24. Estás en la nube

Llevo tiempo deseando escribir un post sobre la nube. Por un lado, por todo lo enigmático y difícil de comprender que rodea a la nube informática, ese lugar impreciso donde aparentemente se nos graban las fotos, los archivos y a saber qué más. Y, por otro lado, todo lo que el simbolismo de una nube aporta a nuestro inconsciente colectivo por inabarcable y omnipresente.

Para no olvidar mi propósito de acercaros al mundo de las nuevas generaciones, para las cuales «estar en la nube» en casi todos los sentidos es lo más normal, empezaré con algunas nociones y pinceladas de lo que es la nube informática.

En el argot informático, se habla de tener cosas en la nube o usar servicios alojados en la nube cuando tenemos libre acceso a ellos desde cualquier lugar y dispositivo, con el único requisito de tener conexión a Internet. Servicios en la nube que seguro que has conocido son: el correo electrónico, los álbumes de fotos y las carpetas «en la nube». Seguro que os suenan los Google fotos, Google Drive, OneDrive, iCloud, Outlook, Gmail, Dropbox y así un largo etcétera.

¿Cómo funcionan? Pues bien, ciertas empresas «generosamente» ofrecen sus potentes ordenadores para compartir una porción de su capacidad de almacenamiento para guardar tus datos, ya sean fotos, archivos, emails, compras o, como está siendo para mí escribir estas líneas en esta plataforma: conocimiento e ideas. Para poder disponer de esta información en todo momento y lugar, se requiere de equipos que se replican la información unos con otros (la información no se guarda en un solo ordenador, sino en muchos). También se requiere mucha memoria, capacidad de procesamiento y recursos humanos y tecnológicos para garantizar la seguridad y la accesibilidad a los datos. Estos servicios no se utilizarían si no se garantiza un mínimo de confidencialidad y seguridad. Me parecen importantes estos datos:

– que a las empresas que se dedican a ofrecer servicios en la nube les va la vida en asegurar que la información se trate de forma confidencial y segura;

– que estos servicios tienen un coste que, de alguna manera, hay que sufragar. Es algo natural, los que trabajan en ello no viven del aire y tendrán que ganarse el pan como tú y como yo.

Esto no quita que no debamos ser conscientes y enseñar a ser conscientes a nuestras hijas e hijos de que lo gratis en Internet también tiene un precio que pagar(directo o indirecto) y que nos puede interesar o no. Un precio como que nuestros gustos y necesidades puedan ser rastreados por motivos comerciales o políticos, que nuestra confidencialidad se vea comprometida por un ataque hacker y nuestra intimidad pase a ser pública o, que un día, estos servicios de los que tanto dependemos dejen de ser gratis y eso conlleve un impacto inesperado a nuestros bolsillos.

Por ejemplo, a día de hoy ya se está hablando de que Google Fotos pasará en breve a ser de pago, al menos cuando nuestras fotos ocupen cierta cantidad de espacio, lo cual ocurrirá irremediablemente tarde o temprano. Y entonces qué, ¿cuál va a ser la respuesta de la muchas personas que se vean abocadas a elegir entre pagar un servicio que no tenía presupuestado o volver a la antigua usanza de volcar la ingente cantidad de fotos a nuestro disco duro a mano? Por supuesto que se nos dará alternativas, aparecerán nuevos servicios gratuitos, se nos permitirá bajarnos las fotos a nuestros dispositivos y la creatividad humana encontrará nuevos caminos para adaptarse. Sea como fuere, esto puede ser fuente de estrés e intranquilidad para aquellas personas menos familiarizadas con la tecnología. Algo que antes hacia mi móvil solo, sin darme cuenta, ahora tengo que adaptarme y decidir. Como siempre, pros y contras que nos obliga a dedicar un tiempo extra a tomar conciencia y decidir… El tiempo que la tecnología nos da por un lado, a veces nos lo quita por otro.

He preguntado a alguna personas cercanas si sabían qué era la nube. La respuesta fue unánime: «sí, donde se guarda todo». Y luego pregunté: «¿y donde se guarda todo?» Y eso ya no estaba tan claro: en Internet, en Google, en ordenadores…

Voy a cambiar un poco el rumbo para aventurarme ahora hacia el terreno de lo simbólico y el pensamiento o conciencia colectiva. No sé si sabéis que la nube es símbolo de Dios para algunas religiones y culturas, entre ellas las judeocristianas. Se piensa en Dios ahí en una nube o directamente se le considera como tal. Un símbolo que representa lo inalcanzable (antiguamente, claro), el acompañamiento, las bendiciones en forma de lluvia, la omnipresencia (aunque no siempre la veamos), su movilidad para encontrarla adónde quiera que vayamos. También se enfada de vez en cuando y nos arruina las cosechas. Que no se nos ocurra enojar a Zeus o a Thor.

También hablamos de «estar en las nubes» cuando alguien está en la inopia o no está presente, o no participa de las cosas mundanas o terrenales. Es como estar en otra esfera de presencia.

La nube. Todas las personas estamos en la nube de una u otra manera. O estás en la nube de tenerlo todo digitalizado y distribuido por toda la Internet o en la nube de aislarse del presente tecnológico o en la nube de dejarse llevar por los vientos alisios sin preocuparme de dónde te lleven.

