8. Hackers

La palabra hacker suele estar muy vinculada al robo de información. Realmente se trata de personas que descubren vulnerabilidades en ordenadores, dispositivos electrónicos o sistemas de información. Habitualmente, porque disponen de un conocimiento avanzado en ordenadores, redes y sistemas informáticos.

Cuando se quiere avanzar y desarrollar muy rápido, es habitual incurrir en pequeñas brechas de seguridad y ahí es donde se aprovechan los hackers. En una sociedad tan frenética que vive en la inmediatez y en el quererlo todo para «ya», la seguridad va a estar siempre amenazada. Desde este punto de vista, tenemos dos opciones extremas: encerrarnos en nuestra cárcel/cueva o salir al mundo y exponernos. Obviamente, hay infinitas opciones más (todos los caminos que hay entre estos dos), pero para aclararnos, probablemente tengamos que dar un pasito en una u otra dirección.

Sería conveniente decir que las motivaciones de un hacker son muy variadas, no toda acción hacker tiene malas intenciones, aunque la gran mayoría caerían bajo la categoría de delito. Hay hackers que lo son por motivos de lucro, otros por espíritu aventurero de desafiar retos y normas, y otras como forma de protesta contra el sistema. 

¿Y nuestra hija o nuestro hijo, qué? ¿Será hacker o víctima? En cualquier caso, es bueno que en cada familia se conozcan los peligros de los dispositivos informáticos de cara a mantener el hogar con una mínima protección (al menos que seas de los que vivas alegremente con la puerta abierta). Como se dice en el mundo de la ciberseguridad, la fortaleza de un castillo se mide por la fortaleza de la puerta o muralla más débil. De nada sirve proveerse de los mejores antivirus y cortafuegos si luego uno se deja la puerta abierta. Y por inexperiencia y por credulidad, los niños y las niñas pueden ser la puerta más débil de acceso a nuestro hogar y a nuestras cosas (aunque algún adulto también podría serlo si no tiene las mínimas precauciones)

Durante mi vida virtual por las redes me he encontrado chicos y chicas, que se las dan de muy maduros por jugar a juegos o participar de foros de adultos que luego no tienen el más mínimo reparo en darte su número de teléfono, su contraseña del correo o mil tipos de posibles datos que en manos inapropiadas pueden ser muy peligrosas.

Internet es algo muy nuevo y la sociedad no está preparada para ello. Confío en que las escuelas estén asegurando un mínimo de contenidos sobre cómo se debe estar en la web de forma segura. Pero somos muchas personas ya adultas que estamos en la red y no vamos a pasar de nuevo por la escuela… no va a quedar otra que auto-formarnos. Existen cursos y campañas de información que nos pueden ayudar. Pero, si queremos una casa con puertas, tenemos que saber cómo usar las llaves, los cerrojos, el portero automático, a quién podemos dar nuestra dirección y a quién no, etc. En mi lista de «topics» sobre los que hablar, hay mucho tema relativo a la seguridad, pues entiendo que es algo vital en el que se mueve por Internet.

¿Y qué podemos hacer ahora con nuestras hijas e hijos? Podemos plantearnos cómo vamos a «defender» nuestro hogar virtual. ¿Dónde vamos a alojar las cosas (fotos, vídeos, documentos, juegos, …), qué tipo de contraseñas vamos a poner, qué información vamos a cuidar que no sepa gente ajena a la familia, etc.? Ya me diréis si os ha sido fructífero hacer esto y, si necesitáis algo de ayuda, éste es un espacio para que en comunidad nos apoyemos.

