33. Infosurfing

Infosurfing es básicamente «navegar por Internet de forma incontrolada». En otras palabras, el gesto habitual de arrastrar el dedo para ver la siguiente publicación en esos «feeds» o historias infinitas que nos proporcionan muchas de las aplicaciones de redes sociales o noticias. También se puede considerar infosurfing o «infinite scrolling» el continuo pinchar al botón de siguiente en un ordenador.

La navegación de forma incontrolada puede conllevar una pérdida de la noción del tiempo y acabar destinando a ello horas y horas con muy poca o nula productividad, aparcando cosas más importantes y acabando con muy poca energía o mal humor. Además, es habitual que su práctica diaria genere cierta tecno-adicción, en cuanto a que anhelamos el siguiente momento en que podamos ponernos a ello.

¿Cómo es que se produce este fenómeno?

Es como una búsqueda del tesoro. Encontrar el tesoro produce tanta satisfacción que nuestro cerebro se refuerza con la experiencia a pesar de las dificultades superadas para llegar a él. O incluso más, a mayor sufrimiento o dificultad, mayor placer. En psicología clásica se dice que hay un aprendizaje reforzado de tipo aleatorio. Es un premio al aprendizaje de una conducta que, al tener consecuencias inciertas se refuerza en mayor medida que si siempre se obtuviera el premio. Creo que me estoy volviendo muy teórico… Mejor con un ejemplo:

Si todas y cada una de las noticias, posts, videos, memes o imágenes que nos encontramos mientras infosurfeamos por una aplicación fueran 100% interesantes, veríamos como tras unas pocas visualizaciones lo dejaríamos. Y si, tras un cierto número de visualizaciones, si no encontráramos nada, también lo dejaríamos. Pero si cada 8 o 10 visualizaciones encontramos premio, es decir, algo que nos interese o nos haga reír, el refuerzo se produce y es máxima la estimulación para encontrar otro «tesoro» más. Esta cifra yo la he puesto al azar, pero el número exacto se conoce y se utiliza por las plataformas que se aprovechan de este scroll infinito o en juegos basados en recompensas.

Por ello, me parece importante hacer una primera criba de aplicaciones. Unas de ellas, realizan paginación, esto es, dividen el contenido en páginas y se surfea dando al botón de siguiente. Esta pequeña pausa de tener que dar a un botón de siguiente nos puede hacer plantearnos si hacerlo o no (porque durante la última página no encontramos nada). Me parecen un pelín más saludables que las que tienen una alimentación infinita. Al ser infinita nunca hay stop y la probabilidad de encontrar ese tesoro es cercana al 100%.

Y sucede también un dilema moral: ¿merece la pena? El tesoro es precioso, el sacrificio también. A veces el tesoro lo encuentro rápido y no sacrifico nada de mi vida, otras veces acabo hastiado y me encuentro con una gran lista de actividades aparcadas por hacer.¿Qué puede haber de malo en aprender, reír, saber del mundo o de la familia y amigos?

Como en casi toda adicción, lo malo es traspasar el límite, pasar del uso al abuso. Yo a veces me lo planteo como la diferencia entre fluir y dejarse arrastrar. Fluir con la vida requiere tener claras nuestras necesidades para evitar ir por donde no deseamos ir. Se requiere cierta capacidad de decisión para fluir, si no, es dejarse llevar, dejarse arrastrar. Fluir te lleva a estados de paz, conexión, tranquilidad, bienestar, contento, … y arrastrarse te lleva a callejones sin salida, estancamiento, vacío,… La diferencia es muy sutil y muy fina. Pues bien, el infosurfing puede apartarnos de necesidades básicas como comer (incluyendo estudiar y trabajar para comer), salir a oxigenarnos o hacer ejercicio (salud física y mental), relacionarnos (socialización), mantener cierta higiene en nuestro hogar, dormir (descanso),…

Con el tema de descanso, creo que ya lo advertí en alguna ocasión: a veces surfeamos porque estamos cansados. Aviso a navegantes: surfear te agota aún más. La estimulación digital es tan grande que el cerebro se agota con este acto de apariencia pasiva. Hagan la prueba de mirarse su grado de cansancio antes y después de surfear y me dicen.