Sea cual sea tu situación y la de tu familia, la nube nos ofrece una oportunidad de aprendizaje. ¡Qué bueno sería dejar de verla como algo allí lejano, inalcanzable, incomprensible, capaz de lo mejor y lo peor, y acercarnos a ella para comprenderla mejor! Acercarnos, tocarla, sentirla, investigarla, experimentarla, cuestionarla,… La nube es intangible, seguramente no se pueda llegar a una verdad absoluta con respecto a ella. Pero, cuanta más conciencia pongamos sobre ella, nosotros y los nuestros, mejor podremos  tomar decisiones más adaptativas para nuestra vida. Yo me he autobautizado como «psicoinformático» por aquello de haber dedicado media vida a estas dos disciplinas y por mi firme propósito de buscar que la tecnología procure seguir la senda de la salud y el bienestar y tratar de desenmascarar y alertar a los que me lean o me escuchen, sobre los peligros en los que, por inercia, podemos caer.

Ofrezco este espacio para que colectivamente podamos encontrar caminos de conciencia y educación tecnológica colectiva. Para compartir, opinar y aprender. Para formular dudas, recibir recomendaciones, apoyo, y donde podéis contar conmigo, siempre que mi tiempo y mis recursos me lo permitan.

Que la tecnología nos acompañe para bien. Y que disfrutemos de momentos sin ella, también para nuestro bien.

23. Redes sociales y polarización

Hay un problema inherente a las redes sociales que no sé si la gente es consciente de él. Y es que los algoritmos informáticos que las gestionan tienden a polarizar nuestra forma de ver el mundo y la vida en general. Se va consiguiendo una identificación con los más cercanos ideológicamente y un distanciamiento progresivo de los más lejanos, todo en busca de la pertenencia a un grupo que nos dé identidad, apoyo y pertenencia.

Porque somos seres sociales. Aprendemos, crecemos y evolucionamos en relación. Los aprendizajes vicarios (aquellos que adquirimos observando a los demás) son tan importantes como los de la propia experiencia. Aprendemos viviendo, aprendemos mirando lo que hacen los demás y lo que les pasa.

Cada vez que damos un like, reenviamos un contenido o, simplemente, hacemos un clic en una noticia, el Gran Hermano virtual de la Red memoriza nuestro interés por un tipo de información y nos clasifica en un grupo objetivo o de interés. Esta clasificación podría ser recibida como algo bueno y útil: permite a los difusores de información seleccionarme aquellos contenidos que realmente son interesantes y atractivos para mí. ¿Para qué queremos recibir información que no nos interesa?

La respuesta yo la veo obvia: para completar nuestra visión del mundo con otros puntos de vista, aunque no nos gusten. La información no placentera también es información y también contribuye a ampliar nuestra conciencia sobre la vida y ganar en sentido de realidad. Que no leamos a diario que mueren niños y niñas desnutridos en África no quiere decir que esto no está sucediendo.

La falta de información provoca sesgos y generalización. Sesgos porque «leemos» cada acontecimiento con la óptica de los grupos a los que nos consideramos afines, juzgando y prejuzgando inconscientemente y, a menudo, con la creencia de ser superiores al otro grupo (porque nos refuerza mucha información social que recibimos a diario). Y generalizamos porque creemos que lo que se dice mucho es proporcional a lo que ocurre. Sólo nos preocupamos de lo que se habla, invisibilizando a muchas personas y situaciones porque no son trending topic. Si esto me pasa a mi o le pasa a mi grupo, le pasa a todo el mundo.

Echando la vista atrás, el sesgo informativo no es nada nuevo. La diversidad de canales de televisión ya dividía a la audiencia por preferencias informativas. Y no hace mucho tiempo, aunque aún queda quién la lee, teníamos la prensa escrita. Nadie dudará que no nos vale leer ni creer a cualquier periódico. Cada persona tiene sus preferencias. Lo que empezó como un ejercicio de contar la verdad, cuando se vio que la verdad tiene muchas aristas, se orientó la información a la verdad que quieren oír mi audiencia. Me atrevo a pensar que puede que sin malicia, sino por puro interés mercantil.

Así que, en este mundo sobresaturado de información, no nos queda otra que filtrar. Y filtramos o distinguimos entre información buena o mala, afín o disruptiva, verdadera o falsa, sin más chequeo que la fiabilidad que nos ofrece la fuente que nos la proporciona.

Y es un mecanismo de funcionamiento grupal e inconsciente el tender a hacer lo que hace mi grupo y lo contrario de lo que hace el otro grupo. Usamos al otro grupo como «guía de lo que no hay que hacer» en lugar de «guía de cómo poder hacer las cosas de otra manera«.

Este tema da para mucho más. Pero me voy a detener en este último párrafo que he escrito porque me parece que muestra un pequeño rayo de esperanza después de tanta traca negativa que he expuesto.

Me viene la idea de que en la medida que usemos las redes sociales para aprender a hacer las cosas de otra manera podremos evolucionar como sociedad y dar la vuelta a esta tendencia que solo puede conducir a una nueva guerra.

Y ahora vendría lo más difícil: ¿cómo, si la propia Inteligencia Artificial Global nos incita a ver solo lo que queremos ver?

