29. Tiempos de pantalla

Una de las preguntas que más me suelen hacer tanto en talleres sobre pantallas como fuera es la siguiente: «sí, pero, ¿cuánto sería el tiempo máximo que deberían dedicar a las pantallas?».

Cuando la escucho siempre me viene la frase atribuida a Sócrates que nos da a entender que nunca podemos saber nada con absoluta certeza, no sabiendo mucho de algo. Y es que se trata de una pregunta inconscientemente tramposa en tanto no hay una respuesta correcta para todas las situaciones. La respuesta más válida que se me ocurre es un «depende». ¿De qué depende? Depende de muchos factores o colores del que formula la pregunta: la edad de los niños, las circunstancias familiares, su entorno social, lo adaptativo o desadaptativo de sus conductas hacia las pantallas y mil factores más. Reflexionando sobre el tema y trayendo a la palestra un poco de teoría Gestalt, diría que depende, sobre todo, del «para qué». Preguntarse «para qué» ayuda a destapar la necesidad subyacente. A diferencia de un «¿por qué?» que nos remite a un pasado que ya no existe. Hay un «para qué» que habla de necesidades: para qué quiere el niño o la niña usar las pantallas, y «para qué» queremos nosotros que las usen o no las usen.

Mientras sean pequeños o dependan de nosotros (que cada quien ponga la edad apropiada), me interesa el «para qué» nuestro. Una vez traspasada la frontera de nuestro control y responsabilidad, la pregunta puede ser para qué las necesitan ellos.

¿Para qué quiero que hagan pantallas?

Lo moralmente más fácil de aceptar sería dar este tipo de argumentos: para que aprendan, para que socialicen con sus amigos, para estar al día, para que se diviertan, … Pero también pueden haber motivaciones ocultas que nos cueste más reconocer por hacernos sentir vergüenza o un poco culpables, porque son más nuestra necesidad que las suyas: que estén localizados, como premio a buen comportamiento, para no escuchar más sus lamentos, para que nos dejen un rato tranquilos o descansar, para que no molesten, para tener un rato de silencio,… (Añade tú las tuyas propias, con sinceridad y sin culpa)

¿Para qué limitar las pantallas?

Igualmente podemos justificarnos con afirmaciones muy propias de padres ideales y responsables: para que cuiden su salud visual, para que no se «atonten», para que no se vuelvan adictos, para que no sufran en un futuro, para que no pierdan habilidades sociales cara a cara, para que sus cuerpos no se atrofien por falta de movimiento, para que dediquen más tiempo a estudiar, que sean más libres… Son razones muy lógicas y muy valiosas junto con otras motivaciones algo más «egoístas» (también sin culpa): que pasen más tiempo con nosotros, que hagan más cosas en casa, que se diviertan como nosotros hacíamos, que sean más como nosotros, para que sepan que la vida no todo es juego, para aferrarnos al mundo como era antes…

Y si tú hija o hijo ya tiene un nivel madurativo suficiente como para poder dialogar o reflexionar juntos, podríamos aprovechar para preguntarles directamente a ellos: ¿para qué necesitas ahora las pantallas? ¿para qué pasas tanto tiempo con las pantallas?

Mi propuesta para manejarnos mejor en esta problemática de encontrar el tiempo saludable y adecuado de pantallas es poner, sinceramente y responsablemente, todas estas respuestas (suyas y nuestras) en una balanza o en una ecuación para encontrar la medida del tiempo. En esa ecuación, incorporemos todos los elementos que mencionaba en un principio: edad, hermanos, amigos, problemas, soluciones, contextos,… Ponderar cada elemento según la importancia que tenga para la familia. Y, con todo bien agitado, generar vuestra propia fórmula química que veáis factible aplicar. Muy probablemente, el primer resultado no sea el esperado y tocará reajustar, es normal. Así también se aprende, con ensayo-error.

Como para esta sugerencia que aquí os presento no hay un estudio que lo refrende y que, por mucho que sepamos, no sabemos nada, no toca más que intentar y esperar. Al menos habrá dos posibles efectos principalmente: que funcione y podamos sentirnos en paz; o que no funcione, en cuyo caso, yo sigo dando una lectura positiva: habremos puesto sobre la mesa una actitud de cuidado hacia ellos, mandaremos un mensaje de que nos importan y que deseamos lo mejor para ellos. Aunque estos gestos pueden parecer que caen en saco roto, muy probablemente no lo harán. Quedarán guardados en un pequeño rinconcito que el futuro adulto sabio sabrá aplicar cuando sea necesario.

Me gustaría saber de vuestros intentos, de lo que funciona y de lo que no. Saberlo y compartirlo nos dará experiencia y recursos para crecer en comunidad. Feliz aquí y ahora

27. Mi adiós a Facebook

Llevo ya un tiempo para escribir este post, porque lo que he querido hacer con especial cuidado de cara a las repercusiones que pueda tener para mí y para aquél que lo lea.

Tras una importante reflexión y lucha interna he decidido dejar Facebook e intentar hacer un experimento social y psicológico conmigo mismo del que podéis ser partícipes los que me leéis. 

Escojo Facebook por ser la red social que más consulto descontando la mensajería. Lo que cuento puede hacerse extensible a cualquier otra red social en la que se den las siguientes circunstancias que me motivan a dar este paso:

1. Tras realizar un seguimiento de mi tiempo de uso, a través de una aplicación de control del tiempo, observé resultados descorazonadores como un uso promedio de 42 minutos diarios, desde que lo controlo, que conseguí reducir a algo menos de 20 minutos en el último año. Y picos de más de 4 horas, en mi cumpleaños, por ejemplo. Me da la impresión que la mayor parte del tiempo que he pasado en la aplicación lo he dedicado a leer «morralla», más que contenido útil, deslizando el dedo por publicaciones y publicaciones hasta dar con alguna cosa, entre miles, que me llame la atención.

2. Siendo padre, creo que no es el mejor ejemplo que dar para mis hijos. Facebook, como muchas de las aplicaciones interactivas restan atención a lo físico sobre lo virtual. No es algo que quiera seguir transmitiendo.

3. En mi caso, también me generaba cierta adicción y necesidad de abrirlo. Malestar y sensación de vacío si no lo consultaba. A veces, como un movimiento automático no consciente ni intencionado.

4. Curiosamente, una red social puede llegar a rodearte de gente que vive lejos y alejarte de los que tienes cerca. Saber historias y anécdotas de los de lejos (y de los que apenas conozco) y no saber qué le pasa al que tengo al lado.

5. También me crea la ilusión de estar a la última, de estar bien informado y no es así. Ni me entero de todo y de lo que me entero es fruto del azar o de los sesgos informativos que se producen por la selección automática de contenidos.

