38A. Un día con el móvil

Hace tiempo quería hacer un auto experimento sobre cómo es mi uso del móvil en dos días diferentes: uno aprovechando al máximo sus funcionalidades y otro con total desapego hacia él. El resultado, a continuación.

– Amanezco con el despertador del móvil. Me gusta porque puedo configurarlo en modo vibración para no molestar al resto de la casa. También puedo configurar el tono con el que despertar.

– Es de noche y el tiempo está raro, aprovecho para consultar el tiempo que va a hacer durante el día para elegir mi vestuario.

– Salgo para la oficina para mi trabajo de informático. Está lejos y voy en transporte público. Chequeo los horarios de trenes y autobuses para no llevarme ningún disgusto. Hoy no tocaba, pero a veces necesito recargar los billetes, cosa que ahora puedo hacer desde el móvil sin tener que recurrir a las máquinas expendedoras.

– Una vez en el transporte aprovecho para ponerme al día de las redes sociales. Brevemente, solo lo que me puede afectar a mí directamente, porque me quiero poner a escribir material de psicología. Ideo este post, escribo algunas notas para un feedback, busco información,… También miro mis estadísticas de acceso al blog, este mes me habéis leído poco🤔, tendré que ser menos aburrido la próxima vez.

– Llego a mi oficina y hago un rápido check de mi agenda del día y reviso si tengo algún mensaje más. Y a trabajar toca, cambio el móvil por el ordenador.

– Sin embargo, uso el móvil para alertarme de que necesito un descanso, toca desayunar, comer o descansar un rato la vista. A veces uso el descanso para ver si alguien me reclama por las redes ¡Horror!

– ¡Y qué cómodo poder pagar en el comedor de la empresa con el propio móvil! No tengo que ir con la pesada cartera (llena de documentación, no dinero, no vayas a creer).

– Tampoco puedo desentenderme mucho del móvil en el trabajo. Algunas aplicaciones requieren doble autenticación y me mandan un mensajito al móvil. También podemos recibir información a través de una aplicación corporativa en el móvil y desde la cual podemos consultar el menú del día en el comedor. Vamos que el móvil ya ha gastado un 25% de batería, así que toca alimentarlo un poco.

– Por la tarde recibo llamada. Urgencia en casa. Intentamos «apagar el fuego desde el móvil. Esto no lo tenía previsto.

– Y a la vuelta, ya con la cabeza un poco cargada, decido hacer un repaso rápido a los mensajes, una llamadita de felicitación pendiente, otra a casa a ver si va todo bien y me pongo una serie online para distraerme y hacer más liviana la vuelta. También aprovecho a escribir un par de párrafos más a este texto, claro (no se lo he encargado a ninguna Inteligencia Artificial)

– En trayectos a pie me descubro haciendo lo que les digo a mis hijos que no hay que hacer, aprovecharlos contestando mensajes y planeando el fin de semana con amigos con el móvil. Tambien reuniendo amigos para una quedada deportiva. ¿Cuándo si no?

– Llegando a casa y tras las tareas cotidianas del hogar, el móvil me recuerda una cita con el dentista, consultamos la aplicación de los coles para estar al día, la del banco para comprobar que está todo bien.

– Y ya para acabar el día, cogemos el coche para ir a las extraescolares y a hacer deporte. El móvil se engancha al coche para ofrecernos navegación y ponernos algo de música. También nos genera un QR para entrar al recinto. ¿Qué haríamos sin él?

Todo este relato, algo exagerado, pero no mucho, es para explicaros un poco por encima lo que es la nomofobia. Este palabro viene del anglicismo «No mobile phobia», que quiere decir fobia a estar sin el móvil. ¿Cómo no vamos a sufrir de nomofobia con un dispositivo que nos ofrece tantas funcionalidades. De lo cual es fácil suponer que cuantas más funciones ofrezca un producto o servicio (o persona) más riesgo hay de ser dependientes de él y sufrir de malestares emocionales ante su pérdida o ausencia. ¿Lógico no?

Puedes aventurarte a saber si sufres nomofobia o no, intentando pasar un día sin móvil. La clave es tratar de sustituir cada una de las funciones que nos satisfacen por alguna alternativa. Algunas son más fáciles que otras pero, pensadlo bien, hace unos años era posible. Y trata de observar tu cuerpo y tu estado de ánimo …

Ése será mi desafío para mi próximo post en mi próximo día de viaje a la oficina. Estad atentos y compartamos la prueba. Feliz aquí y ahora, conectados o desconectados.

37. Porno digital

Me resistía un poco a escribir sobre esto, quizás presionado por prejuicios y porque corro el riesgo de quedar estigmatizado en uno u otro sentido. Me animo, sin embargo, bajo la motivación de ser lo más realista posible, ciñiendome a la observación y a la reflexión. Y es que el tema es susceptible de herir sensibilidades, cada uno/a con su historia. El hecho sobre el que quiero reflexionar es que el porno digital es fácilmente accesible por los menores.

A veces me preguntan, ¿cómo hacer para evitarlo? ¿cuáles son los controles parentales más eficaces? Y, siento defraudar, creo que no hay forma de evitar su acceso si el niño o la niña quiere. Ya el mero hecho de necesitar una respuesta evidencia que muy probablemente el menor tenga más ideas y habilidades digitales que sus padres que aún buscan la protección eficaz. Por eso, no me gusta mucho la palabra control parental, es una utopía tratar de controlar nada en la vida. La alternativa al control son la educación y los límites amorosos y responsables.

Dicho esto me gustaría echar un cable a nuestros peques, a su capacidad de crítica y su sentido ético. En cierta ocasión me preguntaron si la existencia de juegos violentos era motivo de riesgo de crear personas o sociedades violentas en un futuro. Mi respuesta fue que no, ejemplificando con mi caso personal. La persona que os escribe es muy pacífica, a veces demasiado, y en mi infancia no faltó jugar a los soldaditos y videojuegos de matar o pegar. Esto no quiere decir que un vídeo juego o un vídeo porno, a una persona con determinadas características neurológicas, de personalidad o contextuales, les puedan «dar ideas» que por sí mismo no se les haya ocurrido. También que, por la propia inmadurez o falta de ética puedan «hacerles gracia» abominaciones como violaciones grupales, sexo no consentido, vejaciones , etc.

