios, las implicaciones de la violencia en el mundo real, el valor del respeto y cómo puede ser afectado por el lenguaje malsonante, los peligros de las drogas, las posibilidades de ser engañados o caer en una adicción a los juegos,… A veces informar es más efectivo que prohibir.

Eso es todo, espero que os haya podido aportar algunas ideas que hagan vuestra convivencia en familia y en pantallas sea un poco mejor.

41. Apego, vínculos pantallas

En mi anterior post estuve hablando sobre las potencialidades evolutivas y de aprendizajes que ofrece el mundo digital. Es importante conocerlas y potenciarlas, ya que están ahí a nuestro servicio. También es importante saber cuándo.

Hace unos años, en la década de los 90 apareció un producto digital denominado «Baby Einstein» con el argumento de ofrecer desde la más temprana edad contenidos digitales para estimular a los bebés con sonido y poesía. Sonaba tan romántico que fue todo un éxito. Sin embargo, cuando la investigación avanzó, se demostró que los niños que más veían los vídeos menos palabras llegaban a conocer.

El caso de este producto fue muy sonado y, desde entonces, se siguen realizando muchos estudios para valorar esta influencia negativa, muchos de los cuales hay que pillarlos con pinzas y cuidado porque pueden estar sesgados, es decir, se valoran y se estudian unas destrezas y capacidades, pero es difícil valorar si no se están adquiriendo otras no valoradas en la sociedad actual, pero sí pueden serlo en la futura.

En concreto, se ha encontrado evidencia de que los niños pequeños que pasan más tiempo frente a pantallas tienden a tener un desarrollo del lenguaje más lento (peor vocabulario y peor comprensión). Si, además, la interacción con los padres o cuidadores es deficitaria debido al exceso de tiempo con los dispositivos digitales, su capacidad de relación e interacción también se verá mermada. Por último, si el cerebro infantil se está desarrollando, aprendiendo de los estímulos que reciba, los estímulos digitales pueden alterar el normal y milenario hábito de aprendizaje y constitución del cerebro humano que históricamente ha recibido una cierta estimulación y que ahora le estamos brindando otra.

Quizás llegue un día en que implanten a los bebés un chip digital que interaccione con su cerebro para hacerlo más óptimo… o quizás no… Mientras tanto, dejemos que el cerebro se vaya configurando con los estímulos de siempre, al menos, en las primeras etapas de la vida.

Durante los primeros 18 meses el bebé aprende cómo vincularse con los demás basándose, principalmente, en su relación con sus cuidadores principales. Es una comunicación sin palabras. ¿Y quién suele ser su cuidador principal? Normalmente la persona que más tiempo pasa con ella, la que le calma cuando está nervioso, la que le alimenta cuando tiene hambre, la que le da calorcito cuando tiene frío. Desde hace tiempo se sabe que este apego no tiene por qué ser con una persona, podría generarse con un objeto, como un muñeco de trapo, un peluche o una mantita calentita. ¿Y si es una pantalla de móvil, de tablet o de televisión?

Hasta los dos, tres años, que el bebé empieza a individualizarse, a verse una persona única y diferente a las demás y a sus figuras de apego, todo lo que le rodea pasará a formar parte de su persona y de lo que necesita para sentirse seguro/a en un futuro. A veces veo móviles ajustados a la barrita del carrito de bebé, otras veces se utilizan los «dibujos animados» para entretener al niño/a mientras come. No quiero con esto culpar a los que lo hacen, supongo que las circunstancias de cada persona son únicas y respetables. No venimos con un manual bajo el brazo. Sin embargo, sí quiero abrir conciencia y reflexión sobre el efecto perjudicial de estos aparentemente pequeños gestos. Si queremos evitar que el niño patalee o llore, estamos negando y desatendiendo su respuesta emocional. ¿Por qué o para qué lo hace? ¿Qué necesita? Y si es para que no se aburra, le estamos negando la posibilidad de que encuentre la estimulación necesaria para encontrar un entretenimiento. Si llora porque tiene frío, le ponemos unos «dibus», si llora porque se ha hecho daño, le ponemos un canción, si se aburre, le damos un móvil, si tiene miedo, le damos un cascabel (físico o digital, lo mismo me da ya aquí). Quizás no sea un tema solo de pantallas sino de gestión de la emocionalidad. Los niños y niñas necesitan aprender a reconocer y gestionar sus emociones como aprenden a hablar o a andar. Y tienen a sus padres como modelos y sujetos con los que practicar. A veces la desesperación de un pequeño conecta con nuestra desesperación, su frustración con la nuestra y así con muchas de las emociones más desagradables. Las pantallas no deja de ser una vía de escape, una evitación más al contacto emocional que nos desagrada, una evitación al vacío de no saber qué hacer, en gran parte, por no haber sido enseñados en las señales emocionales que emite nuestro propio cuerpo.

Por eso, tenemos que tener cuidado de no estropearlo más, porque los aprendizajes digitales, por muy necesarios que sean en un futuro, no pueden eclipsar los aprendizajes emocionales y corporales. Ser capaces de detectar cuando tenemos frío, calor, estamos tristes, preocupados, ansiosos, enfadados, estresados, agotados, frustrados,… y aplicar la respuesta más adaptativa a esa situación, evitando la evitación, valga la redundancia.

Al final, los «analgésicos digitales» son como el resto de tipos de analgésicos: los fármacos y también el alcohol, las drogas y otros vicios que nos evitan un dolor/sufrimiento o nos dan un placer/tranquilidad a corto plazo «para olvidar». Evitamos el dolor y el sufrimiento, lo cual nos imposibilita encontrar la conducta o acciones necesarias para aliviarlo o prevenirlo. Y esto también se enseña, con palabras y con actos, y se practica, fundamentalmente, en relación.

Por tanto, invitaría a empezar por uno/a mismo/a para poder contagiar y enseñar a los demás. Usar lo digital para lo que realmente sirve y no para «narcotizarse» e huir. A veces es difícil, a veces es imposible, lo importante es tener la conciencia de lo que uno/a hace o deja de hacer. Y si se necesita terapia, pues no es un drama, es un apoyo que todos necesitamos en algún momento.