Se me ocurre que poniendo nuevamente la mirada en los más jóvenes. Si en la educación obligatoria se enseñan todo tipo de contenidos, gusten o no a los aprendices, algo parecido podríamos hacer nosotros (y enseñarles a ellos) con los aprendizajes de cada día. Quizás podríamos aventurarnos a leer noticias y mensajes que no nos agraden tanto y tratar de ponerse en la piel del que no piensa o actúa como yo. ¿Qué razones tiene? ¿Qué le hace pensar o vivir de esa forma? No se trata de justificar al otro o perdonar agresiones o delitos, sino de ampliar la mirada. Aprender de mis sesgos, de mis generalizaciones, de mi visión distorsionada de la realidad y no de la de los demás. Buscar qué puedo encontrar en lo que hace el otro para permitirme salir de los círculos viciosos que me impiden el crecimiento.

¿Y cómo aplicarlo a crianza consciente? Podríamos empezar abriendo debate con las nuevas generaciones. Un debate respetuoso aprendiendo de los diferentes puntos de vista y construyendo desde el respeto y la integración de nuestras partes negadas. El otro que me daña despierta sensaciones y emociones en mi que proceden de historias pasadas mal sanadas.  No neguemos al otro polo la oportunidad de aprender y crecer. ¡Qué menos que preguntar a los que van a heredar el futuro cómo podemos empezar a construirlo!

Nota: soy consciente de que el respeto, el llevarse bien, comprenderse y buscar puntos de unión y crecimiento es una polaridad. La otra sería luchar y defender nuestros valores, nuestros ideales y por la patria si cabe cuando los sentimos amenazados. Luchar por y/o imponer a nuestro grupo por fuerte o por minoría. Es lo que se ha hecho siempre y también es legítimo y necesario. ¿Se puede llegar a un saludable equilibrio? ¿O transitar de una polaridad a otra según sea necesario? ¿Cuál toca hoy en Internet?

22. Poniendo límites con pantallas

Dos de las funciones parentales más importantes son la disciplina y el poner límites. Por cuestiones históricas, sociales y familiares que no toca traer aquí y ahora, muchas madres y padres sienten cierta culpa o miedo a ser muy estrictos por riesgo a no ser queridos o parecer muy dictatoriales.

Sin embargo, cierto grado de poder es necesario para establecer cual debe ser la disciplina en el hogar y para poder poner límites protectores a los menores que aún no han adquirido la responsabilidad suficiente para ser conscientes de las implicaciones de sus actos. Los límites son importantes porque satisfacen la necesidad de protección. Por mi experiencia, la puesta de límites genera mucha rebeldía pero, a la vez, los hijos se sienten seguros y amados por su existencia y se suelen tranquilizar. Es su tarea, en su proceso de madurar, ir poniendo a prueba estos límites, por lo que éstos deben ser sólidos y bien fundamentados.

En mi familia la forma de dar solidez a los límites es mediante los valores familiares. Las normas las establecemos en base a esos valores. «Como os queremos y os queremos educar en estos valores, os ponemos estas normas».

El desafío está en contener las embestidas a las normas. Y aquí, lo más fácil y cómodo es recurrir a la restricción de las pantallas. Es lo que los teóricos del tema llaman «castigo negativo«. Castigo porque se percibe como «fastidioso» para el que lo recibe y negativo, porque la forma de «fastidiar» es eliminando un elemento apetitoso (en este caso las pantallas) del contexto/ambiente. También es fácil conseguir un buen cumplimiento de las normas mediante el refuerzo positivo con pantallas: si recoges la habitación, te dejo hacer pantallas o te pongo un rato los dibujos para que dejes de «molestar» o detengas la rabieta.

La disciplina positiva es una metodología teórico/práctica que fomenta que la puesta de límites sea a partir de unas normas claras cuya trascendencia deben entender los hijos tratando de sustituir el castigo por un diálogo y la intención de que el niño o la niña sea el que ponga solución a su incumplimiento.

También la CNV (comunicación no violenta) ofrece recursos para poner límites con más amor: fomentando ente diálogo desde la expresión de necesidades de grandes y pequeños.

Perdonadme si no me extiendo más sobre esto, pero hay que poner límites al post también 😌. Lo que sí quiero decir es que, no siempre se tiene la energía, el conocimiento y la situación adecuada para aplicar la forma más saludable de disciplinar y poner límites.

Por mi experiencia, el cansancio, fruto de una vida estresante de quehaceres y responsabilidades hace que muchas veces, lo más fácil y lo que requiere de menos energía es la privación o el chantaje con las pantallas. Por eso, considero que no saludable mentalmente que censurarse y fustigarse por hacerlo, las raíces de este problema son más de tipo social y estructural, fruto de una mala conciliación de la vida laboral y familiar. Baste poner conciencia y hacer lo que se pueda sin olvidar que el límite es importante.

Y no quería terminar este post sin una reflexión. No he leído ni escuchado en ningún sitio el valor de la autodisciplina como modelo de disciplina. Sí he escuchado sobre la importancia de «predicar con el ejemplo, que es el mejor argumento», por la capacidad de imitar que tienen los niños. Los hijos probablemente adquirirán nuestras conductas, o las contrarias, sobre todo en los temas que les parezcan más relevantes.

Entonces, ¿cómo sería auto aplicarnos los castigos (o consecuencias) de un no cumplimiento de las normas? Si les privamos de pantallas, ¿podríamos privarnos nosotros durante ese mismo tiempo? Si les limitamos su tiempo de uso, ¿podría hacer yo lo mismo con este aparato «infernalmente útil» que es el móvil, que tanto me sirve para trabajar, para tener contacto con la gente, para aprender, para enseñar, para hacer fotos y consultar recuerdos,… ?

