Parece que Internet se ha apropiado del término «red social». Obviamente, una red social también puede darse fuera de la red de redes. De hecho, estoy convencido de que la mayoría de las reglas que rigen el funcionamiento de las redes cibernéticas se daban y se dan en las relaciones humanas.
Dicen que la raza humana es de naturaleza social. Y hay quien afirma que no es posible vivir sin socializar. Desde luego que nos costaría bastante criarnos. Luego, casi todo en esta vida gira en torno a cómo nos relacionamos con los demás. Desde el polo de la sociabilidad hasta el del aislamiento tenemos un gran abanico de formas de estar en este mundo. ¿Qué nos dan las redes sociales virtuales que no obtenemos con las otras? Creo que es importante tenerlas en cuenta para poder valorar en qué medida son necesarias y en qué medida nos están sacando de la realidad.
Voy a enumerar las ventajas que se me ocurren y, si queréis, podéis aportar alguna más: cercanía con los que están lejos, inmediatez de respuesta, facilidad de encontrar grupo de afines, posibilidad de estar en grupos de forma anónima, estar al corriente de la actualidad, obtener fácilmente ayuda, pasar más tiempo con las personas que me apetece, …
Es tanto lo que nos aportan que es normal lo dependientes que nos hemos vuelto de ellas. Es más, una persona sin redes sociales va a caer, irremediablemente, en el grupo de los raros, desconectados, asociales, antisistema, o cualquier atributo excluidor del grupo preponderante en la sociedad actual. Ya he comentado en alguna ocasión la importancia que tiene en la adquisición de una identidad la pertenencia a los grupos. Durante la adolescencia, la búsqueda de la identidad a partir de la pertenencia es algo vital. Y, para bien o para mal, las redes sociales virtuales han venido para quedarse y van a determinar una nueva forma de relacionarnos con el mundo.
¿Problema? Que sin necesidad de bucear mucho por la web, es fácil encontrarnos que ya se están llenando las consultas psicológicas y psiquiátricas con casos de adicción a las redes sociales. Entre los problemas que acarrea esta adicción están los comportamentales (irascibilidad, descontrol e impulsividad cuando no están conectados o se les impide contectarse), la nomofobia (ansiedad o miedo por salir sin un móvil a mano), bajones de rendimiento académico, reducción de horas de sueño (por quedarse conectados hasta altas horas de la noche) y todo esto sin contar con los efectos propios del tiempo de uso de pantallas (cefaleas, problemas de visión, insomnio, …)
Una cosa que a mí me ha servido para valorar si estamos usando o abusando de una red social en Internet, o el uso de Internet en general, es pensar que cuando uno está en Internet, NO está dónde se supone que está. Es decir, que si estás en casa, rodeado de gente, pero con el móvil conectado a Internet y en contacto con otras personas, realmente no estás en casa, sino en la red. Esto es equivalente a estar en un club de amigos, en el bar, en el parque, o donde sea, pero no con los que se está físicamente en un determinado momento. Por tanto, no hace falta reinventar la rueda, creo que sería una buena idea reutilizar las normas de entrada-salida de casa para la entrada-salida de Internet.
Un ejemplo fácil: si alguien no deja a su hija o hijo salir hasta las once de la noche, tampoco le debería dejar chatear hasta esa hora. Si es norma de la casa comer alrededor de una mesa y no llevarse la cena al parque o a casa de alguna amistad, pues tampoco se debería conectar en la hora de la comida/cena. Y así sucesivamente. Sobre todo, tener en cuenta: no se puede ESTAR en dos sitios a la vez. La tecnología nos hace creer que sí es posible, pero la atención es un recurso limitado y el cerebro siempre elige un contexto. Entonces, ¿a quién eliges? ¿al que está aquí contigo o al que está allá lejos?
Voy a pensar el reto… Está difícil… Porque, a diferencia de otras problemáticas, ésta suele afectar a todos: madres, padres, hijas, hijos, abuelas, abuelos,… (espero que las mascotas no estén también conectadas). Creo que es importante establecer unas normas que sean comunes para toda la familia aunque puedan variar ligeramente según el nivel de responsabilidad y la madurez de cada uno. Estas normas se podrían hablar y consensuar bajo el prisma de ‘cuánto tiempo nos vamos a permitir estar ausentes de la familia’. Os reto pues, a definir el tiempo IN y el tiempo OUT. Tiempo para estar con el prójimo y tiempo para estar con los de lejos. Cada grupo definirá sus propios tiempos, pero es importante hablar y hacerlo constar para evitar caer en imposiciones absolutistas. Probablemente haya rebeldías, aunque, pensar así es ya un acto de rebeldía hacia lo que está siendo tendencia de la sociedad actual.
Bueno, ya nos contaréis qué tal os va.