7. Ciberbullying

Desgraciadamente el bullying se da en mayor o en menor medida en la mayoría de los ámbitos de la vida como un mecanismo psicosocial de ciertos grupos ya sea buscando hacer grupo, dando poder a un líder o a unas ideas, o como medio absurdo de diversión cuando no hay suficiente creatividad para encontrar formas saludables de relación y ocio. En Internet el ciberbullying es en cierta forma más difícil de detectar, pues muchos círculos y grupos de comunicación o participación son privados e inaccesibles a una posible autoridad que pueda reconocer el acoso y tomar medidas. Esto implica que, con más razón que en el bullying físico, las personas de dentro del propio grupo son las que tienen que hacer de defensoras del acosado o acosada denunciándolo a las autoridades competentes, según el caso. No me voy a enrollar mucho acerca del ciberbullying pues hay ya mucho escrito y que podéis acceder y documentaros por la red. Os dejo un artículo que creo que es sencillo y va al grano: https://saposyprincesas.elmundo.es/consejos/recomendaciones-tecnologia/ciberbullying-ciberacoso/

Como madres y padres podemos encontrarnos tres situaciones en las que pueden caer nuestras amadas criaturas: que sean acosadores, acosados o testigos. Y viendo las estadísticas y el ritmo que lleva la tecnología, es muy probable que tarde o temprano caigan en una de las tres. Vamos a verlas por partes:

– Tengo un hijo o hija acosador/a: quizás algo de responsabilidad podemos tener (no haber estado suficientemente atentos, presentes, disponibles, acompañando y apoyando, …) pero no sirve de nada sentirse culpable. Lo importante es actuar con lo que hay. Atender las conductas acosadoras como cualquier otro tipo de conducta delictiva y buscar ayuda profesional. No solo el acosado la necesita.

– Mi hija o hijo está siendo acosada/o: sobre todo apoyar y desculpabilizar. A menudo el acosado puede creer que lo que sucede es por algo que ha hecho o dejado de hacer y que es un acoso ‘justificado’. Pero también hay que denunciar y nunca devolver mal por mal. Existen protocolos para prevenir el bullying en general que deben ser activados, normalmente a partir de una denuncia.

– ¿Y si es un espectador? Ya en 1968 se hicieron estudios acerca de un fenómeno que denominaron efecto de la difusión de responsabilidad a partir del caso del asesinato de Kitty Genovese (http://www.psicologiaalainversa.com/2016/09/Kitty-Genovese-Difusion-de-la-responsabilidad.html). Básicamente consiste en que cuanto más testigos haya de un delito más de difusa se vuelve la responsabilidad de quién debe denunciar el hecho. Si solo es una persona, está claro que ésta sentirá como su deber y responsabilidad hacerlo. Pero cuando hay varios suele aparecer la idea difusora de «ya lo habrán denunciado o que lo denuncie otro/a». Y así es como los acosadores o delicuentes pueden quedar impunes. Así que toca hablar y dejar claro que el que calla otorga, que es mejor que denuncien todas y todos a que no denuncie nadie y que este tema hay que atajarlo de raíz en cuanto se observe cualquier atisbo de acoso, alejando las típicas expresiones de «son cosas de niños/as», «quién no ha sufrido algún tipo de acoso de pequeño/a»,»no es para tanto, hay casos mucho peores», … porque se puede ver cómo está siendo el acoso, pero nunca podremos saber a ciencia cierta el posible efecto que se está causando a la víctima.

No sé si os habréis dado cuenta, pero este post ha sido bastante más explícito e incluso directivo sobre lo que hay que hacer. Pasa como en casa, que hay normas que se pueden negociar y construir conjuntamente con nuestras hijas e hijos y otras que no, pues son los límites del respeto y la convivencia. Esto me sirve para haceros también una propuesta de diálogo o reflexión: las normas y los límites en el uso de la tecnología y, para este caso, podemos consensuar como condición para el uso de los medios tecnológicos el cumplimiento de unas mínimas normas ante el ciberbullying: qué hacer y qué no hacer en una hipotética situación. Ya lo dice el refrán, más vale prevenir que lamentar.