Esto requiere un poco más de explicación: cuando damos un like o interactuamos con una aplicación, los algoritmos informáticos nos colocan en un perfil de «consumidor» o «pensamiento». Ese perfil atrae contenidos, publicaciones y publicidad afín a ellos. Hasta ahí puede estar bien, pues solemos preferir leer lo que nos interesa. Pero, a la larga, se produce un sesgo informativo, una polarización en las ideas y las de mi grupo de afines. Es fácil creer que lo que te cuentan es lo que piensan todos y se pierde la perspectiva de otros puntos de vista. La consecuencia de esto están siendo tantos grupos de pensamiento y creencia tan agresivos que luego ocasionan graves conflictos, estigmatización, falta de respeto y violencia en diferentes contextos.

Nos polarizamos ideológicamente, ignoramos las realidades de los que no están en nuestras redes cercanas, vivimos condicionados por la influencia mediática de los algoritmos.

6. ¿Y qué decir de los sesgos sobre la vida de los demás? Muchas veces solo vemos lo bonito: sus viajes, sus logros, … o lo más negativo: muertes, dificultades, pérdidas, … creando un estado de confusión sobre cómo es la vida, pudiendo llegar a creer que la vida es como nos la pintan las redes sociales. Sufriendo por no tener lo que muestran ostentosamente otros, o por no tener tantos amigos, o por estar en riesgo de sufrir las penalidades de los demás.

7. Y es que, la información no viaja libremente al antojo del autor. Yo puedo escribir este y otros posts y darme cuenta que mi audiencia no es la que quiero, si no la que quieren. Si tienes la suerte de estar leyendo este mensaje, estás de enhorabuena, no siempre es así. Solo un porcentaje lo leen y el mensaje probablemente se perderá entre los cientos y miles de posts de la red social. Hoy está vivo y mañana es basurilla. Las redes sociales nos sumergen en el mundo de la inmediatez y de lo efímero. 

8. Ansiedad por el like. No me suele suceder, pero después de algún posts «currado», me surge una especie de necesidad de reconocimiento en forma de Likes. Con las correspondientes reentradas para ver a quién ha gustado y a quién no. Todo muy falso, pues como he dicho antes, los posts no se publican de forma uniforme ni llega a todos tus «amigos».

9. Además, Facebook no hace esto altruistamente. Lo hace porque genera unos beneficios que difícilmente podemos atisbar. Damos contenido (lo más valioso de nuestras vidas) para que otros se lucren de ellos.

10. Y, por no alargar esto mucho más, cerraré con algo que considero bastante importante para mi: leer Facebook me resta energía. Es sutil, es casi imperceptible. Os invito a hacer el siguiente experimento y que me comentéis vuestra experiencia para enriquecer la mía. Quizás algún día haga alguna investigación sobre ello. El experimento consiste en lo siguiente:

Toma de referencia un día cualquiera, preferentemente a última hora de la tarde o, para los nocturnos, terminando tu día laboral. Permítete sentir el cansancio del día y lo que te pueda apetecer sentarte o tumbarte un poco a «surfear» por Facebook. Permítete sentir que te apetece saber de la gente, enterarte de lo que pasa en el mundo, reírte un poco, o lo que sea. Pensar que ello te descargará de las tensiones del día y descansarás de cara a lo que queda de él. Finalmente, tras un rato usando Facebook (o cualquier otra aplicación), vuelve a observar tu cuerpo, tus sensaciones. ¿Cómo estás? ¿Más fresco o descansado? ¿Igual? ¿Más cansado?. Curiosamente, mi búsqueda del descanso en el surfeo a mí me conlleva más cansancio. Si os pasa, hay una buena explicación al fenómeno: el cerebro sigue activado. Las redes sociales, como gran parte de la tecnología, hacen mucho uso del cerebro y éste es un gran consumidor de energía. El acto de pensar es como hacer ejercicio físico, consume energía y cansa. Sobre-activar el cerebro puede llegar a ser más agotador que una sesión de gimnasio. Cuando pretendemos descansar, realizar actividades estimulantes puede ser contradictorio. Esta es mi experiencia. ¿Cuál es la tuya?

Esta lista de razones y motivaciones fortaleció mi intención de dejar Facebook. Sin embargo, vinieron las dudas, la constatación de los grilletes que me impedirían tal libertad.

Entre ellos:

– ¿Qué pasa con aquellos amigos, amigas y contactos que solo tengo en Facebook? ¿Les perderé para siempre? ¿Perderé la posibilidad de un encuentro casual que nos permita retomar nuestra amistad o beneficiarnos de algún servicio, evento o negocio?

– ¿Podré prescindir de no enterarme de tantos eventos interesantes, sucesos y acontecimientos? ¿Seré un incomunicado social? 

– ¿Y dejaré de enterarme de las fechas importantes y los cumpleaños que tanto me vinculan con ciertas personas aunque sea para recordarles, una vez al año, que me acuerdo de él o ella?

– ¿Y qué hay de la visibilización de lo que hago, de lo que consigo, de lo que ofrezco? ¿No podré publicitar talleres, aportar conocimiento, promover debates y reflexiones?

– Y dejaré de leer chistes tan graciosos, memes desternillantes, acertijos que me mantienen mentalmente ágil, …

Si nos paramos a pensarlo, no es una decisión fácil. La pérdida es grande, el sacrificio y el riesgo de desconexión importante. Estoy atrapado. ¿Estoy atrapado?

Ya dije que no me fue fácil componer este artículo y mucho menos tratar que sea algo riguroso, serio y auto-aplicable. Y aplicable por quien quiera en aras de disponer de salud digital. En todos los artículos que he ido publicando he insistido en que tras todo uso de la tecnología suele haber una necesidad subyacente que se busca satisfacer. Realmente es detrás de cada conducta, pero para la tecnología también vale.

Por tanto, la mejor forma de dejar o reducir el uso excesivo de cualquier producto, léase ahora Facebook, es cubriendo las necesidades subyacentes de forma alternativa.

En las siguientes líneas voy a tratar de buscar una forma de hacerlo y, de aquí en adelante, toca tratar de ponerlo en práctica. En mayúsculas pongo la necesidad y, a continuación, una posible forma alternativa de satisfacerla:

1. NECESIDAD DE INFORMACIÓN. Facebook no es la única fuente de información. Hay infinidad: revistas, libros, webs especializadas, … Cambiar la forma de obtención de información de pasiva (otros deciden qué es lo que tengo que leer) a activa (yo decido proactivamente qué quiero leer) me hará más sabio, más flexible y dispondré de mejores puntos de vista.

2. CONTACTO. Exportar la lista de contactos a otro almacenamiento o dispositivo. Esforzar por contactar por otros medios: teléfono, videoconferencia, quedada, carta, regalo, …

3. FELICITAR Y SER FELICITADO. Aunque Facebook es muy cómo para conocer y recordar cumpleaños, siempre se puede recuperar la lista y guardarla en otro calendario o agenda. Más trabajo y más personal. Confiar en la reciprocidad de las felicitaciones.

4. RECONOCIMIENTO LABORAL. Otras vías de publicidad, boca a boca, más personal.

5. SER CONTACTADO / ENCONTRADO CON FACILIDAD. Yo creo que no será un fracaso si se deja la cuenta viva de Facebook con un enlace a otros perfiles o formas de contacto (web, email, …) o si se consulta con una periodicidad muy limitada (hablo de una vez al mes o al trimestre como poco). Confiar que el que quiera, te va a encontrar…

6. SABER LO QUE SE HABLA / SE DICE DE MI. Aceptar que lo que se dice de ti es como lo que se habla de ti a tus espaldas, no es controlable y nunca lo será.