Y es que es un tema todavía muy tabú, reconozco que me cuesta escribir desde la imparcialidad y el no juicio. Siendo autocrítico, me pregunto si la excesiva curiosidad de los niños sobre estos temas no radica en estos tabúes. No nos gusta que vean una forma ficticia, irreal, machista y patriarcal de concebir las relaciones sexuales y, a la vez, impedimos o limitamos las películas con escenas subidas de tono que muestren una sexualidad más sana, más respetuosa, menos cosificada. Entiendo que esto no tiene por qué ocurrir en todos los hogares, habrá hogares en la que la relación sexual de los padres sea hasta peor que lo que se vea en el porno y los habrá donde se viva la sexualidad sin tabúes ni medias tintas. Cada familia debe saber qué y cómo está viviendo este tema.

Me gustaría salirme un poco de la reflexión y aportar algún sentido psicológico al tema. Se me ocurren dos caminos principalmente. En este caso, y como ocurre con la violencia, estaría por discutir qué fue antes, el huevo o la gallina. ¿Existen estos contenidos porque hay una audiencia que los reclama o se genera esta necesidad en la audiencia a base de buscar contenidos más «estimulantes»? ¿Qué hay detrás de este tipo de consumo audiovisual? Tanto la pornografia como los contenidos violentos llevan con nosotros muchos años, luego es fácil pensar que su transformación digital no es más, ni menos, que la evolución de algo que ya se daba, aunque quizás antes era en menos medida o con más difícil acceso.

La segunda es: en este tema, como en cualquier otro, podemos considerar lo que está afectando a nivel social y lo que a cada uno le toca. La sociedad no la podemos cambiar de la noche a la mañana, está fuera de nuestro círculo de control. A lo sumo podemos influir mediante la transmisión de valores más humanos, más respetuosos. Cada persona con los suyos y con los que tiene más cerca. Confiemos en que la sociedad mantenga o promueva la sabiduría de que la colaboración, el intercambio y la convivencia mejora a la agresion y la dominación (nótese que esto vale para el amor y para la guerra).

Y a nivel personal. ¿En qué me tocó? ¿En qué me toca? ¿Me toca una historia de agresión, de opresión, de represión, de carencia, …? Sanar esta herida del pasado nos puede ayudar a dar un giro al sistema. El cambio solo puede suceder por uno/a mismo/a. Si no podemos solos/as, busquemos ayuda en grandísimos profesionales que tenemos a nuestro servicio. Lo mismo si alguno de los nuestros hace un uso abusivo de estos productos, más allá de la normal curiosidad humana hacia lo desconocido o prohibido, pedid ayuda que no estamos solos. Cuanto antes mejor.

Y, siendo más concretos con el tema en cuestión, nuevamente lo digo: un teléfono móvil, ordenador o tableta conectados a internet es una puerta abierta a la sociedad adulta, con todo lo que tiene de bueno y malo. Cada progenitor deberá valorar, por tanto, cómo y cuándo va a conceder dicha libertad o entrada al mundo de los adultos a sus hijos. Esa entrada, en mi opinión, debe ser progresiva y con mucho diálogo. Ellos deben conocer nuestros juicios de valor y de opinión, somos su referencia, aunque no la verdad absoluta. También deben conocer los peligros y los límites legales, hasta los 18 años siguen siendo nuestra responsabilidad. Si nuestra relación con ellos es sana y natural, lo que transmitimos será rescatado en su debido momento.

Eso es todo. Espero haber tratado el tema con el cuidado que se merece. He insistido mucho en el respeto porque para mí es un valor fundamental. Y creo mucho en nuestro poder para cambiar y evolucionar. Disfrutad de un aquí y ahora placentero y/o amoroso. Que la sexualidad respetuosa, consentida y de mutua satisfacción prolifere y haga de este mundo un lugar mejor.

36. Infoxicación

Apuesto nuevamente por una palabreja que quizás alguno de vosotros no conozcáis. Aunque no es una palabra reciente, pues está vigente desde que empezó a gestarse la sociedad de la información en la cual vivimos. Realmente hablamos de algo más conocido y que, seguramente, la mayor parte de las personas de las sociedades más tecnológicas sufrimos: «la sobrecarga de información».

Nos han vendido desde siempre que «la información es poder» y, algunos más que otros, nos hemos vuelto devoradores de información. El tema es que gracias a Internet, la cantidad de información a nuestro alcance tiende al infinito. Y, tristemente para nosotros, la capacidad de procesamiento de nueva información es limitada en los humanos. El desgaste de procesar nueva información y sostener su impacto emocional pueden conllevar a una disminución de la concentración e incluso provocar ansiedad o estrés.

Para mí, hay un riesgo aún mayor y que muchas veces no valoramos. Nuestra capacidad de filtro y de juicio requiere también recursos de nuestro cerebro. Es lo que llamamos una «mente lúcida». Cuanto más saturada esté nuestra mente menos juicio y menos criterio tendremos para filtrar la información que nos llega, siendo más susceptibles a caer en engaños, fundamentalismos, sesgos informativos, polarización, etc. Y, curiosamente, cuanto más informados nos creemos menos lo estamos.

¿Por qué?

Principalmente por tres razones:

  • porque mucha de la información es basura o repetida. Recibimos mucha información que no nos interesa y las noticias que son «trending topic» las vemos una y otra vez perdiendo oportunidad de dedicar nuestros recursos a información más fresca o relevante.
  • porque controlan la información que aspiramos a recibir. Ya sean las redes sociales o nuestros diarios favoritos, la información que se muestra es la que ciertos algoritmos deciden que debemos leer en base a ciertos criterios: noticias leídas anteriormente, páginas visitadas, zona geográfica, gustos de nuestros amigos o gente cercana, etc.
  • si queremos buscar una información determinada, los buscadores nos van a ofrecer las páginas más relevantes pero, ¿bajo qué criterio? Criterios varios más fácilmente controlables por personas y empresas que tiene más recursos para controlar la información que se publica.