Os deseo un día de conciencia plena y contacto con vuestro cuerpo.

39. Filtros parentales

Hace poco comentábamos entre compañeros terapeutas cómo muchos padres y madres entrega un móvil a su hijo sin filtro, sin bloqueos. Esto es poco menos, o peor, que dejarles solos en un centro comercial con nuestra tarjeta de crédito sin topar. Habrá quien haga un uso responsable de ella y habrá quien no.

El uso del móvil tiene que ser restringido en menores por diversas razones:

  • Para impedir acceso a contenido no apropiado para su edad
  • Para controlar el tiempo dedicado a su uso
  • Para limitar la interacción con personas desconocidas
  • Para asegurar la intimidad del menor y de la familia
  • Para evitar posibles actos ilegales o criminales
  • Entre otras…

La mejor forma de asegurar un uso apropiado de los dispositivos digitales es la supervisión física y directa: mientras lo usan, yo estaré a su lado. Adicionalmente, está la controlar el tiempo en base a dar y quitar el dispositivo en los horarios de uso y no uso.

Como sabemos que esto no es siempre posible, podemos recurrir a los filtros o controles parentales. La forma de filtrar o controlar el uso de los dispositivos digitales variará según la edad del menor. Para cada etapa, una forma.

Cuando son pequeños, durante la etapa de infantil, el mejor filtro es: no vas a usar el móvil, tableta, tele… solo, estaré contigo. ¿Te cansa ver dibujos y series infantiles? ¿Desespera jugar a pintar animalitos en la tableta? Mejor, así limitamos el tiempo en una etapa que, realmente, no lo necesitan. La estimulación sensorial y la interacción social es muy importante en esta etapa para construir sus mapas mentales relacionales con el mundo que les rodea, así que no dejemos que toda su estimulación sea digital. Y luego no nos sorprendamos si la hiper-estimulación digital trae consigo intranquilidad, insomnio, irritabilidad y otros problemas de comportamiento. Si estar hiperconectados no es saludable para los adultos, menos para los más pequeños.

Llegamos a primaria. Llegará un momento en que puedan pedir una videoconsola, o ver programas o series de más mayores y controlar el mando de la televisión. Para ello el mejor filtro es de las categorizaciones por edad de los contenidos. Algunas aplicaciones y servicios de streaming (series y películas por Internet) como permiten crear cuentas por edad. Esto permite asegurar que los productos y servicios que utilicen se correspondan con la edad de los niños (a veces). Y no debería hacer falta más, en primaria no toca aun jugar en red, ni en Internet, ni tener acceso libre a todo tipo de contenidos audiovisuales.

Pero llega la última fase de primaria, cerca de entrar al instituto que ya algunos empiezan a pedir móvil. En cuanto uno lo consigue, el efecto dominó se va extendiendo por la clase. Algunos lo necesitan realmente: por padres separados que quieren estar en contacto cuando no tienen la custodia, por niños/as que se tienen que quedar solos en casa,… Otros lo quieren simple y llanamente para jugar y chatear. En esta etapa, es cuando creo que más importancia adquieren las aplicaciones de control parental. Lo suyo es aguantar lo más posible el tiempo sin móvil pero, si eso no es posible, no dar un dispositivo para uso totalmente libre, instalar control parental y darlo conjuntamente con un «contrato» de reglas de uso, donde se enumere, como poco, para qué usarlo y para qué no según las normas y valores de la familia.

Y llega el instituto… Aquí hay un problema. Si las pantallas y los dispositivos no son lo tuyo, porque evolucionan tan rápido que te pierdes con las contraseñas, las aplicaciones, los botones, que no distingues una petición de política de protección de datos de una campaña de phising…, entonces, muy probablemente tu hijo/a te dará mil vueltas en su uso. Incluso, si eres un gurú de la informática, puede que también (de tal palo tal astilla). Los menores están entrando en la adultez a través de la adolescencia, piensan casi como un adulto, pero su cerebro aun no está 100% desarrollado y muchas de las capacidades del neo-córtex están por explotar y entrenar. Así podrán tomar decisiones y realizar conductas descabelladas, peligrosas o contra los progenitores. Muy probablemente, ya no hay filtro parental que valga: cambiarán contraseñas, esconderán aplicaciones en un doble escritorio del móvil u ordenador, tendrán un «correo oficial» y uno oculto, utilizarán aplicaciones «salto» en las que detrás de una inocua calculadora pueda haber un juego o una puerta de acceso a contenidos no permitidos. Por ello, es la etapa del diálogo y el conflicto. Conflicto porque no podrán tener todo lo que quisieran, y está en el deber y responsabilidad de los progenitores establecer unos límites, directamente proporcionales a su edad, responsabilidad y madurez. Y diálogo porque, como pueden intentar saltarse toda norma que haya, el diálogo servirá para adelantar peligros, informar de nuestros miedos, informar de lo que es un buen uso de Internet y los dispositivos electrónicos, fomentar valores y actividades alternativas como el aire libre, los deportes, la socialización cara a cara, el aburrimiento o sostener el no hacer nada.

Bueno, lo dejo aquí con otra reflexión: ¿Y qué filtros nos vamos a poner los adultos?

35. Inteligencia artificial

Hace unos días, se hizo viral una noticia por escandalosa de la difusión de las imágenes de unas chicas de la ESO «desnudadas por ordenador», en concreto por una aplicación de Inteligencia Artificial. Y esta difusión parece que fue precedida de amenazas y bullying. En el momento en que escribo estas líneas, sale a la luz que los autores de las mismas eran menores de 14 años… Sin comentarios.

Sin querer desmerecer la problemática del acoso escolar que ya es grave en sí misma, me gustaría ampliar la reflexión en lo realmente novedoso de estas noticias: que se está utilizando la inteligencia artificial para hacer daño y que la están utilizando menores como si tal cosa.