Mi sexto empantallad@s: los youtubers

Por si a alguien no le parece obvio, youtuber viene de YouTube, la famosa herramienta de Google para ver y publicar vídeos. No es la única herramienta de visionado y publicación de vídeos, también hay otras como Vimeo, VideoEgg, Dailymotion, … Pero se ha popularizado más la plataforma de YouTube por su facilidad de uso y porque cualquiera, con solo tener cuenta de correo electrónico en gmail ya puede empezar a publicar.

Nos podemos preguntar qué interés puede tener Google para ofrecer la cantidad de «megas» que puede ocupar un vídeo de forma gratuita a quien quiera colgar cualquier cosa: ya sea una excelente ponencia o presentación de investigación hasta lo más absurdo e inútil. La respuesta es: por la publicidad.

Y la publicidad se nutre de las visitas, cuantos más visionados y más visitas mejor.¿Y qué motivación puede tener una persona para hacerse youtuber? No por el hecho de haber subido un vídeo a la red puede ser uno considerado Youtuber. Entiendo que ese título requiere de algunas características más como el disponer de un ‘canal‘ donde emites tus vídeos y porque eres reconocido como tal por tener muchos ‘followers‘ de tu canal o tus vídeos tienen muchos ‘likes‘. O dicho de otra manera, eres youtuber si tus vídeos gustan y tienes muchos seguidores. De esta manera, te vuelves un «influencer» por lo cual pasas a estar en el ojo de las campañas de marketing pues pueden usarte para promocionar ciertos artículos sobre tu masa seguidora.

Esto suena muy bien: ganarse la vida de youtuber solo grabando vídeos y sin necesidad de estudios, ni experiencia, ni nada de nada, solo ciertas dosis de palabrería, gancho y desvergüenza. Pero podríamos preguntarnos: ¿cuántos youtubers pueden vivir de ello en comparación con todos los que hay? ¿podríamos equipararlo al número de futbolistas? ¿Cuántos se quedan frustrados en el camino?

¿Y si nuestras hijas o hijos quieren ser youtuber? ¿qué hacemos? De toda la vida ha hecho ilusión salir en la tele. Cuando esto sucedía se llamaba (y se llama) a toda la familia para que te vean. ¿Nos hace sentir especiales? ¿Nos sirve para valorar el acontecimiento como algo único? Ahora es mucho más fácil ser un personaje público o famoso y, desde luego, es mucho más fácil exponer una imagen de tu persona o de tu vida públicamente en la red. Yo quiero creer que esto de los youtubers será una moda, tan pasajera como otras y que, al final, solo los contenidos realmente relevantes y con cierto rigor acabarán permaneciendo en ella.

Pero, mientras tanto, habrá que pensar algo, ¿no?

Se me ocurre un pequeño trabajo en familia: hablar con normalidad sobre los vídeos en Internet y sobre los Youtubers. Se puede hablar sobre el rigor de la información: ¿en qué medida debemos creer lo que diga un youtuber?, sobre la publicidad engañosa: ¿qué beneficios puede tener un youtuber recomendando o afirmando ciertas cosas?, sobre la propia herramienta: ¿qué usos de YouTube son más saludables y cuáles son peligrosos?, sobre la audiencia: si yo publico un vídeo en Internet, ¿quién lo va a ver? ¿en qué me puede beneficiar o perjudicar en un futuro? ¿somos conscientes de la cantidad de personas que pueden llegar a conocernos sin conocerles a ellos?, ¿qué implicaciones puede tener?

Y para los más atrevidos, se puede hacer un pequeño proyecto relacional: existen aplicaciones para crear tus propias películas, ya sea a partir de fotos, vídeos o animaciones. Podéis grabar un corto o pequeña película sin caras reconocibles. Es una forma de quitar el miedo a lo desconocido y dar oportunidad de hablar sobre el mundo de la publicación de vídeos a la vez que se vive una experiencia nueva en familia. Si os atrevéis, luego podéis compartirnos el vídeo.