Me gustaría saber qué piensas tú… ¿Me lo cuentas?

21. Vergüenza informática

Se dice que lo que le falta a un robot o a un ordenador para poder pensar como un humano es procesar emociones. Y ahí están los ingenieros buscando desesperadamente la fórmula como si ahí radicara el verdadero salto cualitativo del razonamiento. Puede ser y, mientras tanto, la sociedad camina hacia relaciones «sin vergüenza». Es como si: ya que las máquinas no se pueden parecer más a nosotros, parezcámonos nosotros a ellas.

Los entornos virtuales: redes sociales, videoconferencias, juegos online, gestiones administrativas online, formaciones a distancia, reuniones multitudinarias, etc. son una gran ayuda para los vergonzosos, entre los que me incluyo. Y en estos tiempos pandémicos, tenemos la excusa inconsciente perfecta para evitar el contacto social (el que tiene predisposición a ello). Nos podemos esconder muy fácilmente detrás de un avatar, un email, una cámara apagada, una cuenta falsa o un alter-ego virtual que muestra lo bonito y atractivo de mi, a la vez que esconde lo que me avergüenza. Es mucho más fácil tapar y tenemos siembre a mano el botón de off para desconectar.

La vergüenza se ha utilizado como un policía o juez más que vela por el cumplimiento de las normas sociales, sobre todo las familiares. «Eres un sinvergüenza», «¿no te da vergüenza?», «vergüenza debería darte…», «me da vergüenza ajena»,… Son expresiones que, de alguna manera, transmiten qué es lo que está bien o mal moralmente, más allá de las leyes escritas.

Pues bien, si estamos en una sociedad en la que, gracias a las tecnologías, podemos escapar a esta vergüenza y a estos juicios internos y externos… ¿qué va a pasar? ¿nos dirigimos hacia el caos, hacia un mundo sin reglas morales?

La vergüenza es una vieja compañera de viaje en mi vida y altamente limitante. Por vergüenza he dejado de hacer cosas que quería o me convenía. Alguna vez también me ha evitado un disgusto.
Recientemente he aprendido a vivir con ella. Si hay algo que quiero hacer, lo hago con vergüenza. La vergüenza no decide pero la vergüenza me da información. Es la vocecita que funciona como un piloto de alerta. Me indica si hay algo que puede ir mal porque va en contra de la forma de hacer las cosas de mi círculo social o de mi familia de origen. Puede ser una alarma real o puede ser una creencia limitante, una norma moral obsoleta, un trauma familiar del pasado,… Y ya sé que si la escucho y veo de dónde viene, tengo más argumentos para decidir la acción a tomar. Y si decido ir hacia delante, pues iré, con la vergüenza de la mano.

¿Y qué hacemos ahora con las herramientas tecnológicas que nos ayudan a tapar la vergüenza? Lo siento, no tengo la respuesta. Abro la reflexión para que para que colectivamente encontremos la respuesta. Para mí me viene la idea de no abusar de las máscaras virtuales. No esconderme en ellas para saltarme las cosas que me dan vergüenza. Quizás algún día estos posts de transformen en un video… ¿Será posible?

Y de cara a las generaciones que están aprendiendo a desenvolverse en la vida en este mundo tan «sin vergüenza»… Pues quizás haya que enseñarles la otra cara… La cara de mostrarnos, de ser más auténticos, de permitirse exponer nuestras fallas o partes más vulnerables… Con miedo… Con vergüenza… Arriesgarse a ser ….

20. Sobre el Fortnite y otras guerras internas

Para el que no lo sepa, Fortnite es uno de los juegos «de tiros» más populares del momento. Los hay más violentos, los hay más sangrientos y, aún así, preocupa la cantidad de tiempo que pasan los jóvenes y no tan jóvenes matando a todo quisqui «hasta que solo queda uno».

¿Qué preocupa más? ¿El tiempo empantallados o la violencia en el juego?

De alguna manera este tipo de juegos deben proporcionar placeres que lo hacen adictivo. El Fortnite, además, te permite destrozar con saña casi cualquier cosa. Hasta la vibración del mando puede ser estimulante.

Estas cosas me cuestionan mucho. ¿Hasta qué punto necesitamos juegos o películas violentas para sacar la agresividad contenida que llevamos dentro? ¿Por qué hay tanta agresividad y competitividad? ¿Los juegos crean personas violentas o las personas agresivas buscan los juegos violentos?

En cualquier caso, aceptando la realidad tal y como es, podemos empezar a preguntarnos cómo nos afecta que un niño, o una niña, se pase las horas muertas en una realidad virtual, llena de emociones desenfrenadas. ¿Eres de las personas que no soportan este tipo de juegos? ¿Eres de las que necesitas sacar tu furia interna sin censuras morales?

Sea cual sea tu respuesta, esto no es blanco o negro. En cada persona los juicios funcionan de forma diferente según la historia particular de cada quien. Pero es una oportunidad valiosa para aprender de nuestromundo interior y nuestras guerras internas.

Los juegos de tiros hace ya años que existen. De hecho, ahora caigo, incluso antes de jugaba con escopetillas y tirachinas de verdad, de los que hacen daño físico. Ahora, sin embargo, el mundo virtual es tan impresionantemente realista que nos puede confundir y descontextualizar del mundo físico. Por ello, creo que es importante parar, dialogar y repensar por dónde queremos ir sin dejarnos arrastrar por la inercia.