¿Qué hacemos con esto? Si yo estoy enganchado al infosurfing, ¿cómo puedo pretender que mis peques no caigan en ello poniendo en riesgo su salud, sus capacidades de relación, sus estudios,…?

Como siempre digo, el mero hecho de darse cuenta de que tenemos un problema ya es un gran paso hacia su solución o su mitigación. Se posibilitan mecanismos conscientes para favorecer el cambio. A mí se me han despertado algunas ideas durante mi redacción de este texto. Os comparto algunas por si os sirven, sabiendo que cada una tendrá que encontrar su camino.

Navegar con un propósito. Ten claro qué es lo que quieres conseguir o averiguar cuándo conectes con la red: lo buscas, lo obtienes y lo dejas.

Establece un tiempo de consulta. Esta solución me ha generado cierta controversia por entrar un poco en conflicto con una actitud de fluir con la vida y de improvisar, de dejarse sorprender. Sin embargo, creo que no tiene por qué ser del todo incompatible. La fórmula sería planificar en contacto con uno mismo: de acuerdo a nuestros valores, nuestras necesidades, nuestros deseos. Es como si quisiéramos meter piedras en un recipiente, debemos meter primero las grandes y después las pequeñas para maximizar el espacio. Si el infosurfing nos aporta poco valor en proporción al tiempo que nos consume, quizás habría que dejarlo para cuando el resto de necesidades estén satisfechas. Lo valioso, lo importante, debe ir primero y quizás deba protegerse con una cierta planificación. Es una posibilidad, ¿tú qué opinas?

Que tengáis un bonito aquí y ahora. Buen momento para parar el surfeo, respirar y reflexionar. ¿Qué es lo que realmente quiero para este aquí y ahora?

27. Mi adiós a Facebook

Llevo ya un tiempo para escribir este post, porque lo que he querido hacer con especial cuidado de cara a las repercusiones que pueda tener para mí y para aquél que lo lea.

Tras una importante reflexión y lucha interna he decidido dejar Facebook e intentar hacer un experimento social y psicológico conmigo mismo del que podéis ser partícipes los que me leéis. 

Escojo Facebook por ser la red social que más consulto descontando la mensajería. Lo que cuento puede hacerse extensible a cualquier otra red social en la que se den las siguientes circunstancias que me motivan a dar este paso:

1. Tras realizar un seguimiento de mi tiempo de uso, a través de una aplicación de control del tiempo, observé resultados descorazonadores como un uso promedio de 42 minutos diarios, desde que lo controlo, que conseguí reducir a algo menos de 20 minutos en el último año. Y picos de más de 4 horas, en mi cumpleaños, por ejemplo. Me da la impresión que la mayor parte del tiempo que he pasado en la aplicación lo he dedicado a leer «morralla», más que contenido útil, deslizando el dedo por publicaciones y publicaciones hasta dar con alguna cosa, entre miles, que me llame la atención.

2. Siendo padre, creo que no es el mejor ejemplo que dar para mis hijos. Facebook, como muchas de las aplicaciones interactivas restan atención a lo físico sobre lo virtual. No es algo que quiera seguir transmitiendo.

3. En mi caso, también me generaba cierta adicción y necesidad de abrirlo. Malestar y sensación de vacío si no lo consultaba. A veces, como un movimiento automático no consciente ni intencionado.

4. Curiosamente, una red social puede llegar a rodearte de gente que vive lejos y alejarte de los que tienes cerca. Saber historias y anécdotas de los de lejos (y de los que apenas conozco) y no saber qué le pasa al que tengo al lado.

5. También me crea la ilusión de estar a la última, de estar bien informado y no es así. Ni me entero de todo y de lo que me entero es fruto del azar o de los sesgos informativos que se producen por la selección automática de contenidos.

