Episodio IV. Las redes sociales

Redes sociales

Parece que Internet se ha apropiado del término «red social». Obviamente, una red social también puede darse fuera de la red de redes. De hecho, estoy convencido de que la mayoría de las reglas que rigen el funcionamiento de las redes cibernéticas se daban y se dan en las relaciones humanas. 

Dicen que la raza humana es de naturaleza social. Y hay quien afirma que no es posible vivir sin socializar. Desde luego que nos costaría bastante criarnos. Luego, casi todo en esta vida gira en torno a cómo nos relacionamos con los demás. Desde el polo de la sociabilidad hasta el del aislamiento tenemos un gran abanico de formas de estar en este mundo. ¿Qué nos dan las redes sociales virtuales que no obtenemos con las otras? Creo que es importante tenerlas en cuenta para poder valorar en qué medida son necesarias y en qué medida nos están sacando de la realidad. 

Voy a enumerar las ventajas que se me ocurren y, si queréis, podéis aportar alguna más: cercanía con los que están lejos, inmediatez de respuesta, facilidad de encontrar grupo de afines, posibilidad de estar en grupos de forma anónima, estar al corriente de la actualidad, obtener fácilmente ayuda, pasar más tiempo con las personas que me apetece, … 

Es tanto lo que nos aportan que es normal lo dependientes que nos hemos vuelto de ellas. Es más, una persona sin redes sociales va a caer, irremediablemente, en el grupo de los raros, desconectados, asociales, antisistema, o cualquier atributo excluidor del grupo preponderante en la sociedad actual. Ya he comentado en alguna ocasión la importancia que tiene en la adquisición de una identidad la pertenencia a los grupos. Durante la adolescencia, la búsqueda de la identidad a partir de la pertenencia es algo vital. Y, para bien o para mal, las redes sociales virtuales han venido para quedarse y van a determinar una nueva forma de relacionarnos con el mundo. 

¿Problema? Que sin necesidad de bucear mucho por la web, es fácil encontrarnos que ya se están llenando las consultas psicológicas y psiquiátricas con casos de adicción a las redes sociales. Entre los problemas que acarrea esta adicción están los comportamentales (irascibilidad, descontrol e impulsividad cuando no están conectados o se les impide contectarse), la nomofobia (ansiedad o miedo por salir sin un móvil a mano), bajones de rendimiento académico, reducción de horas de sueño (por quedarse conectados hasta altas horas de la noche) y todo esto sin contar con los efectos propios del tiempo de uso de pantallas (cefaleas, problemas de visión, insomnio, …)

Una cosa que a mí me ha servido para valorar si estamos usando o abusando de una red social en Internet, o el uso de Internet en general, es pensar que cuando uno está en Internet, NO está dónde se supone que está. Es decir, que si estás en casa, rodeado de gente, pero con el móvil conectado a Internet y en contacto con otras personas, realmente no estás en casa, sino en la red. Esto es equivalente a estar en un club de amigos, en el bar, en el parque, o donde sea, pero no con los que se está físicamente en un determinado momento. Por tanto, no hace falta reinventar la rueda, creo que sería una buena idea reutilizar las normas de entrada-salida de casa para la entrada-salida de Internet.

Un ejemplo fácil: si alguien no deja a su hija o hijo salir hasta las once de la noche, tampoco le debería dejar chatear hasta esa hora. Si es norma de la casa comer alrededor de una mesa y no llevarse la cena al parque o a casa de alguna amistad, pues tampoco se debería conectar en la hora de la comida/cena. Y así sucesivamente. Sobre todo, tener en cuenta: no se puede ESTAR en dos sitios a la vez. La tecnología nos hace creer que sí es posible, pero la atención es un recurso limitado y el cerebro siempre elige un contexto. Entonces, ¿a quién eliges? ¿al que está aquí contigo o al que está allá lejos?

Voy a pensar el reto… Está difícil… Porque, a diferencia de otras problemáticas, ésta suele afectar a todos: madres, padres, hijas, hijos, abuelas, abuelos,… (espero que las mascotas no estén también conectadas). Creo que es importante establecer unas normas que sean comunes para toda la familia aunque puedan variar ligeramente según el nivel de responsabilidad y la madurez de cada uno. Estas normas se podrían hablar y consensuar bajo el prisma de ‘cuánto tiempo nos vamos a permitir estar ausentes de la familia’. Os reto pues, a definir el tiempo IN y el tiempo OUT. Tiempo para estar con el prójimo y tiempo para estar con los de lejos. Cada grupo definirá sus propios tiempos, pero es importante hablar y hacerlo constar para evitar caer en imposiciones absolutistas. Probablemente haya rebeldías, aunque, pensar así es ya un acto de rebeldía hacia lo que está siendo tendencia de la sociedad actual.

Bueno, ya nos contaréis qué tal os va.