Y, como siempre digo, este diálogo, los que tenemos hijos, lo podemos hacer con ellos. Hablar de nuestros miedos, de nuestras inseguridades, de las dudas, de cómo podemos autorregularnos, etc. También los colectivos de madres y padres, hablar, debatir, consensuar, buscar apoyos,… Y, cada uno con su individualidad y sus guerras internas, ver dónde se coloca y qué nos dice la agresividad, el enfado, los miedos, las dudas, las molestias, la desgana, la desesperanza,…

Todo esto me recuerda una película que vi hace tiempo: Demolition man. Violenta como pocas, creo recordar que poco sangrienta y futurista… Como Fortnite. Es antigua y ya salían temas como la excesiva virtualización, el control comportamental y la supervivencia de un grupo de disidentes que se aferraba «a la comida basura», al «contacto» y, en definitiva, a la libertad.

También es verdad que quizás, por la propia autorregulación de la vida, nos acabemos cansando de tanta pantalla y tanta ausencia de contacto. El aislamiento pandémico lo está acelerando aún más. Hace poco escuché a un chico de la edad de mi hijo mayor decirle a otro: ¿Y si nos bajamos las láser combat (pistolas láser)? Parecían cansados de móvil y consola y preferían llevar sus deseos de juego agresivo y competitivo al mundo físico… Quizás lo tangible no lo tenga todo perdido.

Y a ti, ¿qué te mueve con esto?

19. Phising y Gestalt

Para los que este año vayan a realizar todas o parte de sus compras navideñas por Internet me gustaría sugerir algunas cosas a tener en cuenta para evitar malas experiencias. Ya en su día escribí un post sobre phising y timos en Internet. Hoy me viene ampliarlo mezclando estos dos términos tan dispares: phising y Gestalt, ¿qué tienen en común?

La psicología de la Gestalt aglutinó a un grupo de científicos que definió algunas propiedades de la percepción humana. Resumiendo mucho, afirmaban que en base a una necesidad o deseo unos aspectos de la realidad se hacen figura y son más perceptibles y otros pasan a segundo plano como fondo.

Esto lo podemos ver fácilmente en la vida cotidiana. Por ejemplo: hay personas que quieren tener un bebé y, de repente, empiezan a ver muchas mujeres embarazadas o familias con niños pequeños; quieres cambiar de coche y, ¡qué casualidad!, te topas constantemente con el modelo que más te gusta.

Esto ocurre por pura adaptación al medio: si necesitamos comer o beber, lo más adaptativo es dedicar nuestros recursos mentales y corporales a satisfacer esa necesidad.

¿Cuál es el problema? Que muchas veces la figura nos impide ver el fondo. Nuestros sistemas de alerta ante los peligros están diseñados para los peligros habituales, pero no para los nuevos. Y ahí es donde entra el phising.

Phising consiste básicamente en orientar tu atención hacia tu necesidad o apetencia de forma que no percibas el riesgo de ser víctima de un fraude. Cuanto más real o bonita te parezca una tienda o producto virtual, más fácilmente puedes «picar el anzuelo».

¿Eso quiere decir que no debemos comprar por Internet? En absoluto. Simplemente hay que aprender a moverse en un nuevo contexto de compra. En el contexto físico habitual, sabemos de sobra qué tiendas son de mayor o menor calidad, dónde no compraríamos nunca, o dónde comprar un tipo de productos y no otros. Al final, Internet no difiere en mucho del mundo cotidiano, simplemente que es mucho más barato y también es más fácil embaucar.

Por mi experiencia, os puedo compartir algunos tips para que la figura no nos impida ver el fondo:

– ¿Conocéis algún ejercicio de figura-fondo? ¿O conocéis alguna imagen de esas que según la mires se ve una cosa u otra? Pues ése es el ejercicio que habría que hacer ante una compra: primero miramos la figura (lo que queremos, sus propiedades, sus características, el precio,…) Y luego, cambiamos la mirada y hacemos figura la tienda y la fiabilidad de la compra.

La figura oscura capta más la atención a pesar de que las otras tienen un color aparentemente más atractivo

– Para verificar que la tienda es de fiar podemos verificar varias cosas: el candadito del navegador (nos dice que es una conexión cifrada y a quién corresponde la certificación), verificar que en la web de la tienda edita un apartado llamado «sobre nosotros» (o similar) que identifique claramente quién está detrás de la venta, hacer una búsqueda en Internet sobre la tienda buscando señales de fraude, comparar el producto en varios lugares, preguntar a amigos o expertos, …

¡Qué rollo!, ¿no? Bueno, en la medida que hagamos este ejercicio, cada vez nos moveremos de forma más segura en este medio pues añadiremos estas trampas visuales a nuestros registros del sistema de alerta.

Mi sexto empantallad@s: los youtubers

Por si a alguien no le parece obvio, youtuber viene de YouTube, la famosa herramienta de Google para ver y publicar vídeos. No es la única herramienta de visionado y publicación de vídeos, también hay otras como Vimeo, VideoEgg, Dailymotion, … Pero se ha popularizado más la plataforma de YouTube por su facilidad de uso y porque cualquiera, con solo tener cuenta de correo electrónico en gmail ya puede empezar a publicar.

