Se dice que lo que le falta a un robot o a un ordenador para poder pensar como un humano es procesar emociones. Y ahí están los ingenieros buscando desesperadamente la fórmula como si ahí radicara el verdadero salto cualitativo del razonamiento. Puede ser y, mientras tanto, la sociedad camina hacia relaciones «sin vergüenza». Es como si: ya que las máquinas no se pueden parecer más a nosotros, parezcámonos nosotros a ellas.
Los entornos virtuales: redes sociales, videoconferencias, juegos online, gestiones administrativas online, formaciones a distancia, reuniones multitudinarias, etc. son una gran ayuda para los vergonzosos, entre los que me incluyo. Y en estos tiempos pandémicos, tenemos la excusa inconsciente perfecta para evitar el contacto social (el que tiene predisposición a ello). Nos podemos esconder muy fácilmente detrás de un avatar, un email, una cámara apagada, una cuenta falsa o un alter-ego virtual que muestra lo bonito y atractivo de mi, a la vez que esconde lo que me avergüenza. Es mucho más fácil tapar y tenemos siembre a mano el botón de off para desconectar.
La vergüenza se ha utilizado como un policía o juez más que vela por el cumplimiento de las normas sociales, sobre todo las familiares. «Eres un sinvergüenza», «¿no te da vergüenza?», «vergüenza debería darte…», «me da vergüenza ajena»,… Son expresiones que, de alguna manera, transmiten qué es lo que está bien o mal moralmente, más allá de las leyes escritas.
Pues bien, si estamos en una sociedad en la que, gracias a las tecnologías, podemos escapar a esta vergüenza y a estos juicios internos y externos… ¿qué va a pasar? ¿nos dirigimos hacia el caos, hacia un mundo sin reglas morales?
La vergüenza es una vieja compañera de viaje en mi vida y altamente limitante. Por vergüenza he dejado de hacer cosas que quería o me convenía. Alguna vez también me ha evitado un disgusto.
Recientemente he aprendido a vivir con ella. Si hay algo que quiero hacer, lo hago con vergüenza. La vergüenza no decide pero la vergüenza me da información. Es la vocecita que funciona como un piloto de alerta. Me indica si hay algo que puede ir mal porque va en contra de la forma de hacer las cosas de mi círculo social o de mi familia de origen. Puede ser una alarma real o puede ser una creencia limitante, una norma moral obsoleta, un trauma familiar del pasado,… Y ya sé que si la escucho y veo de dónde viene, tengo más argumentos para decidir la acción a tomar. Y si decido ir hacia delante, pues iré, con la vergüenza de la mano.
¿Y qué hacemos ahora con las herramientas tecnológicas que nos ayudan a tapar la vergüenza? Lo siento, no tengo la respuesta. Abro la reflexión para que para que colectivamente encontremos la respuesta. Para mí me viene la idea de no abusar de las máscaras virtuales. No esconderme en ellas para saltarme las cosas que me dan vergüenza. Quizás algún día estos posts de transformen en un video… ¿Será posible?
Y de cara a las generaciones que están aprendiendo a desenvolverse en la vida en este mundo tan «sin vergüenza»… Pues quizás haya que enseñarles la otra cara… La cara de mostrarnos, de ser más auténticos, de permitirse exponer nuestras fallas o partes más vulnerables… Con miedo… Con vergüenza… Arriesgarse a ser ….