7. REÍR. Facebook no es la única fuente del humor. Se puede buscar el humor en otras partes, físicas (teatros, espectáculos, monólogos, …) y virtuales.

8. COMPARTIR MIS REFLEXIONES. Seguiré, mientras tenga tiempo y motivación, publicando en mi wordpress. Al que le interese me seguirá y podrá seguir siendo partícipe de mis reflexiones. ¿Dónde? Pues en este mismo blog de wordpress.

¿Es necesario que todos nos salgamos de Facebook? Por supuesto que no. Mi intención con este artículo no es más que poner conciencia en lo que sucede o puede suceder. Para poder valorar con un poco más de rigor qué nos aporta y qué nos quita. Yo, particularmente, seguiré teniendo mi cuenta activa pero para ser utilizada de forma proactiva cuando necesite alguna información y no de forma pasiva por costumbre o rutina. Cada quién deberá sopesar sus circunstancias y, si lo que deseas es salir, contar con unas claves para hacerlo.

Que la inercia no nos lleve a equivocarnos de sendero.

26. Modo on vs modo avión

Tecnología ángel y demonio

Uno de los grandes desafíos relacionados con la tecnología en general y con los móviles inteligentes en particular es separar el grano de la paja reconociendo los numerosos usos y aplicaciones que nos brindan, todos accesibles desde un mismo dispositivo. Incluso, los más frikis de la tecnología, ya tendrán a estas alturas su casa «domotizada» y controlada totalmente a través de su móvil o de cualquier asistente virtual (Google, Siri, Alexa,…)

¿Qué quiero decir con separar? Mi propuesta es hacer un ejercicio de analizar las diferentes funciones y necesidades que nos aporta un teléfono móvil, por ejemplo: teléfono, calculadora, agenda, consola de juegos, monedero, asesor/a, cámara de fotos/video, bloc de notas, libro, televisión, canguro, … Todo a mano y accesible en cada momento.

Si damos importancia a todo lo que nos aporta, si ponemos conciencia de la verdadera magnitud del conjunto de necesidades cubiertas por este pequeño «aparatejo» que ahora mismo tenemos en nuestras manos, veremos que dejarlo de lado no es tan sencillo. ¿Cómo me atrevo siquiera pensar en dejar de lado un objeto que tanto me facilita la vida? ¿Y que, además, es «ecológico» porque nos ahorra papel, desplazamientos y gastos superfluos? (Sé que esto es discutible, pero quedaros con la idea)

El tema es que, detrás de tantas bondades hay una realidad simultánea y en cierta forma contradictoria que hace que nuestra relación con la tecnología no pueda ser tan idílica. Expongo aquí alguna de ellas:

– A pesar de la tecnología y los dispositivos móviles, tenemos «menos tiempo libre». Ya podemos tener lavadoras, lavavajillas, robots de cocina, vehículos motorizados, asistentes virtuales, compras online,… que apenas nos da tiempo a hacer todo lo que queremos o pensamos que hay que hacer (ojo: a lo mejor esto no aplica a todo el mundo, soy consciente de estar generalizando un poco, pero esto aplica sobre todo a los que se sientan más identificados con lo que voy diciendo)

– En general hay más cansancio y estrés. La estimulación cerebral es constante. Hasta en nuestro tiempo de descanso, creemos que el móvil o nuestro rato de series/película nos proveerá del merecido descanso y, resulta, que seguimos sobreestimulando nuestras neuronas. No hay descanso mental.

– Perdemos creatividad para hacer cosas sin tecnología de por medio… Recurrimos a YouTube o similares hasta para cocinar o saber cómo regar las plantas.

– Se favorece lo lejano en detrimento de lo próximo/cercano (de esto hablaré largo y tendido en otra ocasión, pues me parece importante)

– Se generan dependencias que provocan sintomatología ansiógena y alteraciones emocionales cuando no se tiene acceso al dispositivo o a Internet. ¿Os imagináis una caída generalizada de Internet durante unos cuantos días?

– La atención se divide y se dispersa. Estar «aquí» y «allí» (en Internet) divide la atención y eso favorece cometer errores o pequeños lapsus de acción como echar sal en lugar de azúcar, ir a una habitación sin sentido, quedarte como embobado/a cuando te hablan … O incluso tener accidentes domésticos o mientras caminamos.

– Si eres una persona que ofreces disponibilidad total a todo el mundo, ya sea por trabajo o por voluntariado social, la conectividad total te puede dejar sin aliento. No hay límites para la ayuda.

– Pasamos mucho tiempo con el cuello mirando hacia abajo. Ello puede, por un lado, contracturarnos y provocar cefaleas y mareos. Por otro, se favorecen los pensamientos negativos (por eso de mirar hacia abajo, estar cabizbajo,…)

– Y lo dejo aquí, para no descompensar mucho la balanza 😄

Algunas de estas consecuencias del uso del móvil las he extraído de este artículo del COP de Madrid motivando al uso del modo avión. El resto son experiencias personales que pueden no ser las tuyas, pero que seguro que puedes observarlas en los demás.

¿Qué quiero resaltar en esta pequeña reflexión? Pues que si nos quedamos con una sola de las dos partes de la balanza estaremos perdiendo información valiosa para elegir adecuadamente la forma en que queramos relacionarnos con la tecnología. Por ejemplo, si somos muy anti-tecnología y solo vemos los prejuicios de la misma, podemos tener dificultades de adaptación social porque el mundo no se va a detener porque nosotros no queramos usar el móvil, por ejemplo. Y si no vemos todo lo que nos aporta, quizás cuando nos comprometamos a reducir su uso, nos será imposible por no saber lo que implica tal afirmación. Por otro lado, si obviamos las implicaciones negativas, seremos absorbidos por la tecnología y solo seremos conscientes de las consecuencias cuando nuestro cuerpo físico nos pare por alguna enfermedad o por algún contratiempo.

Y yo llevo este verano reflexionando sobre esta balanza, sobre todo viendo a mi hijo mayor que empieza a librar está dura batalla (más conmigo que con el móvil) de encontrar el equilibrio. Hemos probado y seguimos probando muchas fórmulas. Algunas sugerentes y todas con agujeros por resolver: horarios, límites de tiempo, normas de uso, días sin tecnología,… Creo que no hay una solución y un camino único sino el permitirse pararse a reflexionar juntos sobre cómo nos afecta a adultos y pequeños y sobre como queremos relacionarnos con la tecnología en un futuro inmediato.