V . Sexting

Para los que desconozcáis la palabreja, deciros que con sexting nos referimos al envío de contenido o archivos digitales de tipo sexual, ya sean propios o ‘robados’. El nombre viene de ‘texting’ (chatear), por lo que podríamos traducirlo algo así como «chatear con contenido sexual explícito». 

Esta forma de relacionarse está siendo algo frecuente y visto como normal entre los más jóvenes ¿Para qué lo hacen? Según un estudio cuyos detalles podéis encontrar aquí:(https://www.magisnet.com/2019/07/los-menores-ven-el-sexting-como-normal-y-parte-de-las-relaciones-romanticas/) las chicas suelen contestar que hacer sexting les hace sentirse corporalmente mejor (¿más sexis?) y que les ayuda a crear intimidad entre dos personas. Los chicos, sin embargo, suelen contestar con un «porque sí».

Como soy de los que piensan que las conductas actuales suelen ser réplicas de las de antaño solo que con otros recursos, me parece que la necesidad que se esconde detrás es muy parecida al flirteo de guiños y miradas, las ropas cada vez más ajustadas y escuetas, etc. Obviamente, el peligro que esconde hacer sexting es infinitamente mayor que el de enseñar más o menos «carne» en la calle, discoteca, playa o gimnasio. Pero quiero quedarme con la necesidad o motivación de las y los que lo practican para poder encontrar un punto de diálogo y de actuación antes de ponerse manos a la obra de atajar la problemática derivada del sexting.

Me parece que detrás del sexting está, para algunas personas, el deseo de sentirse valorada y estimada, y de gustar a la persona que te gusta (muy en consonancia con las inquietudes juveniles y adolescentes). Por otro lado, otras personas, lo pueden usar por morbo y/o placer aprovechando una tecnología que permite las relaciones privadas individualizadas y casi a cualquier hora y en cualquier lugar.

También hay otra posible historia: cuántas veces no habremos visto en una película: chica conoce a chico, queda enamoradísima de él, se acuestan como acto de entrega total y declaración de amor sin límites, luego el chico, que no siente lo mismo, «si te he visto no me acuerdo». Esta historia, que seguro que es algo habitual, se puede reproducir con sexting siendo cada participante mucho más joven: chica chatea con un chico que le gusta, chico le pide una foto o vídeo de partes íntimas como prueba de su amor, chica se lo envía y chico… (cada quién que interprete lo que se puede hacer con una foto o vídeo comprometido, pues casos ya han salido a la luz).

Los peligros, por tanto, son infinitos, desde bullying, extorsión, que se acabe haciendo pública o viral la foto o el vídeo,… Y las consecuencias sociales y psicológicas que puedan derivar, otras tantas: pérdida de amistades, conflictos, baja autoestima, depresiones, suicidios, etc.
Y la pregunta es: ¿cómo podemos encarar el tema del sexting si éste está visto como algo intrínsecamente ligado al romanticismo del siglo XXI? Cualquier comentario relativo a la peligrosidad del mismo puede hacernos ser tildados de carcas y antiguallas. Ni que decir tiene de hablar de las bondades de unas flores, una carta romántica o un verso erótico, ¿por qué no?

Por ello, considero muy importante no perder de vista el gran poder que tiene el enamoramiento, que es capaz de conducir a la gente a realizar las más dispares locuras… y, encima, estar bien vistas. Por amor, se emborracharán, conducirán a lo loco, se meterán en peleas, se suicidarán… Teniendo esto en cuenta, el sexting sería solo un peligro más, que creo que habría que abordar de una manera similar a estos desafíos que se presentan íntimamente ligados a la adolescencia y a la juventud. 