Esto requiere un poco más de explicación: cuando damos un like o interactuamos con una aplicación, los algoritmos informáticos nos colocan en un perfil de «consumidor» o «pensamiento». Ese perfil atrae contenidos, publicaciones y publicidad afín a ellos. Hasta ahí puede estar bien, pues solemos preferir leer lo que nos interesa. Pero, a la larga, se produce un sesgo informativo, una polarización en las ideas y las de mi grupo de afines. Es fácil creer que lo que te cuentan es lo que piensan todos y se pierde la perspectiva de otros puntos de vista. La consecuencia de esto están siendo tantos grupos de pensamiento y creencia tan agresivos que luego ocasionan graves conflictos, estigmatización, falta de respeto y violencia en diferentes contextos.

Nos polarizamos ideológicamente, ignoramos las realidades de los que no están en nuestras redes cercanas, vivimos condicionados por la influencia mediática de los algoritmos.

6. ¿Y qué decir de los sesgos sobre la vida de los demás? Muchas veces solo vemos lo bonito: sus viajes, sus logros, … o lo más negativo: muertes, dificultades, pérdidas, … creando un estado de confusión sobre cómo es la vida, pudiendo llegar a creer que la vida es como nos la pintan las redes sociales. Sufriendo por no tener lo que muestran ostentosamente otros, o por no tener tantos amigos, o por estar en riesgo de sufrir las penalidades de los demás.

7. Y es que, la información no viaja libremente al antojo del autor. Yo puedo escribir este y otros posts y darme cuenta que mi audiencia no es la que quiero, si no la que quieren. Si tienes la suerte de estar leyendo este mensaje, estás de enhorabuena, no siempre es así. Solo un porcentaje lo leen y el mensaje probablemente se perderá entre los cientos y miles de posts de la red social. Hoy está vivo y mañana es basurilla. Las redes sociales nos sumergen en el mundo de la inmediatez y de lo efímero. 

8. Ansiedad por el like. No me suele suceder, pero después de algún posts «currado», me surge una especie de necesidad de reconocimiento en forma de Likes. Con las correspondientes reentradas para ver a quién ha gustado y a quién no. Todo muy falso, pues como he dicho antes, los posts no se publican de forma uniforme ni llega a todos tus «amigos».

9. Además, Facebook no hace esto altruistamente. Lo hace porque genera unos beneficios que difícilmente podemos atisbar. Damos contenido (lo más valioso de nuestras vidas) para que otros se lucren de ellos.

10. Y, por no alargar esto mucho más, cerraré con algo que considero bastante importante para mi: leer Facebook me resta energía. Es sutil, es casi imperceptible. Os invito a hacer el siguiente experimento y que me comentéis vuestra experiencia para enriquecer la mía. Quizás algún día haga alguna investigación sobre ello. El experimento consiste en lo siguiente:

Toma de referencia un día cualquiera, preferentemente a última hora de la tarde o, para los nocturnos, terminando tu día laboral. Permítete sentir el cansancio del día y lo que te pueda apetecer sentarte o tumbarte un poco a «surfear» por Facebook. Permítete sentir que te apetece saber de la gente, enterarte de lo que pasa en el mundo, reírte un poco, o lo que sea. Pensar que ello te descargará de las tensiones del día y descansarás de cara a lo que queda de él. Finalmente, tras un rato usando Facebook (o cualquier otra aplicación), vuelve a observar tu cuerpo, tus sensaciones. ¿Cómo estás? ¿Más fresco o descansado? ¿Igual? ¿Más cansado?. Curiosamente, mi búsqueda del descanso en el surfeo a mí me conlleva más cansancio. Si os pasa, hay una buena explicación al fenómeno: el cerebro sigue activado. Las redes sociales, como gran parte de la tecnología, hacen mucho uso del cerebro y éste es un gran consumidor de energía. El acto de pensar es como hacer ejercicio físico, consume energía y cansa. Sobre-activar el cerebro puede llegar a ser más agotador que una sesión de gimnasio. Cuando pretendemos descansar, realizar actividades estimulantes puede ser contradictorio. Esta es mi experiencia. ¿Cuál es la tuya?