Últimamente ando pensando en fórmulas como, por ejemplo, sustituir cada día un uso tecnológico por un uso físico o a la antigua usanza, para brindarnos ratos de desconexión consciente como podría ser: llamar o quedar con un amigo/a en lugar de mensajear, contar cuentos o historias de la familia en lugar de ver una película o serie, jugar a juegos de mesa en lugar de digitales, lavar algo a mano, cocinar a fuego lento, jugar al Fortnite físico en la montaña, leer un libro en papel, ir a comprar andando, preguntar a alguien sobre cómo se hace algo, y lo que se nos pueda ocurrir. Según escribía está lista de ideas me iba dando cuenta cómo muchas de ellas nos parecerán obvias y absurdas cuanto mayores seamos… Seguro que los más jóvenes no piensan lo mismo: ¿es que existen los cuentos para adultos? ¿se pueden lavar los platos sin lavavajillas? ¿el abuelo o la abuela saben cosas que no sabe ni Google?

No se trata tanto de abandonar la tecnología sino evitar dejar de hacer cosas físicamente, de forma que podamos desconectar, equilibrar y poder ser capaz de sobrevivir a una caída de Internet 😉

Si queréis aportar ideas de transformación digital a analógico/físico, podéis dejarlas en los comentarios… Feliz reflexión.

25. Avatar y avatares

Un avatar antes de la era digital era (o es) la encarnación de un dios hindú (en tanto es una palabra que viene del sánscrito). En el mundo digital es la representación gráfica de nuestra identidad virtual (rae) o, en otras palabras, nuestra apariencia visible en las redes virtuales, juegos, etc. Puede ser una foto nuestra, una foto cualquiera, una caricatura nuestra, una caricatura de otro u otra, un personaje o animal que nos guste y así, un largo etcétera. En cualquier caso, es nuestra máscara más o menos transparente/opaca en el mundo virtual.

No sólo en el mundo virtual vamos con máscaras, también en el día a día. Una máscara es también cualquier conducta nuestra que distorsiona hacia el interior la verdadera esencia personal, lo que realmente pensamos y sentimos. La transparencia y la honestidad suelen estar muy valorados pero es bueno entender que una máscara tiene una función protectora de nuestra intimidad y de nuestras fragilidades.

Una diferencia que veo entre máscaras psicológicas y virtuales es que las primeras suelen ser más bien inconscientes, fruto de años de «interpretar uno o varios papeles en la vida», y las virtuales totalmente conscientes, eligiendo concretamente consideremos que nos vean. La otra diferencia importante (y habrá más) es que las virtuales pueden ser mucho más opacas que las físicas. En el cara a cara, con una persona física, nuestras máscaras son como los antifaces, ocultan una parte y dejan ver otras. Podemos «leer» los ojos de la otra persona, su comunicación no verbal, lo que deja entrever, … Y en el mundo virtual el avatar puede ser tan diferente de nuestro ser físico que se pueda considerar una identidad diferente, uno de muchos álter egos.

¿Para qué tener tantas identidades? ¿No es ya bastante cansino pelearnos por mantener la integridad de una? Cada vez que se atenta o se ataca la identidad que hemos construido durante tanto tiempo, solemos sentir dolor, rabia, invasión, agresión y otras muchas manifestaciones nada placenteras. Somos quienes somos por las decisiones que hemos ido tomando a lo largo de nuestra vida y por los grupos a los que hemos ido elegirnos pertenecer (al igual que los que nos trajeron a la vida). Luego, de alguna manera, al tener varias identidades ¿se fragmenta la identidad única?, ¿se pierde el sentido de identidad como algo único?, ¿podemos caer en trastornos de personalidad múltiple?, ¿qué puede pasar?

Yo tengo mi opinión al respecto pero creo que es importante que cada identidad nos háganos testas y otras preguntas para decidir dónde queremos ir y cómo queremos ser.

Sí me viene a la cabeza la película Avatar. Intentaré no hacer mucho spoiler. Si quieres, salta al siguiente párrafo 😉. En esa película, los humanos eran los que tenían la capacidad que los hindús otorgan a los dioses de encarnarse en otro cuerpo. Pueden ser otro/a de una especie especialmente conectada con la naturaleza residente en otro planeta. Y uno de los protagonistas, con discapacidad motora por parálisis en las extremidades inferiores «lo flipa» por poder volver a mover las piernas, correr, saltar, etc.

¿Qué nos aporta un avatar virtual? Pues ser otro, hacer cosas que no se pueden o nos sería muy complicado hacer en nuestra vida física como volar, hacer piruetas, pegar tiros, jugar profesionalmente al fútbol, ser guapo/a, tener éxito, conocer gente, … (Podéis añadir aquí vuestros sueños o situaciones que os cubren las pantallas y el mundo virtual en el que todos estamos de una u otra manera)

Yo, desde pequeño he estado en contacto con los juegos de ordenador y las llamadas «maquinitas» donde podías experimentar estas «disociaciones» que, antes de esta era se hacían mediante los cuentos, las historias, los libros o los sueños (y que se siguen usando, por supuesto). ¿Qué ha cambiado? Que ahora son muuuucho más realistas (gráficos impresionantes, efectos de sonido, realidad virtual,…) y que son mucho más interactivos y personalizables por el usuario. En un mundo tipo Minecraft o Roblox (por poner dos ejemplos en los que podemos tener a los peques) pasan muchas cosas, algunas más estimulantes que las de nuestra propia vida. Y lo que se va haciendo/construyendo se va grabando, como en nuestra vida. Vamos construyendo un mundo y una identidad que puede ser más placentera y satisfactoria que la de nuestra propia vida real. Salió en las noticias que se iba legislar sobre la posibilidad de trabajar como «jardinero de Minecraft»… ¿Horrorizado/a? Bueno, os puse el ejemplo de la película Avatar como ejemplo de que todo esto no tiene por qué ser para mal. No creo que andemos lejos de un mundo en que los ciegos vean, los sordos oigan, los cojos corran y los paralíticos anden. Ese mundo ya existe y es el mundo virtual. Y ser eternamente jóvenes. Poder trabajar a distancia. ¿Qué es más virtual que el dinero? En definitiva, no podemos elegir qué rumbo tomar si no ponemos todas las cartas sobre la mesa y junto con todo el miedo que nos pueda dar perder la identidad física, creo que es bueno poner en valor todo lo que aporta y todo lo que aporta a nuestros peques que son los que están heredando este modelo de vida.

Hay ciertas cosas que he experimentado yo mismo en mis incursiones por los mundos virtuales. A ver si os suenan algunas:

– Sentir rabia y desesperación por haber perdido todo lo que había hecho/avanzado hasta entonces: por un fallo de la máquina o un maldito monstruo
– Sentir ilusión y alegría por un logro nuevo, por algo que nunca antes había conseguido
– Tener la cabeza llena de planes de mejora o cosas para hacer (virtualmente) y que se haga eterno esperar el momento de poder llevarlas a cabo
– Sentir la frustración de tener que abandonar esta segunda vida en el momento más interesante
– Pegarme unos buenos sustos por una aparición repentina o hacer las cosas con miedo por una atmósfera tenebrosa que te rodee o la dificultad de una acción a acometer
– Tener largas y apasionadas conversaciones con mis hijos sobre lo que nos pasa en el mundo virtual (a menudo más intensas que lo acontecido en el cole o el mundo físico)

Un común denominador es que las emociones también existen en el mundo virtual y, no diría nada extraño si afirmó que, además, funcionan como vasos comunicantes entre los dos mundos. Lo que siento en uno va a repercutir en el otro y viceversa.