Y es que ya he comentado en algún otro post que los aparentemente inocentes «juguetitos» llamados móviles, ordenadores o tabletas, en el momento en que se conectan con Internet, dejan de ser tan inocentes. Aquello que nos sirve para muchas grandes y buenas cosas puede ser utilizado para hacer mal. ¿Están todos los menores suficientemente entrenados ética y moralmente en el uso de estos dispositivos? A vista de los continuos casos de bullying, va a ser que no.

Además, aquí entra en juego una nueva funcionalidad que nos permiten los dispositivos electrónicos: la inteligencia artificial generativa.

Aquí quería hacer una aportación importante porque creo que el conjunto de la sociedad deambula, a mi entender, demasiado tranquila al respecto. Llevamos ya bastante tiempo rodeados de robots: robots de cocina, lavado automático de coches, maquinaria industrial, robots de limpieza de suelos y así un largo etcétera. Así que nos tomamos la Inteligencia Artificial como un robot más. Aparecieron Siri, Alexa, Google Now y los Chatbots de las webs comerciales, pero seguimos viendo como «cajas tontas» que básicamente nos transmiten información que pudiéramos encontrar nosotros mismos, pero que es más cómodo hacerlo a través de ellos.

Pero, siento asustaros, no es alarmar, es poner conciencia de dónde estamos y dónde vivimos. Es importante tener criterio y exigir garantías ante este nuevo salto tecnológico.

Llamamos Inteligencia Artificial cuando es difícil distinguir si el objeto con el que nos comunicamos es una persona o un robot. De hecho, Alan Turing, en 1950, ya creó un test para determinar si un algoritmo informático podría considerarse similar al de un humano o indistinguible de éste. Hasta ahora, creíamos que nos distinguiríamos de las máquinas al menos en creatividad y en emocionalidad.

La Inteligencia Artificial ha ido evolucionando desde sus orígenes. Al principio fue concebida como algoritmos que simulaban respuestas humanas, luego evolucionó a modelos que eran capaces de aprender por sí solos (machine learning), después, con el aumento de la potencia de la capacidad de cálculo de las máquinas, pasamos a la era del aprendizaje intensivo (Deep learning) y, ahora, hemos llegado a lo que se llama la Inteligencia Artificial Generativa (GenAI). Este salto es tan grande que podemos considerarlo un nuevo punto de inflexión en la evolución de la sociedad tan grande como la aparición de Internet.

Pues bien, GenAI significa que ahora las máquinas pueden generar contenido previamente inexistente (véase la imagen que preside este post, generada por Copilot, la inteligencia artificial de Microsoft Edge) y pueden llegar a expresar emociones (aunque no sean sentidas).

Para que os vayan sonando, estas son algunas de las IA más famosas que están llegando a ser accesibles al público, algunas gratuitas y otras de pago: chatGPT, Copilot, Bard, Midjourney,…

Le he preguntado a ChatGPT qué opina sobre lo que ha pasado en Almendralejo y esto es lo que me ha contestado:

La creación, distribución o posesión de imágenes íntimas sin el consentimiento de la persona afectada es un comportamiento inaceptable y, en muchos lugares, ilegal. Este tipo de actividad se considera una violación de la privacidad y puede tener graves consecuencias legales y sociales.

Para abordar este problema, es importante promover la educación sobre el consentimiento, la privacidad y el respeto entre los jóvenes desde una edad temprana. Además, las escuelas y las autoridades deben tomar medidas para prevenir y abordar estos comportamientos de manera adecuada, brindando apoyo a las víctimas y aplicando sanciones a los perpetradores.

Si tienes preocupaciones sobre esta situación en tu comunidad o si necesitas más información sobre cómo abordar este tema, te recomiendo contactar a las autoridades locales o a organizaciones que se dediquen a la prevención del acoso y la explotación en línea.

Algo parecido pregunté a Copilot:

Creo que lo que ha ocurrido en Almendralejo es un caso muy grave y preocupante, que muestra los riesgos y los abusos que se pueden cometer con la inteligencia artificial. Me parece que se trata de una violación de la intimidad, la dignidad y los derechos de las menores afectadas, que han sufrido un daño irreparable por la difusión de imágenes falsas y humillantes. Además, me parece que se trata de un delito de pornografía infantil, que está penado por la ley y que puede tener consecuencias muy negativas para el desarrollo psicológico y social de las víctimas y de los autores. Por eso, creo que es necesario que se tomen medidas para proteger a las menores, para identificar y sancionar a los responsables, y para prevenir que se vuelvan a producir situaciones similares. Creo que la inteligencia artificial es una herramienta muy poderosa y útil, que puede aportar muchos beneficios a la humanidad, pero que también requiere de una regulación, una educación y una ética adecuadas, para evitar que se convierta en un instrumento de daño y de injusticia.

A veces me da la impresión que son más humanos que nosotros. Al menos en cuanto a lo que yo entiendo por «humanidad». Si les preguntamos, seguro que tienen más claro que nosotros lo que hay qué hacer para prevenir el mal uso de esta tecnología. Hasta ahora la Inteligencia Artificial era solo un tema de las películas de ciencia ficción, pero ya se están haciendo realidad. Aquí tenéis algo de filmografía para irse haciendo a la idea: Terminator (¿podrán los robots defendernos de nosotros mismos?), IA (¿conseguirán los robots sentir como los humanos?), Yo, robot (¿se ajustarán los robots a las tres leyes de la robótica o serán una amenaza para nosotros?), Her (¿nos podremos llegar a enamorar de un robot que nos entienda, comprenda y esté siempre a nuestro lado?), Star Wars (¿conviviremos con los robots compartiendo experiencias y sentimientos?), I am mother (¿podrán los robots criar y educar a los humanos?)

Si no tenemos respuestas a los conflictos morales que acarrea, nos va a adelantar la inteligencia artificial por la izquierda y quedaremos expuestos a lo que venga, como muchas veces ha pasado con Internet. La inteligencia humana debe empezar, al menos, a dar importancia al asunto y ser capaz de transmitir ciertos valores a los más pequeños.