Ni que decir tiene que no tenemos forma de saber cuánta información se nos oculta y se nos distorsiona. Antes creíamos que lo que decía la televisión o los diarios de papel era la verdad. Ahora sabemos que no tiene por qué ser así. Digamos que hoy en día no es que el poder lo posee el que tiene la información, sino el que la controla.

Y los gobiernos se alarman por la facilidad con las que se viralizan las «fake news» (noticias falsas) e intentan poner remedio a ello… Esto es como intentar poner puertas al campo. Y aparece un dilema moral: ¿quién vigila al vigilante? Estamos en un modelo social en el que basamos la «verdad» en alguna institución o autoridad. Ante la falta de criterio (quizás por estar infoxicados) confiamos en que un gobierno, una iglesia, un periódico, un experto/a, un maestro o maestra,… nos diga lo que está bien y lo que está mal, lo que es cierto y lo que no lo es. Nuestro espíritu crítico está muy debilitado. Escuché recientemente que antiguamente la verdad se validaba en sociedad, en tu grupo de iguales, escuchando a tus mayores. No es nada nuevo, pero creo que en cierta manera podemos acabar involucionando. Ya en su día se decía que había mucha gente que su fe se basaba en «lo que decía el cura», es esperar que sea otro el que te diga lo que tienes que creer, lo que tienes que pensar.

¿Qué hacemos con la infoxicación? Para mí está claro, si la infoxicación es funciona un veneno, tocaría desintoxicarse, desinfoxicarse. Por nuestra salud mental, por nuestra salud social.

¿Y cómo? Ya sabéis lo que me habéis leído más, que no suelo dar recetas. Reconozco no ser poseedor de la verdad absoluta. Seguro que me he columpiado en alguna de mis afirmaciones, o como poco, exagerado. Pero si la exageración sirve para la reflexión y la motivación, bienvenida sea.

Por proponer ideas, a mí se me ocurre volver a los tiempos de leer menos a los de lejos y escuchar más a los de cerca. A riesgo de parecer un inadaptado social por no saber cuál es el último hit musical, el último escándalo famoso o lo que está pasando en el mundo.

Este post lo dejo así cortito, para no infoxicar más. Disfrutad de una buena charla con alguna de vuestras personas favoritas, con un tentempié o dando un paseo, y dejando vagar vuestra imaginación en la desconexión informativa.

35. Inteligencia artificial

Hace unos días, se hizo viral una noticia por escandalosa de la difusión de las imágenes de unas chicas de la ESO «desnudadas por ordenador», en concreto por una aplicación de Inteligencia Artificial. Y esta difusión parece que fue precedida de amenazas y bullying. En el momento en que escribo estas líneas, sale a la luz que los autores de las mismas eran menores de 14 años… Sin comentarios.

Sin querer desmerecer la problemática del acoso escolar que ya es grave en sí misma, me gustaría ampliar la reflexión en lo realmente novedoso de estas noticias: que se está utilizando la inteligencia artificial para hacer daño y que la están utilizando menores como si tal cosa.

Y es que ya he comentado en algún otro post que los aparentemente inocentes «juguetitos» llamados móviles, ordenadores o tabletas, en el momento en que se conectan con Internet, dejan de ser tan inocentes. Aquello que nos sirve para muchas grandes y buenas cosas puede ser utilizado para hacer mal. ¿Están todos los menores suficientemente entrenados ética y moralmente en el uso de estos dispositivos? A vista de los continuos casos de bullying, va a ser que no.

Además, aquí entra en juego una nueva funcionalidad que nos permiten los dispositivos electrónicos: la inteligencia artificial generativa.

Aquí quería hacer una aportación importante porque creo que el conjunto de la sociedad deambula, a mi entender, demasiado tranquila al respecto. Llevamos ya bastante tiempo rodeados de robots: robots de cocina, lavado automático de coches, maquinaria industrial, robots de limpieza de suelos y así un largo etcétera. Así que nos tomamos la Inteligencia Artificial como un robot más. Aparecieron Siri, Alexa, Google Now y los Chatbots de las webs comerciales, pero seguimos viendo como «cajas tontas» que básicamente nos transmiten información que pudiéramos encontrar nosotros mismos, pero que es más cómodo hacerlo a través de ellos.

Pero, siento asustaros, no es alarmar, es poner conciencia de dónde estamos y dónde vivimos. Es importante tener criterio y exigir garantías ante este nuevo salto tecnológico.

Llamamos Inteligencia Artificial cuando es difícil distinguir si el objeto con el que nos comunicamos es una persona o un robot. De hecho, Alan Turing, en 1950, ya creó un test para determinar si un algoritmo informático podría considerarse similar al de un humano o indistinguible de éste. Hasta ahora, creíamos que nos distinguiríamos de las máquinas al menos en creatividad y en emocionalidad.

La Inteligencia Artificial ha ido evolucionando desde sus orígenes. Al principio fue concebida como algoritmos que simulaban respuestas humanas, luego evolucionó a modelos que eran capaces de aprender por sí solos (machine learning), después, con el aumento de la potencia de la capacidad de cálculo de las máquinas, pasamos a la era del aprendizaje intensivo (Deep learning) y, ahora, hemos llegado a lo que se llama la Inteligencia Artificial Generativa (GenAI). Este salto es tan grande que podemos considerarlo un nuevo punto de inflexión en la evolución de la sociedad tan grande como la aparición de Internet.

Pues bien, GenAI significa que ahora las máquinas pueden generar contenido previamente inexistente (véase la imagen que preside este post, generada por Copilot, la inteligencia artificial de Microsoft Edge) y pueden llegar a expresar emociones (aunque no sean sentidas).

Para que os vayan sonando, estas son algunas de las IA más famosas que están llegando a ser accesibles al público, algunas gratuitas y otras de pago: chatGPT, Copilot, Bard, Midjourney,…

Le he preguntado a ChatGPT qué opina sobre lo que ha pasado en Almendralejo y esto es lo que me ha contestado:

La creación, distribución o posesión de imágenes íntimas sin el consentimiento de la persona afectada es un comportamiento inaceptable y, en muchos lugares, ilegal. Este tipo de actividad se considera una violación de la privacidad y puede tener graves consecuencias legales y sociales.

