Advertencia: este post es continuación de este otro, de obligada de lectura para entender qué se escribe aquí.
Si aún así, quieres empezar por éste, te resumo un poco en qué consistió el anterior. Básicamente, me he propuesto el reto de pasar un día a tope con el móvil y un día sin móvil y registrar la experiencia. El otro día relaté gran parte de los usos que yo suelo dar al móvil en el día a día y hoy os cuento cómo fue prescindir de él durante 24 horas.
El desafío comenzó con la propia preparación. Elegir el día no fue fácil. Era importante que el tipo de día fuera lo más parecido posible al de la prueba anterior. Pero anticipar las posibles consecuencias catastróficas de un día sin móvil generaba cierto desasosiego y una gran batería de preguntas ¿y sí?: ¿y si me tienen que llamar?, ¿y si pasa algo con mi familia?, ¿y si recibo algún mensaje importante?,… Pude experimentar lo que en psicología observamos como anticipación, preocupación y falta de control como antesala de la sintomatología ansiosa. Y, por tanto, la falta de decisión sobre el día en que hacer la prueba. Tampoco quería «hacer trampa» y elegir un día muy cómodo para realizarlo.
Ocurrió un día que me dejé el móvil en el salón y no oí la alarma. Hasta entonces me había estado preocupando cómo me iba a despertar el día sin móvil pues salvo que pusiera una radio despertadora de las de toda la vida y despertara a su vez a toda la casa, no se me ocurría otra manera. Así que aproveché la circunstancia como señal de que era el día: totalmente espontáneo y ya no tendría que preocuparme por la forma de despertar. Eso sí, lo iniciaba con un retraso considerable de veinte minutos, lo cual tendría consecuencias.
La primera consecuencia fue la gran incertidumbre de cómo iba a ir a la oficina, los horarios se me descuadraban y ya no tenía opción de rectificarlos con ninguna aplicación móvil. Así que me arreglé lo más rápidamente que pude, sondeé el tiempo a la antigua usanza, asomándome por la ventana, y me lancé a la aventura. Ah, también avisé en casa de que las llamadas tendrán que ser al antiguo teléfono fijo del trabajo que ya casi tengo de adorno.
En el camino a la estación voy observando mis sensaciones. Por un lado nervioso, experimentando el vacío y la ligereza del espacio que normalmente ocupa el dispositivo. El vacío me genera tensión y nerviosismo, la ligereza me brindaba cierta sensación de poder contra los elementos y empoderamiento sobre mi vida. Con ambas sensaciones llegué a la estación e hice acopio de un par de periódicos gratuitos para amenizar el viaje. Fue interesante la impresión de leer noticias «del día anterior». Pasar de leer noticias de última hora, casi en tiempo real, a las noticias de ayer me hizo ser consciente de las implicaciones psicológicas que tiene este «pequeño gran cambio» en nuestras vidas, acelerándolas irremediablemente, haciendo obsoletos acontecimientos y noticias de tan solo un día de antigüedad.
Hasta ahí el día transcurría más o menos con normalidad. Al llegar a la estación de enlace, el segundo tren estaba saliendo y el siguiente no pasó. Al menos en la media hora que estuve esperando hasta que, fruto de la desesperación, tomé otra ruta que conocía que podría funcionar. Obviamente, no pude hacer el conveniente estudio del tiempo de más que me iba a suponer, ni avisar al trabajo, ni tratar de averiguar qué estaba pasando. Afortunadamente, no es algo crítico para mí llegar a tiempo, pero la experiencia resultó en aparecer casi una hora más tarde de lo habitual. En defensa del día sin móvil diré que haberlo tenido solo me habría ahorrado unos minutos, no muchos más, pues todo vino torcido por no haber escuchado la alarma. Eso sí, el móvil me servía de compañía cuando las esperas o los trayectos eran largos y yo me veía con el único entretenimiento de observar a la gente, los espacios o los periódicos con las noticias del día anterior. Muchas veces puedo sostener estar sin hacer nada, aburriéndome o simplemente observando y/o meditando. Esta vez me era imposible. ¿Podría considerarse que había algo de «mono» por no poder contar con el móvil y que ello me impidiera disfrutar de otras formas de estar? De cualquier forma, solo conseguí relajarme cuando me acordé que contaba con sudoku del periódico y un bolígrafo perdido en la mochila para matar un tiempo que se me hacía eterno.
Al llegar a la oficina mis compañeros estaban preocupados, me habían mandado mensajes y estaban a punto de llamarme. Les informé que «me había dejado el móvil en casa», una forma ambigua de justificar el hecho sin quedar mucho con cara de tonto, aunque ahora lo confiese públicamente.
El resto de día transcurrió con más o menos normalidad en tanto sustituí funciones del móvil por elementos o servicios previos a la era de la movilidad: el ordenador para la conexión a Internet, el teléfono fijo (aunque ahora a través del ordenador), pagar con tarjeta física, mirar la hora en el ordenador y pantallas electrónicas y, sobre todo, cambiar las conversaciones a distancia por más conversaciones cara a cara.