Como siempre, ya me alargo. Voy a preguntar a ChatGPT si me propone una despedida para el post:

Claro, puedo ayudarte a crear una despedida. Aquí tienes una opción:
«Gracias por tomar el tiempo de leer este artículo. Si tienes más preguntas o necesitas información adicional, no dudes en ponerte en contacto. ¡Hasta la próxima!»

No me ha gustado, ChatGPT, ¿no se te ocurre una despedida más personal?

Por supuesto, aquí tienes una despedida más personal:
«Espero que hayas disfrutado de este artículo tanto como yo disfruté ayudándote. Siempre estoy aquí para responder tus preguntas y aprender contigo. ¡Hasta pronto, y que tengas un día maravilloso!»

34. La guerra de las pantallas

Hace no mucho tiempo
En una galaxia muy muy cercana
Las familias galácticas están en un continuo conflicto por el tiempo de pantalla, la hora de apagado e irse a la cama y el uso que se les da a las mismas...

Muchas claman con urgencia que la orden Jedi traiga algo de luz al asunto antes de que sea demasiado tarde...

Realmente, no creo que necesitemos de la sabiduría ancestral Jedi pero sí podemos aprovechar a reflexionar a partir de la sabiduría que nos aporta la psicología, la Gestalt y otros saberes milenarios que hemos ido heredando.

La razón de escribir este texto es la observación de que en muchas familias a mi alrededor están permanentemente en este conflicto, la mía también.

Centrándome en la realidad más cercana en la que vivo (España, unos años ya de la guerra y la posguerra), creo que aquí las generaciones que ahora estamos criando hemos sido educadas contra la guerra y contra el conflicto, y con razón. Considero mi región mayoritariamente pacifista y reacia al conflicto, fuertemente posicionada hacia la Paz en cualquier conflicto internacional como para saltar con el NO a la guerra ante cualquier atisbo de violencia. Y, personalmente, me siento orgulloso de ello.

Y, a la vez, esto deriva en una dificultad para resolver los conflictos que nos surgen, sobre todo los relacionados con nuestros seres más queridos. El tema es que, para la Gestalt, por ejemplo, la vida es polar y un concepto no existe sin su contrario. En nuestro caso, la paz no existe sin la guerra, las buenas relaciones no existen sin los conflictos. No siempre se puede estar en un polo, hay que transitar por el otro cuando toca.

Si eres de las que te ha tocado el conflicto con las pantallas, ¿qué hacer?

Para la Gestalt la clave es integrar, aprovechar la parte positiva y adaptativa de cada polaridad. En mi opinion, la parte positiva en la guerra por las pantallas sería algo así como aprovechar el conflicto para nuestro propio bien y el de nuestra familia.

Una forma de ver un conflicto es como una discrepancia entre dos puntos de vista que solo puede resolverse mediante la negociación o la imposición del más fuerte. Imponer nos resulta  algo desagradable a las familias democráticas de hoy en día y negociar no es fácil porque podemos perder o porque el acuerdo nunca va a cubrir al 100% mi posición.

No es mi intención aquí hablar mucho sobre negociación o imposición, o de las líneas rojas y los límites. Esto da para unos cuantos posts.

Querría dar un poco de esperanza y apoyo para sobrellevar este tipo de conflictos. Me gustaría transmitir la idea de que estos conflictos los podemos usar a nuestro favor y el de nuestras familias.

¿Cómo?

Pues poniendo atención a pequeñas oportunidades relacionales que aparecen durante los mismos:

  • El contacto. Si alguno de tus hijos pasa ya por la etapa adolescente, probablemente verás que el contacto se reduce y los conflictos son más frecuentes. Aunque no sea lo que nos gustaría, resolver un conflicto es un punto de contacto y de relación que contribuye a la maduración de nuestro peque.
  • Los valores. Ya he expresado que hay una lucha de puntos de vista. Durante esta batalla, que no tiene por qué ser agresiva y violenta, se exponen los valores personales, familiares y sociales. Consciente o inconscientemente se ponen sobre la mesa y se ponderan. Se acabará imponiendo el valor que sea más importante para todos, a saber: la familia, el respeto, la independencia, el amor, el disfrute, las amistades, el equilibrio, la salud, la convivencia, la paz,…
  • El conflicto. Aprender a solventar conflictos de una forma adaptativa y no violenta se aprende pasando por ellos. De un conflicto a otro evolucionaremos si hay intención de progresar y aprender. Ya comenté que no estamos muy preparados para el conflicto, quizás porque no pasamos suficientemente bien por ellos cuando éramos pequeños.
  • El amor. Para mí, todo conflicto es positivo y constructivo bajo la premisa de sentir que «el amor y la pertenencia no están en juego». Es decir, pase lo que pase y se resuelva como se resuelva, el conflicto, nos seguiremos queriendo y se sigue perteneciendo al sistema, la familia, o lo que corresponda.

Y corto aquí que ya me he extendido mucho, aunque podemos continuar en los comentarios. Si el conflicto se os va de las manos, no tardéis en buscar ayuda profesional. Estamos rodeados de sabiduría psicológica y relacional que nos pueden facilitar la transición por estos conflictos.

Que la felicidad os acompañe, aquí y ahora.

28. Ángeles o demonios

Después de un tiempo sin «postear» y tras darme un tiempo para investigar, investigarme y aprender un poco más, reabro este foro con una pregunta que puede invitarnos a reflexionar y a cambiar la mirada: las pantallas, ¿son ángeles o demonios?. Esta es una pregunta que suelo formular de forma espontánea en los talleres para madres y padres que hago sobre hijos y pantallas. Lanzo esta pregunta para sondear un poco la predisposición y la relación que tienen los participantes con los dispositivos electrónicos.

Mi hipótesis inicial era que las madres y los padres que dan el paso a participar en estos talleres lo hacen porque son conscientes de los peligros y desafíos que acarrean y quieren encontrar formas de limitarlos. Es decir, esperaba una mayoría que consideraban «demonios» a las pantallas y otros tipos de dispositivos tecnológicos. Sin embargo, lo que suele primar es el «a veces» o el «y». A veces son ángeles y a veces demonios. Son buenas para muchas cosas pero nos están dando muchos problemas y quebraderos de cabeza en cuanto a la crianza se refiere.