¿Habéis hablado ya de temas como el sexo, las drogas, los peligros de la calle, …? He aquí un nuevo reto, hablar y tratar de recoger confianza a partir de sembrar apoyo. ¿Cuál puede ser el equilibrio entre autonomía/libertad y seguridad/control? Ahora es vuestro turno…

Episodio IV. Las redes sociales

Redes sociales

Parece que Internet se ha apropiado del término «red social». Obviamente, una red social también puede darse fuera de la red de redes. De hecho, estoy convencido de que la mayoría de las reglas que rigen el funcionamiento de las redes cibernéticas se daban y se dan en las relaciones humanas. 

Dicen que la raza humana es de naturaleza social. Y hay quien afirma que no es posible vivir sin socializar. Desde luego que nos costaría bastante criarnos. Luego, casi todo en esta vida gira en torno a cómo nos relacionamos con los demás. Desde el polo de la sociabilidad hasta el del aislamiento tenemos un gran abanico de formas de estar en este mundo. ¿Qué nos dan las redes sociales virtuales que no obtenemos con las otras? Creo que es importante tenerlas en cuenta para poder valorar en qué medida son necesarias y en qué medida nos están sacando de la realidad. 

Voy a enumerar las ventajas que se me ocurren y, si queréis, podéis aportar alguna más: cercanía con los que están lejos, inmediatez de respuesta, facilidad de encontrar grupo de afines, posibilidad de estar en grupos de forma anónima, estar al corriente de la actualidad, obtener fácilmente ayuda, pasar más tiempo con las personas que me apetece, … 

Es tanto lo que nos aportan que es normal lo dependientes que nos hemos vuelto de ellas. Es más, una persona sin redes sociales va a caer, irremediablemente, en el grupo de los raros, desconectados, asociales, antisistema, o cualquier atributo excluidor del grupo preponderante en la sociedad actual. Ya he comentado en alguna ocasión la importancia que tiene en la adquisición de una identidad la pertenencia a los grupos. Durante la adolescencia, la búsqueda de la identidad a partir de la pertenencia es algo vital. Y, para bien o para mal, las redes sociales virtuales han venido para quedarse y van a determinar una nueva forma de relacionarnos con el mundo. 

¿Problema? Que sin necesidad de bucear mucho por la web, es fácil encontrarnos que ya se están llenando las consultas psicológicas y psiquiátricas con casos de adicción a las redes sociales. Entre los problemas que acarrea esta adicción están los comportamentales (irascibilidad, descontrol e impulsividad cuando no están conectados o se les impide contectarse), la nomofobia (ansiedad o miedo por salir sin un móvil a mano), bajones de rendimiento académico, reducción de horas de sueño (por quedarse conectados hasta altas horas de la noche) y todo esto sin contar con los efectos propios del tiempo de uso de pantallas (cefaleas, problemas de visión, insomnio, …)

Una cosa que a mí me ha servido para valorar si estamos usando o abusando de una red social en Internet, o el uso de Internet en general, es pensar que cuando uno está en Internet, NO está dónde se supone que está. Es decir, que si estás en casa, rodeado de gente, pero con el móvil conectado a Internet y en contacto con otras personas, realmente no estás en casa, sino en la red. Esto es equivalente a estar en un club de amigos, en el bar, en el parque, o donde sea, pero no con los que se está físicamente en un determinado momento. Por tanto, no hace falta reinventar la rueda, creo que sería una buena idea reutilizar las normas de entrada-salida de casa para la entrada-salida de Internet.

Un ejemplo fácil: si alguien no deja a su hija o hijo salir hasta las once de la noche, tampoco le debería dejar chatear hasta esa hora. Si es norma de la casa comer alrededor de una mesa y no llevarse la cena al parque o a casa de alguna amistad, pues tampoco se debería conectar en la hora de la comida/cena. Y así sucesivamente. Sobre todo, tener en cuenta: no se puede ESTAR en dos sitios a la vez. La tecnología nos hace creer que sí es posible, pero la atención es un recurso limitado y el cerebro siempre elige un contexto. Entonces, ¿a quién eliges? ¿al que está aquí contigo o al que está allá lejos?