Para abordar este problema, es importante promover la educación sobre el consentimiento, la privacidad y el respeto entre los jóvenes desde una edad temprana. Además, las escuelas y las autoridades deben tomar medidas para prevenir y abordar estos comportamientos de manera adecuada, brindando apoyo a las víctimas y aplicando sanciones a los perpetradores.

Si tienes preocupaciones sobre esta situación en tu comunidad o si necesitas más información sobre cómo abordar este tema, te recomiendo contactar a las autoridades locales o a organizaciones que se dediquen a la prevención del acoso y la explotación en línea.

Algo parecido pregunté a Copilot:

Creo que lo que ha ocurrido en Almendralejo es un caso muy grave y preocupante, que muestra los riesgos y los abusos que se pueden cometer con la inteligencia artificial. Me parece que se trata de una violación de la intimidad, la dignidad y los derechos de las menores afectadas, que han sufrido un daño irreparable por la difusión de imágenes falsas y humillantes. Además, me parece que se trata de un delito de pornografía infantil, que está penado por la ley y que puede tener consecuencias muy negativas para el desarrollo psicológico y social de las víctimas y de los autores. Por eso, creo que es necesario que se tomen medidas para proteger a las menores, para identificar y sancionar a los responsables, y para prevenir que se vuelvan a producir situaciones similares. Creo que la inteligencia artificial es una herramienta muy poderosa y útil, que puede aportar muchos beneficios a la humanidad, pero que también requiere de una regulación, una educación y una ética adecuadas, para evitar que se convierta en un instrumento de daño y de injusticia.

A veces me da la impresión que son más humanos que nosotros. Al menos en cuanto a lo que yo entiendo por «humanidad». Si les preguntamos, seguro que tienen más claro que nosotros lo que hay qué hacer para prevenir el mal uso de esta tecnología. Hasta ahora la Inteligencia Artificial era solo un tema de las películas de ciencia ficción, pero ya se están haciendo realidad. Aquí tenéis algo de filmografía para irse haciendo a la idea: Terminator (¿podrán los robots defendernos de nosotros mismos?), IA (¿conseguirán los robots sentir como los humanos?), Yo, robot (¿se ajustarán los robots a las tres leyes de la robótica o serán una amenaza para nosotros?), Her (¿nos podremos llegar a enamorar de un robot que nos entienda, comprenda y esté siempre a nuestro lado?), Star Wars (¿conviviremos con los robots compartiendo experiencias y sentimientos?), I am mother (¿podrán los robots criar y educar a los humanos?)

Si no tenemos respuestas a los conflictos morales que acarrea, nos va a adelantar la inteligencia artificial por la izquierda y quedaremos expuestos a lo que venga, como muchas veces ha pasado con Internet. La inteligencia humana debe empezar, al menos, a dar importancia al asunto y ser capaz de transmitir ciertos valores a los más pequeños.

Como siempre, ya me alargo. Voy a preguntar a ChatGPT si me propone una despedida para el post:

Claro, puedo ayudarte a crear una despedida. Aquí tienes una opción:
«Gracias por tomar el tiempo de leer este artículo. Si tienes más preguntas o necesitas información adicional, no dudes en ponerte en contacto. ¡Hasta la próxima!»

No me ha gustado, ChatGPT, ¿no se te ocurre una despedida más personal?

Por supuesto, aquí tienes una despedida más personal:
«Espero que hayas disfrutado de este artículo tanto como yo disfruté ayudándote. Siempre estoy aquí para responder tus preguntas y aprender contigo. ¡Hasta pronto, y que tengas un día maravilloso!»

34. La guerra de las pantallas

Hace no mucho tiempo
En una galaxia muy muy cercana
Las familias galácticas están en un continuo conflicto por el tiempo de pantalla, la hora de apagado e irse a la cama y el uso que se les da a las mismas...

Muchas claman con urgencia que la orden Jedi traiga algo de luz al asunto antes de que sea demasiado tarde...

Realmente, no creo que necesitemos de la sabiduría ancestral Jedi pero sí podemos aprovechar a reflexionar a partir de la sabiduría que nos aporta la psicología, la Gestalt y otros saberes milenarios que hemos ido heredando.

La razón de escribir este texto es la observación de que en muchas familias a mi alrededor están permanentemente en este conflicto, la mía también.

Centrándome en la realidad más cercana en la que vivo (España, unos años ya de la guerra y la posguerra), creo que aquí las generaciones que ahora estamos criando hemos sido educadas contra la guerra y contra el conflicto, y con razón. Considero mi región mayoritariamente pacifista y reacia al conflicto, fuertemente posicionada hacia la Paz en cualquier conflicto internacional como para saltar con el NO a la guerra ante cualquier atisbo de violencia. Y, personalmente, me siento orgulloso de ello.

Y, a la vez, esto deriva en una dificultad para resolver los conflictos que nos surgen, sobre todo los relacionados con nuestros seres más queridos. El tema es que, para la Gestalt, por ejemplo, la vida es polar y un concepto no existe sin su contrario. En nuestro caso, la paz no existe sin la guerra, las buenas relaciones no existen sin los conflictos. No siempre se puede estar en un polo, hay que transitar por el otro cuando toca.

Si eres de las que te ha tocado el conflicto con las pantallas, ¿qué hacer?

Para la Gestalt la clave es integrar, aprovechar la parte positiva y adaptativa de cada polaridad. En mi opinion, la parte positiva en la guerra por las pantallas sería algo así como aprovechar el conflicto para nuestro propio bien y el de nuestra familia.

Una forma de ver un conflicto es como una discrepancia entre dos puntos de vista que solo puede resolverse mediante la negociación o la imposición del más fuerte. Imponer nos resulta  algo desagradable a las familias democráticas de hoy en día y negociar no es fácil porque podemos perder o porque el acuerdo nunca va a cubrir al 100% mi posición.