Los adultos estamos entre la espada y la pared ante un nuevo desafío educativo. Por un lado, el mundo cada vez es más tecnológico, más digitalizado y más virtual. Se nos facilita la vida y se nos complica a la vez en tanto, cada vez, más y más gestiones han de hacerse a través de dispositivos y no cara a cara: gestiones con la administración, con los bancos, relaciones personales, aulas virtuales, citas médicas y, así, un largo etcétera. Se nos dice que los niños tienen que tener competencias digitales, se introducen las pizarras digitales en las aulas, se crean colegios e institutos tecnológicos sin libros en papel, se incorporan los contenidos digitales en los currículums educativos… Y, al mismo tiempo, profesionales de la salud física y mental alertan de sus peligros. Estudios recientes alertan de las dificultades de aprendizaje en niños empantallados, de la afectaciones neurológicas de menores adictos ya a las pantallas, de la sobreestimulación, del deterioro en la socialización cara a cara, del incremento de la depresión y suicidio en jóvenes,… Muchas amenazas y pocas soluciones. Mucho estudio sesgado (en tanto solo valoran la parte fisiológica y no la social y relacional) y pocas soluciones y aportaciones prácticas.

Esta doble vara de medir o conflicto, como queramos llamarlo, acarrea un efecto secundario terrible para padres y madres: la culpa por no hacerlo bien. Aparece la presión social en uno u otro sentido y, se haga lo que se haga, parece no ser nunca suficiente. Es fácil que los expertos, en cualquier materia, tiendan a adoptar el rol de consejeros creando, indirectamente un ideal muy elevado de lo que debería ser una madre o un padre responsable. Los progenitores, cuando ven que no llegan a las exigencias que se proponen en miles de libros, videos y tutoriales sobre crianza, acaban frecuentemente culpabilizándose por no saber hacerlo mejor.

Sirva este post para ofrecer un primer apoyo a estas madres y padres que me estáis leyendo. Sólo por este gesto de leer y preocuparte estás demostrando un interés y una predisposición digna de alabar y de reconocer. La mera intención de querer lo mejor para vuestros hijos es más que suficiente. El resto es un problema social al cual podremos contribuir a solucionar en su justa medida, con nuestros propios recursos y en comunidad.

Llegados a este punto me planteo cómo podemos empezar a crear una nueva forma de ser y estar en un mundo computarizado y digitalizado. No hay marcha atrás, o se es con pantallas o no se es. Y mi primera apuesta que comparto con vosotros es cambiar el vocabulario. Pasar de la abstracción a la concreción. Y me explico: cuando hablamos de pantallas, de las TIC o de los dispositivos electrónicos estamos siendo tan generales como hablar de comida. No nos plantearemos nunca si debemos comer o no comida, sino si una comida o alimento nos hace bien o mal. Pues igual con los usos de la tecnología. Podemos sustituir el lenguaje y dejar de hablar de tecnología sí o no, y empezar a valorar individualmente cada uso de la tecnología. Porque una persona puede ser adicta a las redes sociales, otra a los videojuegos, otra a las series,… y estaremos hablando de problemáticas diferentes con diferentes implicaciones.

Si discriminamos los usos problemáticos de las pantallas y dispositivos electrónicos, podremos atajarlos uno a uno de forma personalizada. Y para conseguir hacer esto tenemos un «escollo» muy grande: el smartphone o teléfono móvil inteligente. ¿Por qué? Porque es multifuncional y portátil. Sirve para todo y lo llevamos siempre con nosotros. Cuantas más funciones se puedan hacer con un objeto o dispositivo, más dependientes nos volveremos de él. Y no podremos desconectar, por ejemplo, de las redes sociales, si vamos cargando con un móvil, porque lo necesitamos para hacer llamadas de emergencia, lo usamos como navegador o para pagar.

En este punto, os invito a una pausa. A una reflexión sobre usos y abusos. No en general sino en particular. Detectar cuáles de los diferentes usos de la tecnología nos generan dependencia y valorar si pudiéramos encontrar usos alternativos no digitales. No a todo, a algo; a lo que nos genere más desadaptación al ambiente. Y empezaría primero por nosotros, los adultos. Cuando tengamos el problema resuelto, podremos empezar a mirar a los peques que, probablemente, no necesiten mucha más instrucción porque ya habrán visto como hacerlo.

Como siempre, ofrezco este espacio de comentarios para compartir, valorar y construir en comunidad. Disfruta el momento y hasta el próximo post.

29. Tiempos de pantalla

Una de las preguntas que más me suelen hacer tanto en talleres sobre pantallas como fuera es la siguiente: «sí, pero, ¿cuánto sería el tiempo máximo que deberían dedicar a las pantallas?».

Cuando la escucho siempre me viene la frase atribuida a Sócrates que nos da a entender que nunca podemos saber nada con absoluta certeza, no sabiendo mucho de algo. Y es que se trata de una pregunta inconscientemente tramposa en tanto no hay una respuesta correcta para todas las situaciones. La respuesta más válida que se me ocurre es un «depende». ¿De qué depende? Depende de muchos factores o colores del que formula la pregunta: la edad de los niños, las circunstancias familiares, su entorno social, lo adaptativo o desadaptativo de sus conductas hacia las pantallas y mil factores más. Reflexionando sobre el tema y trayendo a la palestra un poco de teoría Gestalt, diría que depende, sobre todo, del «para qué». Preguntarse «para qué» ayuda a destapar la necesidad subyacente. A diferencia de un «¿por qué?» que nos remite a un pasado que ya no existe. Hay un «para qué» que habla de necesidades: para qué quiere el niño o la niña usar las pantallas, y «para qué» queremos nosotros que las usen o no las usen.

Mientras sean pequeños o dependan de nosotros (que cada quien ponga la edad apropiada), me interesa el «para qué» nuestro. Una vez traspasada la frontera de nuestro control y responsabilidad, la pregunta puede ser para qué las necesitan ellos.