Esta lista de razones y motivaciones fortaleció mi intención de dejar Facebook. Sin embargo, vinieron las dudas, la constatación de los grilletes que me impedirían tal libertad.

Entre ellos:

– ¿Qué pasa con aquellos amigos, amigas y contactos que solo tengo en Facebook? ¿Les perderé para siempre? ¿Perderé la posibilidad de un encuentro casual que nos permita retomar nuestra amistad o beneficiarnos de algún servicio, evento o negocio?

– ¿Podré prescindir de no enterarme de tantos eventos interesantes, sucesos y acontecimientos? ¿Seré un incomunicado social? 

– ¿Y dejaré de enterarme de las fechas importantes y los cumpleaños que tanto me vinculan con ciertas personas aunque sea para recordarles, una vez al año, que me acuerdo de él o ella?

– ¿Y qué hay de la visibilización de lo que hago, de lo que consigo, de lo que ofrezco? ¿No podré publicitar talleres, aportar conocimiento, promover debates y reflexiones?

– Y dejaré de leer chistes tan graciosos, memes desternillantes, acertijos que me mantienen mentalmente ágil, …

Si nos paramos a pensarlo, no es una decisión fácil. La pérdida es grande, el sacrificio y el riesgo de desconexión importante. Estoy atrapado. ¿Estoy atrapado?

Ya dije que no me fue fácil componer este artículo y mucho menos tratar que sea algo riguroso, serio y auto-aplicable. Y aplicable por quien quiera en aras de disponer de salud digital. En todos los artículos que he ido publicando he insistido en que tras todo uso de la tecnología suele haber una necesidad subyacente que se busca satisfacer. Realmente es detrás de cada conducta, pero para la tecnología también vale.

Por tanto, la mejor forma de dejar o reducir el uso excesivo de cualquier producto, léase ahora Facebook, es cubriendo las necesidades subyacentes de forma alternativa.

En las siguientes líneas voy a tratar de buscar una forma de hacerlo y, de aquí en adelante, toca tratar de ponerlo en práctica. En mayúsculas pongo la necesidad y, a continuación, una posible forma alternativa de satisfacerla:

1. NECESIDAD DE INFORMACIÓN. Facebook no es la única fuente de información. Hay infinidad: revistas, libros, webs especializadas, … Cambiar la forma de obtención de información de pasiva (otros deciden qué es lo que tengo que leer) a activa (yo decido proactivamente qué quiero leer) me hará más sabio, más flexible y dispondré de mejores puntos de vista.

2. CONTACTO. Exportar la lista de contactos a otro almacenamiento o dispositivo. Esforzar por contactar por otros medios: teléfono, videoconferencia, quedada, carta, regalo, …

3. FELICITAR Y SER FELICITADO. Aunque Facebook es muy cómo para conocer y recordar cumpleaños, siempre se puede recuperar la lista y guardarla en otro calendario o agenda. Más trabajo y más personal. Confiar en la reciprocidad de las felicitaciones.

4. RECONOCIMIENTO LABORAL. Otras vías de publicidad, boca a boca, más personal.

5. SER CONTACTADO / ENCONTRADO CON FACILIDAD. Yo creo que no será un fracaso si se deja la cuenta viva de Facebook con un enlace a otros perfiles o formas de contacto (web, email, …) o si se consulta con una periodicidad muy limitada (hablo de una vez al mes o al trimestre como poco). Confiar que el que quiera, te va a encontrar…

6. SABER LO QUE SE HABLA / SE DICE DE MI. Aceptar que lo que se dice de ti es como lo que se habla de ti a tus espaldas, no es controlable y nunca lo será.

7. REÍR. Facebook no es la única fuente del humor. Se puede buscar el humor en otras partes, físicas (teatros, espectáculos, monólogos, …) y virtuales.

8. COMPARTIR MIS REFLEXIONES. Seguiré, mientras tenga tiempo y motivación, publicando en mi wordpress. Al que le interese me seguirá y podrá seguir siendo partícipe de mis reflexiones. ¿Dónde? Pues en este mismo blog de wordpress.