Voy a pensar el reto… Está difícil… Porque, a diferencia de otras problemáticas, ésta suele afectar a todos: madres, padres, hijas, hijos, abuelas, abuelos,… (espero que las mascotas no estén también conectadas). Creo que es importante establecer unas normas que sean comunes para toda la familia aunque puedan variar ligeramente según el nivel de responsabilidad y la madurez de cada uno. Estas normas se podrían hablar y consensuar bajo el prisma de ‘cuánto tiempo nos vamos a permitir estar ausentes de la familia’. Os reto pues, a definir el tiempo IN y el tiempo OUT. Tiempo para estar con el prójimo y tiempo para estar con los de lejos. Cada grupo definirá sus propios tiempos, pero es importante hablar y hacerlo constar para evitar caer en imposiciones absolutistas. Probablemente haya rebeldías, aunque, pensar así es ya un acto de rebeldía hacia lo que está siendo tendencia de la sociedad actual.

Bueno, ya nos contaréis qué tal os va.

3ª parte: Creeper parents

Seguro que esta expresión no es muy conocida. Realmente, tampoco está muy extendida, y está en lenguaje anglosajón. En nuestra lengua sería algo así como los progenitores cotillas (tampoco sé seguro cómo se referirán a ello las nuevas generaciones latinoparlantes).
Esto me viene bien para sacar el tema de la intimidad y sus supuestos derechos. Estamos en una época en que el respeto a la intimidad parece que se exige a las madres y los padres y, a la vez, el resto de la humanidad puede acceder a ella. De alguna manera, se exige que la familia directa a una persona respete el móvil, el correo, los chats, etc. como parte privada de uno, pero dejamos que Google, Facebook o miles de redes sociales, tengan acceso (aunque sea de forma robotizada y automatizada).
Si somos realistas, ninguna plataforma, por mucho que nos asegure intimidad, confidencialidad, y que nuestra información está a buen recaudo, va a estar libre de que algún día, por un fallo informático o por un hacker, nuestras intimidades queden reveladas o caigan en poder de una mafia. Esto, que es bastante complejo de entender, ya lo hablaré en otro momento.
Lo que sí compete aquí es hablar de cuánta intimidad podemos permitir a un menor de edad. El conflicto moral es muy similar al que ocurre con las cosas físicas: revisar su habitación, sus cajones, su diario. Seguro que no tenemos dudas en revisar su habitación: «habrá, al menos, que hacer limpieza», nos justificaremos. Y sus cajones, depende: «¡Mira qué desordenado lo tienes!, seguro que no puedes encontrar nada». Y ya más difícil, y con menos excusa, un diario.
Pues aquí ocurre lo mismo. Revisar un móvil o un ordenador para ver qué programas tiene instalados, o verificar los contactos, el uso que hace de internet, las páginas que visita, etc. es un nivel de control y leer chats, correos, etc. es otro. Y si llegamos al extremo de los creeper parents o progenitores cotillas (ahora se me queda corto lo de cotillas) son aquellos que incluso se meten en los grupos de los niños y niñas e intervienen en los mismos (ya sea en juegos, grupos de conversación, foros, etc.) para «protegerlos».
En este caso, tenemos un conflicto de necesidades. La necesidad de cada joven a tener cierta intimidad y la necesidad de los padres y madres de saber si se están metiendo en problemas o si están haciendo un uso adecuado de Internet.
Una buena forma de resolver un conflicto es comprendiendo la postura de la otra parte, ver la razón que tienen sus argumentos y cediendo un poco cada parte para llegar a un punto intermedio.
Para el tema de la intimidad en Internet veo diferentes formas de afrontarlo: desde el que confía en el menor y se trabaja la confianza (confiar en que cuando tenga un problema nos lo va a contar y que es lo suficientemente responsable como para saber cómo actuar con cada problemática de Internet), hasta los que proponen un marco de seguridad, imponiendo ciertas condiciones para el uso de Internet (ej. las iRules de Janell burley:  http://www.janellburleyhofmann.com/ ) entre las que están tener siempre derecho a cogerle el móvil y ver para qué lo usa. Esta madre bloguera también propone que la supervisión de los chats no sea minuciosa, sino una lectura en diagonal de lo que hay, de con quién se relaciona y en qué modo. Simplemente para poder detectar si está sabiendo gestionar las posibles dificultades o problemas que le vayan surgiendo. También propone hacer un contrato sobre el uso del móvil de tal forma que, si se incumple, el móvil queda requisado a cambio de una charla para dialogar sobre los malos usos.
Ahora me pregunto cómo podríamos trabajar este tema con nuestras hijas e hijos. Lo primero que se me ocurre es hablar con ellos sobre el conflicto de intimidad y seguridad. Quizás en este diálogo se pueda llegar a un compromiso de equilibrio. ¿Queréis probarlo? Probad y nos contamos. A ver qué sale.
Y si alguien quiere hacer su propio contrato de uso de móvil o Internet, pues también.
Seguimos en contacto