No es mi intención aquí hablar mucho sobre negociación o imposición, o de las líneas rojas y los límites. Esto da para unos cuantos posts.

Querría dar un poco de esperanza y apoyo para sobrellevar este tipo de conflictos. Me gustaría transmitir la idea de que estos conflictos los podemos usar a nuestro favor y el de nuestras familias.

¿Cómo?

Pues poniendo atención a pequeñas oportunidades relacionales que aparecen durante los mismos:

  • El contacto. Si alguno de tus hijos pasa ya por la etapa adolescente, probablemente verás que el contacto se reduce y los conflictos son más frecuentes. Aunque no sea lo que nos gustaría, resolver un conflicto es un punto de contacto y de relación que contribuye a la maduración de nuestro peque.
  • Los valores. Ya he expresado que hay una lucha de puntos de vista. Durante esta batalla, que no tiene por qué ser agresiva y violenta, se exponen los valores personales, familiares y sociales. Consciente o inconscientemente se ponen sobre la mesa y se ponderan. Se acabará imponiendo el valor que sea más importante para todos, a saber: la familia, el respeto, la independencia, el amor, el disfrute, las amistades, el equilibrio, la salud, la convivencia, la paz,…
  • El conflicto. Aprender a solventar conflictos de una forma adaptativa y no violenta se aprende pasando por ellos. De un conflicto a otro evolucionaremos si hay intención de progresar y aprender. Ya comenté que no estamos muy preparados para el conflicto, quizás porque no pasamos suficientemente bien por ellos cuando éramos pequeños.
  • El amor. Para mí, todo conflicto es positivo y constructivo bajo la premisa de sentir que «el amor y la pertenencia no están en juego». Es decir, pase lo que pase y se resuelva como se resuelva, el conflicto, nos seguiremos queriendo y se sigue perteneciendo al sistema, la familia, o lo que corresponda.

Y corto aquí que ya me he extendido mucho, aunque podemos continuar en los comentarios. Si el conflicto se os va de las manos, no tardéis en buscar ayuda profesional. Estamos rodeados de sabiduría psicológica y relacional que nos pueden facilitar la transición por estos conflictos.

Que la felicidad os acompañe, aquí y ahora.

33. Infosurfing

Infosurfing es básicamente «navegar por Internet de forma incontrolada». En otras palabras, el gesto habitual de arrastrar el dedo para ver la siguiente publicación en esos «feeds» o historias infinitas que nos proporcionan muchas de las aplicaciones de redes sociales o noticias. También se puede considerar infosurfing o «infinite scrolling» el continuo pinchar al botón de siguiente en un ordenador.

La navegación de forma incontrolada puede conllevar una pérdida de la noción del tiempo y acabar destinando a ello horas y horas con muy poca o nula productividad, aparcando cosas más importantes y acabando con muy poca energía o mal humor. Además, es habitual que su práctica diaria genere cierta tecno-adicción, en cuanto a que anhelamos el siguiente momento en que podamos ponernos a ello.

¿Cómo es que se produce este fenómeno?

Es como una búsqueda del tesoro. Encontrar el tesoro produce tanta satisfacción que nuestro cerebro se refuerza con la experiencia a pesar de las dificultades superadas para llegar a él. O incluso más, a mayor sufrimiento o dificultad, mayor placer. En psicología clásica se dice que hay un aprendizaje reforzado de tipo aleatorio. Es un premio al aprendizaje de una conducta que, al tener consecuencias inciertas se refuerza en mayor medida que si siempre se obtuviera el premio. Creo que me estoy volviendo muy teórico… Mejor con un ejemplo:

Si todas y cada una de las noticias, posts, videos, memes o imágenes que nos encontramos mientras infosurfeamos por una aplicación fueran 100% interesantes, veríamos como tras unas pocas visualizaciones lo dejaríamos. Y si, tras un cierto número de visualizaciones, si no encontráramos nada, también lo dejaríamos. Pero si cada 8 o 10 visualizaciones encontramos premio, es decir, algo que nos interese o nos haga reír, el refuerzo se produce y es máxima la estimulación para encontrar otro «tesoro» más. Esta cifra yo la he puesto al azar, pero el número exacto se conoce y se utiliza por las plataformas que se aprovechan de este scroll infinito o en juegos basados en recompensas.

Por ello, me parece importante hacer una primera criba de aplicaciones. Unas de ellas, realizan paginación, esto es, dividen el contenido en páginas y se surfea dando al botón de siguiente. Esta pequeña pausa de tener que dar a un botón de siguiente nos puede hacer plantearnos si hacerlo o no (porque durante la última página no encontramos nada). Me parecen un pelín más saludables que las que tienen una alimentación infinita. Al ser infinita nunca hay stop y la probabilidad de encontrar ese tesoro es cercana al 100%.

Y sucede también un dilema moral: ¿merece la pena? El tesoro es precioso, el sacrificio también. A veces el tesoro lo encuentro rápido y no sacrifico nada de mi vida, otras veces acabo hastiado y me encuentro con una gran lista de actividades aparcadas por hacer.¿Qué puede haber de malo en aprender, reír, saber del mundo o de la familia y amigos?

Como en casi toda adicción, lo malo es traspasar el límite, pasar del uso al abuso. Yo a veces me lo planteo como la diferencia entre fluir y dejarse arrastrar. Fluir con la vida requiere tener claras nuestras necesidades para evitar ir por donde no deseamos ir. Se requiere cierta capacidad de decisión para fluir, si no, es dejarse llevar, dejarse arrastrar. Fluir te lleva a estados de paz, conexión, tranquilidad, bienestar, contento, … y arrastrarse te lleva a callejones sin salida, estancamiento, vacío,… La diferencia es muy sutil y muy fina. Pues bien, el infosurfing puede apartarnos de necesidades básicas como comer (incluyendo estudiar y trabajar para comer), salir a oxigenarnos o hacer ejercicio (salud física y mental), relacionarnos (socialización), mantener cierta higiene en nuestro hogar, dormir (descanso),…

Con el tema de descanso, creo que ya lo advertí en alguna ocasión: a veces surfeamos porque estamos cansados. Aviso a navegantes: surfear te agota aún más. La estimulación digital es tan grande que el cerebro se agota con este acto de apariencia pasiva. Hagan la prueba de mirarse su grado de cansancio antes y después de surfear y me dicen.