¿Es necesario que todos nos salgamos de Facebook? Por supuesto que no. Mi intención con este artículo no es más que poner conciencia en lo que sucede o puede suceder. Para poder valorar con un poco más de rigor qué nos aporta y qué nos quita. Yo, particularmente, seguiré teniendo mi cuenta activa pero para ser utilizada de forma proactiva cuando necesite alguna información y no de forma pasiva por costumbre o rutina. Cada quién deberá sopesar sus circunstancias y, si lo que deseas es salir, contar con unas claves para hacerlo.

Que la inercia no nos lleve a equivocarnos de sendero.

16. La curiosidad mató al gato

Hace poco me vino a la mente este refrán que refleja lo penalizada que está la curiosidad. Es como si hubiera un mandato social a dejar de ser curiosos a medida que maduramos. Ser curioso está asociado a asumir riesgos. Lo hablaba hace poco con un amigo: en la educación actual se nos invita poco a curiosear y se prima la disciplina de acción.

De niño somos curiosos instintivamente. Es la base del aprendizaje: tocamos, olemos, chupamos todo aquello que agarramos para conocer su textura, su peso, si es comestible, su olor, etc. Y parece que se suele infantilizar esa conducta de forma que mebospreciamos la experiencia propia en pos de la ajena, la de los otros, la de los que te dicen cómo se han de hacer las cosas.

Yo particularmente creo que madurar no debe implicar perder del todo al niño o niña que llevamos dentro. La curiosidad, la creatividad, la espontaneidad y otras capacidades pueden ser muy útiles en nuestra vida adulta.

Y querría centrarme en la curiosidad por cómo afecta a la forma en que nos enfrentamos a las nuevas tecnologías. ¿Eres de los que temen tocar un botón equivocado en el móvil o en el ordenador que te descargues un virus o te deje la cuenta en blanco? ¿Usas siempre los mismos programas o te aventuras a probarlo todo?

Pues te voy a decir una cosa: para adaptarse a lo nuevo hay que ser curioso. La tecnología avanza tan rápido que si esperamos a que nos expliquen algo ya es tarde. Pero los desarrolladores no son tontos ni tratan de hacer la vida imposible. Cada vez las aplicaciones son más y más fáciles de usar.

Sirvan estas palabras con ánimo a las personas que se bloquean con las nuevas tecnologías. Una invitación a ser curiosos como los niños. Equivocarse y volver a empezar, trabajar la plasticidad neuronal. Y ser un poco como Alicia, la niña que su curiosidad condujo al país de las maravillas y pudo descubrir cómo las cosas pueden ser muy diferentes a cómo nos las imaginamos.

Es verdad que hay acciones que pueden conducir a consecuencias desastrosas, el miedo está ahí y como adultos responsables podemos calibrar el posible impacto de lo que estamos haciendo. Y si tenemos un niño o un adolescente cerca podemos pedirle ayuda u observarle como se maneja con los aparatos…

Lo importante es superar la creencia limitante de que ya no valemos para esto, que tanto cambio nos supera. Los confinamientos vividos nos demuestran que es importante tener unas mínimas destrezas digitales. Tu esencia curiosa está en ti, solo tienes que desenterrarla… Bueno, ¿qué? ¿vas por fin a apretar ese botón que no sabes para qué sirve?

15. Toc toc, TikTok

No sé si habéis visto recientemente noticias sobre TikTok: que si el gobierno chino, que si el estadounidense, que si se espía con esa herramienta, que si la va a comprar Microsoft…

Quizás muchos de vosotros tenéis esta aplicación para hacer patosadas y echarse unas risas. ¿En que puede afectar está guerra de gobiernos y empresas? ¿Es seguro utilizarla?

La respuesta podría ser: como casi cualquier otra aplicación o red social cuyos términos de intimidad y protección de datos aceptamos casi mirando a otro lado porque es mucha letra y, total, todo el mundo lo tiene y los ha aceptado.