Capítulo 2. Los retos

¿Quién no ha jugado en la más tierna infancia o adolescencia a un reto? Los había de todo tipo: juegos como «verdad o prenda», origamis que te lanzaban preguntas aleatorias, el de la botella giratoria, y aquellos retos en los que tenías que mandar una carta a no sé cuánta gente.
Internet pone el tema de los retos bastante más fácil, accesible y, ademas, más peligroso por el anonimato de los autores y por lo rápido que se propagan. También os los podéis encontrar bajo el nombre de challenges.
Seguramente habréis escuchado de algunos que han provocado suicidios, alteraciones psicológicas de diversa gravedad, o que son utilizados para el robo de información personal (Momo, la ballena azul, balconing, etc.) Si os atrevéis a conocer una tanda de los más escalofriantes, podéis consultar en este  enlace, o podéis ver webs donde se pueden crear cuestionarios para pasar a las amistades: quizyourfriends.com o ask.fm.
Pero no todos son tan peligrosos. Los hay muy cándidos e inocentes sobre si te gusta tal o cual chico o chica, tal grupo de música, tal deporte, etc. probablemente orientados a hacer grupos de iguales y/o empezar la fase de ligoteo. Me viene a la cabeza la imagen de Marty, de Regreso al Futuro, cuando cada vez que le llamaban gallina no se podía contener y hacía hasta la locura más disparatada con tal de no ser marginado.
Los retos o challenges tienen algo de eso. ¿Qué ocurre cuando uno no los pasa? Ser llamado gallina casi es lo de menos, puede conllevar exclusión o marginación dentro de un grupo de iguales. En general, la forma que tiene el colectivo adolescente de ir forjando su identidad es identificándose con otros grupos fuera de su familia.
Los retos, pues, unen, hacen piña, nos hacen sentir especiales para alguien, nos da un sentido de pertenencia. Es importante saber  lo que aporta esto de los retos a cada persona para no acabar dictando una prohibición tajante que deje al niñx aisladx y sin recursos. Yo, detrás de los retos, veo la necesidad de hacer grupo y empezar a explorar lo que piensan tus amigas y amigos. Debe ser sorprendente apreciar las diferentes respuestas que pueda dar cada quien a un mismo reto o pregunta. Aunque pueden existir muchos más motivos (os invito a investigar tus propios motivos y los de la gente que te rodea)
Resumiendo: si bien todos los retos no son peligrosos, muchos de ellos van a forzar al joven o a la joven a «elegir» entre las normas morales de su familia y las del grupo, o incluso, a poner en juego su integridad física para pertenecer a un grupo (ahora me viene a la mente el tema de las novatadas que tienen más o menos la misma razón de ser).
Y aquí voy a ser yo el que os ponga un reto para pertenecer a esta red de mpadres intranquilos y preocupados por el alcance de las tecnologías en nuestras vidas y las que nos suceden:

Plantea un reto sencillo para hacer en familia. Al conseguirlo, plantea uno más complicado o, incluso, peligroso. Mirad cuál es la reacción de cada uno… ¿qué se está dispuesto a hacer para pertenecer a la familia? Esto puede llevar a un diálogo espontáneo sobre los retos. Hasta dónde se puede llegar, hasta dónde conviene llegar. ¿Qué se pierde cuando uno no realiza un reto? ¿Qué se gana? ¿Se puede ganar una amistad sin tener que aceptar un reto? Hacedlo y, por supuesto, podéis compartilo para que todos podamos aprender.

Por último, si, para ti, toda prudencia es poca y quieres estar al tanto de los retos absurdos y peligrosos que vayan surgiendo para poder detectar comportamientos extraños en la persona o personas que cuidas, puedes suscribirte a listas de difusión de esta información como la que ofrece Gaptain.com en
¡Hasta la próxima!

1. Trolls

Realmente se llama troll a una persona que se dedica a trolear (del inglés to troll). Por tanto, aunque ahora le pongamos cara y conducta de la mítica criatura literaria de tan feo aspecto, realmente se refiere a individuos que echan el anzuelo y consiguen que la gente «pique«.

Se trata de personas que adoptan una actitud incendiaria en grupos, foros, chats y, en definitiva, en cualquier sitio donde puedan escribir de una forma segura y anónima. La seguridad y el anonimato es imprescindible para llevar a cabo una conducta que seguramente no podrían realizar cara a cara. 

Es muy importante saber y comprender que la «diversión» del troll consiste en «calentar» al personal, por tanto, cuanto más provocativa sea su intervención más fácil le será lograr su objetivo. No es necesario que su argumento tenga argumento, ni que sea veraz, ni razonable, probablemente no sea sincero ni respetuoso e irá dirigido a donde más duele de la audiencia potencial.

Podéis conocer más sobre los trolls y sus tipos en este link.

Y nos podemos preguntar, ¿para qué lo hacen? ¿podemos estar seguros dejando a nuestras hijas o hijos chatear o utilizar espacios virtuales y que les asalten con desafíos, insultos o vejaciones? Si nos vamos al mundo físico, tenemos también el perfil del chinchilla, la persona que se dedica siempre a llevar la contraria y a desafiar a todo el mundo (aunque normalmente de forma más respetuosa o bromista). Pasa que en Internet no podemos saber si la persona va en serio o no porque nos perdemos el lenguaje no verbal. ¿Quién puede necesitar divertirse de esta forma?

Pues muy en la línea de todo el colectivo conflictivo que solo es capaz de disfrutar haciendo daño moral o físico a los demás. Hay una necesidad de relacionarse de esa forma pues no deben encontrar otra más saludable y respetuosa. O simplemente no quieren hacerlo por estar en guerra con el mundo o con los que no opinan como él. Inevitablemente, tarde o temprano nos vamos a encontrar con un troll y nuestra hija o hijo también. Luego es bueno conocerlos y saber de antemano cómo vamos a actuar cuando nos encontremos con uno.

En el enlace que os he puesto antes vienen algunas sugerencias: «no alimentar al troll» (es decir, no contestarle por muy agraviados que nos veamos), denunciar en la web o a la policía si procede, o devolverle bien por mal (pedir disculpas y abandonar la conversación). 

RETO:

Os reto a hablar con vuestra hija o hijo sobre los trolls. Preguntadle si saben qué son. Da igual, seres mitológicos o boicoteadores de Internet. Que se abra un espacio de diálogo sobre Internet y acabar decidiendo qué hacer si nos encontramos con alguno.

Luego, nos lo podéis contar, compartimos y reflexionamos…