Nos podemos preguntar qué interés puede tener Google para ofrecer la cantidad de «megas» que puede ocupar un vídeo de forma gratuita a quien quiera colgar cualquier cosa: ya sea una excelente ponencia o presentación de investigación hasta lo más absurdo e inútil. La respuesta es: por la publicidad.

Y la publicidad se nutre de las visitas, cuantos más visionados y más visitas mejor.¿Y qué motivación puede tener una persona para hacerse youtuber? No por el hecho de haber subido un vídeo a la red puede ser uno considerado Youtuber. Entiendo que ese título requiere de algunas características más como el disponer de un ‘canal‘ donde emites tus vídeos y porque eres reconocido como tal por tener muchos ‘followers‘ de tu canal o tus vídeos tienen muchos ‘likes‘. O dicho de otra manera, eres youtuber si tus vídeos gustan y tienes muchos seguidores. De esta manera, te vuelves un «influencer» por lo cual pasas a estar en el ojo de las campañas de marketing pues pueden usarte para promocionar ciertos artículos sobre tu masa seguidora.

Esto suena muy bien: ganarse la vida de youtuber solo grabando vídeos y sin necesidad de estudios, ni experiencia, ni nada de nada, solo ciertas dosis de palabrería, gancho y desvergüenza. Pero podríamos preguntarnos: ¿cuántos youtubers pueden vivir de ello en comparación con todos los que hay? ¿podríamos equipararlo al número de futbolistas? ¿Cuántos se quedan frustrados en el camino?

¿Y si nuestras hijas o hijos quieren ser youtuber? ¿qué hacemos? De toda la vida ha hecho ilusión salir en la tele. Cuando esto sucedía se llamaba (y se llama) a toda la familia para que te vean. ¿Nos hace sentir especiales? ¿Nos sirve para valorar el acontecimiento como algo único? Ahora es mucho más fácil ser un personaje público o famoso y, desde luego, es mucho más fácil exponer una imagen de tu persona o de tu vida públicamente en la red. Yo quiero creer que esto de los youtubers será una moda, tan pasajera como otras y que, al final, solo los contenidos realmente relevantes y con cierto rigor acabarán permaneciendo en ella.

Pero, mientras tanto, habrá que pensar algo, ¿no?

Se me ocurre un pequeño trabajo en familia: hablar con normalidad sobre los vídeos en Internet y sobre los Youtubers. Se puede hablar sobre el rigor de la información: ¿en qué medida debemos creer lo que diga un youtuber?, sobre la publicidad engañosa: ¿qué beneficios puede tener un youtuber recomendando o afirmando ciertas cosas?, sobre la propia herramienta: ¿qué usos de YouTube son más saludables y cuáles son peligrosos?, sobre la audiencia: si yo publico un vídeo en Internet, ¿quién lo va a ver? ¿en qué me puede beneficiar o perjudicar en un futuro? ¿somos conscientes de la cantidad de personas que pueden llegar a conocernos sin conocerles a ellos?, ¿qué implicaciones puede tener?

Y para los más atrevidos, se puede hacer un pequeño proyecto relacional: existen aplicaciones para crear tus propias películas, ya sea a partir de fotos, vídeos o animaciones. Podéis grabar un corto o pequeña película sin caras reconocibles. Es una forma de quitar el miedo a lo desconocido y dar oportunidad de hablar sobre el mundo de la publicación de vídeos a la vez que se vive una experiencia nueva en familia. Si os atrevéis, luego podéis compartirnos el vídeo.

V . Sexting

Para los que desconozcáis la palabreja, deciros que con sexting nos referimos al envío de contenido o archivos digitales de tipo sexual, ya sean propios o ‘robados’. El nombre viene de ‘texting’ (chatear), por lo que podríamos traducirlo algo así como «chatear con contenido sexual explícito». 

Esta forma de relacionarse está siendo algo frecuente y visto como normal entre los más jóvenes ¿Para qué lo hacen? Según un estudio cuyos detalles podéis encontrar aquí:(https://www.magisnet.com/2019/07/los-menores-ven-el-sexting-como-normal-y-parte-de-las-relaciones-romanticas/) las chicas suelen contestar que hacer sexting les hace sentirse corporalmente mejor (¿más sexis?) y que les ayuda a crear intimidad entre dos personas. Los chicos, sin embargo, suelen contestar con un «porque sí».

Como soy de los que piensan que las conductas actuales suelen ser réplicas de las de antaño solo que con otros recursos, me parece que la necesidad que se esconde detrás es muy parecida al flirteo de guiños y miradas, las ropas cada vez más ajustadas y escuetas, etc. Obviamente, el peligro que esconde hacer sexting es infinitamente mayor que el de enseñar más o menos «carne» en la calle, discoteca, playa o gimnasio. Pero quiero quedarme con la necesidad o motivación de las y los que lo practican para poder encontrar un punto de diálogo y de actuación antes de ponerse manos a la obra de atajar la problemática derivada del sexting.

Me parece que detrás del sexting está, para algunas personas, el deseo de sentirse valorada y estimada, y de gustar a la persona que te gusta (muy en consonancia con las inquietudes juveniles y adolescentes). Por otro lado, otras personas, lo pueden usar por morbo y/o placer aprovechando una tecnología que permite las relaciones privadas individualizadas y casi a cualquier hora y en cualquier lugar.