A veces, cuando vemos películas de espías o ciencia ficción, vemos cómo los protagonistas pueden llegar a obtener gran cantidad de información basándose en las redes informáticas. Pues bien, no es tanta ficción. ¿Cómo lo hacen? Bueno, tampoco vamos a dar un curso de seguridad ahora, pero se puede simplificar en que «muchos pocos hacen un mucho». Quizás al gobierno chino (o al estadounidense) no le importe mucho lo que hagas o dejes de hacer con TikTok, por ejemplo. Pero si, de repente, millones de personas están interesadas en hacer gracias sobre Trump, o sobre Jinping, o si hay gente que se dedica a hacer tutoriales de armas o bombas, o cualquier otra cosa que supuestamente puede hacer intervenir a un gobierno y saltarse todas las políticas de protección de datos que hayas firmado, entre las cuales seguro que hay una que dice que por sospecha de actividad delictiva, los datos pueden ser cedidos al gobierno de turno. Os podéis imaginar que si USA no se fía de China, y viceversa, pues esta aparentemente inocua aplicación se convierte en un conflicto internacional como ya pasó, por ejemplo, con los móviles Huawei.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Seguimos como si nada porque esto no va con nosotros?

O podemos aprovechar esto para cuestionarnos y reflexionar sobre nuestra presencia y reputación en las redes. Antiguamente, era fácil que uno tuviera cierta fama en el barrio o en su pueblo. Todo el mundo conocía tus trastadas y las anécdotas graciosas se cuentan año a año para orgullo o vergüenza de los protagonistas. Pues con Internet es igual sólo que el público de la información es toda la comunidad internauta actual y futura. ¿Somos conscientes de esto?

Como a mí me gusta abrir conciencia y preparar a las nuevas generaciones para que hagan las cosas con criterio, propongo un trabajo familiar para sacar a relucir estos temas. Podemos dialogar para decidir quién tiene o debe tener acceso a cada una de las cosas que colgamos: nuestros íntimos, nuestros círculos, los amigos de mis amigos, los gobiernos y empresas publicitarias, o todo «quisqui». Hablar sobre qué contenidos se deben subir y cuáles no. O, quizás, hay que empezar a cuestionarse que la privacidad es ya un elemento del pasado y que tendremos que aceptar que vamos a ser todos sujetos públicos y observados, como en Gran Hermano, y que tenemos que empezar a lidiar con ello como hacen los famosos.

Espero que podáis llevar a cabo esta interesante conversación. Y, si queréis, como siempre, os dejo este espacio para compartir y co-crear.

9. Apps de control parental

En aquel post que escribí sobre hackers vine a decir que los dispositivos de acceso a Internet son como puertas a nuestra casa, puertas por las que se puede salir (virtualmente) y por la que nos pueden entrar. No me extrañaría que hubiese gente que tenga seguridad privada, alarmas en su vivienda, perros guardianes y/o cierre sus puertas y ventanas cada noche a cal y canto, y luego tienen a un peque en casa «protegiendo» la entrada virtual a la familia a través de un móvil o una tablet. ¿Qué podemos hacer? La verdad es que el mejor control sobre lo que hacen los niños es salir con ellos a la nube, al igual que hacemos cuando salimos de casa y acompañarlos como cuando estamos/estábamos en el parque con ellos viendo cómo juegan. Si esto ya es inviable en nuestra familia (han crecido, tenemos poco tiempo, estamos cansados, etc.) podemos hacer dos cosas: confiar o controlar. 

En mi opinión, creo que la confianza es el ideal, el objetivo. Sin embargo, hay que ganársela y eso puede conllevar un tiempo. Mientras no se tengan, podemos recurrir a alguna de las múltiples fórmulas que se están implementando bajo la denominación de «control parental». Yo no me voy a poner a analizar una por una a ver cuál es la mejor, pero os puedo comentar un poco por encima las que he probado y, si alguien quiere más información sobre éstas u otras, que pregunte, sin problema. 
Podríamos hacer una tentativa de clasificación entre funciones de limitación de tiempo, bloqueadoras de aplicaciones, bloqueadoras de contenidos y supervisoras. La mayoría de las herramientas cubren varias de estas funciones. Voy a enumerar algunas (básicamente las que he podido probar, ninguna me patrocina, jeje)