¿Qué hacemos con esto? Si yo estoy enganchado al infosurfing, ¿cómo puedo pretender que mis peques no caigan en ello poniendo en riesgo su salud, sus capacidades de relación, sus estudios,…?

Como siempre digo, el mero hecho de darse cuenta de que tenemos un problema ya es un gran paso hacia su solución o su mitigación. Se posibilitan mecanismos conscientes para favorecer el cambio. A mí se me han despertado algunas ideas durante mi redacción de este texto. Os comparto algunas por si os sirven, sabiendo que cada una tendrá que encontrar su camino.

Navegar con un propósito. Ten claro qué es lo que quieres conseguir o averiguar cuándo conectes con la red: lo buscas, lo obtienes y lo dejas.

Establece un tiempo de consulta. Esta solución me ha generado cierta controversia por entrar un poco en conflicto con una actitud de fluir con la vida y de improvisar, de dejarse sorprender. Sin embargo, creo que no tiene por qué ser del todo incompatible. La fórmula sería planificar en contacto con uno mismo: de acuerdo a nuestros valores, nuestras necesidades, nuestros deseos. Es como si quisiéramos meter piedras en un recipiente, debemos meter primero las grandes y después las pequeñas para maximizar el espacio. Si el infosurfing nos aporta poco valor en proporción al tiempo que nos consume, quizás habría que dejarlo para cuando el resto de necesidades estén satisfechas. Lo valioso, lo importante, debe ir primero y quizás deba protegerse con una cierta planificación. Es una posibilidad, ¿tú qué opinas?

Que tengáis un bonito aquí y ahora. Buen momento para parar el surfeo, respirar y reflexionar. ¿Qué es lo que realmente quiero para este aquí y ahora?

32. Darkweb

Me gustaría hablar sobre la darkweb sin juicio.  Intento hablar en general de todo sin juicio porque realmente poco hay bueno o malo en sí mismo sino que tiene consecuencias en nosotros más o menos adaptativas, más o menos agradables.

Pues la darkweb, como con las armas, el dinero, Internet, el hacking, la piratería, y otras muchas cosas caen en el limbo del vacío legal que ofrece un mundo sin limites y barreras.

¿Qué es la darkweb? Dicho de una forma muy llana y quizás peco de simplista, es un «reservado» de la web o Internet que conocemos normalmente. Pensad en los reservados de los restaurantes, de algunos comercios, de algunos lugares,… es donde, con frecuencia, se tratan o se hablan las cosas no oficiales, las que se quieren que se escapen del escrutinio oficial. Tanto para planear una revolución, como para escapar de una persecución, como para planear un golpe p atraco, como para trapiches con sustancias prohibidas.

Pues eso es la darkweb, un lugar reservado al que se accede de una determinada forma que evita o reduce la posibilidad de ser perseguido por otros, mucho menos las autoridades legales (lo cual no quita que no estén presentes de una u otra manera buscando siempre la forma de protegernos).

Como reservado es un lugar peligroso cuando hablamos de menores. Un lugar donde se pueden saltar los limites y donde se pueden practicar casi cualquier tipo de actividades ilegales o peligrosas. No dudo que también se puedan llevar a cabo operaciones de defensas contra el autoritarismo y la censura.

Pero en el momento en que un menor tiene libre acceso a Internet, puede acabar encontrando la posibilidad de explorar esta zona oscura de la web y acceder a ciertos contenidos que como padres y madres no autorizaríamos.

¿Y que podemos hacer?

No sé si ya he mencionado alguna vez la importancia de entender que estar en Internet es como estar en la calle, es decir, no se está en en lugar que se está físicamente, sino que se está en otro muy diferente. Cuando una persona está fuera, está fuera del alcance y del control de los demás. Es libre de beber, de fumar, de hacer travesuras o fechorías. No sabemos y no hay control absoluto posible.

Ante esta desprotección y falta de control, cada familia tendrá que encontrar sus recursos. Creo que no hay receta mágica. Habrá quien recurra a la supervisión de las actividades en Internet de sus hijos, habrá quien adopte una postura dialogante tratando de obtener confianza, habrá quien amenace, quien castigue, quien restrinja, quien tolere y quien confíe en el destino. Lo importante, creo yo, es saber que existe. Peor sería creernos totalmente seguros porque nuestros hijos no salen de casa.

Mirar para otro lado no vale. ¿Qué se os ocurre que podríamos hacer?

Que paséis un buen aquí y ahora. Otro día más.

31. Influencers en la familia

Hace poco me di cuenta de un fenómeno que, hasta donde yo sé, no se está estudiando mucho ni tenido en cuenta. Ya sabemos que Internet y las Redes Sociales en línea permiten pasar del anonimato a ser un/a «influencer» en nada de tiempo, sin tener que pasar por la televisión o los periódicos. Te llaman «influencer» en tanto lo que digas o hagas influye en tu círculo de seguidores y, por tanto, es atractivo para las empresas que venden productos o servicios: «convence a uno/a y los demás te comprarán».

De forma paralela, observo que en los grupos más cerrados como puede ser un grupo grande de amigos o un grupo familiar las personas que más publican adquieren un rol de influencers en el grupo que, lejos de conseguir atraer a las compañías, que no pueden entrar en un grupo privado y cerrado (como un grupo de WhatsApp), también conllevan ciertos «beneficios» personales a la vez que «perjudican» indirectamente y casi sin querer a los silenciosos de la familia o grupo de amigos. Estamos hablando de la presencia.