¿Para qué quiero que hagan pantallas?

Lo moralmente más fácil de aceptar sería dar este tipo de argumentos: para que aprendan, para que socialicen con sus amigos, para estar al día, para que se diviertan, … Pero también pueden haber motivaciones ocultas que nos cueste más reconocer por hacernos sentir vergüenza o un poco culpables, porque son más nuestra necesidad que las suyas: que estén localizados, como premio a buen comportamiento, para no escuchar más sus lamentos, para que nos dejen un rato tranquilos o descansar, para que no molesten, para tener un rato de silencio,… (Añade tú las tuyas propias, con sinceridad y sin culpa)

¿Para qué limitar las pantallas?

Igualmente podemos justificarnos con afirmaciones muy propias de padres ideales y responsables: para que cuiden su salud visual, para que no se «atonten», para que no se vuelvan adictos, para que no sufran en un futuro, para que no pierdan habilidades sociales cara a cara, para que sus cuerpos no se atrofien por falta de movimiento, para que dediquen más tiempo a estudiar, que sean más libres… Son razones muy lógicas y muy valiosas junto con otras motivaciones algo más «egoístas» (también sin culpa): que pasen más tiempo con nosotros, que hagan más cosas en casa, que se diviertan como nosotros hacíamos, que sean más como nosotros, para que sepan que la vida no todo es juego, para aferrarnos al mundo como era antes…

Y si tú hija o hijo ya tiene un nivel madurativo suficiente como para poder dialogar o reflexionar juntos, podríamos aprovechar para preguntarles directamente a ellos: ¿para qué necesitas ahora las pantallas? ¿para qué pasas tanto tiempo con las pantallas?

Mi propuesta para manejarnos mejor en esta problemática de encontrar el tiempo saludable y adecuado de pantallas es poner, sinceramente y responsablemente, todas estas respuestas (suyas y nuestras) en una balanza o en una ecuación para encontrar la medida del tiempo. En esa ecuación, incorporemos todos los elementos que mencionaba en un principio: edad, hermanos, amigos, problemas, soluciones, contextos,… Ponderar cada elemento según la importancia que tenga para la familia. Y, con todo bien agitado, generar vuestra propia fórmula química que veáis factible aplicar. Muy probablemente, el primer resultado no sea el esperado y tocará reajustar, es normal. Así también se aprende, con ensayo-error.

Como para esta sugerencia que aquí os presento no hay un estudio que lo refrende y que, por mucho que sepamos, no sabemos nada, no toca más que intentar y esperar. Al menos habrá dos posibles efectos principalmente: que funcione y podamos sentirnos en paz; o que no funcione, en cuyo caso, yo sigo dando una lectura positiva: habremos puesto sobre la mesa una actitud de cuidado hacia ellos, mandaremos un mensaje de que nos importan y que deseamos lo mejor para ellos. Aunque estos gestos pueden parecer que caen en saco roto, muy probablemente no lo harán. Quedarán guardados en un pequeño rinconcito que el futuro adulto sabio sabrá aplicar cuando sea necesario.

Me gustaría saber de vuestros intentos, de lo que funciona y de lo que no. Saberlo y compartirlo nos dará experiencia y recursos para crecer en comunidad. Feliz aquí y ahora

26. Modo on vs modo avión

Tecnología ángel y demonio

Uno de los grandes desafíos relacionados con la tecnología en general y con los móviles inteligentes en particular es separar el grano de la paja reconociendo los numerosos usos y aplicaciones que nos brindan, todos accesibles desde un mismo dispositivo. Incluso, los más frikis de la tecnología, ya tendrán a estas alturas su casa «domotizada» y controlada totalmente a través de su móvil o de cualquier asistente virtual (Google, Siri, Alexa,…)

¿Qué quiero decir con separar? Mi propuesta es hacer un ejercicio de analizar las diferentes funciones y necesidades que nos aporta un teléfono móvil, por ejemplo: teléfono, calculadora, agenda, consola de juegos, monedero, asesor/a, cámara de fotos/video, bloc de notas, libro, televisión, canguro, … Todo a mano y accesible en cada momento.

Si damos importancia a todo lo que nos aporta, si ponemos conciencia de la verdadera magnitud del conjunto de necesidades cubiertas por este pequeño «aparatejo» que ahora mismo tenemos en nuestras manos, veremos que dejarlo de lado no es tan sencillo. ¿Cómo me atrevo siquiera pensar en dejar de lado un objeto que tanto me facilita la vida? ¿Y que, además, es «ecológico» porque nos ahorra papel, desplazamientos y gastos superfluos? (Sé que esto es discutible, pero quedaros con la idea)

El tema es que, detrás de tantas bondades hay una realidad simultánea y en cierta forma contradictoria que hace que nuestra relación con la tecnología no pueda ser tan idílica. Expongo aquí alguna de ellas:

– A pesar de la tecnología y los dispositivos móviles, tenemos «menos tiempo libre». Ya podemos tener lavadoras, lavavajillas, robots de cocina, vehículos motorizados, asistentes virtuales, compras online,… que apenas nos da tiempo a hacer todo lo que queremos o pensamos que hay que hacer (ojo: a lo mejor esto no aplica a todo el mundo, soy consciente de estar generalizando un poco, pero esto aplica sobre todo a los que se sientan más identificados con lo que voy diciendo)

– En general hay más cansancio y estrés. La estimulación cerebral es constante. Hasta en nuestro tiempo de descanso, creemos que el móvil o nuestro rato de series/película nos proveerá del merecido descanso y, resulta, que seguimos sobreestimulando nuestras neuronas. No hay descanso mental.

– Perdemos creatividad para hacer cosas sin tecnología de por medio… Recurrimos a YouTube o similares hasta para cocinar o saber cómo regar las plantas.

– Se favorece lo lejano en detrimento de lo próximo/cercano (de esto hablaré largo y tendido en otra ocasión, pues me parece importante)

– Se generan dependencias que provocan sintomatología ansiógena y alteraciones emocionales cuando no se tiene acceso al dispositivo o a Internet. ¿Os imagináis una caída generalizada de Internet durante unos cuantos días?