Google Family Link (https://families.google.com/intl/es-419/familylink/) Herramienta de Google para gestionar a distancia el dispositivo de nuestra hija o hijo. Permite ver su actividad, controlar las aplicaciones instaladas, limitar los contenidos a los que puede acceder (en base a clasificaciones de contenido según edad), limitar el tiempo de uso e incluso saber dónde está físicamente. Es bastante completita y gratuita. Por poner alguna pega, casi que te obliga a que tu hijo o hija tenga un dispositivo propio, con su propia cuenta-Google. Para mí, disponer de una cuenta-google propia es ser adulto en el mundo de Internet. Podrás controlar todo lo que quieras esta cuenta, pero tu hijo ya estará siendo analizado y observado por el Ojo de Gran Hermano en que se está convirtiendo Internet y, en cualquier momento, sabrá cómo hacer para crearse su propia cuenta no monitorizada. ¿Y por qué tiene que haber un solo usuario en el dispositivo? ¿Dónde esta la posibilidad de compartir entre hermanos?

Bloqueo de aplicaciones de Android (como yo no tengo iPhone, los de la manzana tenéis que buscar si existe algo similar). Dependiendo de la versión que tengáis instalada os aparecerá en un sitio o en otro. Pero seguro bajo la ruedecita de configuración. La idea es bloquear las aplicaciones con una contraseña. Las dos aplicaciones que, al menos hay que bloquear son la propia de configuración y la de las tiendas de descarga de aplicaciones. Yo personalmente, bloquearía todas las aplicaciones excepto las que quieras que usen. Con esto tendríamos bastante seguridad de que solo juegan a lo que les permitimos, pero no hay control de tiempo de uso ni control de contenidos dentro de Youtube, Navegadores, etc.
Qustodio (https://www.qustodio.com/es/) Esta aplicación de control es bastante completa pues se pueden ejecutar todas las funciones anteriormente descritas. Al igual que Family Link, requiere que cada niño/a tenga su dispositivo propio. Tiene una versión libre (un usuario y funciones limitadas) y otra de pago. Al menos no requiere que el menor tenga una cuenta-google o similar. Se puede solicitar contraseña para ejecutar aplicaciones y te puede mandar avisos sobre uso, tiempo, etc. además de poder mirar cuánto tiempo se ha estado en una determinada aplicación.


Y hay dos que me han gustado especialmente: antisocial (http://antisocial.io/home) y Forest (https://www.forestapp.cc/). Me han gustado especialmente porque nos lo podemos aplicar a nosotros mismos. Me explico: hemos llegado hasta aquí súper preocupados (es un suponer) del tiempo y uso que hacen de las pantallas nuestros hijos e hijas. No sé si alguien se ha propuesto controlarse a sí mismo sobre el uso que hace de ellas. Pues a eso nos ayudan, entre otras, estas dos aplicaciones. La primera lleva la cuenta del tiempo que usamos el móvil, las aplicaciones que más usamos e incluso nos hace una comparativa del uso que le dan otros usuarios de la aplicación. También podemos bloquearnos ciertas aplicaciones o limitar nuestro tiempo. Con la segunda (Forest) podemos comprometernos a nosotros mismos a estar un tiempo determinado sin usar el móvil. Si lo conseguimos, podremos plantar un arbolito en un bosque virtual (o real). Si no lo conseguimos, el arbolito o arbusto morirá… (virtualmente)


Me parece responsable empezar por uno mismo. ¿Cómo podemos saber lo que sienten/piensan nuestra descendencia ante la limitación de uso de las pantallas si nosotros no hacemos lo mismo? Probadlo y sentid el efecto de la desconexión en el cuerpo y en la mente. Cada persona/familia es un mundo, así que solo probando podéis ver qué pasa. Habrá quien sienta confort, relax y alivio, y habrá quien no pare de morderse las uñas.Controlar y restringirse uno mismo puede ayudar a dar un mensaje de que «lo que quiero para vosotros, lo aplico para mí», o, al menos, lo intento. ¿Quién se anima? Podéis contar vuestras experiencias.