¡Uf!. Aunque esto da para hablar largo y tendido, creo que va llegando el momento de ir aterrizando. Como siempre surge la pregunta: ¿Y con esto que hago? ¿Qué tipo de vida digital y física quiero para mí y para mis hijas e hijos?

Estoy convencido de que cada persona tendrá sus propias respuestas a estas preguntas. En el caso de querer una mayor presencia para ellos y para ti en el mundo físico quizás habría que empezar por dedicar tiempo, espacio y esfuerzos a experimentar placer y disfrute terrenal: afectos, naturaleza, miradas, calor de hogar, aventura, experimentación, contacto,… No se trata de impedir o restringir el inevitable acceso a los mundos virtuales sino de no perder la alternativa para cuando queramos desconectar y ser nosotros mismos, que una excesiva virtualización nos saque de nuestra esencia, de nuestro contacto con la naturaleza y de lo que es tal como es.

Los peques no son tontos y si obtienen la misma o mayor gratificación por una actividad física, no dudarán en elegirla. La pregunta es: ¿las podemos ofrecer?

En los pocos días que he podido prestar atención a esto en mi familia me he visto: jugando a un LOL casero. LOL es un programa de humor en el que los participantes tratan de hacerse reír entre ellos. Nosotros lo sacamos de la pantalla y lo hicimos nuestro. Fue muy divertido. Y otra: estuvimos de excursión por el campo y no hacíamos más que sacar similitudes con la exploración en Minecraft (vamos a subir a esa colina a ver lo que se ve desde allí, necesito un mapa, vamos a ver cómo de profunda es esa cueva, ¿qué puedo hacer con estos palos o piedras?,… Escuchar y ver que pueden disfrutar tanto o más que en el mundo virtual paralelo da cierta esperanza.

24. Estás en la nube

Llevo tiempo deseando escribir un post sobre la nube. Por un lado, por todo lo enigmático y difícil de comprender que rodea a la nube informática, ese lugar impreciso donde aparentemente se nos graban las fotos, los archivos y a saber qué más. Y, por otro lado, todo lo que el simbolismo de una nube aporta a nuestro inconsciente colectivo por inabarcable y omnipresente.

Para no olvidar mi propósito de acercaros al mundo de las nuevas generaciones, para las cuales «estar en la nube» en casi todos los sentidos es lo más normal, empezaré con algunas nociones y pinceladas de lo que es la nube informática.

En el argot informático, se habla de tener cosas en la nube o usar servicios alojados en la nube cuando tenemos libre acceso a ellos desde cualquier lugar y dispositivo, con el único requisito de tener conexión a Internet. Servicios en la nube que seguro que has conocido son: el correo electrónico, los álbumes de fotos y las carpetas «en la nube». Seguro que os suenan los Google fotos, Google Drive, OneDrive, iCloud, Outlook, Gmail, Dropbox y así un largo etcétera.

¿Cómo funcionan? Pues bien, ciertas empresas «generosamente» ofrecen sus potentes ordenadores para compartir una porción de su capacidad de almacenamiento para guardar tus datos, ya sean fotos, archivos, emails, compras o, como está siendo para mí escribir estas líneas en esta plataforma: conocimiento e ideas. Para poder disponer de esta información en todo momento y lugar, se requiere de equipos que se replican la información unos con otros (la información no se guarda en un solo ordenador, sino en muchos). También se requiere mucha memoria, capacidad de procesamiento y recursos humanos y tecnológicos para garantizar la seguridad y la accesibilidad a los datos. Estos servicios no se utilizarían si no se garantiza un mínimo de confidencialidad y seguridad. Me parecen importantes estos datos:

– que a las empresas que se dedican a ofrecer servicios en la nube les va la vida en asegurar que la información se trate de forma confidencial y segura;

– que estos servicios tienen un coste que, de alguna manera, hay que sufragar. Es algo natural, los que trabajan en ello no viven del aire y tendrán que ganarse el pan como tú y como yo.

Esto no quita que no debamos ser conscientes y enseñar a ser conscientes a nuestras hijas e hijos de que lo gratis en Internet también tiene un precio que pagar(directo o indirecto) y que nos puede interesar o no. Un precio como que nuestros gustos y necesidades puedan ser rastreados por motivos comerciales o políticos, que nuestra confidencialidad se vea comprometida por un ataque hacker y nuestra intimidad pase a ser pública o, que un día, estos servicios de los que tanto dependemos dejen de ser gratis y eso conlleve un impacto inesperado a nuestros bolsillos.

Por ejemplo, a día de hoy ya se está hablando de que Google Fotos pasará en breve a ser de pago, al menos cuando nuestras fotos ocupen cierta cantidad de espacio, lo cual ocurrirá irremediablemente tarde o temprano. Y entonces qué, ¿cuál va a ser la respuesta de la muchas personas que se vean abocadas a elegir entre pagar un servicio que no tenía presupuestado o volver a la antigua usanza de volcar la ingente cantidad de fotos a nuestro disco duro a mano? Por supuesto que se nos dará alternativas, aparecerán nuevos servicios gratuitos, se nos permitirá bajarnos las fotos a nuestros dispositivos y la creatividad humana encontrará nuevos caminos para adaptarse. Sea como fuere, esto puede ser fuente de estrés e intranquilidad para aquellas personas menos familiarizadas con la tecnología. Algo que antes hacia mi móvil solo, sin darme cuenta, ahora tengo que adaptarme y decidir. Como siempre, pros y contras que nos obliga a dedicar un tiempo extra a tomar conciencia y decidir… El tiempo que la tecnología nos da por un lado, a veces nos lo quita por otro.

He preguntado a alguna personas cercanas si sabían qué era la nube. La respuesta fue unánime: «sí, donde se guarda todo». Y luego pregunté: «¿y donde se guarda todo?» Y eso ya no estaba tan claro: en Internet, en Google, en ordenadores…

Voy a cambiar un poco el rumbo para aventurarme ahora hacia el terreno de lo simbólico y el pensamiento o conciencia colectiva. No sé si sabéis que la nube es símbolo de Dios para algunas religiones y culturas, entre ellas las judeocristianas. Se piensa en Dios ahí en una nube o directamente se le considera como tal. Un símbolo que representa lo inalcanzable (antiguamente, claro), el acompañamiento, las bendiciones en forma de lluvia, la omnipresencia (aunque no siempre la veamos), su movilidad para encontrarla adónde quiera que vayamos. También se enfada de vez en cuando y nos arruina las cosechas. Que no se nos ocurra enojar a Zeus o a Thor.

También hablamos de «estar en las nubes» cuando alguien está en la inopia o no está presente, o no participa de las cosas mundanas o terrenales. Es como estar en otra esfera de presencia.