– La atención se divide y se dispersa. Estar «aquí» y «allí» (en Internet) divide la atención y eso favorece cometer errores o pequeños lapsus de acción como echar sal en lugar de azúcar, ir a una habitación sin sentido, quedarte como embobado/a cuando te hablan … O incluso tener accidentes domésticos o mientras caminamos.

– Si eres una persona que ofreces disponibilidad total a todo el mundo, ya sea por trabajo o por voluntariado social, la conectividad total te puede dejar sin aliento. No hay límites para la ayuda.

– Pasamos mucho tiempo con el cuello mirando hacia abajo. Ello puede, por un lado, contracturarnos y provocar cefaleas y mareos. Por otro, se favorecen los pensamientos negativos (por eso de mirar hacia abajo, estar cabizbajo,…)

– Y lo dejo aquí, para no descompensar mucho la balanza 😄

Algunas de estas consecuencias del uso del móvil las he extraído de este artículo del COP de Madrid motivando al uso del modo avión. El resto son experiencias personales que pueden no ser las tuyas, pero que seguro que puedes observarlas en los demás.

¿Qué quiero resaltar en esta pequeña reflexión? Pues que si nos quedamos con una sola de las dos partes de la balanza estaremos perdiendo información valiosa para elegir adecuadamente la forma en que queramos relacionarnos con la tecnología. Por ejemplo, si somos muy anti-tecnología y solo vemos los prejuicios de la misma, podemos tener dificultades de adaptación social porque el mundo no se va a detener porque nosotros no queramos usar el móvil, por ejemplo. Y si no vemos todo lo que nos aporta, quizás cuando nos comprometamos a reducir su uso, nos será imposible por no saber lo que implica tal afirmación. Por otro lado, si obviamos las implicaciones negativas, seremos absorbidos por la tecnología y solo seremos conscientes de las consecuencias cuando nuestro cuerpo físico nos pare por alguna enfermedad o por algún contratiempo.

Y yo llevo este verano reflexionando sobre esta balanza, sobre todo viendo a mi hijo mayor que empieza a librar está dura batalla (más conmigo que con el móvil) de encontrar el equilibrio. Hemos probado y seguimos probando muchas fórmulas. Algunas sugerentes y todas con agujeros por resolver: horarios, límites de tiempo, normas de uso, días sin tecnología,… Creo que no hay una solución y un camino único sino el permitirse pararse a reflexionar juntos sobre cómo nos afecta a adultos y pequeños y sobre como queremos relacionarnos con la tecnología en un futuro inmediato.

Últimamente ando pensando en fórmulas como, por ejemplo, sustituir cada día un uso tecnológico por un uso físico o a la antigua usanza, para brindarnos ratos de desconexión consciente como podría ser: llamar o quedar con un amigo/a en lugar de mensajear, contar cuentos o historias de la familia en lugar de ver una película o serie, jugar a juegos de mesa en lugar de digitales, lavar algo a mano, cocinar a fuego lento, jugar al Fortnite físico en la montaña, leer un libro en papel, ir a comprar andando, preguntar a alguien sobre cómo se hace algo, y lo que se nos pueda ocurrir. Según escribía está lista de ideas me iba dando cuenta cómo muchas de ellas nos parecerán obvias y absurdas cuanto mayores seamos… Seguro que los más jóvenes no piensan lo mismo: ¿es que existen los cuentos para adultos? ¿se pueden lavar los platos sin lavavajillas? ¿el abuelo o la abuela saben cosas que no sabe ni Google?

No se trata tanto de abandonar la tecnología sino evitar dejar de hacer cosas físicamente, de forma que podamos desconectar, equilibrar y poder ser capaz de sobrevivir a una caída de Internet 😉

Si queréis aportar ideas de transformación digital a analógico/físico, podéis dejarlas en los comentarios… Feliz reflexión.

25. Avatar y avatares

Un avatar antes de la era digital era (o es) la encarnación de un dios hindú (en tanto es una palabra que viene del sánscrito). En el mundo digital es la representación gráfica de nuestra identidad virtual (rae) o, en otras palabras, nuestra apariencia visible en las redes virtuales, juegos, etc. Puede ser una foto nuestra, una foto cualquiera, una caricatura nuestra, una caricatura de otro u otra, un personaje o animal que nos guste y así, un largo etcétera. En cualquier caso, es nuestra máscara más o menos transparente/opaca en el mundo virtual.

No sólo en el mundo virtual vamos con máscaras, también en el día a día. Una máscara es también cualquier conducta nuestra que distorsiona hacia el interior la verdadera esencia personal, lo que realmente pensamos y sentimos. La transparencia y la honestidad suelen estar muy valorados pero es bueno entender que una máscara tiene una función protectora de nuestra intimidad y de nuestras fragilidades.

Una diferencia que veo entre máscaras psicológicas y virtuales es que las primeras suelen ser más bien inconscientes, fruto de años de «interpretar uno o varios papeles en la vida», y las virtuales totalmente conscientes, eligiendo concretamente consideremos que nos vean. La otra diferencia importante (y habrá más) es que las virtuales pueden ser mucho más opacas que las físicas. En el cara a cara, con una persona física, nuestras máscaras son como los antifaces, ocultan una parte y dejan ver otras. Podemos «leer» los ojos de la otra persona, su comunicación no verbal, lo que deja entrever, … Y en el mundo virtual el avatar puede ser tan diferente de nuestro ser físico que se pueda considerar una identidad diferente, uno de muchos álter egos.

¿Para qué tener tantas identidades? ¿No es ya bastante cansino pelearnos por mantener la integridad de una? Cada vez que se atenta o se ataca la identidad que hemos construido durante tanto tiempo, solemos sentir dolor, rabia, invasión, agresión y otras muchas manifestaciones nada placenteras. Somos quienes somos por las decisiones que hemos ido tomando a lo largo de nuestra vida y por los grupos a los que hemos ido elegirnos pertenecer (al igual que los que nos trajeron a la vida). Luego, de alguna manera, al tener varias identidades ¿se fragmenta la identidad única?, ¿se pierde el sentido de identidad como algo único?, ¿podemos caer en trastornos de personalidad múltiple?, ¿qué puede pasar?