Capítulo 2. Los retos

¿Quién no ha jugado en la más tierna infancia o adolescencia a un reto? Los había de todo tipo: juegos como «verdad o prenda», origamis que te lanzaban preguntas aleatorias, el de la botella giratoria, y aquellos retos en los que tenías que mandar una carta a no sé cuánta gente.
Internet pone el tema de los retos bastante más fácil, accesible y, ademas, más peligroso por el anonimato de los autores y por lo rápido que se propagan. También os los podéis encontrar bajo el nombre de challenges.
Seguramente habréis escuchado de algunos que han provocado suicidios, alteraciones psicológicas de diversa gravedad, o que son utilizados para el robo de información personal (Momo, la ballena azul, balconing, etc.) Si os atrevéis a conocer una tanda de los más escalofriantes, podéis consultar en este  enlace, o podéis ver webs donde se pueden crear cuestionarios para pasar a las amistades: quizyourfriends.com o ask.fm.
Pero no todos son tan peligrosos. Los hay muy cándidos e inocentes sobre si te gusta tal o cual chico o chica, tal grupo de música, tal deporte, etc. probablemente orientados a hacer grupos de iguales y/o empezar la fase de ligoteo. Me viene a la cabeza la imagen de Marty, de Regreso al Futuro, cuando cada vez que le llamaban gallina no se podía contener y hacía hasta la locura más disparatada con tal de no ser marginado.
Los retos o challenges tienen algo de eso. ¿Qué ocurre cuando uno no los pasa? Ser llamado gallina casi es lo de menos, puede conllevar exclusión o marginación dentro de un grupo de iguales. En general, la forma que tiene el colectivo adolescente de ir forjando su identidad es identificándose con otros grupos fuera de su familia.
Los retos, pues, unen, hacen piña, nos hacen sentir especiales para alguien, nos da un sentido de pertenencia. Es importante saber  lo que aporta esto de los retos a cada persona para no acabar dictando una prohibición tajante que deje al niñx aisladx y sin recursos. Yo, detrás de los retos, veo la necesidad de hacer grupo y empezar a explorar lo que piensan tus amigas y amigos. Debe ser sorprendente apreciar las diferentes respuestas que pueda dar cada quien a un mismo reto o pregunta. Aunque pueden existir muchos más motivos (os invito a investigar tus propios motivos y los de la gente que te rodea)
Resumiendo: si bien todos los retos no son peligrosos, muchos de ellos van a forzar al joven o a la joven a «elegir» entre las normas morales de su familia y las del grupo, o incluso, a poner en juego su integridad física para pertenecer a un grupo (ahora me viene a la mente el tema de las novatadas que tienen más o menos la misma razón de ser).
Y aquí voy a ser yo el que os ponga un reto para pertenecer a esta red de mpadres intranquilos y preocupados por el alcance de las tecnologías en nuestras vidas y las que nos suceden:

Plantea un reto sencillo para hacer en familia. Al conseguirlo, plantea uno más complicado o, incluso, peligroso. Mirad cuál es la reacción de cada uno… ¿qué se está dispuesto a hacer para pertenecer a la familia? Esto puede llevar a un diálogo espontáneo sobre los retos. Hasta dónde se puede llegar, hasta dónde conviene llegar. ¿Qué se pierde cuando uno no realiza un reto? ¿Qué se gana? ¿Se puede ganar una amistad sin tener que aceptar un reto? Hacedlo y, por supuesto, podéis compartilo para que todos podamos aprender.

Por último, si, para ti, toda prudencia es poca y quieres estar al tanto de los retos absurdos y peligrosos que vayan surgiendo para poder detectar comportamientos extraños en la persona o personas que cuidas, puedes suscribirte a listas de difusión de esta información como la que ofrece Gaptain.com en
¡Hasta la próxima!

1. Trolls

Realmente se llama troll a una persona que se dedica a trolear (del inglés to troll). Por tanto, aunque ahora le pongamos cara y conducta de la mítica criatura literaria de tan feo aspecto, realmente se refiere a individuos que echan el anzuelo y consiguen que la gente «pique«.

Se trata de personas que adoptan una actitud incendiaria en grupos, foros, chats y, en definitiva, en cualquier sitio donde puedan escribir de una forma segura y anónima. La seguridad y el anonimato es imprescindible para llevar a cabo una conducta que seguramente no podrían realizar cara a cara. 

Es muy importante saber y comprender que la «diversión» del troll consiste en «calentar» al personal, por tanto, cuanto más provocativa sea su intervención más fácil le será lograr su objetivo. No es necesario que su argumento tenga argumento, ni que sea veraz, ni razonable, probablemente no sea sincero ni respetuoso e irá dirigido a donde más duele de la audiencia potencial.

Podéis conocer más sobre los trolls y sus tipos en este link.

Y nos podemos preguntar, ¿para qué lo hacen? ¿podemos estar seguros dejando a nuestras hijas o hijos chatear o utilizar espacios virtuales y que les asalten con desafíos, insultos o vejaciones? Si nos vamos al mundo físico, tenemos también el perfil del chinchilla, la persona que se dedica siempre a llevar la contraria y a desafiar a todo el mundo (aunque normalmente de forma más respetuosa o bromista). Pasa que en Internet no podemos saber si la persona va en serio o no porque nos perdemos el lenguaje no verbal. ¿Quién puede necesitar divertirse de esta forma?

Pues muy en la línea de todo el colectivo conflictivo que solo es capaz de disfrutar haciendo daño moral o físico a los demás. Hay una necesidad de relacionarse de esa forma pues no deben encontrar otra más saludable y respetuosa. O simplemente no quieren hacerlo por estar en guerra con el mundo o con los que no opinan como él. Inevitablemente, tarde o temprano nos vamos a encontrar con un troll y nuestra hija o hijo también. Luego es bueno conocerlos y saber de antemano cómo vamos a actuar cuando nos encontremos con uno.

En el enlace que os he puesto antes vienen algunas sugerencias: «no alimentar al troll» (es decir, no contestarle por muy agraviados que nos veamos), denunciar en la web o a la policía si procede, o devolverle bien por mal (pedir disculpas y abandonar la conversación). 

RETO:

Os reto a hablar con vuestra hija o hijo sobre los trolls. Preguntadle si saben qué son. Da igual, seres mitológicos o boicoteadores de Internet. Que se abra un espacio de diálogo sobre Internet y acabar decidiendo qué hacer si nos encontramos con alguno.

Luego, nos lo podéis contar, compartimos y reflexionamos…