A la vuelta, el tiempo perdido por la tardía llegada lo compensé gracias a un compañero que me llevó de vuelta a casa en coche. Es gratificante observar cómo la vida o la gente cercana es capaz de compensarte algunos traspiés que nos suceden, sin necesidad de móvil.
Por la tarde-noche fue emocionalmente bastante más duro. Tan solo pude consultar el correo a través del ordenador y no pude «hacer la trampa» de consultar el Whatsapp por allí también porque se me desvinculó el dispositivo y hubiera tenido que usar el móvil para volver a vincularlo. Aguanté el tipo a pesar de que la incertidumbre por la posibilidad de tener un mensaje importante me llenaba de preocupación. Me sorprendió la cantidad de veces que el cerebro «me daba órdenes» o recordatorios de que tocaba atender posibles mensajes o consultar información de lo que sucede fuera del hogar. La atención se dispersaba, teniendo que hacer esfuerzo para concentrarme en el aquí y ahora de mi familia: cómo juegan mis hijos, la preparación de la cena, las tareas pendientes.
Lo bueno: me sobró tiempo para leer, hacer un cubo de Rubik, escuchar las aventuras creativas de uno de mis hijos y hasta algo de trabajo en temas de psicología. Realmente cunde más el tiempo, sin duda.
Analizando la experiencia puedo observar que se han dado en mí varios fenómenos que actualmente están siendo estudiados y contrastados por los psicoterapeutas: el FOMO, la nomofobia y la dependencia/adicción tecnológica, el fenómeno de la «llamada fantasma», entre otras. Por cuestiones de espacio, voy a centrarme solo en estas cuatro primeras:
- La palabra FOMO proviene de las siglas en inglés «Fear of Missing Out». Viene a significar que estar sin móvil o desconectado de Internet puede conllevar una sintomatología similar a una fobia, experimentando ansiedad o malestar por el mero hecho de perderte un acontecimiento o noticia importante, o enterarte demasiado tarde. Igual de poder no ser contactado.
- La nomofobia es el miedo a estar sin el móvil, en general. Es el impulso o necesidad de volver a casa si nos damos cuenta de que nos hemos dejado el móvil, caiga quien caiga o se llegue lo tarde que se llegue. Es la urgencia o la sensación de inseguridad que sufrimos cuando no encontramos el móvil.
- La dependencia a la tecnología en general y a los móviles en particular es directamente proporcional a la cantidad de usos o necesidades que satisfacen. Si un teléfono móvil, como bien indiqué en mi artículo anterior, es capaz de satisfacer tantas necesidades y funciones, es normal que se genere una total dependencia hacia él. Y ya no entenderemos una vida sin él como ocurre con otros grandes avances tecnológicos como la televisión, la lavadora, la cocina, el agua caliente, el coche, la calefacción, el agua corriente,… Hablaremos de adicción cuando está dependencia se transforma en un trastorno desadaptativo con respecto a la sociedad actual. Si la sociedad se vuelve adicta o dependiente con ellos, lo desadaptativo sería no tener móvil, ¿me explico? Gran dilema se abre.
- Por último, no quería dejar sin comentar el fenómeno de la llamada fantasma pues yo la experimento con frecuencia. A veces no tengo el móvil en el bolsillo pero lo siento vibrar. Esto sucede y demuestra una conexión mayor que la meramente sensorial entre nuestro sistema nervioso y el teléfono móvil.
Y no quería acabar este escrito, siento si está siendo muy largo para los tiempos que corren, sin hacer una reflexión sobre cómo mitigar los efectos de una excesiva dependencia del teléfono móvil. Como siempre, no hay normas ni recomendaciones exactas ni generales para todo el mundo, cada persona debe encontrar su manera. Muchos profesionales de la psicología hablan de realizar un «detox digital» de vez en cuando, es decir, permitirse desconectarse totalmente de la tecnología y ejercitar los sentidos que quedan fuera de ella: el gusto, el tacto, el olfato… Saborear nuevos alimentos, sentir la brisa, contactar con personas o animales físicos, respirar aire fresco, oler el aroma de las esencias o de las flores,… También puede ser interesante «reducir o limitar poder al teléfono móvil». En otras palabras, aunque se pueda utilizar para muchas cosas, no utilizarlo si no es estrictamente necesario. Por ejemplo: no usar el navegador cuando se va a un sitio conocido o aprenderse la ruta a un sitio desconocido con anterioridad, jugar a juegos de tablero en lugar de juegos en el móvil, llevar reloj físico o preguntar la hora, quedar cuando se está físicamente y no esperar a hacer la quedada en un chat, etc.
Y, luego, yo he experimentado en carnes propias la gran dificultad de deshacernos de él siquiera un día normal. Quizás en fin de semana o vacaciones sea más sencillo. Creo que me sería más fácil ayunar de comida que de móvil. Sin embargo, creo que desconectar por horas sí es factible. Hacerse un horario… Ponerse un rato o unas horas en «modo avión»… Sentir que podrías sobrevivir por un rato a un apagón digital…
Aquí lo dejo. Ya te he tenido mucho tiempo leyendo material digital… descansa la vista y tómate un respiro para reflexionar estas líneas. Y disfruta el momento. Hasta la próxima. No dejéis de comentar y compartir vuestras reflexiones para bien de toda la comunidad.