También hay otra posible historia: cuántas veces no habremos visto en una película: chica conoce a chico, queda enamoradísima de él, se acuestan como acto de entrega total y declaración de amor sin límites, luego el chico, que no siente lo mismo, «si te he visto no me acuerdo». Esta historia, que seguro que es algo habitual, se puede reproducir con sexting siendo cada participante mucho más joven: chica chatea con un chico que le gusta, chico le pide una foto o vídeo de partes íntimas como prueba de su amor, chica se lo envía y chico… (cada quién que interprete lo que se puede hacer con una foto o vídeo comprometido, pues casos ya han salido a la luz).

Los peligros, por tanto, son infinitos, desde bullying, extorsión, que se acabe haciendo pública o viral la foto o el vídeo,… Y las consecuencias sociales y psicológicas que puedan derivar, otras tantas: pérdida de amistades, conflictos, baja autoestima, depresiones, suicidios, etc.
Y la pregunta es: ¿cómo podemos encarar el tema del sexting si éste está visto como algo intrínsecamente ligado al romanticismo del siglo XXI? Cualquier comentario relativo a la peligrosidad del mismo puede hacernos ser tildados de carcas y antiguallas. Ni que decir tiene de hablar de las bondades de unas flores, una carta romántica o un verso erótico, ¿por qué no?

Por ello, considero muy importante no perder de vista el gran poder que tiene el enamoramiento, que es capaz de conducir a la gente a realizar las más dispares locuras… y, encima, estar bien vistas. Por amor, se emborracharán, conducirán a lo loco, se meterán en peleas, se suicidarán… Teniendo esto en cuenta, el sexting sería solo un peligro más, que creo que habría que abordar de una manera similar a estos desafíos que se presentan íntimamente ligados a la adolescencia y a la juventud. 

¿Habéis hablado ya de temas como el sexo, las drogas, los peligros de la calle, …? He aquí un nuevo reto, hablar y tratar de recoger confianza a partir de sembrar apoyo. ¿Cuál puede ser el equilibrio entre autonomía/libertad y seguridad/control? Ahora es vuestro turno…

Episodio IV. Las redes sociales

Redes sociales

Parece que Internet se ha apropiado del término «red social». Obviamente, una red social también puede darse fuera de la red de redes. De hecho, estoy convencido de que la mayoría de las reglas que rigen el funcionamiento de las redes cibernéticas se daban y se dan en las relaciones humanas. 

Dicen que la raza humana es de naturaleza social. Y hay quien afirma que no es posible vivir sin socializar. Desde luego que nos costaría bastante criarnos. Luego, casi todo en esta vida gira en torno a cómo nos relacionamos con los demás. Desde el polo de la sociabilidad hasta el del aislamiento tenemos un gran abanico de formas de estar en este mundo. ¿Qué nos dan las redes sociales virtuales que no obtenemos con las otras? Creo que es importante tenerlas en cuenta para poder valorar en qué medida son necesarias y en qué medida nos están sacando de la realidad. 

Voy a enumerar las ventajas que se me ocurren y, si queréis, podéis aportar alguna más: cercanía con los que están lejos, inmediatez de respuesta, facilidad de encontrar grupo de afines, posibilidad de estar en grupos de forma anónima, estar al corriente de la actualidad, obtener fácilmente ayuda, pasar más tiempo con las personas que me apetece, … 

Es tanto lo que nos aportan que es normal lo dependientes que nos hemos vuelto de ellas. Es más, una persona sin redes sociales va a caer, irremediablemente, en el grupo de los raros, desconectados, asociales, antisistema, o cualquier atributo excluidor del grupo preponderante en la sociedad actual. Ya he comentado en alguna ocasión la importancia que tiene en la adquisición de una identidad la pertenencia a los grupos. Durante la adolescencia, la búsqueda de la identidad a partir de la pertenencia es algo vital. Y, para bien o para mal, las redes sociales virtuales han venido para quedarse y van a determinar una nueva forma de relacionarnos con el mundo. 

¿Problema? Que sin necesidad de bucear mucho por la web, es fácil encontrarnos que ya se están llenando las consultas psicológicas y psiquiátricas con casos de adicción a las redes sociales. Entre los problemas que acarrea esta adicción están los comportamentales (irascibilidad, descontrol e impulsividad cuando no están conectados o se les impide contectarse), la nomofobia (ansiedad o miedo por salir sin un móvil a mano), bajones de rendimiento académico, reducción de horas de sueño (por quedarse conectados hasta altas horas de la noche) y todo esto sin contar con los efectos propios del tiempo de uso de pantallas (cefaleas, problemas de visión, insomnio, …)

Una cosa que a mí me ha servido para valorar si estamos usando o abusando de una red social en Internet, o el uso de Internet en general, es pensar que cuando uno está en Internet, NO está dónde se supone que está. Es decir, que si estás en casa, rodeado de gente, pero con el móvil conectado a Internet y en contacto con otras personas, realmente no estás en casa, sino en la red. Esto es equivalente a estar en un club de amigos, en el bar, en el parque, o donde sea, pero no con los que se está físicamente en un determinado momento. Por tanto, no hace falta reinventar la rueda, creo que sería una buena idea reutilizar las normas de entrada-salida de casa para la entrada-salida de Internet.