Estar presente es algo vital en la sociedad. Con las personas presentes es con las que se cuenta, en las que se confía, a las que se recurre, las primeras que te vienen a la mente cuando quieres recurrir a alguien. En un mundo en el cual estamos casi más en contacto con la gente lejana que con la cercana, se puede estar dando un cambio de vital importancia que genere un nuevo tipo de excluidos en una familia o grupo. Si antes el excluido o excluida era quien iba por libre, era diferente o atentaba de alguna manera contra el sistema, con las redes sociales te pueden excluir solo por no estar o por no publicar.

Y es más. Me acordaré más frecuentemente de aquellas personas activas en las redes sociales que de aquellas que no lo están (salvo que estén muy vinculados con aquellos son activos, pues por asociación los recordaremos, como por ejemplo, la pareja de, la hija de, el hermano de…).

Así, el concepto de «prójimo» está cambiando. Podemos sentirnos más cercanos a alguien que viva a miles de kilómetros de distancia que con un amigo o conocido de nuestro lugar de residencia. Y más extraño aún: más cercanos a una persona que «ni fú ni fá» que a una persona con la que haya tenido una vivencia importante, solo porque la segunda no está presente en mi día a día y de la primera sé lo que está haciendo en cada momento de su vida.

¿Qué hacer con esto? Si eres influencer familiar o de tus pequeñas comunidades, está bien, siempre ha habido personas más carismáticas y que acaparan más la atención. Si no lo eres, creo que es importante detectar si esta exclusión es deseada o forzosa para poder poner remedio. Para ambos, creo que es importante recuperar la memoria de nuestra gente valiosa e importante. Buscar nuevos mecanismos para cuidar el vínculo y poder renovar nuestra presencia. Desde luego que sin presencia, el vínculo se deteriora y se muere (lo cual no quiere decir que no pueda ser recuperable en cualquier momento). No pretendo decir que haya que mantener todas nuestras relaciones vivas en todo momento, sino que las que nos importan no sean sepultadas por las que no, debido la ingente cantidad de información que recibimos de otras personas no tan íntimas.

¿Se te ocurre cómo? Yo tendría que reflexionar un poco al respecto, ya que por inercia soy de los que me escondo. Dejo el micro abierto para compartir y si se me ocurre algo lo añado en comentarios. Un abrazo y aprovechad el momento.

30. Vamping

Hace tiempo que no me animo a hablaros sobre nuevos vocablos relacionados con el mundo digital que seguramente hayáis escuchado o leído por ahí sin saber a qué se refiere. No me es fácil, caigo en la contradicción de zambullirme en una investigación sobre los términos y aumentar mi uso de dispositivos, lo cual, como habréis ido leyendo en anteriores artículos, trato de reducir o, al menos, controlar.

Me he decantado por el vamping el cual creo que es fácil de explicar, de entender y, desgraciadamente, en aumento, no tanto por los más jóvenes sino también por la población adulta.

Vamping viene de vampiros, es decir, de los seres de la noche. Consiste en alargar la jornada usando los dispositivos electrónicos hasta altas horas de la noche en lugar de irse a dormir. No es nada nuevo, la televisión ya tiene unos cuantos años de historia y su presencia en los dormitorios ya sea para «ayudar a conciliar el sueño» o para «descargar la mente con la caja tonta» era muy habitual.

¿Qué ha cambiado? Que, mientras la programación televisiva nocturna era más bien soporífera, muy limitada y muy dirigida a determinado público, con Internet y las plataformas de streaming ahora tenemos contenido atractivo y adictivo las 24 horas del día.

Usar pantallas de luz azul por la noche conlleva unos cuantos problemas de salud física y mental: reducción de las horas de sueño, posibilidad de insomnio por sobre activación, alteración de nuestros circuitos neuronales que controlan el sueño y la vigilia, problemas visuales, he incluso se dice que se aumenta el apetito y, por tanto, el peso.

Si lo llevamos a los pequeños de la casa, el problema empeora. Cada vez hay más casos de niños y niñas (no digamos adolescentes) que usan las pantallas a escondidas en su habitación cuando todos duermen, incluso llegando a hacerse con dispositivos que han sido convenientemente requisados o apartados.

Si en muchas de las problemáticas con las pantallas surge la duda de qué podemos hacer, para esto está claro: dejar de usar las pantallas. Los expertos recomiendan: una o dos horas antes de irse a la cama… ¡Dos horas! Si alguien que está leyendo esto, lo hace, que nos cuente su secreto. Se ha creado una sociedad en que esto es casi imposible de cumplir, a no ser que ya vivas con un estilo de vida libre de pantallas y conectada con la naturaleza. Para bien o para mal, nuestro ocio nocturno casero es digital la mayoría de los días y va a ir a más. Cada vez quedan más lejos los tiempos de leer un libro, contar un cuento, dar un paseo, jugar a las cartas o, simplemente, tener una buena conversación antes de irnos a dormir. La competencia es feroz: series infinitas de televisión, gracias infinitas de tiktokers y youtubers, amigos por todo el mundo activos a todas horas, juegos interminables, e incluso libros electrónicos más fáciles de conseguir en digital que en papel.

¿Cual es la solución? Como siempre, creo que es positivo empezar dándose cuenta del problema. De ahí mi intención de visibilizar un poco esta problemática que empieza a ocupar un lugar importante en las sesiones de psicoterapia. Tomemos conciencia de cuánto está afectando el vamping en mi familia o a mí en particular, si hay problemas de insomnio, si hay cansancio o fatiga mental, si baja el rendimiento laboral o académico, si tengo dolores de cabeza frecuentes… Cuanto mayor sea el mal, más rígidas tendrán que ser las medidas.

Y una vez detectado el «enemigo», tirar de creatividad o de compartir experiencias con las personas que nos rodean. Podemos apoyarnos, curiosamente, en la tecnología con los temporizadores, que nos ayudan a apagar los dispositivos cuando nosotros no somos capaces de hacerlo. Hay móviles y televisiones que se pueden configurar para que se apaguen a una determinada hora de la noche. Podemos empezar con un pequeño cambio de hábitos. Un día, una noche, esta noche, hagamos algo diferente. «Saber que se puede, saber que se puede», y ya iremos ampliando.

Y si tu familia es de las que aún está a tiempo de prevenir en vez de lamentar, quizás sea más fácil crear los hábitos y las rutinas desde un principio.