La nube. Todas las personas estamos en la nube de una u otra manera. O estás en la nube de tenerlo todo digitalizado y distribuido por toda la Internet o en la nube de aislarse del presente tecnológico o en la nube de dejarse llevar por los vientos alisios sin preocuparme de dónde te lleven.

Sea cual sea tu situación y la de tu familia, la nube nos ofrece una oportunidad de aprendizaje. ¡Qué bueno sería dejar de verla como algo allí lejano, inalcanzable, incomprensible, capaz de lo mejor y lo peor, y acercarnos a ella para comprenderla mejor! Acercarnos, tocarla, sentirla, investigarla, experimentarla, cuestionarla,… La nube es intangible, seguramente no se pueda llegar a una verdad absoluta con respecto a ella. Pero, cuanta más conciencia pongamos sobre ella, nosotros y los nuestros, mejor podremos  tomar decisiones más adaptativas para nuestra vida. Yo me he autobautizado como «psicoinformático» por aquello de haber dedicado media vida a estas dos disciplinas y por mi firme propósito de buscar que la tecnología procure seguir la senda de la salud y el bienestar y tratar de desenmascarar y alertar a los que me lean o me escuchen, sobre los peligros en los que, por inercia, podemos caer.

Ofrezco este espacio para que colectivamente podamos encontrar caminos de conciencia y educación tecnológica colectiva. Para compartir, opinar y aprender. Para formular dudas, recibir recomendaciones, apoyo, y donde podéis contar conmigo, siempre que mi tiempo y mis recursos me lo permitan.

Que la tecnología nos acompañe para bien. Y que disfrutemos de momentos sin ella, también para nuestro bien.

23. Redes sociales y polarización

Hay un problema inherente a las redes sociales que no sé si la gente es consciente de él. Y es que los algoritmos informáticos que las gestionan tienden a polarizar nuestra forma de ver el mundo y la vida en general. Se va consiguiendo una identificación con los más cercanos ideológicamente y un distanciamiento progresivo de los más lejanos, todo en busca de la pertenencia a un grupo que nos dé identidad, apoyo y pertenencia.

Porque somos seres sociales. Aprendemos, crecemos y evolucionamos en relación. Los aprendizajes vicarios (aquellos que adquirimos observando a los demás) son tan importantes como los de la propia experiencia. Aprendemos viviendo, aprendemos mirando lo que hacen los demás y lo que les pasa.

Cada vez que damos un like, reenviamos un contenido o, simplemente, hacemos un clic en una noticia, el Gran Hermano virtual de la Red memoriza nuestro interés por un tipo de información y nos clasifica en un grupo objetivo o de interés. Esta clasificación podría ser recibida como algo bueno y útil: permite a los difusores de información seleccionarme aquellos contenidos que realmente son interesantes y atractivos para mí. ¿Para qué queremos recibir información que no nos interesa?

La respuesta yo la veo obvia: para completar nuestra visión del mundo con otros puntos de vista, aunque no nos gusten. La información no placentera también es información y también contribuye a ampliar nuestra conciencia sobre la vida y ganar en sentido de realidad. Que no leamos a diario que mueren niños y niñas desnutridos en África no quiere decir que esto no está sucediendo.

La falta de información provoca sesgos y generalización. Sesgos porque «leemos» cada acontecimiento con la óptica de los grupos a los que nos consideramos afines, juzgando y prejuzgando inconscientemente y, a menudo, con la creencia de ser superiores al otro grupo (porque nos refuerza mucha información social que recibimos a diario). Y generalizamos porque creemos que lo que se dice mucho es proporcional a lo que ocurre. Sólo nos preocupamos de lo que se habla, invisibilizando a muchas personas y situaciones porque no son trending topic. Si esto me pasa a mi o le pasa a mi grupo, le pasa a todo el mundo.

Echando la vista atrás, el sesgo informativo no es nada nuevo. La diversidad de canales de televisión ya dividía a la audiencia por preferencias informativas. Y no hace mucho tiempo, aunque aún queda quién la lee, teníamos la prensa escrita. Nadie dudará que no nos vale leer ni creer a cualquier periódico. Cada persona tiene sus preferencias. Lo que empezó como un ejercicio de contar la verdad, cuando se vio que la verdad tiene muchas aristas, se orientó la información a la verdad que quieren oír mi audiencia. Me atrevo a pensar que puede que sin malicia, sino por puro interés mercantil.

Así que, en este mundo sobresaturado de información, no nos queda otra que filtrar. Y filtramos o distinguimos entre información buena o mala, afín o disruptiva, verdadera o falsa, sin más chequeo que la fiabilidad que nos ofrece la fuente que nos la proporciona.

Y es un mecanismo de funcionamiento grupal e inconsciente el tender a hacer lo que hace mi grupo y lo contrario de lo que hace el otro grupo. Usamos al otro grupo como «guía de lo que no hay que hacer» en lugar de «guía de cómo poder hacer las cosas de otra manera«.

Este tema da para mucho más. Pero me voy a detener en este último párrafo que he escrito porque me parece que muestra un pequeño rayo de esperanza después de tanta traca negativa que he expuesto.

Me viene la idea de que en la medida que usemos las redes sociales para aprender a hacer las cosas de otra manera podremos evolucionar como sociedad y dar la vuelta a esta tendencia que solo puede conducir a una nueva guerra.

Y ahora vendría lo más difícil: ¿cómo, si la propia Inteligencia Artificial Global nos incita a ver solo lo que queremos ver?

Se me ocurre que poniendo nuevamente la mirada en los más jóvenes. Si en la educación obligatoria se enseñan todo tipo de contenidos, gusten o no a los aprendices, algo parecido podríamos hacer nosotros (y enseñarles a ellos) con los aprendizajes de cada día. Quizás podríamos aventurarnos a leer noticias y mensajes que no nos agraden tanto y tratar de ponerse en la piel del que no piensa o actúa como yo. ¿Qué razones tiene? ¿Qué le hace pensar o vivir de esa forma? No se trata de justificar al otro o perdonar agresiones o delitos, sino de ampliar la mirada. Aprender de mis sesgos, de mis generalizaciones, de mi visión distorsionada de la realidad y no de la de los demás. Buscar qué puedo encontrar en lo que hace el otro para permitirme salir de los círculos viciosos que me impiden el crecimiento.

¿Y cómo aplicarlo a crianza consciente? Podríamos empezar abriendo debate con las nuevas generaciones. Un debate respetuoso aprendiendo de los diferentes puntos de vista y construyendo desde el respeto y la integración de nuestras partes negadas. El otro que me daña despierta sensaciones y emociones en mi que proceden de historias pasadas mal sanadas.  No neguemos al otro polo la oportunidad de aprender y crecer. ¡Qué menos que preguntar a los que van a heredar el futuro cómo podemos empezar a construirlo!

Nota: soy consciente de que el respeto, el llevarse bien, comprenderse y buscar puntos de unión y crecimiento es una polaridad. La otra sería luchar y defender nuestros valores, nuestros ideales y por la patria si cabe cuando los sentimos amenazados. Luchar por y/o imponer a nuestro grupo por fuerte o por minoría. Es lo que se ha hecho siempre y también es legítimo y necesario. ¿Se puede llegar a un saludable equilibrio? ¿O transitar de una polaridad a otra según sea necesario? ¿Cuál toca hoy en Internet?