Un ejemplo fácil: si alguien no deja a su hija o hijo salir hasta las once de la noche, tampoco le debería dejar chatear hasta esa hora. Si es norma de la casa comer alrededor de una mesa y no llevarse la cena al parque o a casa de alguna amistad, pues tampoco se debería conectar en la hora de la comida/cena. Y así sucesivamente. Sobre todo, tener en cuenta: no se puede ESTAR en dos sitios a la vez. La tecnología nos hace creer que sí es posible, pero la atención es un recurso limitado y el cerebro siempre elige un contexto. Entonces, ¿a quién eliges? ¿al que está aquí contigo o al que está allá lejos?

Voy a pensar el reto… Está difícil… Porque, a diferencia de otras problemáticas, ésta suele afectar a todos: madres, padres, hijas, hijos, abuelas, abuelos,… (espero que las mascotas no estén también conectadas). Creo que es importante establecer unas normas que sean comunes para toda la familia aunque puedan variar ligeramente según el nivel de responsabilidad y la madurez de cada uno. Estas normas se podrían hablar y consensuar bajo el prisma de ‘cuánto tiempo nos vamos a permitir estar ausentes de la familia’. Os reto pues, a definir el tiempo IN y el tiempo OUT. Tiempo para estar con el prójimo y tiempo para estar con los de lejos. Cada grupo definirá sus propios tiempos, pero es importante hablar y hacerlo constar para evitar caer en imposiciones absolutistas. Probablemente haya rebeldías, aunque, pensar así es ya un acto de rebeldía hacia lo que está siendo tendencia de la sociedad actual.

Bueno, ya nos contaréis qué tal os va.

Capítulo 2. Los retos

¿Quién no ha jugado en la más tierna infancia o adolescencia a un reto? Los había de todo tipo: juegos como «verdad o prenda», origamis que te lanzaban preguntas aleatorias, el de la botella giratoria, y aquellos retos en los que tenías que mandar una carta a no sé cuánta gente.
Internet pone el tema de los retos bastante más fácil, accesible y, ademas, más peligroso por el anonimato de los autores y por lo rápido que se propagan. También os los podéis encontrar bajo el nombre de challenges.
Seguramente habréis escuchado de algunos que han provocado suicidios, alteraciones psicológicas de diversa gravedad, o que son utilizados para el robo de información personal (Momo, la ballena azul, balconing, etc.) Si os atrevéis a conocer una tanda de los más escalofriantes, podéis consultar en este  enlace, o podéis ver webs donde se pueden crear cuestionarios para pasar a las amistades: quizyourfriends.com o ask.fm.
Pero no todos son tan peligrosos. Los hay muy cándidos e inocentes sobre si te gusta tal o cual chico o chica, tal grupo de música, tal deporte, etc. probablemente orientados a hacer grupos de iguales y/o empezar la fase de ligoteo. Me viene a la cabeza la imagen de Marty, de Regreso al Futuro, cuando cada vez que le llamaban gallina no se podía contener y hacía hasta la locura más disparatada con tal de no ser marginado.
Los retos o challenges tienen algo de eso. ¿Qué ocurre cuando uno no los pasa? Ser llamado gallina casi es lo de menos, puede conllevar exclusión o marginación dentro de un grupo de iguales. En general, la forma que tiene el colectivo adolescente de ir forjando su identidad es identificándose con otros grupos fuera de su familia.
Los retos, pues, unen, hacen piña, nos hacen sentir especiales para alguien, nos da un sentido de pertenencia. Es importante saber  lo que aporta esto de los retos a cada persona para no acabar dictando una prohibición tajante que deje al niñx aisladx y sin recursos. Yo, detrás de los retos, veo la necesidad de hacer grupo y empezar a explorar lo que piensan tus amigas y amigos. Debe ser sorprendente apreciar las diferentes respuestas que pueda dar cada quien a un mismo reto o pregunta. Aunque pueden existir muchos más motivos (os invito a investigar tus propios motivos y los de la gente que te rodea)
Resumiendo: si bien todos los retos no son peligrosos, muchos de ellos van a forzar al joven o a la joven a «elegir» entre las normas morales de su familia y las del grupo, o incluso, a poner en juego su integridad física para pertenecer a un grupo (ahora me viene a la mente el tema de las novatadas que tienen más o menos la misma razón de ser).
Y aquí voy a ser yo el que os ponga un reto para pertenecer a esta red de mpadres intranquilos y preocupados por el alcance de las tecnologías en nuestras vidas y las que nos suceden:

Plantea un reto sencillo para hacer en familia. Al conseguirlo, plantea uno más complicado o, incluso, peligroso. Mirad cuál es la reacción de cada uno… ¿qué se está dispuesto a hacer para pertenecer a la familia? Esto puede llevar a un diálogo espontáneo sobre los retos. Hasta dónde se puede llegar, hasta dónde conviene llegar. ¿Qué se pierde cuando uno no realiza un reto? ¿Qué se gana? ¿Se puede ganar una amistad sin tener que aceptar un reto? Hacedlo y, por supuesto, podéis compartilo para que todos podamos aprender.

Por último, si, para ti, toda prudencia es poca y quieres estar al tanto de los retos absurdos y peligrosos que vayan surgiendo para poder detectar comportamientos extraños en la persona o personas que cuidas, puedes suscribirte a listas de difusión de esta información como la que ofrece Gaptain.com en
¡Hasta la próxima!