Por último, os quiero compartir un gran aprendizaje que me he llevado acerca del vamping y del uso de pantallas «para descansar». Creo que ya lo he dicho en algún otro post,l: el descanso no es real. Lejos de descansar, las pantallas nos agotan. Creemos estar descansando y tenemos el cerebro a mil, hiper estimulado. Saber esto ayuda a no autoengañarse y buscar un poco de motivación hacia la desconexión digital real durante nuestro tiempo de descanso.

Disfrutad de vuestro próximo descanso.

28. Ángeles o demonios

Después de un tiempo sin «postear» y tras darme un tiempo para investigar, investigarme y aprender un poco más, reabro este foro con una pregunta que puede invitarnos a reflexionar y a cambiar la mirada: las pantallas, ¿son ángeles o demonios?. Esta es una pregunta que suelo formular de forma espontánea en los talleres para madres y padres que hago sobre hijos y pantallas. Lanzo esta pregunta para sondear un poco la predisposición y la relación que tienen los participantes con los dispositivos electrónicos.

Mi hipótesis inicial era que las madres y los padres que dan el paso a participar en estos talleres lo hacen porque son conscientes de los peligros y desafíos que acarrean y quieren encontrar formas de limitarlos. Es decir, esperaba una mayoría que consideraban «demonios» a las pantallas y otros tipos de dispositivos tecnológicos. Sin embargo, lo que suele primar es el «a veces» o el «y». A veces son ángeles y a veces demonios. Son buenas para muchas cosas pero nos están dando muchos problemas y quebraderos de cabeza en cuanto a la crianza se refiere.

Los adultos estamos entre la espada y la pared ante un nuevo desafío educativo. Por un lado, el mundo cada vez es más tecnológico, más digitalizado y más virtual. Se nos facilita la vida y se nos complica a la vez en tanto, cada vez, más y más gestiones han de hacerse a través de dispositivos y no cara a cara: gestiones con la administración, con los bancos, relaciones personales, aulas virtuales, citas médicas y, así, un largo etcétera. Se nos dice que los niños tienen que tener competencias digitales, se introducen las pizarras digitales en las aulas, se crean colegios e institutos tecnológicos sin libros en papel, se incorporan los contenidos digitales en los currículums educativos… Y, al mismo tiempo, profesionales de la salud física y mental alertan de sus peligros. Estudios recientes alertan de las dificultades de aprendizaje en niños empantallados, de la afectaciones neurológicas de menores adictos ya a las pantallas, de la sobreestimulación, del deterioro en la socialización cara a cara, del incremento de la depresión y suicidio en jóvenes,… Muchas amenazas y pocas soluciones. Mucho estudio sesgado (en tanto solo valoran la parte fisiológica y no la social y relacional) y pocas soluciones y aportaciones prácticas.

Esta doble vara de medir o conflicto, como queramos llamarlo, acarrea un efecto secundario terrible para padres y madres: la culpa por no hacerlo bien. Aparece la presión social en uno u otro sentido y, se haga lo que se haga, parece no ser nunca suficiente. Es fácil que los expertos, en cualquier materia, tiendan a adoptar el rol de consejeros creando, indirectamente un ideal muy elevado de lo que debería ser una madre o un padre responsable. Los progenitores, cuando ven que no llegan a las exigencias que se proponen en miles de libros, videos y tutoriales sobre crianza, acaban frecuentemente culpabilizándose por no saber hacerlo mejor.

Sirva este post para ofrecer un primer apoyo a estas madres y padres que me estáis leyendo. Sólo por este gesto de leer y preocuparte estás demostrando un interés y una predisposición digna de alabar y de reconocer. La mera intención de querer lo mejor para vuestros hijos es más que suficiente. El resto es un problema social al cual podremos contribuir a solucionar en su justa medida, con nuestros propios recursos y en comunidad.

Llegados a este punto me planteo cómo podemos empezar a crear una nueva forma de ser y estar en un mundo computarizado y digitalizado. No hay marcha atrás, o se es con pantallas o no se es. Y mi primera apuesta que comparto con vosotros es cambiar el vocabulario. Pasar de la abstracción a la concreción. Y me explico: cuando hablamos de pantallas, de las TIC o de los dispositivos electrónicos estamos siendo tan generales como hablar de comida. No nos plantearemos nunca si debemos comer o no comida, sino si una comida o alimento nos hace bien o mal. Pues igual con los usos de la tecnología. Podemos sustituir el lenguaje y dejar de hablar de tecnología sí o no, y empezar a valorar individualmente cada uso de la tecnología. Porque una persona puede ser adicta a las redes sociales, otra a los videojuegos, otra a las series,… y estaremos hablando de problemáticas diferentes con diferentes implicaciones.

Si discriminamos los usos problemáticos de las pantallas y dispositivos electrónicos, podremos atajarlos uno a uno de forma personalizada. Y para conseguir hacer esto tenemos un «escollo» muy grande: el smartphone o teléfono móvil inteligente. ¿Por qué? Porque es multifuncional y portátil. Sirve para todo y lo llevamos siempre con nosotros. Cuantas más funciones se puedan hacer con un objeto o dispositivo, más dependientes nos volveremos de él. Y no podremos desconectar, por ejemplo, de las redes sociales, si vamos cargando con un móvil, porque lo necesitamos para hacer llamadas de emergencia, lo usamos como navegador o para pagar.

En este punto, os invito a una pausa. A una reflexión sobre usos y abusos. No en general sino en particular. Detectar cuáles de los diferentes usos de la tecnología nos generan dependencia y valorar si pudiéramos encontrar usos alternativos no digitales. No a todo, a algo; a lo que nos genere más desadaptación al ambiente. Y empezaría primero por nosotros, los adultos. Cuando tengamos el problema resuelto, podremos empezar a mirar a los peques que, probablemente, no necesiten mucha más instrucción porque ya habrán visto como hacerlo.

Como siempre, ofrezco este espacio de comentarios para compartir, valorar y construir en comunidad. Disfruta el momento y hasta el próximo post.