Yo tengo mi opinión al respecto pero creo que es importante que cada identidad nos háganos testas y otras preguntas para decidir dónde queremos ir y cómo queremos ser.

Sí me viene a la cabeza la película Avatar. Intentaré no hacer mucho spoiler. Si quieres, salta al siguiente párrafo 😉. En esa película, los humanos eran los que tenían la capacidad que los hindús otorgan a los dioses de encarnarse en otro cuerpo. Pueden ser otro/a de una especie especialmente conectada con la naturaleza residente en otro planeta. Y uno de los protagonistas, con discapacidad motora por parálisis en las extremidades inferiores «lo flipa» por poder volver a mover las piernas, correr, saltar, etc.

¿Qué nos aporta un avatar virtual? Pues ser otro, hacer cosas que no se pueden o nos sería muy complicado hacer en nuestra vida física como volar, hacer piruetas, pegar tiros, jugar profesionalmente al fútbol, ser guapo/a, tener éxito, conocer gente, … (Podéis añadir aquí vuestros sueños o situaciones que os cubren las pantallas y el mundo virtual en el que todos estamos de una u otra manera)

Yo, desde pequeño he estado en contacto con los juegos de ordenador y las llamadas «maquinitas» donde podías experimentar estas «disociaciones» que, antes de esta era se hacían mediante los cuentos, las historias, los libros o los sueños (y que se siguen usando, por supuesto). ¿Qué ha cambiado? Que ahora son muuuucho más realistas (gráficos impresionantes, efectos de sonido, realidad virtual,…) y que son mucho más interactivos y personalizables por el usuario. En un mundo tipo Minecraft o Roblox (por poner dos ejemplos en los que podemos tener a los peques) pasan muchas cosas, algunas más estimulantes que las de nuestra propia vida. Y lo que se va haciendo/construyendo se va grabando, como en nuestra vida. Vamos construyendo un mundo y una identidad que puede ser más placentera y satisfactoria que la de nuestra propia vida real. Salió en las noticias que se iba legislar sobre la posibilidad de trabajar como «jardinero de Minecraft»… ¿Horrorizado/a? Bueno, os puse el ejemplo de la película Avatar como ejemplo de que todo esto no tiene por qué ser para mal. No creo que andemos lejos de un mundo en que los ciegos vean, los sordos oigan, los cojos corran y los paralíticos anden. Ese mundo ya existe y es el mundo virtual. Y ser eternamente jóvenes. Poder trabajar a distancia. ¿Qué es más virtual que el dinero? En definitiva, no podemos elegir qué rumbo tomar si no ponemos todas las cartas sobre la mesa y junto con todo el miedo que nos pueda dar perder la identidad física, creo que es bueno poner en valor todo lo que aporta y todo lo que aporta a nuestros peques que son los que están heredando este modelo de vida.

Hay ciertas cosas que he experimentado yo mismo en mis incursiones por los mundos virtuales. A ver si os suenan algunas:

– Sentir rabia y desesperación por haber perdido todo lo que había hecho/avanzado hasta entonces: por un fallo de la máquina o un maldito monstruo
– Sentir ilusión y alegría por un logro nuevo, por algo que nunca antes había conseguido
– Tener la cabeza llena de planes de mejora o cosas para hacer (virtualmente) y que se haga eterno esperar el momento de poder llevarlas a cabo
– Sentir la frustración de tener que abandonar esta segunda vida en el momento más interesante
– Pegarme unos buenos sustos por una aparición repentina o hacer las cosas con miedo por una atmósfera tenebrosa que te rodee o la dificultad de una acción a acometer
– Tener largas y apasionadas conversaciones con mis hijos sobre lo que nos pasa en el mundo virtual (a menudo más intensas que lo acontecido en el cole o el mundo físico)

Un común denominador es que las emociones también existen en el mundo virtual y, no diría nada extraño si afirmó que, además, funcionan como vasos comunicantes entre los dos mundos. Lo que siento en uno va a repercutir en el otro y viceversa.

¡Uf!. Aunque esto da para hablar largo y tendido, creo que va llegando el momento de ir aterrizando. Como siempre surge la pregunta: ¿Y con esto que hago? ¿Qué tipo de vida digital y física quiero para mí y para mis hijas e hijos?

Estoy convencido de que cada persona tendrá sus propias respuestas a estas preguntas. En el caso de querer una mayor presencia para ellos y para ti en el mundo físico quizás habría que empezar por dedicar tiempo, espacio y esfuerzos a experimentar placer y disfrute terrenal: afectos, naturaleza, miradas, calor de hogar, aventura, experimentación, contacto,… No se trata de impedir o restringir el inevitable acceso a los mundos virtuales sino de no perder la alternativa para cuando queramos desconectar y ser nosotros mismos, que una excesiva virtualización nos saque de nuestra esencia, de nuestro contacto con la naturaleza y de lo que es tal como es.

Los peques no son tontos y si obtienen la misma o mayor gratificación por una actividad física, no dudarán en elegirla. La pregunta es: ¿las podemos ofrecer?

En los pocos días que he podido prestar atención a esto en mi familia me he visto: jugando a un LOL casero. LOL es un programa de humor en el que los participantes tratan de hacerse reír entre ellos. Nosotros lo sacamos de la pantalla y lo hicimos nuestro. Fue muy divertido. Y otra: estuvimos de excursión por el campo y no hacíamos más que sacar similitudes con la exploración en Minecraft (vamos a subir a esa colina a ver lo que se ve desde allí, necesito un mapa, vamos a ver cómo de profunda es esa cueva, ¿qué puedo hacer con estos palos o piedras?,… Escuchar y ver que pueden disfrutar tanto o más que en el mundo virtual paralelo da cierta esperanza.