22. Poniendo límites con pantallas

Dos de las funciones parentales más importantes son la disciplina y el poner límites. Por cuestiones históricas, sociales y familiares que no toca traer aquí y ahora, muchas madres y padres sienten cierta culpa o miedo a ser muy estrictos por riesgo a no ser queridos o parecer muy dictatoriales.

Sin embargo, cierto grado de poder es necesario para establecer cual debe ser la disciplina en el hogar y para poder poner límites protectores a los menores que aún no han adquirido la responsabilidad suficiente para ser conscientes de las implicaciones de sus actos. Los límites son importantes porque satisfacen la necesidad de protección. Por mi experiencia, la puesta de límites genera mucha rebeldía pero, a la vez, los hijos se sienten seguros y amados por su existencia y se suelen tranquilizar. Es su tarea, en su proceso de madurar, ir poniendo a prueba estos límites, por lo que éstos deben ser sólidos y bien fundamentados.

En mi familia la forma de dar solidez a los límites es mediante los valores familiares. Las normas las establecemos en base a esos valores. «Como os queremos y os queremos educar en estos valores, os ponemos estas normas».

El desafío está en contener las embestidas a las normas. Y aquí, lo más fácil y cómodo es recurrir a la restricción de las pantallas. Es lo que los teóricos del tema llaman «castigo negativo«. Castigo porque se percibe como «fastidioso» para el que lo recibe y negativo, porque la forma de «fastidiar» es eliminando un elemento apetitoso (en este caso las pantallas) del contexto/ambiente. También es fácil conseguir un buen cumplimiento de las normas mediante el refuerzo positivo con pantallas: si recoges la habitación, te dejo hacer pantallas o te pongo un rato los dibujos para que dejes de «molestar» o detengas la rabieta.

La disciplina positiva es una metodología teórico/práctica que fomenta que la puesta de límites sea a partir de unas normas claras cuya trascendencia deben entender los hijos tratando de sustituir el castigo por un diálogo y la intención de que el niño o la niña sea el que ponga solución a su incumplimiento.

También la CNV (comunicación no violenta) ofrece recursos para poner límites con más amor: fomentando ente diálogo desde la expresión de necesidades de grandes y pequeños.

Perdonadme si no me extiendo más sobre esto, pero hay que poner límites al post también 😌. Lo que sí quiero decir es que, no siempre se tiene la energía, el conocimiento y la situación adecuada para aplicar la forma más saludable de disciplinar y poner límites.

Por mi experiencia, el cansancio, fruto de una vida estresante de quehaceres y responsabilidades hace que muchas veces, lo más fácil y lo que requiere de menos energía es la privación o el chantaje con las pantallas. Por eso, considero que no saludable mentalmente que censurarse y fustigarse por hacerlo, las raíces de este problema son más de tipo social y estructural, fruto de una mala conciliación de la vida laboral y familiar. Baste poner conciencia y hacer lo que se pueda sin olvidar que el límite es importante.

Y no quería terminar este post sin una reflexión. No he leído ni escuchado en ningún sitio el valor de la autodisciplina como modelo de disciplina. Sí he escuchado sobre la importancia de «predicar con el ejemplo, que es el mejor argumento», por la capacidad de imitar que tienen los niños. Los hijos probablemente adquirirán nuestras conductas, o las contrarias, sobre todo en los temas que les parezcan más relevantes.

Entonces, ¿cómo sería auto aplicarnos los castigos (o consecuencias) de un no cumplimiento de las normas? Si les privamos de pantallas, ¿podríamos privarnos nosotros durante ese mismo tiempo? Si les limitamos su tiempo de uso, ¿podría hacer yo lo mismo con este aparato «infernalmente útil» que es el móvil, que tanto me sirve para trabajar, para tener contacto con la gente, para aprender, para enseñar, para hacer fotos y consultar recuerdos,… ?

Me gustaría saber qué piensas tú… ¿Me lo cuentas?

21. Vergüenza informática

Se dice que lo que le falta a un robot o a un ordenador para poder pensar como un humano es procesar emociones. Y ahí están los ingenieros buscando desesperadamente la fórmula como si ahí radicara el verdadero salto cualitativo del razonamiento. Puede ser y, mientras tanto, la sociedad camina hacia relaciones «sin vergüenza». Es como si: ya que las máquinas no se pueden parecer más a nosotros, parezcámonos nosotros a ellas.

Los entornos virtuales: redes sociales, videoconferencias, juegos online, gestiones administrativas online, formaciones a distancia, reuniones multitudinarias, etc. son una gran ayuda para los vergonzosos, entre los que me incluyo. Y en estos tiempos pandémicos, tenemos la excusa inconsciente perfecta para evitar el contacto social (el que tiene predisposición a ello). Nos podemos esconder muy fácilmente detrás de un avatar, un email, una cámara apagada, una cuenta falsa o un alter-ego virtual que muestra lo bonito y atractivo de mi, a la vez que esconde lo que me avergüenza. Es mucho más fácil tapar y tenemos siembre a mano el botón de off para desconectar.

La vergüenza se ha utilizado como un policía o juez más que vela por el cumplimiento de las normas sociales, sobre todo las familiares. «Eres un sinvergüenza», «¿no te da vergüenza?», «vergüenza debería darte…», «me da vergüenza ajena»,… Son expresiones que, de alguna manera, transmiten qué es lo que está bien o mal moralmente, más allá de las leyes escritas.

Pues bien, si estamos en una sociedad en la que, gracias a las tecnologías, podemos escapar a esta vergüenza y a estos juicios internos y externos… ¿qué va a pasar? ¿nos dirigimos hacia el caos, hacia un mundo sin reglas morales?

La vergüenza es una vieja compañera de viaje en mi vida y altamente limitante. Por vergüenza he dejado de hacer cosas que quería o me convenía. Alguna vez también me ha evitado un disgusto.
Recientemente he aprendido a vivir con ella. Si hay algo que quiero hacer, lo hago con vergüenza. La vergüenza no decide pero la vergüenza me da información. Es la vocecita que funciona como un piloto de alerta. Me indica si hay algo que puede ir mal porque va en contra de la forma de hacer las cosas de mi círculo social o de mi familia de origen. Puede ser una alarma real o puede ser una creencia limitante, una norma moral obsoleta, un trauma familiar del pasado,… Y ya sé que si la escucho y veo de dónde viene, tengo más argumentos para decidir la acción a tomar. Y si decido ir hacia delante, pues iré, con la vergüenza de la mano.

¿Y qué hacemos ahora con las herramientas tecnológicas que nos ayudan a tapar la vergüenza? Lo siento, no tengo la respuesta. Abro la reflexión para que para que colectivamente encontremos la respuesta. Para mí me viene la idea de no abusar de las máscaras virtuales. No esconderme en ellas para saltarme las cosas que me dan vergüenza. Quizás algún día estos posts de transformen en un video… ¿Será posible?

Y de cara a las generaciones que están aprendiendo a desenvolverse en la vida en este mundo tan «sin vergüenza»… Pues quizás haya que enseñarles la otra cara… La cara de mostrarnos, de ser más auténticos, de permitirse exponer nuestras fallas o partes más vulnerables… Con miedo… Con vergüenza… Arriesgarse a ser ….

20. Sobre el Fortnite y otras guerras internas

Para el que no lo sepa, Fortnite es uno de los juegos «de tiros» más populares del momento. Los hay más violentos, los hay más sangrientos y, aún así, preocupa la cantidad de tiempo que pasan los jóvenes y no tan jóvenes matando a todo quisqui «hasta que solo queda uno».

¿Qué preocupa más? ¿El tiempo empantallados o la violencia en el juego?

De alguna manera este tipo de juegos deben proporcionar placeres que lo hacen adictivo. El Fortnite, además, te permite destrozar con saña casi cualquier cosa. Hasta la vibración del mando puede ser estimulante.

Estas cosas me cuestionan mucho. ¿Hasta qué punto necesitamos juegos o películas violentas para sacar la agresividad contenida que llevamos dentro? ¿Por qué hay tanta agresividad y competitividad? ¿Los juegos crean personas violentas o las personas agresivas buscan los juegos violentos?

En cualquier caso, aceptando la realidad tal y como es, podemos empezar a preguntarnos cómo nos afecta que un niño, o una niña, se pase las horas muertas en una realidad virtual, llena de emociones desenfrenadas. ¿Eres de las personas que no soportan este tipo de juegos? ¿Eres de las que necesitas sacar tu furia interna sin censuras morales?

Sea cual sea tu respuesta, esto no es blanco o negro. En cada persona los juicios funcionan de forma diferente según la historia particular de cada quien. Pero es una oportunidad valiosa para aprender de nuestromundo interior y nuestras guerras internas.

Los juegos de tiros hace ya años que existen. De hecho, ahora caigo, incluso antes de jugaba con escopetillas y tirachinas de verdad, de los que hacen daño físico. Ahora, sin embargo, el mundo virtual es tan impresionantemente realista que nos puede confundir y descontextualizar del mundo físico. Por ello, creo que es importante parar, dialogar y repensar por dónde queremos ir sin dejarnos arrastrar por la inercia.

Y, como siempre digo, este diálogo, los que tenemos hijos, lo podemos hacer con ellos. Hablar de nuestros miedos, de nuestras inseguridades, de las dudas, de cómo podemos autorregularnos, etc. También los colectivos de madres y padres, hablar, debatir, consensuar, buscar apoyos,… Y, cada uno con su individualidad y sus guerras internas, ver dónde se coloca y qué nos dice la agresividad, el enfado, los miedos, las dudas, las molestias, la desgana, la desesperanza,…

Todo esto me recuerda una película que vi hace tiempo: Demolition man. Violenta como pocas, creo recordar que poco sangrienta y futurista… Como Fortnite. Es antigua y ya salían temas como la excesiva virtualización, el control comportamental y la supervivencia de un grupo de disidentes que se aferraba «a la comida basura», al «contacto» y, en definitiva, a la libertad.

También es verdad que quizás, por la propia autorregulación de la vida, nos acabemos cansando de tanta pantalla y tanta ausencia de contacto. El aislamiento pandémico lo está acelerando aún más. Hace poco escuché a un chico de la edad de mi hijo mayor decirle a otro: ¿Y si nos bajamos las láser combat (pistolas láser)? Parecían cansados de móvil y consola y preferían llevar sus deseos de juego agresivo y competitivo al mundo físico… Quizás lo tangible no lo tenga todo perdido.

Y a ti, ¿qué te mueve con esto?

19. Phising y Gestalt

Para los que este año vayan a realizar todas o parte de sus compras navideñas por Internet me gustaría sugerir algunas cosas a tener en cuenta para evitar malas experiencias. Ya en su día escribí un post sobre phising y timos en Internet. Hoy me viene ampliarlo mezclando estos dos términos tan dispares: phising y Gestalt, ¿qué tienen en común?

La psicología de la Gestalt aglutinó a un grupo de científicos que definió algunas propiedades de la percepción humana. Resumiendo mucho, afirmaban que en base a una necesidad o deseo unos aspectos de la realidad se hacen figura y son más perceptibles y otros pasan a segundo plano como fondo.

Esto lo podemos ver fácilmente en la vida cotidiana. Por ejemplo: hay personas que quieren tener un bebé y, de repente, empiezan a ver muchas mujeres embarazadas o familias con niños pequeños; quieres cambiar de coche y, ¡qué casualidad!, te topas constantemente con el modelo que más te gusta.

Esto ocurre por pura adaptación al medio: si necesitamos comer o beber, lo más adaptativo es dedicar nuestros recursos mentales y corporales a satisfacer esa necesidad.

¿Cuál es el problema? Que muchas veces la figura nos impide ver el fondo. Nuestros sistemas de alerta ante los peligros están diseñados para los peligros habituales, pero no para los nuevos. Y ahí es donde entra el phising.

Phising consiste básicamente en orientar tu atención hacia tu necesidad o apetencia de forma que no percibas el riesgo de ser víctima de un fraude. Cuanto más real o bonita te parezca una tienda o producto virtual, más fácilmente puedes «picar el anzuelo».

¿Eso quiere decir que no debemos comprar por Internet? En absoluto. Simplemente hay que aprender a moverse en un nuevo contexto de compra. En el contexto físico habitual, sabemos de sobra qué tiendas son de mayor o menor calidad, dónde no compraríamos nunca, o dónde comprar un tipo de productos y no otros. Al final, Internet no difiere en mucho del mundo cotidiano, simplemente que es mucho más barato y también es más fácil embaucar.

Por mi experiencia, os puedo compartir algunos tips para que la figura no nos impida ver el fondo:

– ¿Conocéis algún ejercicio de figura-fondo? ¿O conocéis alguna imagen de esas que según la mires se ve una cosa u otra? Pues ése es el ejercicio que habría que hacer ante una compra: primero miramos la figura (lo que queremos, sus propiedades, sus características, el precio,…) Y luego, cambiamos la mirada y hacemos figura la tienda y la fiabilidad de la compra.

La figura oscura capta más la atención a pesar de que las otras tienen un color aparentemente más atractivo

– Para verificar que la tienda es de fiar podemos verificar varias cosas: el candadito del navegador (nos dice que es una conexión cifrada y a quién corresponde la certificación), verificar que en la web de la tienda edita un apartado llamado «sobre nosotros» (o similar) que identifique claramente quién está detrás de la venta, hacer una búsqueda en Internet sobre la tienda buscando señales de fraude, comparar el producto en varios lugares, preguntar a amigos o expertos, …

¡Qué rollo!, ¿no? Bueno, en la medida que hagamos este ejercicio, cada vez nos moveremos de forma más segura en este medio pues añadiremos estas trampas visuales a nuestros registros del sistema de alerta.